Gili Asahan: el paraíso o la importancia de desconectar (de verdad)


¿Por qué viajamos? Como pasa con tantos otros interrogantes, no le encuentro a este una respuesta única, multiusos y siempre válida. Diría, claro, que por curiosidad. Por ver, oír y palpar lugares que aún no se han explorado, por saber qué hay más allá de lo que sí conocemos, experimentarlo. Otra perspectiva más práctica, sin embargo, me lleva a sugerir que viajamos por romper con los ritmos y prácticas cotidianos, por salir de ellos, ni que sea por un período corto o una especie de ilusión óptica. Por fingir que vivimos de otro modo, por una especie de juego que nos aleje de las prisas y las obligaciones.

El agosto pasado, una conjunción de ambas respuestas —más allá del propio destino, obviamente— me llevó a mi primera vez en Asia en un periplo por Malasia e Indonesia. Sin duda, fue una oportunidad óptima para ver, oír y palpar rincones del mapa y modos de vida aún ajenos. Pero si aquel viaje supuso un descanso de la vida ajetreada y sujeta a la tiranía digital que habitualmente marca nuestro día a día fue por un lugar que sintetiza lo que yo llamaría paraíso: la minúscula isla de Gili Asahan.

El camino al paraíso

Comparándola con Bali, tan despampanante, bella y rutilante como plagada de visitantes —salvando ciertas zonas, obviamente—, Lombok es un desierto. Al dejar atrás el desordenado puerto de Bangsal, en el norte de la isla, en las curvilíneas carreteras de la musulmana Lombok no hay ni una décima parte de los coches, motos y atascos que en la hinduista y vecina Bali. Ni siquiera al transitar por las calles de Mataram, la capital de la isla, llena de mezquitas inmensas y psicodélicamente coloridas, la densidad de coches aumenta sustancialmente.

Tras dos horas largas de trayecto bordeando la costa occidental de Lombok en dirección al sur, nuestro taxi vira a la derecha para empezar a deslizarse por el brazo suroeste que, partiendo desde el corazón volcánico de esta ínsula patria del pueblo sasak, se mete en el océano como queriendo alcanzar la cercana Nusa Penida. De repente, la vegetación empieza a cambiar: estamos en época seca, y en esta península remota y peinada por el viento, la vegetación otrora exuberante se vuelve escasa y parda. Las colinas peladas y algunas palmeras desperdigadas al borde del mar definen un nuevo paisaje silencioso y sosegado que contrasta de con un agua cada vez más turquesa y más cercana a la carretera.

«You have arrived», nos dice súbitamente el conductor al llegar al también solitario embarcadero de Pantai Kores. Y, frente a nosotros y apenas a un kilómetro de la costa, allí está Gili Asahan. Un islote que, como una perla suspendida en el mar entre los congéneres que lo rodan, nos da la bienvenida tras apenas cinco minutos de travesía en bote particular, el único medio de transporte que lo conecta con Lombok.

Gili Asahan, el hogar de la pausa desacomplejada

Habíamos trazado nuestra ruta por estas islas y estos mares de modo que los días en Gili Asahan fuesen de un reposo casi obligado, literalmente. Porque, a diferencia de las famosas, jugosas y efervescentes Gili Air, Gili Trawangan y Gili Meno de la costa norte de Lombok, esta porción de tierra firme que cualquier humano puede circundar en apenas una hora tiene en la pausa desacomplejada, en su ubicación recóndita y en su ínfima ocupación sus más notables reclamos.

Por oposición al trío arriba mencionado, Gili Asahan forma parte de lo que hay quienes llaman Secret Gilis. Secreta o no, lo cierto es que Gili Asahan va de estar casi solo en un panorama ante el que no se puede sino quedar instantáneamente prendado de su agua imposiblemente azul y de su costa sutil y bella, de su brisa reparadora y de la ausencia de ruido, sí. Pero, ante todo, va de detener el reloj, de bajar pulsaciones y —he aquí la mayor de sus ventajas— de desconectar en el sentido geográfico y tecnológico de la palabra: la cobertura y los vehículos son, en esta isla, algo tan exótico como innecesario.

