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Milán en 10 pinceladas: una guía singular

Milán es una ciudad de paradojas. Es el norte del sur y el sur del norte. Es italiana pero centroeuropea. Tiene 24 siglos de historia pero es la ciudad del futuro. Adora la superficialidad de la moda puntera y la refinación del diseño de vanguardia, pero mima, sobre todo, la comodidad del día a día. No es capital pero lo es totalmente. Le encanta mantener la forma y, a la vez, disfrutar una buena mesa. Vive bajo un cielo gris pero es callejera. Quiere que la visiten pero, sobre todo, que la vivan.

Milán es la belleza sofisticada y añeja del Duomo, la elegancia burguesa de Brera y la juventud efervescente de Navigli. Milán es muchas cosas y, entre ellas —qué suerte—, una ciudad caminable. Atreverse a perderse por ella es, pues, una opción más que óptima para abordarla, y ojalá estas diez ideas os inspiren a hacerlo. ¿Una guía? Más bien, pinceladas aleatorias y sugerencias no imperativas para descubrir Milán. Y, como siempre, a fuego lento y contentando a los sentidos.

1 | Recorrer las terrazas del Duomo al atardecer

Milán empieza y acaba en el Duomo, su catedral imponente. Un lugar siempre céntrico: la plaza que lo precede ya fue el kilómetro cero de la Mediolanum romana. Y un lugar siempre dinámico: punto de encuentro y paso de milaneses y visitantes, de quienes van de compras a las galerías Vittorio Emmanuele II, quienes se dirigen hacia el Teatro alla Scala o simplemente cruzan, en el ajetreo cotidiano, el centro de la ciudad.

Pero el Duomo es, sobre todo, estéticamente impactante. Una mole piramidal llena de refinamiento, historia y detalle: 579 años de construcción, 3.400 estatuas y estatuillas, 200 bajorrelieves, 3.600 personajes representados… El Duomo milanés es puro virtuosismo, y recorrer sus tejados al atardecer, un acierto inmenso: mira cómo la luz impacta en las figuras y estructuras que coronan la catedral, y cómo el sol se pone tras la ciudad, que se expande casi infinita. Y, al salir, enfréntate al Duomo, desde la plaza, de nuevo: el mármol blanco de su fachada es un espejo hipnotizante.

2 | Subirse a un tranvía, aunque sea sin rumbo

Los tranvías le suman entrañabilidad a cualquier ciudad del mundo —y si son antiguos, mejor—. Milán entra en ese selecto club de urbes que tienen una cuidada y añeja red de tranvías —de un color entre amarillo y naranja, por cierto—, con 21 líneas que recorren las calles de la ciudad desde 1876, transportando desde entonces de casa al trabajo y de la universidad a los bares a millones de milaneses.

Guía de Milán
Los tranvías milaneses son, por dentro, de madera.

Súbete a uno de los vagones viejos y disecciona la ciudad sentado en sus asientos de madera, embobándote, al traqueteo del tranvía, ante los elegantes y robustos edificios del centro, cruzando el arco medieval de la Porta Ticinese o pasando bajo la gran aguja/homenaje a la moda de la plaza Luigi Cadorna. Al bajarte —o antes de subir, qué más da—, es imposible no admirar la tentaculosa maraña de cables que sustenta a este medio de transporte, colgada como un collar infinito que abraza Milán por todos lados.

El tranvía siempre es un medio de transporte entrañable.

3 | Triennale: un viaje por el diseño Made in Italy

Detrás de todo lo que vemos hay diseño. Pero se da el caso de que mucho de lo que vemos y tocamos cada día ha sido diseñado en Milán o, como mínimo, en Italia. Por ejemplo: la más cotidiana de las cafeteras —llamada italiana, claro—, las máquinas de escribir Olivetti, el popularísimo Fiat 500… pero también objetos cotidianos y menos icónicos como una infinidad de modelos de sillas, sillones, butacas, lámparas, transistores, tocadiscos, mesas y recipientes que, si bien más discretos, nos hacen la vida más fácil —y bonita— desde hace años.

La Triennale te invita a recorrer la fructífera historia del diseño italiano en un paseo.

Pues bien: un paseo curioso por la historia del diseño Made in Italy —desde 1940 hasta hoy— es la Triennale de Milano, un museo situado en uno de los costados del Parque Sempione por el que vale la pena perderse. La visita nos sumerge de lleno en todos los argumentos que convierten a Milán en la capital mundial del diseño, algo que no es fruto de un día. Ya desde 1933, en el mismo Pallazzo dell’Arte donde se ubica el museo, se celebraba la Exposición Internacional Trienal de Artes Decorativas e Industriales Modernas y Arquitectura Moderna, evento que servía de altavoz de las últimas novedades mundiales en el campo del diseño.

Hoy, el edificio también alberga —más allá del museo— un teatro, una librería repleta de libros relacionados con el diseño y un enorme jardín con una cafetería —por supuesto— llena de estilo.

4 | 10 Corso Como: diseño para comprar

Si la Triennale es el lugar para ver diseño, 10 Corso Como es el lugar para ver diseño y además —si puedes— comprarlo. Aunque, a decir verdad, con darte una vuelta por esta concept store de tres plantas y su exuberante patio interior, tendrás suficiente.

¿Es una tienda? Sí. ¿Es una librería? También. ¿Es un museo? Lo es. ¿Es una cafetería? Sí, bajo un techo de plantas precioso. ¿Es una galería de arte? Claro. ¿Es un hotel? Sí, de 3 habitaciones. ¿Es un espectáculo? Por completo.

¿Y qué podrás encontrar? Desde ropa hasta ediciones originales de lámparas del colectivo Memphis Milano, desde libros de fotografía hasta perfumes, desde jarrones hasta posavasos. Todo derrochando ese toque estiloso, refinado y vanguardista tan Milán, y todo a precios astronómicos, claro.

Pero no te preocupes: hay alternativas cercanas para bolsillos más terrenales: a lo largo del Corso Como y del Corso Garibaldi —alrededor de la Porta Garibaldi—, decenas de concept stores aparecen como setas.

5 | Brindar al borde del agua en i Navigli

Milán, decíamos, tiene de todo y para todos. Y sí —a falta de playas—, Milán también tiene canales: en concreto, cinco. Son i Navigli, antaño arterias comerciales dedicadas al reparto de mercancías y, hoy, excusa para perderse, terracear, probar varios buenos bocados, tomarse un vino ante sus aguas relajadas y ver cómo los milaneses y milanesas se divierten.

Al anochecer, la efusividad de i Navigli se eleva —pero sin alejarse en exceso del toque slow pero dinámico que emana la ciudad constantemente— con miles de locales y visitantes poblando las terrazas de los restaurantes y pubs, paseando al borde de los canales y brindando bajo una iluminación cuidada a conciencia hasta que, hacia las 2 de la mañana, todo empieza a plegar velas.

6 | Probar el risotto alla milanese (u otras alegrías para el estómago)

A los milaneses y las milanesas les gusta disfrutar de una buena mesa. Y, en torno a i Navigli, por cierto, se come estupendamente. Por ejemplo, en Le Striatelle di Nonna Mafalda, o en Luca e Andrea. Tanto si os pierde la pasta al dente y los sofritos rebosantes de mozzarella y scamorza como una buena burrata o una pizza bianca, opciones encontraréis. Y bien atendidas.

Maíz parece, risotto es.

Y fue al borde de i Navigli donde probé una receta que desconocía: el risotto alla milanese. Su peculiaridad: ser un plato amarillo a causa del azafrán. Un arroz de la variedad carnaroli del Piamonte y un buen queso parmesano completan una combinación que casi hace llorar de alegría. Acompáñala de un vino italiano —abundan las opciones del sur; vinos calabreses o de Puglia—, y seguramente acabarás soltando esa lágrima.

7 | Sumergirse en la cultura del espresso y del pannetone

El primer café espresso se bebió en Milán. Fue en 1906, para la Exposición Universal de aquel año, celebrada en la ciudad, cuando Luigi Bezzera y Desidero Pavoni presentaron una máquina que, por medio de una caldera vertical, elaboraba una taza de café en apenas unos segundos.

125 años después, el café espresso es, en Milán, una religión: apenas un dedo de explosión cafetera que se pide en todos lados, se bebe en los mismos escasos segundos que tarda en prepararse y enciende los sentidos, también, al instante.

Pannetone y espresso en Cucchi.

¿Qué hay más milanés que pedir un espresso? Acompañarlo de otra delicia local globalizada: el pannetone. Algo más viejo —quizás del siglo XVI—, pero igualmente presente por todos lados en su ciudad de origen. Incluso en septiembre (¡!), a meses de Navidad. Siéntate en la terraza de la Pasticceria Cucchi —allí desde 1936— y moja un buen corte de pannetone en la amargura del espresso. ¡Y a seguir ruta!

8 | Embobarse con los frescos de la iglesia de San Maurizio

Milán, también, invita a mirar hacia arriba. Sobre todo si estás dentro de la iglesia de San Maurizio al Monastero Maggiore, donde absolutamente todo —paredes, techos y bóvedas— está pintado con frescos renacentistas. Algunos (aquellos obsesionados con comparar lugares compulsivamente) le llaman «la Capilla Sixtina de Milán», y atinan bien.

Guía de Milán
San Maurizio, por dentro, es un sueño.

La historia de esta iglesia tiene curvas y un final feliz. Siete años tardó —de 1522 a 1529— Bernardino Luini en cubrirla de pinturas. Una demolición parcial la afectó en el siglo XIX. Más cerca de nuestros días, la Segunda Guerra Mundial impactó al templo de gravedad y, ya en los ochenta, la degradación de los frescos por la humedad casi los deja irreconocibles. Por suerte, un ambicioso programa de mecenazgo permitió su restauración entre 1985 y 2015. Hoy, todo su esplendor es visitable gracias al trabajo desinteresado del Touring Club Italiano, cuyos voluntarios te reciben en la iglesia, a la que se accede gratis.

9 | Escrudriñar cúpulas imponentes

Si Milán invita a mirar hacia arriba no es porque el buen tiempo sea una característica central de la ciudad, precisamente. Pero quizás por eso mismo en Milán encuentras cúpulas que bien merecen ser vistas y escudriñadas por largos ratos. Dos de ellas cautivan especialmente.

La primera, es evidente: la de las Galerías Vittorio Emanuele II, acabadas en 1877. Son un paso previo —mucho más romántico— a los impersonales centros comerciales que hoy inundan nuestras ciudades, y no por aglutinar a hordas de turistas que buscan su mejor foto desmerecen una visita atenta. Llenas de detalles dorados y cornisas engalanadas, cubren un universo singular formado por tiendas de alta costura, restaurantes refinados y librerías casi ocultas. Un espectáculo.

La enormérrima Estación de Milán Central.

Hacia el norte de la ciudad se ubica la segunda cúpula imponente de Milán: la de la Estación de Milán Central. Una cúpula —son varias, de hecho— que, dicho sea de paso, ojalá no existiera: es hija de un proyecto al que los fascistas de Mussolini, cuando llegaron al poder, fueron sumando metros y kilos desmesuradamente para impresionar y demostrar, mediante el ferrocarril, su poder sobre el Estado. Acabada en 1931, es un lugar que hoy abruma por sus dimensiones, totalmente exageradas, y que ve circular al día a 320.000 pasajeros.

La Estación Central de Milán esconde un secreto para los amantes de la buena mesa —otro más en Milán, sí—: el Mercato Centrale, un patio de comidas que reúne hasta 32 restaurantes que sirven comida rápida y de qualità.

Guía de Milán
Pasteles al paso en el Mercato Centrale.

10 | Un aperitivo con estilo en el Arco della Pace

¿Hay un lugar en la tierra donde converja más estilo por habitante que en Milán? Creo que no, o al menos yo no lo he visto. Ya desde la mañana se percibe: a la gente de Milán —sin importar la edad— le gusta vestir bien y que se note, engalanarse con tejidos vistosos y elegantes y un calzado distinguido, y peinarse con esmero. Y, obviamente, salir a ver y a mostrarse.

Si hay un momento del día donde el estilo milanés brilla con más fuerza y por todos lados es, sin duda, a la hora del aperitivo: allá hacia las 6 de la tarde y hasta antes de la cena, cuando las obligaciones cesan, los autóctonos se reúnen en torno a una mesa para tomar una copa —abunda el Spritz local, claro— acompañada de algunos bocados cortesía de la casa.

Milán: una guía
El Arco della Pace.

Antes de la pandemia, los bares disponían una especie de bufé donde cada quien podía servirse lo que quisiera: foccacias, pizzas, bruschetas, ensaladas de pasta, aceitunas… Hoy, para minimizar riesgos, los tentempiés vienen ya listos en una bandeja para cada cliente.

Pagarás el trago un poco más caro que en otra hora, pero vale la pena participar de esta religión milanesa. Un lugar para hacerlo con estilo y con garantías: la piazza Sempione, alrededor del Arco della Pace. Ojalá te acompañe un atardecer luminoso y… Salute! 🔴

Dedicado a Lucho, el mejor guía del planeta.

*Fotos: Sergio García i Rodríguez.

