Los ‘bares notables’ de Buenos Aires: larga vida a lo real


En este mundo globalizado donde todas las ciudades —sean del norte o del sur del planeta— sucumben a un ritmo hipersónico ante la asquerosa instagrameable plaga de las cafeterías de especialidad, todavía existen refugios para los románticos a los que repele el flat white tanto como sus infumables precios y su esnobismo desacomplejado.

Están en Buenos Aires, hay unos ochenta, y reciben un nombre con mucha más clase —y mucha más calle—: bares notables.

Son toda una institución en la capital de Argentina, megalópolis fascinante que, como si de cafés viviera, nunca duerme. En su pléyade de bares notables no solo encuentran los porteños aquello que necesitan para andar bien despiertos, sino algo de una relevancia mucho mayor: el sabor de lo añejo que siempre funcionó; de los lugares donde se respiran historia viva, encuentros y tertulias porque son eso lo que fomentan y celebran; el sabor de la identidad y del legado que lo digital y las prisas tratan de arrebatarnos.

Es el sabor que encuentro cada vez que me dejo caer por los márgenes del río de la Plata, ya sea por el uruguayo o el argentino. Sabor que bajó de los buques que allí, a lado y lado de aquella ancha manga de aguas cenagosas, atracaban cargados de inmigrantes europeos tan obstinados como entusiasmados por hacer las Américas. Sabor que, a mediados del siglo XIX, entró en ebullición en forma de una arquitectura suntuosa y sofisticada, de opulencia, fervor y sueños, pero también de lugares para reunir y conectar a aquellos nuevos rioplatenses, a aquella sociedad que se iba construyendo a la europea a más de doce mil kilómetros del viejo continente.

Buenos Aires, bares notables
La Poesía, bar notable de San Telmo.

Por los bares notables llevan más de un siglo pasando y tomando café, medialunas, vino y ravioles tanto periodistas como abogadas, tanto banqueros como taxistas. Sus bellas y vivas mesas de madera y mármol han oído las voces de Jorge Luis Borges y de Julio Cortázar, de Alfonsina Storni y de Federico García Lorca. Saben de sus secretos y conversaciones, de sus chácharas y festejos bajo las cálidas luces de sus lámparas, entre el tintineo de las copas y el trajín de idas y venidas.

Pero lo realmente notable de los bares notables es que hoy, a fecha de 2025 y bien entrados en su segundo siglo de vida, sigan existiendo. Y de que esto así sea —más allá de la fidelidad de los parroquianos— tiene la culpa una ley: la 35/1998, que promulgó aquel año el gobierno de la ciudad para protegerlos y promoverlos.

Desde entonces, estos oasis centenarios presentes por toda la trama urbana de Buenos Aires siguen atrayendo a la clientela en torno a sus reclamos estéticos más característicos, tan decimonónicos como destacables: baldosas hidráulicas, vidrieras esbeltas y coloridas, lámparas de araña, mostradores de madera trabajada con esmero y muchas dosis de cariño para mantenerlas lustrosas a lo largo de las décadas.

El barrio de San Telmo, embrión de la Buenos Aires que conocemos hoy, es un lugar idóneo para adentrarse en el placentero submundo de los bares notables. Por sus callejuelas y plazoletas se encuentran varios de ellos, como una recompensa feliz detenida en el tiempo, en el bullicio de la ciudad.

En el Bar Británico (avenida Brasil 399) frente al parque Lezama, las mesas —y el nombre— nos hablan de los antiguos combatientes ingleses que, tras la Segunda Guerra Mundial, se reunían aquí para pasar el mal trago de la época mientras la radio devolvía tangos. La Poesía (calle Chile 502) dispone una esquina de grandes ventanales y un suelo ajedrezado ideal para relajarse ante un buen alfajor y dejar la mañana o la tarde pasar.

Y en El Federal (calle Carlos Calvo 599), un precioso mostrador coronado por un arco de madera tallada y un deslumbrante reloj harán las veces de imán: no es concebible pasar por delante y no poner un pie en este paraíso para nostálgicos repleto de carteles antiguos y elocuentes, con una bellísima máquina registradora tan entrada en años como el propio local, ristras de salames colgando de las alturas y centenares de botellas de todas las edades aguardando desde los estantes. Botellas que presenciaron, un sofocante mediodía de enero, cómo disfruté de unos sorrentinos de ricotta y espinacas refugiado al amparo de una cerveza fresquísima y merecidísima tras deambular por las calles de la Boca y el mercado de San Telmo, por la Buenos Aires más primitiva y jugosa.

Hacia el llamado Microcentro, el paseante encontrará locales quizás más selectos y pomposos, como el Café Tortoni (avenida de Mayo 825) o el Cabildo de Buenos Aires (calle Perú 86). Son solo, estos, cinco ejemplos: hay bares notables para todos los públicos y en casi todos los rincones del corazón de la ciudad. Una suerte. Larga vida a estos pequeños grandes bastiones argentinos de lo slow en la época de la inmediatez. 🔵




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Sobre quien escribe

Hola, soy Sergio, el viajero curioso empedernido que está detrás de Singularia. Entre otras cosas, durante mis 33 años he dado vueltas por una treintena larga de países, vivido en dos continentes, estudiado seis lenguas, plantado algún que otro árbol, escrito dos libros y trabajado en Naciones Unidas. Hoy tengo el campamento base plantado en Barcelona, de donde soy, y me dedico a la comunicación y a la consultoría estratégica.