Es un espíritu del que uno queda impregnado al minuto de poner un pie en esta gili —palabra que, en lengua sasak, no significa sino isla pequeña— donde la lista de elementos que conforman la huella humana del lugar es brevísima: una aldea en la que residen 36 familias de pescadores —y sus respectivas gallinas y cabras—, una mezquita, una escuela, un par de pequeñas tiendas, tres alojamientos, una antigua granja de perlas por la que el lugar fue poblado, y acaso dos o tres cabañas diseminadas por la costa norte. Basta.

¿Y qué más íbamos a querer?

Es la combinación entre la simplicidad y la pureza de la isla, entre la ausencia de motores y de reclamos y la abundancia de tiempo y de calma con la que uno se topa, lo que hace de Gili Asahan un lugar del que despedirse se asemeja a la tortura. Todo eso y, por supuesto, el alojamiento en el que quien escribe y su compañero de vida tuvieron la fortuna de alojarse por dos noches que, ojalá, hubiesen sido cincuenta: el Gili Asahan Eco Lodge.

Levantado por un italiano que descubrió la isla hace quince años, es el paradigma de lo que debería ser —al menos a mi humilde parecer— una iniciativa turística en un ecosistema tan delicado y particular como este. Todo lo que en este alojamiento se ve está construido y fabricado con materiales entregados por la naturaleza; la energía y el agua que se consumen —incluida la de ducha— vienen del sol y del mar que bañan la isla; solo se emplean productos de limpieza e higiene de origen ecológico, y la más que amable comunidad local está directamente involucrada en la gestión del lodge.

Decir que es el lugar más espectacular en el que jamás me he alojado es una verdad como un templo. Tanto, como dejar por escrito que la habitación en la que dormimos no tenía paredes: era un bale, una especie de tarima tradicional cubierta de fibra vegetal y rodeada por cortinas donde, por supuesto, se duerme como un plácido bebé de pecho.

Y, una vez en pie, los días en Gili Asahan consisten en desayunar frente al mar, sintiendo el ronroneo de las olas, con los pies descalzos y hundidos en la arena. En caminar por la playa observando la cambiante luz del sol y la impactantemente variable marea. En subirse a un kayak —que el lodge presta, libremente— y, tras diez minutos de remo, sumergir la cabeza en la orilla de cualquier isla vecina para, ipso facto, teletransportarse a un mundo extraterrestre con corales, peces y estrellas de mar de más tonalidades que islas tiene Indonesia (son 17.000, por cierto). En leer un libro o sestear en una tumbona bajo una palmera. En rodear la isla para cazar una puesta de sol, con los bulliciosos volcanes de Bali de telón de fondo, en exclusividad. En darse cuenta de lo absolutamente terapéutico y balsámico que es respirar la calma de esta solitaria isla y su naturaleza. En que, en esa ensoñación, lleguen la noche y su manto de estrellas apabullante y apenas sean las siete, y en que ese dato numérico dé absolutamente igual, porque, total, ¿a quién le importa qué hora es, en Gili Asahan?

Aunque, a decir verdad, sí, claro que importa la hora en Gili Asahan: la de acudir a la mesa. Por si fuera poco, nuestro alojamiento se complementa con el restaurante Nautilus, que sirve tanto comida indonesia como de la patria del fundador del complejo. No es exagerado asegurar que la pasta del lugar está a la altura de la de cualquier osteria romana. Ni, llegados a este punto, tampoco es exagerado —ni tampoco os extrañará— que asegure que, a pesar de los 13.000 kilómetros que separan Barcelona de Gili Asahan, si me preguntasen por un punto del planeta al que, en cualquier circunstancia y momento, me teletransportaría inmediatamente, sería a esta mota de tierra sosegada y feliz clavada en el corazón insular de Indonesia. 🔵

🗺️ Gili Asahan




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Sobre quien escribe

Hola, soy Sergio, el viajero curioso empedernido que está detrás de Singularia. Entre otras cosas, durante mis 33 años he dado vueltas por una treintena larga de países, vivido en dos continentes, estudiado seis lenguas, plantado algún que otro árbol, escrito dos libros y trabajado en Naciones Unidas. Hoy tengo el campamento base plantado en Barcelona, de donde soy, y me dedico a la comunicación y a la consultoría estratégica.