Milán: ver, descubrir, pasear 👇🏽

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Persiguiendo azules hipnóticos (y sus historias) por el oeste de Creta

Tuve la suerte de poder recorrer un tercio de Creta durante una semana: lo suficiente para dejarme cautivar irremediablemente por la isla, pero mucho menos tiempo del que me habría querido quedar. Porque Creta —puedo hablar de su oeste— es un imán: un marco geográfico complejo y diversísimo —montañas altas, gargantas pobladas de bosques, cabos, golfos, olivares salvajes—, ciudades con un pasado acordeónico, una luz bendita, filoxenía —‘amor por el visitante’— a raudales y la alegría de comprobar que, a uno y otro lado del Mediterráneo, seguimos siendo hermanos.

Creta en 8 azules
La bahía de Preveli, en el sur de Creta.

Sin embargo, muchos otros visitantes hijos del viejo Mediterráneo pasaron por Creta antes que mis apreciados compañeros de viaje y yo: minoicos, aqueos, dorios, sarracenos, romanos, genoveses, venecianos, otomanos, egipcios… Apuesto ciegamente que, ya antes de pisar Creta, todos ellos quedaron igual de prendados con esta codiciada isla que el que escribe. Es facilísimo: los azules que circundan Creta son a la vez tan eléctricamente vibrantes, atrapantes, transparentes y cálidos que no puedes sino emocionarte y quererlos al instante.

En Loutró, el agua es un espejo reluciente.

Los azules cretenses, además, son una manera fantástica de sintetizar lo polifacético e interesante que puede llegar a ser este rincón insular que navega a la deriva entre Europa, África, Oriente y Occidente. Así que os propongo jugar a la rayuela y saltar de azul en azul, de agua en agua, de historia en historia, para acercaros al oeste de Creta. ¿Vamos?

Karavostasi

Mi primer azul cretense fue el de Karavostasi, en la localidad de Bali: una cala simpática y resguardada, inserta en un tramo agreste de la costa norte de la isla, a medio camino entre Heraclión y Rétino, allí donde las carreteras casi se derraman sobre el mar desde las alturas.

La cala de Karavostasi, un espectáculo para zambullirse en el oeste de Creta.

Primera lección: en Creta, difícilmente se aparca a pie de playa —cosas de la geografía—, pero eso, a la postre, siempre es un regalo. En este caso, camino hacia el agua, nos topamos de frente con la única taberna del lugar, un típico kafeneio, con sus coloridas sillas de esparto y su generosa parra, y no pudimos sino acomodarnos bajo su sombra idílica. Y segunda lección —esta, al son de las chicharras—: en Creta, las raciones son inmensas y sabrosas, la amabilidad es auténtica y desinteresada, y el raki, el aguardiante local, en pleno verano, es mágico y reponedor.

Fruta y raki, cortesía de la casa en casi cada kafeneio.

Luego, claro, llegó el primer baño: un abrazo acuático de bienvenida. Karavostasi invita a bucear en su turquesa intenso, y a sumergirse sin fin en la claridad de su agua, proporcionalmente inversa a las ganas que dan de salir de ella.

Creta en 8 azules
Aguas que abrazan, las de Karavostasi.

En los alrededores, chumberas rebosantes, ancianas charlando de puerta a puerta mientras otra tarde pasa, barcas de pescadores amainadas y el sol que cae: pura y sutil felicidad mediterránea.

Preveli

Atravesando la isla de norte a sur —y sus densísimas montañas y olivares— y tras probablemente tres millones de curvas, te presentas en la antesala de la playa de Preveli: una escena tan épica como remota y singular; un paisaje que parece sacado de la misma Biblia.

Preveli, uno de los 8 azules de Creta
Escaleras, sí, pero con final feliz.

De nuevo, un acceso complejo pero benefactor: varios centenares de escaleras separan el punto de llegada de la propia playa, en un sinuoso pero precioso sendero. Frente a ti, la inmensidad azul y plácida del mar de Libia y, ante él, la propia Preveli: una playa, sí, pero también un río —el Megalopotamos— que, procedente del corazón montañoso de Creta, desemboca en el mar franqueado por un palmeral salvaje, enmarcado a la vez por altivas paredes rocosas. No, no se puede pedir más exotismo.

En Preveli desemboca el Megalopotamos, un río que en su tramo final está franqueado por un palmeral salvaje.

Dicen que Ulises, rey de Ítaca, se detuvo en Preveli durante algún tiempo, mientras regresaba de la guerra de Troya. Probablemente, como todos los que pasamos por el lugar, jugó a saltar de la cálida agua salada del mar a la fresca corriente del Megalopotamos (y a remontarlo, claro). ¿Y quién no lo haría?

Remontar las aguas del Megalopotamos: un clásico en Preveli.

Elafonisi

Casi 5 millones de turistas llegan a Creta al año, y la isla absorbe una quinta parte del turismo nacional. ¿Quiénes, de todos ellos, no se llegan hasta la playa de Elafonisi? Probablemente pocos, pues el turquesa caribeño de sus aguas y el —supuestamente— rosa de sus arenas son demasiado sugerentes y célebres.

Creta y sus azules
El turquesa de Elafonisi es claro y atrayente.

Por ello, y pese al aislamiento de Elafonisi, hay que llegar pronto al lugar si lo que se pretende es tener una mínima intimidad ante tal espectáculo. La sobrepoblación de sombrillas de paja que aguardan inquilinos desde que sale el sol ya da una idea de las hordas de turistas que la playa está dispuesta a absorber en cuanto, sobre las 11, empiecen a desembocar en ella barcos y buses llenos hasta la bandera.

Sin embargo, no hay que sufrir: el lugar es lo suficientemente amplio. De hecho, si tienes suficiente ímpetu para ir un poquitín más allá de donde se aglomera todo el mundo y cruzas el istmo que separa a la playa y la laguna de la propia península de Elafonisi, tendrás premio: mismas aguas, pero ausencia total de sombrillas, tumbonas y aglomeraciones.

Si cruzas el istmo, llegarás a ‘otra’ Elafonisi ajena a la horda turística.

A propósito de cruzar el istmo: en 1824, en la rocosa península de Elafonisi, se refugiaron centenares de locales buscando huir hacia las islas jónicas ante el avance de las tropas turcas. Según cuentan, un caballo del ejército otomano, que acampaba en la playa, cruzó hacia la península y avistó a los cretenses que se escondían. El desenlace fue fatal, y casi un millar de personas fueron asesinadas. Hoy, una placa conmemora y recuerda el acontecimiento, ante un espejo azul que, en cualquier caso, es difícil de olvidar.

Stavros

El azul de la playa de Stavros es un color que tiene sonido. En sus orillas se rodó, en 1964, la escena principal de ‘Zorba, el griego’, donde Zorba (Anthony Quinn) enseña a bailar a Basil (Alan Bates) al son de algo hoy más griego que el propio Zorba: el sirtaki.

Ha llovido mucho desde entonces, pero no lo suficiente para evitar que el sirtaki se convierta en el cliché musical más icónico de Grecia. Una danza que —volviendo al lugar que nos atañe— podrías bailar en remojo en las aguas de Stavros: son una piscina plácida, translúcida y relajada, rodeada de un paisaje casi lunar, y donde te verás los pies mientras dances felizmente.

La piscina de Stavros: un buen lugar para bailar sirtakis.

Puerto de la Canea

Parece ser que La Canea es uno de los lugares poblados del mundo que más tiempo lleva siéndolo. Está en un punto estratégico: ha sido objeto de deseo —y control— de muchos pueblos a lo largo de la historia, e incluso ejerció como capital de la isla hasta 1971.

En La Canea, las calles invitan a recrearse perdiéndose.

El ajetreo de tantos siglos de idas y venidas y tantos aportes variopintos ha dado pie a una ciudad hoy preciosa, con un entramado laberíntico y ondulado de calles y callejones, templos, buganvillas, recovecos para deleitarse y sí: un puerto urbano potenciado por los venecianos tan armónico como apetecible.

El puerto de la Canea, pintoresco a cada metro.

Pese a todos los vaivenes históricos, el agua del puerto veneciano de La Canea sigue intacta, limpísima, transparente y tranquila, viendo los siglos pasar. Sorprende que un puerto urbano tenga un agua tan cristalina, a través de la cual, incluso de noche, puedes ver todo cuanto hay en el fondo.

Un señor pesca en una mañana de sábado en las aguas cristalinas del puerto veneciano de La Canea.

Tanto de día como de noche, patear la media luna que conforma la silueta del puerto, con sus casitas cromáticamente conjuntadas, es una delicia. La exótica mezquita de los Jenízaros —o de Küçük Hasan Pasha, como te guste más— , signo más obvio de la herencia otomana de La Canea, con sus enigmáticas cúpulas redondas al borde del agua, es atrapante: da para mirarla por horas, dándole vueltas.

Creta y sus playas
La mezquita de los Jenízaros, en el puerto veneciano de La Canea.

Para ser justos, ¿qué no atrapa, de la vieja Canea? Piérdete por las calles del antiguo barrio judío y cena bajo sus parras: un vinito blanco de la casa y una ración de fava —la versión cretense del hummus— le alegran la vida a cualquiera.

Balos

Entre todos los azules vistos en Creta, al de la laguna de Balos no le gana ninguno en intensidad y rotundidad. De lo que Google te arroje al teclear este lugar, créetelo todo e incluso más.

Creta en 8 azules: Balos
Una barca se balancea en el turquesa brillante de Balos.

Balos es un lugar privilegiado por la naturaleza: un islote queda unido por una lámina de arena blanca a la montañosa, imponente y solitaria punta noroeste de Creta, afilada y ajena por completo a la huella humana. Esta singular configuración, unida al cielo nítido que la cubre y a la claridad del agua que se entremezcla, le da al mar un color turquesa que cuesta creer, y al paisaje, en su conjunto —con los 700 metros de cresta del monte Cimarus en primer plano—, una impresión tan desoladora como impactante.

El promontorio Cimarus, de 700 metros, allí donde se acaba Creta.

Hasta allí solo se llega en barco o en coche. En ambos casos, el trayecto es más que tortuoso: la ubicación extrema del lugar lo somete a un viento indomable y lo desconecta de las rutas confortables. Elijas la opción que elijas, hay premio cromático: fíjate bien en cómo el mar muta de color, de oscuro a casi fluorescente, a medida que te acercas a la laguna.

Hora Sfakion

Playas de Creta
Hora Sfakion, la pequeña capital de la región sfakiota, en el sur de la isla.

La región de Sfakia es un mundo aparte del resto de la isla. Enfrentada al mar de Libia, en la cara sur de Creta, Sfakia dista curvas y curvas y montañas y montañas de su capital provincial —La Canea—, y se despliega en un terreno salvaje y agreste que por años vivió al margen de todo.

Fue en sus pliegues rocosos donde latió con más fuerza la resistencia cretense ante los turcos —antes de que la isla se convirtiera finalmente en griega en 1913—, y fue por sus barrancos por donde huyeron los aliados australianos y neozelandeses durante la Segunda Guerra Mundial, escapando de las tropas de Hitler. Por su orografía y por su historia, quizás, Sfakia huele un poco a fin del mundo.

La capital del área, Hora Sfakion, es un puerto tranquilo y discreto que vive encajonado entre montañas peladas e imponentes y un mar azul cobalto que, a medida que se acerca al pueblo, se aclara hasta extremos inesperados.

Escenas callejeras en Hora Sfakion, con el mar al fondo, siempre.

La mayoría de viajeros usa Hora Sfakion para embarcarse hacia otros destinos que, inaccesibles por carretera, requieren de barco para ser visitados. Ese fue nuestro caso, lo cual no evitó que hiciéramos tiempo para poder probar —junto al agua, claro— la rica especialidad local: el sfakianes pites, una especie de crêpe grueso relleno de queso de cabra y cubierto de miel. Vale la pena hacerlo.

Creta y sus azules
En Hora Sfakion se toman barcos para ir hasta los puntos más inaccesibles del suroeste de Creta.

Loutró

Tras el momento dulce de Hora Sfakion, de allí partió el barco que nos llevó a Loutró, un pueblo únicamente accesible por mar que bien merece todo cuanto haya que hacer para llegar hasta él.

Creta en 8 azules
El agua de Loutró es un sueño.

La estampa de Loutró es hedonismo puro: una única fila de edificios blanquísimos —casi todos ellos ocupados por restaurantes y hoteles amables— queda enmarcada entre los montes que los sustentan y el borde turquesa radioactivo y rabiosamente transparente que el mar asume en este punto de Creta, poblado de barquitas y nadadores felices. Y regado por un sol que lo magnifica todo —azules incluidos—.

Todo en Loutró invita a quedarse.

Volveremos a Loutró con más detalle desde este blog, porque el lugar fascina. No hay comparación posible: el agua de Loutró es la más apetecible de la isla. La tranquilidad que se respira en este rincón cretense tampoco admite comparaciones. A Loutró cuesta quizás llegar, pero más cuesta irse: ¿Quién querría dejar de bucear en esos azules increíbles y hospitalarios? ¿Quién querría dejar de sestear en una hamaca frente a ese mosaico de tonalidades?

Aunque, en realidad, en Loutró la pregunta que a uno le asalta más salvajemente es la siguiente: ¿Quién querría irse de Creta? Yo, sinceramente, no. 🔵

🌊 ⚓️ Un paseo por ocho de los azules más vibrantes de Creta 👇

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Todas las imágenes son hechas por mí, Sergio García i Rodríguez.

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Un paseo para saborear el mejor atardecer de Santorini (si no del mundo)

Santorini es un lugar increíble, en el sentido literal de la palabra. Parece imposible creer que de una desgracia tan manifiesta —quizás la mayor erupción volcánica de los últimos milenios— haya emergido una isla tan mágica, desconcertante, bonita y deslumbrante a la vez.

Muchas son las cosas que cautivan tras poner un pie en la ínsula que los venecianos denominaron Santa Irene. Sin embargo, una se lleva la palma —bajo mi humilde opinión—: la magnitud superlativa de sus atardeceres. Porque si bien la geografía inverosímil de Santorini es un espectáculo sublime, experimentarla bajo el efecto hipnótico del sol poniéndose es, simplemente, una delicia mediterránea inigualable.

El atardecer en Santorini: postales a cada paso.

En mi primera tarde en la isla, hace apenas una semana —ay, nostalgia—, me sumé a la horda foránea que cada día elige el archifamoso pueblo de Oia, en el extremo norte de Santorini, para celebrar la puesta de sol. Y aunque presenciar el atardecer desde Oia fue maravilloso, me asustó la idea de que aquella elevadísima densidad de gente —acurrucada en cualquier superficie que apenas acomodara un cuerpo humano— fuera a acompañarme en mi periplo por el archipiélago y en los tres atardeceres que aún tenía por delante.

Por suerte, descubrí que no tenía por qué ser así. Para mi segundo atardecer, decidí perderme con mi cámara por los menos transitados pero igualmente laberínticos callejones de Fira, la capital de Santorini, y bordear la caldera —el cráter inundado que conforma la laguna sobre la que se derrama Santorini— en dirección al norte, hacia la vecina Imerovigli. Me veo en la tesitura de anunciar que aquello fue un gran acierto, y que ese par de horas fueron una alternativa tan placentera que superó al deleite visual y sensorial de Oia.

Vamos allá.

No tengas prisa: lo que prima es el camino

El paseo que os propongo parte desde el centro de Fira. En concreto, de la calle Ipapantis, que arranca delante de la majestuosa Catedral Ortodoxa. Son apenas las 18h00, y el sol se va a poner a las 20h06: tengo dos horas por delante para deleitarme y llegar hasta la oscura y prominente roca de Skaros, en Imerovigli, desde donde veré al Egeo tragarse al sol.

atardecer en Santorini
El paseo que os propongo empieza en Fira, delante de la Catedral Ortodoxa. En la imagen, la iglesia de Agios Minas y la isla negra de Nea Kameni, en la caldera.

No os quiero condicionar: entre Fira e Imerovigli no hay un único camino para disfrutar de este ritual tan cotidiano como bello. Si bien existe un sendero que conecta los abarratados Fira y Oia sobre la cornisa de la caldera, pasando por Imerovigli —de unos diez kilómetros de distancia, pateable en tres horas—, mi recomendación es que os dejéis llevar, escaleras arriba y abajo, haciendo, deshaciendo y rehaciendo camino. Porque como sugería Kavafis en su ‘Ítaca‘, aquí, lo que importa, es disfrutar el trayecto por encima de la meta.

Y el atardecer, en Santorini, al borde de la caldera, es un trayecto que se asemeja a una obra de teatro privilegiada en un escenario de auténtica locura.

Nada más asomarte a la caldera, desde Fira, reconoces a todos los actores que te van a acompañar durante el camino: la propia caldera, anfiteatro insólito, con sus bordes de colores dispuestos como capas de un mismo pastel añejo; Imerovigli y Oia, hacia el norte, el primero cercano y la segunda más alejada, pueblos blancos que se derraman ambos sobre el acantilado como bandadas de gaviotas aposentadas; las dos Kamenis (la nueva y la vieja), islotes negros, pétreos e imponentes en el centro de la caldera, guardianes del cráter; Thirasia, la isla hermana de Santorini que quedó al margen del boom turístico pero igualmente enfrentada a su vecina; y las lejanas Folegandros, Ios y Sikinos, espectadoras de lujo y desde la distancia del mismo ritual que nos aguarda.

atardecer de Santorini
En primera línea, las Kamenis, islotes que encierran al cráter que en su día creó la actual Santorini. Más al fondo, Thirasia.

Durante la función, lo que lo domina todo es el sol, maestro de ceremonias, que dispone sombras, luces y colores —del naranja al amarillo pálido, pasando por el crema y el granate— a su antojo, luchando contra un reloj que lo absorbe hacia el mar. Y la conjunción de sus voluntades con el escenario fijo y anclado —el natural, rocoso y marino, y el creado humanamente, blanco cal— es lo que hace que estemos aquí.

Y que a cada metro que avances todo te atrape un poco más.

Iglesias, capillas, campanarios y campanas: fotogenia infinita

Cerca de 450. Es el número de iglesias, capillas y templos —entre ortodoxos y católicos— que Santorini tiene sobre sus tierras. No es de extrañar, pues, que en este camino hacia el atardecer te sorprendan, a razón de una por minuto, cúpulas circulares, campanarios piramidales, fachadas encaladas y cruces por doquier. Hay iglesias más sofisticadas y más rudimentarias, más adornadas y más discretas, más coloridas o más monocromáticas, pero todas ellas tienen algo en común: un poder imantador de la atención infinito, así como del sol y sus rayos embellecedores, que peinarán e irán tiñendo sus fachadas a medida que la tarde se desvanece.

La Catedral Católica de San Juan Bautista es el edificio que más destaca en altura. Al fondo a la derecha, en blanco, la Catedral Ortodoxa

No podrás parar de mirarlas. En el primer tramo del paseo, en Fira, cautivan la iglesia de Agios Minas, blanca y delicada abajo en el barranco; la de Agios Stylianos, en ocre, rojo y azul, colgando sobre el abismo; o la Catedral Católica de San Juan Bautista, alta como ningún otro edificio en la isla.

¿Sabías que #Santorini tiene cerca de 450 iglesias? He aquí un paseo solar para descubrir algunas de las más bonitas | vía @singularia_blog

Muchos de los templos de Santorini tienen otro elemento compartido: pertenecen a familias que las construyeron a título privado para pedir protección para sus miembros. Conforman, todos ellos, parte del patrimonio tangible e idílico que convierte a Santorini en única y reconocible en nuestro imaginario.

atardecer Santorini
Agios Markos, una de las muchas iglesias que bordean la caldera.

Un patrimonio que también atrae, desgraciadamente, a un público insolidario, irrespetuoso y falto de escrúpulos, que no duda a la hora de trepar por las cubiertas de los templos —propiedades privadas, además— para robarles su mejor foto, aun cuando saben a ciencia cierta que lo que hacen está mal y un cartel lo prohíbe, amablemente, de manera explícita. ¿Por qué hay que soportar a ese tipo de depredadores turísticos, que no se tiene en cuenta sino a sí mismo? Sinceramente, es la única nota lamentable —y la otra cada de la moneda— de un espectáculo supremo como pocos.

Buganvillas, jacuzzis y antiguas fortalezas venecianas

A medida que avanzas hacia Imerovigli la subida se hace más evidente. No importa: las vistas y el vértigo se embellecen al mismo ritmo, y el camino, a la altura de la iglesia de Agios Theodoros y sus icónicas tres campanas, se ensancha. Unos bancos te invitan a tomarte un descanso, y vale la pena aprovecharlo: las etéreas Kamenis, quietas, escondiendo bajo sus entrañas el cráter que en su día generó todo este milagro, se ven desde aquí mejor que desde cualquier otro lugar, desprendiendo sombras que se alargan sobre el mar al ritmo del sol.

Dos locales descansan junto a sus motos delante de las tres icónicas campanas de Agios Theodoros, con la caldera frente a ellos.

Acercándonos a Imerovigli, con la vista ya puesta en su fantástica perspectiva descendiente, la laberíntica trama urbana de Fira se vuelve más lujosa y sofisticada. Empiezan a aparecer más jacuzzis y piscinas inverosímiles por todos los rincones, buganvillas radiantes dispuestas a la perfección, ánforas y suculentas regándolo todo.

Buganvillas y plantas por doquier. En la imagen de la derecha, las cúpulas de la iglesia de la Resurrección del Señor brillan bajo el sol.

No queda muy claro dónde acaba Fira y dónde empieza Imerovigli, pero no es algo grave a efectos de disfrutabilidad. La iglesia de la Resurrección del Señor, con sus cúpulas azulísimas y su privilegiada situación, es un lugar genial para embobarse mirando al acantilado, a esta hora ya más rojizo que antes.

atardecer Santorini
Imerovigli sigue siendo un mirador fantástico del atardecer. Al fondo a la izquierda, la negra roca de Skaros.

Cerca queda la roca de Skaros, un negro promontorio que parece robado al mar, donde antaño hubo un castillo veneciano —como los varios que este pueblo dispuso en los lugares más estratégicos de la isla— del que hoy solo quedan las ruinas. Dejo atrás la estupenda capilla de Agios Giorgos, que parece enclaustrada en una superficie —otra vez más— imposible y, ya bajando, me dirijo a la susodicha roca, de la que me separan varias decenas de escaleras.

Agios Giorgos, enclaustrada y cuesta abajo ya en Imerovigli.

Una epifanía solar

En ese punto, me sucede: tengo una epifanía solar. Me topo, de cara e inesperadamente, con la capilla de Agios Ioannis, quizás una de las más discretas del camino en cuanto a florituras. Como por arte de magia, el sol se cuela por el camino que sigue bajando hacia la roca Skaros, y me regala un reflejo exquisitamente colocado sobre la capilla, iluminando su puerta azul. No puedo pedir más.

atardecer de Santorini, Agios Ioannis
Agios Ioannis, con ese sol bendito filtrándose.

Me sitúo al pie de la amenazane roca con una cerveza bien fresca en mano, para disponerme a disfrutar —ahora sí— de las últimas luces antes de que el Mediterráno se meriende al astro que nos da la vida. La caldera, a esta hora, es como un teatro de sombras chinescas, donde los cambios de color se aceleran a pasos agigantados.

La Yellow Donkey es una cerveza no-filtrada que solo se puede conseguir en la isla. Al fondo, la roca de Skaros.

Santorini, Thirasia, las Kamenis y el resto de islas Cícladas cercanas —¿qué nombre tan evocador, ‘Cícladas’, no?— despiden el día al unísono, mientras ya asoma por el extremo opuesto de la isla la luna, celosa de tan preciado espectáculo. Será por espectáculos, en Santorini. 🔵

panorámica del atardecer en Santorini
El atardecer, visto desde la roca Skaros (derecha), promontorio que se hunde en el mar y desde el que se ve toda la isla de Santorini, extendida.

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Todas las imágenes son hechas por Sergio García i Rodríguez.

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Perderse con premio: las puertas más bonitas del Eixample

Me emocionan las puertas bonitas del Eixample.

No lo puedo remediar: encuentro loable que la voluntad de embellecer una puerta, algo concebido para cumplir una función cotidiana y banal, haya dado pie a objetos tan sublimes como las del Eixample.

Algo, además, accesible como pocas cosas. Porque lanzarse a flanear puerta por puerta por la retícula que Cerdà proyectó para ensanchar Barcelona es gratuito y rentable: por cada minuto invertido, te enfrentas a una media de diez obras maestras. Y, de regalo extra, te llevas un sinfín de cenefas, voladizos, ventanales, galerías, barandas y portales igualmente deliciosos.

Pero reivindiquemos hoy solo las puertas. ¿Qué hubiese hecho yo, sin tesoritos como las puertas del Eixample, cuando la pandemia y sus restricciones me condenaban a deambular por mi propio barrio? ¿Cómo habríamos, los curiosos y urbanitas, atravesado este desierto sin la belleza discreta pero clamorosa de todo aquello que habitualmente obviamos porque tenemos al alcance?

Más que un post al uso, esto es una invitación a perderse. A perderse en general: a dedicarle tiempo a lo que tenemos al lado de casa y encontrar las sorpresas que esconde; y, como ejemplo práctico, a perderse por las 420 manzanas del Eixample de Barcelona y recrearse en sus puertas. Sin ruta premarcada, mejor que mejor: verás que aparecen por todos lados.

La culpa, de los modernistas

De convertir lo banal en bello y lo técnicamente necesario en virtuosismo, los modernistas fueron maestros absolutos. Pero no se entiende la eclosión modernsita de Barcelona sin el apogeo industrial y burgués de finales del XIX, ni tampoco la construcción del Eixample. Por lo tanto, aunque por todo el barrio verás puertas dignas de ser veneradas, encontrarás las más notables en la zona más noble del ensanche primigenio, allí donde más pujanza hubo y donde más fastuosidad se pretendió concentrar.

Así pues, en este flaneo portalero, el Passeig de Gràcia es el paraíso hecho eje.

puertas bonitas eixample
La puerta de la Casa Milà, ‘La Pedrera’. Por Rexie J Jones, en Wikimedia Commons. CC-BY-2.0

Algunas de sus puertas son archifamosas: verás la férrea y esponjosa que da la bienvenida a la Pedrera, de Gaudí, por la que también entran los pocos y añejos residentes de la finca; o la de la también gaudiniana Casa Batlló, que parece un órgano ondulado.

Si subes un poco más, ya en el cruce con la Diagonal, te toparás con la fantasía de madera y vidrio de la de la Casa Comalat, de 1911, diseñada por Salvador Valeri i Pupurull. Dale la vuelta a este palacete, que esto va de perderse y detenerse: su fachada trasera, en la calle Còrsega, te regalará un portal sinuosamente fantástico de cerámica en varios colores y una galería hipnotizante de persianas de madera.

Belleza descentralizada: puertas por todas partes

Pero no todo va de iconos y megaconstrucciones: las puertas bonitas del Eixample llegan, como tentáculos, hasta calles y edificios menos exuberantes. Muchas de ellas son de autoría posterior a la etapa dorada del modernismo, pero su influencia —también como un tentáculo— se extiende hasta hoy. Y eso, también, afecta a las molduras que rodean las puertas.

La Rambla de Catalunya es un gran ejemplo de todo ello: quédatela entera y saborea sus puertas sin prisas, de arriba hacia abajo o al revés. Verás que algunas son de madera, altas y robustas; otras, de metal y vidrio, visualmente más aireadas. Algunas, incluso, tienen vitrales incrustados.

En los edificios residenciales de las calles que conectan a la Rambla de Catalunya con Enric Granados encontrarás joyitas hechas puerta sin esfuerzo alguno. No son solo casas-monumento, museos, oficinas o tiendas de lujo, como sucede en el Passeig de Gràcia: hacia ese lado del Eixample, la belleza de las puertas sigue hoy dejando entrar y salir a familias e inquilinos, separando intimidades familiares del ruido de la calle, cumpliendo la función primigenia que se les encargó.

Hacer zoom en la propia Enric Granados siempre es un pasatiempos hermoso, y flanear por ella a la caza de puertas, también. Aún cuando la pandemia cerró todos los bares y restaurantes de la calle y le arrebató su trajín habitual, recorrerla seguía siendo una delicia. Detalle extra: encontrarás bancos para sentarte mientras degustas puertas —¡y molduras, ojo!—, algo que vale la pena aplaudir.

La densidad de puertas bonitas por manzana desciende a medida que te alejas hacia la periferia del Eixample, allá donde más abunda lo nuevo, que condenó al modernismo y su influencia al desprecio de lo pasado. Sin embargo, en terrenos como los de la frontera incierta entre el Eixample, Gràcia y Sant Gervasi, el esplendor de las puertas sigue a cotas estratosféricas —como en la Rambla de Prat, por ejemplo—.

Así que, de nuevo, no te limites. Sal del Eixample, vuelve a sumergirte en él, crúzalo otra vez siguiendo un patrón de calles diferente. No hay edificio sin puerta, ni flaneo sin sorpresa. Y, en Barcelona, menos. 🟤


🚪🚶🏽‍♂️ En el #Eixample de #Barcelona, vale la pena perderse sin rumbo para disfrutar de un tesoro tan inadvertido como clamoroso: sus puertas | por @singularia_blog

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🚪 🚶🏽‍♂️ Una ruta ‘random’ por las puertas bonitas del Eixample 👇


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Menorca en 5 colores: un paseo cromático por la plenitud mediterránea

Si me piden que describa la plenitud con un paisaje, suelto «Menorca» sin dudarlo. Motivos me sobran. Esa isla privilegiada tiene todo lo que puede hacer feliz a un fan absoluto del Mediterráno y sus raíces como uno: una costa trufada de pliegues preciosos; un interior conectado con las raíces y la tierra; un agua que deslumbra; y, todo, a una escala humana y amable, pero a la vez diversísima.

Pero si algo convierte —para mí— a Menorca en representante perfecta de ese Mediterráneo puro y que embelesa son sus colores. Unos colores que en Menorca aparecen ante ti nítidos pero a la vez armoniosamente entremezclados; tan definidos por separado y, al mismo tiempo, partes de un todo inconfundible.

Binibèquer vell es una muestra de lo armonioso que, dentro de todo, es el impacto humano en Menorca.

Un todo en el que he pasado vacaciones en todas y cada una de mis décadas. Con sus colores he ido creciendo, así como lo ha hecho mi lazo inquebrantable con el Mediterráneo. Son, pues, los menorquines, colores queridos.

No necesitamos barco, avión ni moto para que os muestre los cinco que más me emocionan. Subid al blog, que os llevo —o lo intento— de paseo cromático por Menorca y sus rincones.

1 | El turquesa absurdamente bello de Macarelleta

Teclear ‘Menorca’ en Google es toparse de frente con una retahíla de imágenes con un agua tan turquesa que avasalla. Lo mejor de todo es que ese avistamiento virtual es completamente fiel a la realidad. Porque el turquesa de Menorca, en menor o mayor medida, hace acto de presencia en todas sus calas.

Sin embargo, si de llevarnos al extremo del placer visual se trata, de todos los turquesas menorquines, me quedo con el de Macarelleta.

Colores de Menorca: Macarelleta
¿Para qué quieres filtros, si estás en Macarelleta?

Situada al sur de la isla, Macarelleta no es una cala solitaria: tiene una siamesa —mayor que ella, como su nombre indica—, Macarella. Vistas desde el aire (qué espectáculo debe de ser eso), ambas conforman una especie de uve acuática que se clava en la silueta de la isla. Los bordes interiores de esta sublime e imaginaria letra son paredes calcáreas que bajan hasta el agua, por cuyas cornisas superiores, a 15 metros por encima del bendito Mediterráneo, circula un estrecho sendero que une a ambas calas. Pues bien: transitarlo es vertirse al turquesa más intenso, bello y electrizante que he visto nunca.

Colores de Menorca: Macarella
Caminar por el sendero que une Macarella y Macarelleta es simplemente esto.

Si me quedo específicamente con el color del agua de Macarelleta es porque la arena que yace bajo ella es tan uniformemente blanca y la forma de la propia cala es tan perfectamente rectangular que no destacar algo tan bello sería, simplemente, absurdo.

2 | El grisáceo agradecido de la costa del Sur

En el turquesa nítido de Macarella, Macarelleta y —por ejemplo— sus vecinas Turqueta o Galdana, parte del mérito lo tiene el gris pétreo de las paredes que las envuelven. Un gris en el que el sol rebota y que, sin hacer más que reflejar el azul del cielo sobre el agua, desemboca en una de las magias menorquinas.

Cuando subí al monte Toro, el punto más alto de la isla, aprendí cómo la naturaleza y su historia, caprichosamente, son las culpables de la maravillosa diversidad cromática que motiva este paseo. Allí arriba, en un panel informativo, dejaban la cuestión clara con dos nombres: Migjorn y Tramuntana. Son las dos regiones geológicas en las que se divide Menorca, que parten la isla de extremo a extremo casi resiguiendo la carretera que une Maó y Ciutadella, y que vendrían a equivaler a su cara sur y a su cara norte.

La ‘Menorca blanca’ está plagada de acantilados que se vierten sobre el turquesa. Imágenes de Pelayo Arbues y Reiseuhu en Unsplash.com.

La sur es la ‘Menorca blanca’, donde reina el marés del Mioceno, la roca (más bien) grisácea que nos trae hasta aquí, y de la que también derivan las prehistóricas navetes que dieron cobijo a los menorquines de la edad talayótica. En la Tramuntana menorquina, en cambio, el cromatismo del terreno se vuelve más oscuro y rojizo. Y aunque a ambas caras no las separan más de 15 kilómetros, ir de la una a la otra es como cambiar por completo de paraíso, entrando en uno tan diferente al previo como igualmente perfecto. Hacia allá que vamos.

3 | El rojizo remoto y salvaje de Cala Pilar

Dentro de esas epifanías mediterráneas que te regala Menorca están las caminatas privilegiadas que ofrece su Camí de Cavalls, la soleada y ancestral ruta que resigue la silueta insular, cala a cala.

Uno de sus tentáculos remotos en la Tramuntana menorquina, donde la costa se vuelve tan abrupta como hipnótica, te lleva por un pedregal caminable, polvoriento y sombreado hasta un fantástico balcón asomado al mar —casi tan turquesa como en Macarelleta— y a otro de los colores de mi Menorca: el rojizo de la roca que envuelve a la cala Pilar.

Colores de Menorca: Cala Pilar
Cala Pilar: Marte con mar.

El contraste entre el azul refulgente del agua y el rojo casi marciano de cala Pilar es emocionante. Es la constatación estética de ese otro paraíso que, aunque cercano al sur de la isla, parece llevarte a otro mundo. Un paraíso que es completo cuando en pleno agosto —de 2018— te encuentras en una playa deslumbrante y, además, pseudodesierta: la compartimos con apenas 20 personas más, durante todo el día. Solo faltaban Eva y Adán: si bien en toda Menorca está tolerado el nudismo, en cala Pilar es mayoritario.

Cala Pilar es balcón a un mar que se funde con el horizonte.

Para sumarle más dramatismo al impacto que genera cala Pilar, la vegetación abundante y voluminosa que en la Menorca blanca adorna las calas en forma de pinos deja paso en el norte a arbustos bajos, pero igualmente radiantes. Los verdes, por supuesto, también tienen mucho que decir en Menorca.

4 | El verde de los ullastres

Es imposible disociar la capa vegetal de Menorca del imaginario que uno se construye con sus delicias. Verde benefactor a varios efectos: te protege del sol de la tarde cuando sesteas, bajo un pino, sobre la arena blanca de una cala; refresca la isla cuando el verano aprieta; serena la vista cuando ensalza al turquesa del mar o tapiza el interior de Menorca.

Los verdes menorquines adornan también el interior de la isla, rural y habitado desde hace milenios.

Porque alejarse de la fachada litoral de la isla, lejos de restarle atractivo al viaje, es descubrir otro de sus tesoros: el de un interior cuidado, trabajado por siglos de agricultura armoniosa y, ante todo, protegido. Menorca fue declarada reserva de la Biosfera por la Unesco en 1993, y el respeto por la naturaleza —causa de que sigamos disfruando los colores que hoy nos ocupan— se palpa también en los campos, ondulados, amables y verdes.

El verde cubre el interior de Menorca, y desde el monte Toro se ve mejor que desde ningún otro lugar.

Un árbol sabio y longevo encarna a la perfección la plenitud menorquina: el ullastre. Primo silvestre del olivo, lleva milenios echando raíces en todos los rincones de Menorca, dando olivas y aceite a los isleños, ofreciéndoles madera para construir los portones de fincas y casas, sacudiéndose al sol y al viento del Mediterráneo. Sutil, sosegador, resiliente y sublime, mimetizado con la isla en la que vive.

De madera de ullastre están hechas muchas de las puertas que se ven en las fincas menorquinas.

5 | El blanco de los pueblos

Tan menorquín y mediterráneo como el ullastre es el color que da vida a la mayoría de aldeas y pueblos de la isla. El impasible sol que abrasa Menorca en verano tiene parte de la culpa de que, de es Mercadal a Fornells –pasando por Alaior—, el puro y aislante blanco lo pinte casi todo: iglesias, muelles, viviendas, barandas, escaleras, molinos de viento…

El blanco es el color de los pueblos menorquines, como pasa en Es Mercadal. Fotos de Teresa Fernández y Héctor Rivas, en Unsplash.com.

Un blanco que se extiende hasta las urbanizaciones que proliferaron en la isla más allá de los pueblos, respetuosas en su mayoría con el modo de construcción tradicional, e imitadoras de las antiguas casas de los pescadores menorquines. Es una máxima en la isla —y para mí uno de sus mayores atractivos—: lo construido es armonioso con el medio, discreto, nunca mastodóntico y casi siempre de una altura inferior a tres plantas.

No se me ocurre un mejor cierre para este paseo cromático menorquín que el que nos ofrece un edificio —obviamente— blanco: el faro de Cavalleria. Inserto en la salvaje costa norte y vertiginosamente abalanzado sobre el Mediterráneo, es un lugar idóneo para ver —espectáculo cromático mediante— cómo el mar se traga, otro día más, al Sol. Y para que la retina, ensoñada, acabe de enamorarse de Menorca. 🟡

Colores de Menorca: Cavalleria

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La Ciudad Vieja de Montevideo: placitas, librerías, nostalgias y otros pequeños placeres

Una cajita entrañablemente ecléctica de rincones felices, una punta atlántica en la que desembarcaron tantos y tantas, un amable microcosmos urbano que te abraza, una conjunción maravillosa de librerías, cafecitos, micromuseos, placitas, palacetes y aire de puerto, un resumen de por qué hay que querer a Uruguay. Todo eso es la Ciudad Vieja de Montevideo, urbe que a Lola Flores le pareció ‘el despertar de una dulce siesta’. Y no hay más que cruzar la puerta de su barrio más antiguo para empezar a entenderlo todo.

Porque sí: la Ciudad Vieja montevideana tiene puerta. Y también —hasta 1877— tuvo murallas: fue en ese perímetro de apenas 1.500 metros de largo por 800 de ancho donde nació un Monetvideo fortificado y estratégicamente protegido, que pasó de portugueses a españoles y más tarde a ingleses, hasta finalmente liberarse y erigirse en el primer centro de la capital de Uruguay, ya en 1828.

A pie, en bicicleta, con un café y un periódico de por medio: la Ciudad Vieja es humana, y se disfruta a fuego lento. Imágenes de Cassie (CC-BY-NC 2.0) y Marcelo Druck (CC BY-NC-ND 2.0) en Flickr, y propia.

Hoy, desmurallada y abierta al mundo pero aún recogida sobre sí misma —y preservada, por suerte—, es una sucesión urbana de pequeños placeres y gustitos. Todo a escala humana, y con el olor a sal y tránsito del Río de la Plata calles abajo, en los fondos, constantemente.

Dejarse llevar con los ojos despiertos, la clave para acercarse a la Ciudad Vieja de Montevideo

Si uno cruza la susodicha Puerta de la Ciudadela, aparece frente a la peatonal Sarandí, la camiable espina dorsal de la Ciudad Vieja. Un desfiladero amable de transeúntes, oficinistas apresurados (pero no tanto), funcionarios, turistas, deambulantes y vendedores ambulantes que disecciona una muestra física del centro antiguo de Montevideo.

La peatonal Sarandí, la espina dorsal de la Ciudad Vieja de Montevideo.

Reseguir el kilómetro de Sarandí es fundirse en una cotidianeidad deliciosa y entrañable. Y aunque no hay ningún patrón obligado para dejarse seducir por la Ciudad Vieja, la opción más garantista sugiere ir tomando y dejando esta calle indistintamente, sin un rumbo fijo, alternándola con las otras arterias del lugar, secundarias y reticulares. Porque no tiene sentido acercarse con prisa, a la Ciudad Vieja. Del mismo modo que no tiene sentido dormir siestas —ni despertarse de ellas— con prisa.

Sí vale la pena, al contrario, adentrarse en este barrio montevideano con el ojo bien descansado: para embelesarse con el festival de fachadas que atesora —casonas de la época colonial, palacetes art nouveau, edificios art déco—, testimonio pétreo de su importancia histórica y vitalidad; para descubrir la mirada de Galeano aguardando tras un grafiti en una esquina cualquiera; para detenerse ante puertas de una madera tan antigua como la propia República Oriental del Uruguay.

Puertas, ventanas, forjas. En la Ciudad Vieja de Montevideo, los detalles son un encanto.

La plaza Matriz y la plaza Zabala: dos oasis urbanos para dejar el tiempo pasar

A la Plaza Constitución le llaman Plaza Matriz. Cosas de las ciudades viejas: a veces los nombres oficiales no coinciden con los que le ha acabado dando su gente. ‘Matriz’, porque en ella encuentras edificios de los que emanó y emana poder: la catedral montevideana, el Cabildo de la ciudad, el Ministerio de Transportes y Obras Públicas, el Club Uruguay, epicentro de los encuentros de la alta burguesía desde finales del siglo XIX… Plataneros de más de 30 metros los custodian, y ordenan los caminitos que rigen la plazoleta, elegante y armoniosa, y conducen a la fuente del centro.

En la plaza Matriz hay verde, fuentes, feria de antigüedades y, entre otros edificios, el Club Uruguay, con su fantástica galería de columnas.

Pateable como toda la Ciudad Vieja, raro es el sábado que en la Plaza Matriz no haya una feria de antigüedades, con sus parroquianos, sus vendedores, su ritmo soleado aunque llueva. Cuberterías llegadas de todos los rincones de la vieja Europa, platos de cerámica, jarrones, candelabros centenarios. Si todo lo que allí se vende hablara, nos contaría innumerables historias de migrantes llegados de Italia a bordo de transatlánticos y de gallegos emprendedores y empujados al mar. Y de toda su descendencia, uruguaya hoy.

También se venden en la plaza, cómo no, libros de segunda mano. Es fácil sentirse invitado a comprar uno —o bien un periódico en el kiosko de la esquina—, a elegir un banco para ojearlo y a sentarse a ver las horas y las gentes pasar.

Ya te lo decía: la Ciudad Vieja va de tomarse las cosas con calma.

Más abajo, hacia el mar, irrumpe otro oasis urbano —este menos populoso—: la Plaza Zabala. Digo ‘irrumpe’ porque su forma romboidal parece encastrada a consciencia para desestabilizar la perfecta retícula de la Ciudad Vieja. Pisarla es quizás pisar un poquito de París —del tranquilo y apaciguado, claro— en Sudamérica: residencias señoriales, forjas fantásticas, edificios de viviendas neoclásicos, palmeras y ombúes.

Plaza Zabala - Montevideo.tif
Así era la Plaza Zabala en 1907. Dominio Público.

Pero me disgusta hacer esas analogías transoceánicas: el Río de la Plata es hoy criollísimo, y del mismo modo su arquitectura, su urbanismo, su esencia. Y su valor. La Ciudad Vieja de Montevideo no es un trocito de Europa en Sudamérica; es Sudamérica. O, al menos, una de las muchas Sudaméricas. Ese es su valor, y yo quiero verlo así.

La Ciudad Vieja de Montevideo, rincones llenos de historias. Imagen por Greta Scholderle Moller, en Unsplash.

Tres librerías y un café para viajar (en el tiempo y el espacio)

¿Qué puede haber más noble, sanador y placentero que encontrar, una tras otra, librerías añejas y a la vez vivísimas en las que perderse por horas? A nostalgia y puerto huelen también las muchas librerías de la Ciudad Vieja de Montevideo, que rezuman el amor por la literatura de un país tan pequeño como enorme en talento de letras: Benedetti, Onetti, Ida Vitale, Horacio Quiroga, de nuevo Galeano…

Discretas y amables, todas ellas, son la puerta de embarque a un viaje que no cesa por historias de papel, y que se puede llevar a casa. Me quedo con tres.

En plena peatonal Sarandí, Más Puro Verso ocupa el edificio Pablo Ferrando, una fantástica construcción art nouveau de 1917 a la que le encanta que la miren desde cualquier perspectiva —ironía fina: fue la primera óptica de Uruguay—. El escaparate de la librería no es menos fantástico, con sus vidrieras onduladas y sus columnas de hierro forjado. Y dentro, dos plantas de libros, una escalinata preciosa y un restaurante en el altillo, con vistas. La pujante y burguesa Ciudad Vieja de inicios del XX, hecha hoy palacete literato.

El edificio Pablo Ferrando aloja Más Puro Verso, una librería preciosa y armoniosa.

En Moebius, el rótulo de la puerta ya deja claro su romanticismo: ‘arte, libros y objetos en extinción’. Y música de tocadiscos, e incluso un gato plácidamente acomodado en un rincón (cuidado: te entrarán ganas de imitarlo).

En Moebius todo es relajado. Y los visitantes lo perciben.

Traspasar la puerta de Linardi y Risso es sellar de nuevo el pasaporte. A pocos pasos de la plaza Matriz, esta librería avisa a su entrada, desde 1944, su especialidad: libros uruguayos y latinoamericanos, antiguos y modernos. Las escaleras de mano que cuelgan de sus estanterías parecen listas para que trepes por tanta historia escrita, y el espacio invita a sumergirse en él por días. “Una librería que busca y preserva, y esconde la sorpresa que debemos hallar. ¡Qué delicia aunque no nos llevemos casi nada!”, escribió —y bien— Neruda en el libro de visitas de Linardi y Risso, en 1960.

Linardi y Risso, una institución.

En las tres podrás detenerte a leer sin que nadie te moleste ni presione, a ojear sin que se te abalancen apresuradamente para venderte este o aquel libro, a saborear letras sin el ajetreo de los lunes.

Más allá de leerse, la nostalgia también se bebe y se come, en la Ciudad Vieja de Montevideo. Seguramente hay un rincón donde todo ello, desde 1877, se fusiona: el Café Brasilero. 57 metros cuadrados que son una institución viva de la historia cultural de la ciudad, refugio afable y con mesitas humildes de la bohemia uruguaya: Onetti empezó a escribir ‘El Pozo’ allí mismo; en sus sillas Benedetti y Galeano ojearon el periódico asiduamente; Gardel cayó por el local alguna que otra vez… Hoy ya no los tenemos con nosotros, pero el Café Brasileiro sigue vivísimo, esperándonos a los que seguimos deambulando por la Ciudad Vieja.

El Café Brasileiro son 57 metros cuadrados de historia y bohemia.

La ciudad (y el país) que llegó por barco y tres micromuseos para entenderla mejor

“Los mexicanos descienden de los aztecas, los peruanos descienden de los incas y los uruguayos y argentinos descendemos de los barcos”,

—dijo una vez Eduardo Galeano.
La Ciudad Vieja, con el puerto detrás. Imagen por Marcelo Campi, Wikimedia Commons, CC BY-SA 3.0.

Fruto del tráfico marítimo y todos sus avatares nacieron el Montevideo que la Ciudad Vieja encarna, los sueños que refleja, sus pujanzas y letargos, su cadencia relajada pero sin pausa. Solo entre 1860 y 1920, cerca de 600 mil europeos se instalaron en este rincón del mundo llegando, precisamente, por el puerto de la Ciudad Vieja.

Grúas, marinos, pescadores esperanzados que toman mate en las escolleras, buques que parten y llegan, aduanas, pasajeros, tránsito y embarcaderos. El puerto y su entorno son parte viva de este barrio, y nos ayudan a entender dónde y cómo empezó —casi— todo el universo montevideano.

Por mar llegaron a Uruguay las familias de tres de sus artistas ilustres: Joaquín Torres García, José Gurvich y Pedro Figari. ¿Qué guardan en común, los tres? Pues que bebieron del rico y plural trasfondo migratorio y efervescente del Uruguay del siglo pasado, y que contribuyeron a enriquecer la identidad cultural de un país que entonces se adentraba en su segundo siglo de vida. Y en la Ciudad Vieja hay tres joyas de bolsillo para disfrutar de sus respectivas obras: los micromuseos de cada uno de ellos.

El más famoso de los tres, el de Torres García, nos acoge en el inicio de la peatonal Sarandí. El artista pasó algunos años de su juventud en Cataluña —lugar de origen de su padre—, donde conoció a los modernistas y, entre ellos, a Gaudí. A su vuelta a Uruguay, impulsó ‘La Escuela del Sur’, en 1944, faro de reivindicación de la autonomía artística y cultural de Latinoamérica. “Nuestro norte es el sur”, proclamaba, y suya es la famosa y bonita América invertida, de 1943. Buscó un arte capaz de expresar conceptos con un lenguaje universal, ideas transmisibles. Y su museo es una excusa fantástica para adentrarse, en una tarde feliz, en ese universo estético.

‘El Pez’ y ‘América Invertida’, dos de las obras más famosas de Torres García.

Un poquito más abajo, en la misma Sarandí, uno de sus aprendices aventajados nos enseña, en otra visita breve y apacible, su parcela artística: Gurvich. Lituano de nacimiento y uruguayo de adopción, empezó abanderando el estilo constructivista de la Escuela del Sur para luego acabar desarrollando una simbología pictórica propia, muy influenciada por sus idas y venidas por el mundo y por sus raíces judías. Un fragmento de otro —y al mismo tiempo el mismo— Uruguay.

El Museo Gurvich, en plena Sarandí, y ‘Kibutz’, una de sus obras.

Pedro Figari, nacido en 1861, es el más veterano de los tres. Hijo de inmigrantes italianos, fue abogado, político, escritor, periodista y filósofo y, ya cuando se acercaba a su sesentena, también pintor. Con su obra intentó reivindicar, del mismo modo que Torres García, a su región. Con más mancha que línea, pintó escenas cotidianas del pasado poscolonial y rural de Uruguay: de los salones de baile donde la burguesía criolla se divertía, de los negros que tocaban candombe en las plazas, de los campos y los ombúes al atardecer. Una preciosa forja —como tantas otras de la Ciudad Vieja— precede a la puerta de su también micromuseo, que invita a descubrir el Uruguay de ayer en una hora amable.

Al museo de Figari se entra por una forja preciosa, y en él se alojan escenas pictóricas del Uruguay del pasado.

El Teatro Solís y el palacio Salvo: la Ciudad Vieja como puerta al resto de la capital

Hoy, sin murallas, es fácil salirse de la Ciudad Vieja. Eso hace que pasearla sea aún más interesante, porque te funde con el Montevideo que se expandió allende sus límites, con nuevas formas. Dos ilustres rincones contiguos a este antiguo barrio cerrarán este paseo virtual.

Primero, cerca de la puerta de la Ciudadela y en el borde del viejo muro, perdámonos por el Teatro Solís, el principal de Uruguay. Por fuera es amable, coqueto y explorable —como todo lo que lo rodea—, y dentro, en su sótano, esconde una sorpresa: un laberíntico (y gratuito) centro de exposiciones.

El Teatro Solís, el principal de Uruguay.

Acostumbrado a la marabunta de visitantes que habitualmente puebla —o poblaba— cualquier museo de Barcelona, perderme por las tripas del Solís fue una aventura tan casi privada como disfrutable. En su día, me tocó una exposición sin desperdicio alguno sobre la llegada del cine a Uruguay y las primeras películas hechas en el país, de cuando todo llegaba aún por barco. De nuevo, la nostalgia.

Todas las ciudades tienen un icono, y el de Montevideo es el Palacio Salvo. En el borde de la también vecina Plaza Independencia, casi enfrentado a la puerta de la Ciudadela, queda este fastuoso y fascinante tótem que entre 1928 y 1935 fue el edifico más alto de Latinoamérica. Y que parece, tal vez, a punto de despegar cual cohete.

El palacio Salvo, un tótem montevideano.

Se ve desde muchos lugares: en el atardecer y ante el horizonte del Río de la Plata, o desde la Rambla, con el resto de la ciudad debajo. Y si bien no llega a verse desde la torre de su hermano gemelo, el bonaerense Palacio Barolo, enfrentado a 220 kilómetros agua adentro, sí que se ve desde el mar y desde el aire, al acercarse a Montevideo.

El cierre a esta vuelta lo pongo allí, en el Palacio Salvo, plantado donde la Ciudad Vieja se lanzó a ser más grande, más amplia, más extendida, más nueva. Y más alta. Pero hacia esa otra Montevideo —también sin prisas, claro— ya nos dirigiremos en otra ocasión. 🔵

🇺🇾🚢 Una cajita ecléctica de rincones entrañables, una punta rioplatense en la que desembarcaron tantos y tantas, un amable microcosmos urbano que te abraza: todo eso es la #CiudadVieja de #Montevideo, y hasta allí vamos | via @singularia_blog

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🇺🇾 ⛲️ 🌳 La Ciudad Vieja de Montevideo 👇

Al amor de mi vida y a la parte uruguaya de la familia.

Todas las imágenes son propias (excepto cuando se indica lo contrario).


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El hospital más bonito del mundo (y un paseo por su barrio)

El Hospital de la Santa Creu i Sant Pau es el más bonito del mundo (y me atrevo a decirlo habiendo estado ante una ínfima muestra de los más de 17 mil que hay en el planeta). Echémosle la culpa al modernismo y a un hombre: Lluís Domènech i Montaner.

Si miras al Eixample desde el aire —por ejemplo, antes de aterrizar en Barcelona—, ves clara la excepcionalmente perfecta retícula que le da forma. Y, en uno de sus extremos, ocupando el equivalente a nueve manzanas de las que Cerdà ideó, un cuadrado inmenso destaca: es el Hospital de la Santa Creu i Sant Pau, que lleva allí desde que en 1902 se colocara su primera piedra.

En aquellos años, el solar que hoy ocupa era una isla colindante con el emergente Eixample, que buscaba expandir Barcelona más allá de los límites de la hoy Ciutat Vella. El Hospital de la Santa Creu i Sant Pau, que llevaba en el Raval desde 1401, se había quedado pequeño. Y las entonces casi rurales faldas de la colina del Guinardó eran su nuevo destino.

El hospital más bonito del mundo se inauguró en 1930. En la imagen, las obras, en 1913. Imagen de Josep Salvany i Blanch, de dominio público.

Se dio, para tal fin, una conjunción única: el legado de un mecenas recién fallecido —el banquero Pau Gil— y su voluntad de dedicarlo al nuevo hospital, el talento del arquitecto Lluís Domènech i Montaner y la etapa dorada de un movimiento estético que embellecía todo lo que tocaba en la ferviente Barcelona: el modernismo.

Hasta 1930 no se inauguró el hospital de la Santa Creu i Sant Pau, y Domènech i Montaner no pudo ver la obra finalizada. Una tremenda lástima: estaba en pie el hospital más bonito del mundo.

Un deleite urbano y el corazón de varios barrios

91 años después, el Hospital de Sant Pau (como se le conoce coloquialmente; la ‘Creu’ siempre cae al nombrarlo) tiene dos partes diferenciadas: la modernista, hija del proyecto de 1902, y la moderna, construida en los 2000 cuando —de nuevo— la infraestructura médica quedó obsoleta. La moderna es la que aloja hoy a las instalaciones sanitarias, y la modernista, la abierta al visitante como joya que es.

El hospital de Sant Pau queda hoy encajonado en la vida de cuatro barrios de Barcelona.

A ambas las acabó engullendo Barcelona y su trama urbana, que tiene insertado al hospital de Sant Pau el punto de encuentro de varios barrios —el Baix Guinardó, el Guinardó, la Sagrada Família y el Camp de l’Arpa— que le deben parte de su identidad y vida. Pero centrémonos en el Sant Pau modernista y reivindiquemos su benefactora influencia en el barrio en el que hoy vivo: el de la Sagrada Familia.

Normal que semejante vecina le birle el nombre del barrio. Sucede igual con la avenida que une al templo de Gaudí con el hospital que nos trae hoy aquí, que también acabó decantándose a favor del bueno de Antoni. Porque sí, también se podría haber llamado Avenida Domènech i Montaner, pero eso no es relevante ahora. Lo que hay que retener es que la Avenida Gaudí es la mejor manera de acercarse al hospital de Sant Pau, y que en 10 minutos a pie conecta dos obras maestras que, a la vez, son Patrimonio de la Humanidad. Maravillas a golpe de paseo.

La Avenida Gaudí conecta a la Sagrada Família y al Hospital de Sant Pau, cortando en diagonal por las manzanas del Eixample.

Detente a tomar un café o una cerveza bien fresca a medio camino en la susodicha, amable y modernista avenida, y retómala luego para toparte de frente, en su extremo norte, con la increíble fachada del hospital de Sant Pau. Ese ritual, al completo, es un deleite urbano para el vecino del barrio —como yo mismo—, para el turista —que hoy escasea—, para los millares de enfermeros del hospital, tanto de hoy como de ayer —como los amigos Abel o Julia—, para los funcionarios de las organizaciones que el conjunto modernista también aloja —de ONU-Habitat, por ejemplo—o para el curioso que barcelonea de vez en cuando.

La fachada de Sant Pau es increíble. Imagen del Districte d’Horta-Guinardó bajo licencia Creative Commons.

A todos impresiona, de repente, la aguja imposible que corona la fachada, los arcos de cerámica de las puertas, el hierro forjado que las adorna, los azulejos omnipresentes, los porticones coloreados de cada ventana, los mosaicos laterales que relatan —a modo de cómic— la historia del lugar. Y el amor y el detalle con el que Domènech i Montaner diseñó cada centímetro de la armonía del edificio.

Armonía y minuciosidad en el recinto modernista más grande del mundo

Entrar al recinto solo mejora la impresión. Está compuesto por 27 pabellones en los que se desarrollaban las tareas médicas hasta entrada la década del 2000, cuando 12 de ellos fueron restaurados minuciosamente y abiertos al disfrute del público. Lo mismo sucedió con un kilómetro de galerías subterráneas que conecta a los pabellones y los jardines que los articulan a nivel de calle.

Absolutamente todo está bendecido —porque hoy, echando la mirada hacia atrás, es una suerte que así pasase— por la voluntad modernista de embellecer la obra humana y de hacer que despertara emociones, rindiendo un homenaje constante a la naturaleza. Flores, hojas y árboles —con el permiso de la heráldica— inspiran toda la ornamentación de Sant Pau, y perderse entre sus vidrieras, sus techos alicatados y las sinuosas esquinas y columnas que le dan forma es un placer absoluto. No hay más.

La disposición de los pabellones en el plano del hospital es tan funcional como bella. El espacio, las cúpulas (de todos los calibres) y los ventanales se conjuran para dejar pasar el aire, punto clave por allá cuando la climatización era manual. Lo mismo ocurría con la luz, y mención a parte merece la antigua (y curiosa) Casa de Operaciones y sus acristaladas paredes casi de invernadero. Ocupaba el espacio central del recinto para poder captar tanta iluminación natural como fuera posible y alargar así al máximo su horario de actividad.

Dos vistas de la Casa de Operaciones: la trasera y la interior.

Para Domènech i Montaner, no había que elegir entre belleza y funcionalidad. Y lo mejor de todo es que, aquí, tampoco hay que decidir entre calidad y cantidad: por si fuera poco, Sant Pau es el recinto modernista más grande del planeta. Darle más vueltas es absurdo: visitar el hospital más bonito del mundo es un regalo, y obviarlo estando en Barcelona, una pérdida. Incluso puede ser un regalo en el sentido literal del término: el primer domingo de cada mes, la entrada matutina es gratuita. ¿Le podemos pedir algo más?

Todas las imágenes que incluye este post son hechas por mí.


🌞 No necesitas ver los más de 17 mil hospitales del mundo para saber que el más bonito de todos está en #Barcelona y es hijo del #modernismo | vía @singularia_blog 👇


🏥 Para situar al hospital más bonito del mundo en el mapa 👇
📍 Para más información sobre el Hospital de la Santa Creu i Sant Pau, visita la web oficial del Recinto Modernista aquí.

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Punta Arenas, una micrometrópolis llena de historia(s) en el fin del mundo

📝
Guía narrada de la Patagonia chilena
📍 PUNTA ARENAS ➡️ Puerto Natales ➡️ Glaciares Balmaceda y Serrano ➡️ Torres del Paine ➡️ Perito Moreno ➡️ Leer y ver la Patagonia

La Patagonia chilena suele empezar en Punta Arenas, pero pocas veces pasa por allí. Muchos, en esa fiebre expedicionaria y chatwiniana que inspira el fin del mundo, saludan a su aeropuerto y se apuran por tomar la ruta hacia las Torres del Paine y los glaciares. Yo, que viajaba solo por primera vez y tenía una semana por delante en la Patagonia, desafié a esa idea y decidí detenerme tres días en Punta Arenas.

Merece la pena: Punta Arenas es un prólogo fantástico –y curioso– para fundirse más y mejor con el universo patagónico. Bordeemos el estrecho de Magallanes y démonos un paseo relajado por la ciudad más austral de Chile, que –además– está llena de historias.

Colores ante el aislamiento

Llego a Punta Arenas un sábado de octubre. Es muy temprano, todo está relajadísimo y la ocasión es perfecta para dejar la mochila en el hostal y dar una vuelta de reconocimiento rápida.

Y nada mejor que las alturas para familiarse con la trama urbana. Primera parada: mirador del Cerro de la Cruz, un balcón asomado a Punta Arenas, al manso estrecho de Magallanes, que le da sentido, y a los centenares de casitas y tejados coloridos –por algún motivo le llamaban ‘la ciudad de los tejados rojos’– que la articulan. Un poste señala una gran multitud de destinos y la distnacia que los separa de Punta Arenas, pero lo que más me llama la atención, en el horizonte, es la silueta amenazante del Cerro Sarmiento: detrás de él, océano adentro, solo queda la Antártida.

El vértigo es grande, y marca una máxima recurrente en Punta Arenas: estamos en el fin del mundo.

En el Cerro de la Cruz, un poste lleno de flechas nos recuerda que estamos lejos de casi todas partes.

La plaza de Armas más bonita de Chile y ‘los pioneros’

Es hora de tomarle el pulso al plano de la ciudad y bajar hacia su centro. Primera apreciación significativa una vez abajo: sacando a la de Santiago del mapa, diré que la plaza central de Punta Arenas es la más bonita de las ‘plazas de armas’ de Chile. Alberga una síntesis vegetacional de la Patagonia en su interior y, por supuesto, un monumento dedicado al responsable de que estemos aquí: Fernando de Magallanes.

Punta Arenas Patagonia
La plaza de armas de Punta Arenas, también llamada Muñoz Gamero, tiene en su interior a una estatua de Fernando de Magallanes. Foto por Martin St-Amant, en Wikimedia Commons, bajo licencia CC-BY-SA-3.0

Fue él y su flota quienes, en 1520, franquearon por primera vez para el mundo occidental el estrecho que llevaría su nombre, y que se convertiría en la principal ruta de navegación entre Europa y las costas del Océano Pacífico.

Sin embargo, fue en 1848 cuando se fundó Punta Arenas, que pronto se erigió en polo de atracción de inmigrantes europeos debido a la política de fomento del gobierno chileno, que les ofrecía tierras a cambio de colaborar en la consolidación de la soberanía nacional en la región.

Un paseo tranquilo por Punta Arenas es un recorrido por retazos de la Europa de finales del siglo XIX.

Sucesivas olas de migrantes llegan con la fiebre del oro de 1910 y tras la Primera Guerra Mundial, y empresas balleneras, navieras y aseguradoras, así como latifundistas de la ganadería ovina, contribuyen pronto a desarrollar la ciudad. Es por ello que la arquitectura de Punta Arenas tiene un marcado carácter europeo, y que las manzanas que bordean la plaza de Armas están pobladas de palacetes y edificios de inspiración neoclásica, algo que en la mayoría de capitales de región de Chile sucede en menor medida.

El más notable es el Palacio Sara Braun, que ocupa una esquina de la plaza de armas y que hoy alberga un hotel –el José Nogueira– y el reputado Club de la Unión. Construido en la primera década del siglo XX, es el legado de la fortuna que amasaron la judía Sara Braun y el portugués José Nogueira, dos de los ‘pioneros’ que se enriquecieron gracias a las explotaciones ovinas que impulsaron en Magallanes.

Punta Arenas Patagonia
El Palacio Sara Braun es el edificio más bonito de Punta Arenas.

Nuevos horizontes –y claroscuros– en el estrecho

El Museo del Recuerdo, a algunos minutos en bus del centro de Punta Arenas, ejemplifica el modo de vida de los colonos –mayoritatiamente– centroeuropeos, británicos y balcánicos (aunque también de otras partes de Chile) que, durante el siglo XIX y principios del XX, se instalaron en la región buscando nuevos horizontes. Los 3.000 objetos y las recreaciones que contiene –un consultorio médico, una tienda de ultramarinos, una escuela o una peluquería de la época– son el testimonio de la ambición de quienes se fueron hasta el fin del mundo para labrarse una vida y construyeron una ciudad desde cero.

El Museo del Recuerdo es un viaje al modo de vida de la Punta Arenas incipiente de finales del siglo XIX.

Una ambición no exenta de capítulos negros, por supuesto. Porque la región de Magallanes estaba ya poblada antes de que los Braun, Nogueira y compañía se pasearan por allí. En concreto, por cuatro pueblos originarios –cada uno con su lengua–: los Aonikenk, los Yámanas, los Qawasqar y los Selknam. El genocidio perpetrado hasta entrado el siglo XX por los latifundistas, así como el mestizaje, los condenó a una desaparición progresiva y, lamentablemente, apenas algunas comunidades sobreviven hoy entre Chile y Argentina.

No es alegre seguir hablando de muerte, pero uno de los lugares que refleja mejor la prosperidad de los colonos que impulsaron Punta Arenas es el Cementerio Municipal, donde los fastuosos panteones de las familias más pujantes se funden con las modestas tumbas de quienes no corrieron tanta suerte, a la sombra de los cipreses que, estoicos, llevan más de cien años soportando el viento magallánico. No tengo claro cómo se miden estas cosas, pero algunos dicen que es de los más bonitos del mundo.

El cementerio de Punta Arenas es famoso por su entrada monumental, donada por Sara Braun, y sus arbustos perfectamente tallados. Foto de LBM1948 en Wikimedia Commons – CC BY-SA 4.0.

Hospitalidad, choripanes, y empanadas de centolla introspectivas

Pese a la compleja y por partes macabra historia de la región – y al clima inclemente–, los magallánicos son gente muy hospitalaria, sosegada y afable. De su aislamiento han hecho crecer un virtuoso sentimiento de comunidad, y se les notan las ganas de que te sientas bien acogido en su fin del mundo.

El propietario de mi alojamiento, Samarce House, un hostel instalado en una casona a algunas cuadras del centro, no paró de darme consejos sobre su ciudad durante mi estancia, y fue gracias a él que acabé yendo al famoso y entrañable Kiosko Roca: el mejor bar de comida rápida (o ‘picada’) del Chile. ¿De dónde viene su fama? De la peculiar combinación que ofertan desde 1932: el choripán –sándwich caliente de chorizo untado– acompañado de un batido de plátano. Necesitas probarlo, ¿verdad?

Chorizo untado con mayonesa y batido de plátano. Parece extraño, pero la receta del Kiosko Roca no falla. Imagen del Kiosko Roca.

Si no te convence el trío chorizo-plántano-leche, siempre podrás pasearte por la costanera y acabar en el Mercado Municipal, donde encontrarás la otra especialidad local del fast-food puntaarenense: empanadas de centolla recién sacada de los fiordos patagónicos.

Comerte un par de ellas frente al apacible estrecho de Magallanes, con el viento de escolta y las gaviotas revoloteando, es una de esas estupendas y recurrentes invitaciones a la introspección que la Patagonia, fin del mundo y cruce extremo de caminos, no para de enviarte –y una de las cosas que más disfruté de mis días allí–.

La micrometrópolis del estrecho

El ambiente que se respira en Punta Arenas es el de una ciudad bien singular.

Singular resulta toparse, paseando por su centro, con la Casa España, que acoje hoy a la Sociedad Española de Punta Arenas, la más extrema del planeta. Más exótico resulta todavía que Punta Arenas tenga un Barrio Croata –con su consecuente arquitectura croata, con sus monumentos en lengua croata, incluso con su propio cuartel de bomberos croata y su Coro Croata–. A 13.700 kilómetros de Croacia.

En las fachadas de Punta Arenas es fácil encontrarse con elementos que recuerdan a las comunidades de migrantes que le dieron forma, como la croata, la británica, la española o la italiana.

Son ejemplos de lo peculiar y cosmopolita que es esta ciudad del fin del mundo de 123.000 habitantes, que por su carácter de lugar de paso convertido en hogar ha acabado sintetizando en su trama a una combinación de momentos históricos, edificios e instituciones que la hacen urbanamente autosuficiente, una suerte de micrometrópolis del fin del mundo.

Un elegante teatro municipal, hoteles señoriales –como el Cabo de Hornos o el José Nogueira–, sus propios diarios –como El Pingüino o La Prensa Austral–, un enorme puerto urbano al que llegan cruceros de aquí y allá, la Universidad de Magallanes e incluso una enorme Zona Franca, con 53 hectáreas de comercios libres de impuestos; todo da fe del rol catalizador que ha tenido y tiene Punta Arenas respecto a la Patagonia y al paso del estrecho de Magallanes.

Y respecto a la Antártida. Porque, además, Punta Arenas es sede del Insituto Antártico Chileno, es la base portuaria de 15 países para alcanzar el continente helado y albergará en un futuro cercano al Centro Antártico Internacional –y a sus más de 500 científicos procedentes de una treintena de países–.

Visitar a los pingüinos y dar el salto a la naturaleza patagónica

En mi tercer día en Punta Arenas quise tomar el transbordador que cruza el estrecho de Magallanes y visitar Porvenir, ya en la Tierra del Fuego. No tuve suerte: había elecciones municipales en Chile, y el servicio estaba interrumpido. Pero desde Punta Arenas y en barco también se puede ir a pasear por isla Magdalena, una reserva natural situada a 30 kilómetros de la ciudad que acoge a más de 120.000 pingüinos magallánicos. Y para allí que zarpé.

En temporada alta –de octubre a marzo– y en cualquier agencia turística del centro de Punta Arenas es fácil contratar una excursión hacia la isla, a la que parten cada mañana. Duran medio día y cuestan unos 70.000 pesos chilenos (unos 81 euros).

El faro de isla Magdalena, con la bandera de la región de Magallanes ondeando, entre las colonias de pingüinos.

A mi vuelta a la microcapital chilena del fin del mundo, la tarde da para un último paseo por la costanera y para despedir al sol desde donde empecé a conocer Punta Arenas: el Cerro de la Cruz. Los colores del atardecer son simplemente espectaculares, y la ocasión merece ser acompañada con una cerveza local de la casa Austral, que como su nombre indica, se jacta de ser la más meridional del planeta.

A la mañana siguiente, hay que madrugar: el bus hacia Puerto Natales sale pronto desde el centro de Punta Arenas. Ahora sí, es hora de lanzarse de lleno a explorar la naturaleza patagónica –las Torres del Paine, los glaciares y fiordos chilenos, el Perito Moreno…– y, tras haber entendido por qué esta región del mundo atrajo a tantos pioneros y exploradores en los siglos precendentes, comprender por qué sigue atrayendo y embelesando a tantos viajeros.

¡Carretera y manta!


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Guía narrada de
la Patagonia chilena –y un pellizco de la argentina—

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Punta Arenas al atardecer, desde el Cerro de la Cruz y con el Cerro Sarmiento al fondo.

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Imagen de portada de Draceane en Wikimedia Commons | Licencia CC-BY-SA 4.0
Todas las imágenes que aparecen en el post son de autoría mía, cuando no se señala lo contrario.


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Cómo enamorarse de Río de Janeiro en 10 pasos: una guía sensorial

Cuando estuve en Río de Janeiro, la niebla me impidió empecinadamente subir al Cristo Redentor; Maracaná estaba temporalmente cerrado y había una huelga de transporte público. Qué más da: Río siempre será mi ciudad favorita. Y la más hedonista, exuberante, hermosa, seductora y fascinante de cuantas he visto.

No hay una sola razón. Son, precisamente, las tantísimas capas y caras de su universo lo que alucina de Río de Janeiro, esa inmensa urbe selvática y atlántica de casi siete millones de habitantes, ese epicentro cultural diversísimo, esa síntesis sofisticada y gozadora del mundo –y de sus virtudes y nubarrones–. Y fue tanto el deslumbramiento y el placer viajero que causó en mí la Cidade Maravilhosa que lo mínimo que puedo hacer para agradecérselo es tratar de contagiar las ganas de conocerla. Y de quererla.

Río de Janeiro
Parece mentira, pero es verdad. Así se ve Río y su Pan de Azúcar desde las alturas. Foto de Mariano Diaz, licencia libre.

Así que me permito la licencia de robaros unos minutos para llevaros hasta Río de Janeiro con este collage viajero de retazos callejeros, sensoriales, y hedonistas que no buscan sino enamoraros de la capital carioca.

1 | Aterrizar en Río: un regalo de bienvenida incomparable

Son las 11 del mediodía y, tras cuatro horas de vuelo desde Santiago de Chile, el avión empieza a descender suavemente mientras el rabioso y húmedo verde del interior del sur de Brasil se viste de urbano. Y, de repente, aparece el Atlántico; el avión se ladea ligeramente y ¡zas!, primer flechazo carioca: abajo se suceden, uno tras otro y en miniatura, la increíble retahíla de morros y colinas que, superpuestos, conforman el apabullante skyline natural de Río de Janeiro.

Si vas a Río de Janeiro, asegúrate de ir del lado de la ventana en el avión.

¿Puede haber mejor regalo de bienvenida que esa estampa? ¿Puede haber un aterrizaje más bonito en todo el planeta que el carioca? ¿Puede haber una ciudad más privilegiadamente ubicada que esta? Para mí, es un ‘no’ triple. De entrada.

El ritual del aterrizaje se completa fugazmente, y los morros se resitúan en el horizonte ya plano, esperándonos. Es un presagio: el Pan de Azúcar, el Corcovado, los Dois Irmãos y compañía van a estar ahí durante todo tu periplo en Río, y son el sello inconfundible de que estás aquí y solo aquí.

2 | Una ciudad ganada a la selva

Para un mediterráneo como uno, más bien acostumbrado a la aridez y a la discreción vegetal, Río es un estallido nuclear de verde.

Río de Janeiro - guía
El Jardín Botánico de Río: verde sobre verde. Ondrej Bocek en Unsplash.

La lanzadera que nos llevó del aeropuerto al hotel –en Leblon, en el extremo opuesto de la ciudad– nos lo dejó clarísimo: Río es una ciudad ganada a la selva y –por supuesto– a la geografía escarpada de los morros. Y recortada al océano y a la humedad.

¿El resultado? Un verde urbano omnipresente.

Del verde que rodea al Acueducto Carioca, en el centro, a las palmeras playeras, el verde está por todas partes en Río.

Como el que hay a lo largo de toda la Avenida Atlântica, que resigue Copacabana sembrada de palmeras de hasta 30 metros de altura. O como en el barrio de Urca, con sus callecitas bañadas de vegetación a los pies del Pan de Azúcar. O como en los morros, con su mitad agreste de roca y su otra mitad vestidas por sus faldas de mata atlántica. Y ese olor a tierra mojada tras la tormenta repentina de la tarde.

3 | Maravillosa bruma: de la adversidad, belleza

Totalmente blanca. Así se veía la pantalla del televisor que, desde la estación inferior del tren del Corcovado, te mostraba en directo al Cristo Redentor, en la cumbre. «Podéis subir, si queréis» –nos decía la recepcionista de la taquilla–, «pero no se verá nada: está completamente nublado

Abajo, en la llovizna tropical de la mañana carioca, mi abatimiento fue capital: ¿quién no quiere subir al Cristo Redentor, si va a Río? Lo volvimos a intentar la mañana siguiente. Y adivinad: sí, más blancura en el maldito monitor. Y la misma tónica: «Puede ser que se despeje y salga el sol en unos minutos, o que la bruma dure hasta la tarde.»

Nada que hacer: el verde de Río tiene un precio, y es el clima inestable y húmedo del que nace.

A menudo, las nubes se mezclan con la geografía imposible y peciosa de Río, y es un espectáculo constante. Imágenes de Nico Blhr y Guillermo Giovine, de licencia libre.

Pero Río no es para lamentarse, sino para deleitarse. Y el deleite que da la lluvia carioca –que llega 109 días al año– son las vistas maravillosas que ofrece la bruma enmarañada con el caprichoso relieve de la ciudad y el juego de luces del sol. Así que no llegué a subir al Cristo Redentor, pero disfruté constantemente de un espectáculo tan efímero como democrático –y fotografiable–.

4 | Arquitectura entrañable en la urbe selvática

El 1 de enero de 1502, un grupo de navegantes portugueses ‘descubrió’ la apertura de la bahía de Guanabara, que creyó un río. Años más tarde, los lusos fundaron allí Río de Janeiro, que en 1763 se convirtió en capital de su colonia sudamericana. En 1808, cuando Napoleón invadió Portugal, Río se convirtió en residencia de la familia real portuguesa, que escapó a Brasil y la convirtió, de facto, en capital de Portugal hasta 1822. Ese año marcó la independencia brasileña, y hasta que se inauguró Brasilia en 1960, Río ejerció como capital nacional. Todo ello le imprimió el poder económico y cultural que hoy conserva.

De la estación del tren del Corcovado a los edificios del centro, la arquitectura colonial y de inspiración europea está por todos lados en Río.

Hija de todos aquellos días dorados decimonónicos, en que la caña de azúcar no paraba de dar ingresos y Río se desarrollaba como gran urbe, es la arquitectura más entrañable de la ciudad, la de raíz colonial.

Río de Janeiro - Una guía hedonista
El Largo del Boticário fue residencia del farmacéutico que abastecía a la familia real local.

Piérdete por el barrio de Cosme Velho, a los pies del Corcovado –te deje el clima subir al Cristo o no– y transpórtate de pleno al siglo XIX carioca. Por ejemplo, perdiéndote por su síntesis perfecta, envuelta en una vegetación abrumadora: el Largo do Boticário, la placita que antaño fue el hogar del farmacéutico que producía las medicinas y ungüentos para la familia real de Brasil.

5 | Tranvías, escaleras, feijoadas y nostalgia

Capítulo especial en el recorrido hedonista por el Río neocolonial merece el barrio de Santa Teresa. En el XIX casa de la burguesía de la capital colonial y hoy reducto de la bohemia local, es un laberinto colorido de curvas, cuestas, palacetes y miradores increíbles adornado por la –obviamente– omnipresente e indomable vegetación carioca.

El bondinho de Santa Teresa, tan entrañable como práctico para llegar a las alturas del barrio. Imágenes de Ptérodactyl Ivo (CC-BY-2.0) y de Henrique Freire/Governo do Rio de Janeiro (CC-BY-SA-3.0).

Te sonará y encantará por una escalera y un tranvía: la Escadaria Selarón –un serpenteante y escalonado callejón decorado durante décadas por el ceramista chileno Jorge Selarón, que la llenó de azulejos de colores–, y el bondinho de Santa Teresa –un tren de rieles amarillo que te subirá desde el acueducto Carioca, en el centro de la ciudad, a las alturas del barrio que nos ocupa ahora, regalándote vistas increíbles de Río por el camino–.

La Escadaria Selarón fue forrada de azulejos por el ceramista chileno Jorge Selarón (retratado en la fachada de la segunda foto). Y son también una gran manera de trepar al barrio de Santa Teresa.

La nostalgia del refinamiento tropical del Río de Janeiro de antes es más evidente aquí que en ningún otro punto de la ciudad. Verás que hoy Santa Teresa es un barrio ocupado por una realidad más popular que le da color y lo mantiene vivísimo en su tranquilidad selvática. Y si te autorregalas una feijoada y una cerveza bien fría en el Bar do Mineiro –a pesar de la cola– o reservas una mesa en el exótico y apartado Aprazível completarás tu paseo por Santa Teresa con una experiencia tan celestial como nutritiva.

El Bar do Mineiro es tan carioca como idóneo para reponer fuerzas en Santa Teresa.

6 | Tocar el cielo en el Pan de Azúcar (y en el bar con las mejores vistas del mundo)

En Europa hablamos de los parques de nuestras ciudades refiriéndonos a ellos como ‘pulmones urbanos’. En Río es básicamente al revés: se trata de una ciudad hecha sobre un pulmón inmenso y, además, bañado por el Atlántico. Para entenderlo de un vistazo solo hay que mirar hacia arriba y dejarse llevar –teleférico mediante– hasta el icónico Pan de Azúcar.

Entre palmeras, titís y quioscos donde comprar pão de queijo verás –de nuevo, bendita suerte de ciudad– las mejores vistas de Río de Janeiro, que se encaraman hasta los 396 metros.

La bahía de Botafogo a un lado, el Cristo Redentor en frente, el Atlántico detrás, Copacabana e Ipanema expandiéndose del otro extremo… Para los amantes de la cartografía urbana en directo –como uno–, el Pan de Azúcar es el paraíso en la tierra. Y para los que, además, aman el buen beber –también como uno–, hay aún otra sopresa: el Clássico Beach Club Urca es el bar con las mejores vistas del mundo, y está allí mismo. Que aproveche.

Río de Janeiro
Aquí andaba yo, asomado a las mejores vistas de Río.

7 | Pedra portuguesa para dejarse llevar hacia el mar

De nuevo a nivel de mar y bajo nuestros pies aparece otra de las sutiles maravillas cariocas: los empedrados que decoran sus aceras.

En Brasil le llaman pedra portuguesa, y pese a que en Río está por infinidad de rincones -concretamente en 1.200 millones de metros cuadrados–, las áreas que le han dado más celebridad son las avenidas que resiguen las playas de la ciudad.

Los empedrados de Copacabana y de Ipanema son de la misma familia, pero con su idiosincrasia propia.

Y sí: los empedrados playeros de Río son una inmensa y elegante pasarela por donde desfilar, curiosear y disfrutar de la cotidianidad urbana con la brisa marina de compañera. La Avenida Atlântica, a lo largo de Copacabana, la Avenida Vieira Souto, junto a Ipanema, o la Delfim Moreira, a lo largo de Leblon, te dan 12 kilómetros continuos y casi 2 horas y media –a pie– de oportunidades para comprobarlo.

8 | El hedonismo y la diversidad hechos ciudad: alegrías sensoriales a la carta

El trío de playas cariocas por antonomasia es también una muestra fiel del mosaico diversísimo que es Río de Janeiro.

Desde que los tupíes, hacia el año 1000 y llegando desde el interior de la Amazonía, se establecieron en la actual Río, el lugar no hizo más que recibir a gentes de todo el planeta: colonos portugueses; africanos arrancados de su tierra por la inmundicia del esclavismo; italianos, alemanes, españoles, polacos, lituanos, ucranianos y judíos que huían de la pobreza y la guerra europeas de principios del siglo XX; sirios, libaneses y japoneses que cruzaron Oriente hasta Brasil… Todo ese abanico de colores, tradiciones y mezclas es lo que Río tiene y ofrece hoy.

Al fin y al cabo, Brasil nació y creció como nación cosmopolita y receptora nata de inmigración, y de todo ello se deriva la variedad de maneras de disfrutar que se cultivan en la capital carioca.

Río de Janeiro
La selección brasileña de fútbol jugó su primer partido en Río de Janeiro. El partido enfrentó a Brasil y el Exeter City inglés en el terreno que hoy ocupa el Estádio das Laranjeiras, sede del Fluminense, en 1914. Imagen de Dominio público.

¿Música y fiesta? De la bossa a la samba –pasando por el funk local–, Lapa es el barrio para ir a darlo todo. Caipirinhas no faltarán.

¿Fútbol? Por todas partes y a todas horas: Maracaná es la catedral máxima del balompié brasileño, la religión de la pelota se huele y ve por todos los rincones y Fluminense, Flamengo, Vasco da Gama y Botafogo se reparten las mayores parroquias de hinchas locales.

¿Ver y dejarse ver? Hay que volver a las playas cariocas y a sus aceras: la población local rinde un culto al cuerpo tan evidente como natural –dado el clima que la acoge– y, sociológicamente, es un espectáculo asomarse a la ventana marina de la ciudad.

9 | Bossa nova: el viaje sigue

Río es, también, sonido. Faltaría más.

Para mí y ante todo, Río es bossa nova. Esa bossa nova que se cultivó como una rosa musical en la zona sur del Río efervescente de finales de los 50, cuando cantantes y compositores tenían en la ciudad carioca un escenario ideal para crear y dejarse escuchar. Y mezclar y conectar al jazz y a las raíces tropicales de la samba.

Río de Janeiro - playas
La bossa nova floreció en la zona sur de Río de Janeiro, en esta foto vista desde la pedra da Gávea. Imagen de Mike Swigunski, de dominio público.

Esa bossa nova, esas canciones eternas de Vinícius de Moraes, de Gilberto Gil, de Tom Jobim, de Gal Costa, de Caetano Veloso, que te dan la oportunidad de continuar viajando por Río aún cuando todo queda lejos en el tiempo y el espacio.

No: en línea con mi serie de desencuentros con los hitos turísticos cariocas tampoco estuve en el bar Garota de Ipanema. Pero, por suerte, hoy, escuchar bossa nova y emocionarse con ella está al alcance de un clic. Y aunque en él hay canciones incluso compuestas en Londres, si quiero evadirme a Río mentalmente me quedo con Dois Amigos, Um Século de Música, de Caetano Veloso y Gilberto Gil, en directo. Y a volar.

10 | Epílogo práctico para dubitativos: no te preocupes más y ve –cuando puedas– a Río

En una de las playas cariocas, la de Leblon, acabó mi periplo por Río, sesteando al amanecer tras una noche de juerga por Lapa, como corresponde.

Precisamente mientras caminaba por otra playa –la de Copacabana–, un par de días antes, mi cartera cayó, desde mi bolsillo, al magnífico empedrado carioca. Una local se me acercó por detrás y me la devolvió con una sonrisa, habiéndome yo ni siquiera enterado de que mi monedero andaba por los suelos de Río. Esta sencilla anécdota sintetiza el nivel de inseguridad que percibí en Río: cero.

Creo que debería ser innecesario abordar este tipo de sensaciones térmicas, pero ante la gran cantidad de gente que me sale con un temeroso, desconocido y exagerado “¿Y es seguro, ir a Brasil?” cuando les hablo de mi amor por Río, he de reivindicarlo y explicitarlo: sí.

Si te quedaba alguna duda, despéjala: cuando puedas, ve a Río. Yo me quedé sin Maracaná, sin Cristo Redentor, sin Garota de Ipanema, sin ver el genial Museo de Arte Contemporáneo de Niterói –de Niemeyer– y, por supuesto, sin vivir el Carnaval. Y aunque no fuera así y ya lo hubiese disfrutado todo in situ, volvería mil veces a Río.

Así que, si te he convencido –¿quién sabe?–, quizás nos crucemos alguna vez por la Cidade Maravilhosa.

Ay, el skyline natural de Río… Imagen de Willian Justen de Vasconcellos,licencia libre.

🇧🇷🌄🚠 Si el hedonismo tiene una capital mundial, no hay dudas: es #RíodeJaneiro. Y aquí va una guía concebida no para conocer la Cidade Maravilhosa, sino para enamorarse de ella. | vía @singularia_blog


🇧🇷🌄🚠 Los rincones de esta guía sensorial y hedonista 👇
📍 Para informarte más sobre Río de Janeiro, visita la web oficial de turismo local (en español) aquí.

Este post va dedicado a mi amiga Natalia, sin la cual mi viaje a Río no habría sido ni una milésima parte de lo maravilloso que fue.
Todas las imágenes son mías, salvo cuando indico lo contrario.


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Destacada

8 razones por las que la Fundació Miró es un viaje

Entre tantas otras cosas, la pandemia nos ha cortado las alas viajeras. Pero no la posibilidad de perdernos por nuestra ciudad, su cotidianidad, sus personajes y sus rincones escondidos. Ni la de visitar museos.

¿Y se puede viajar, visitando un museo?

Por supuesto.

Más aún si se trata de uno que ofrece tanto como la Fundació Joan Miró: una extensa obra –217 pinturas, 178 esculturas, 9 textiles, 4 cerámicas, más de 8.000 dibujos y casi toda la obra gráfica del artista catalán–, un recorrido por todos esos lugares y momentos a los que Miró nos transporta y un edificio tan singular como genial.

Así que, aprovechando la suerte de vivir en Barcelona y el fantástico Pasaporte ArticketBCN –los seis mejores museos de arte de Barcelona en un solo ticket–, me propuse lanzarme a viajar con y desde la Fundació Joan Miró, en plena montaña de Montjuïc.

Y aquí va una síntesis curiosa de lo que se puede experimentar y aprender en este edificio-viaje y algunas razones para animarte a conocerlo.

1 | Un edificio exclusivamente diseñado y concebido para alojar la obra de Miró

El edificio de la Fundació Miró, obra de Josep Lluís Sert.
Terecera imagen: Fundació Joan Miró.

Mayoritariamente, uno va a la Fundació Joan Miró por el contenido. Pero el edificio que la aloja es tan notable que valdría la pena conocerlo aunque estuviese vacío.

Abierto al público en 1975, es obra del arquitecto Josep Lluís Sert y un continente exclusivamente diseñado para dar cobijo a la obra de Miró. La amistad que ambos mantenían desde hacía décadas –Sert ya le había diseñado a Miró su taller en Mallorca en 1956– hizo que la creación de la sede de la Fundació Miró se basara en un diálogo creativo entre ambos orientado a acompañar y reflejar lo que inspiró a la obra de Miró y todo lo que pretendía plasmar.

2 | Una invitación a pasear por las raíces del Mediterráneo

¿Acaso hay algo más mediterráneo que un patio y un olivo?

Y lo que fundamenta tanto al continente como al contenido mironianos no es sino la cultura, el paisaje, la tradición, los símbolos y el universo mitológico del Mediterráneo.

Así que el edificio de Sert para el legado de Miró es un homenaje a ese crisol de culturas fascinante del antiguo Mare Nostrum: paredes y superficies blancas, mucha luz, horizontes siempre visibles, espacios cálidos y suaves.

Y muchos árboles de la cuenca mediterránea –cipreses, olivos, algarrobos– en los varios patios que articulan el espacio. Entre ellos, el notable Patio del Olivo, que nos da la bienvenida al museo y nos deja ver tanto la vegetación de la montaña de Montjuïc –que lo rodea– como la ciudad de Barcelona, abajo.

Es la llamada de la tierra. La siento desde que tenía dos o tres años y me mandaban [a Mallorca] a pasar las Navidades con mis abuelos Josefa y Joan Ferrá. El Mediterráneo. Yo no podría vivir en un país desde el que no se viera el mar. Quiero decir el mar Mediterráneo.

Joan Miró

3 | Un pasaporte pictórico a la ruralidad tarraconense

Siurana, el Poble (1917), Prades, un carrer (1917) y Mont-roig, la iglesia y el pueblo (1919).

Porque el paisaje Mediterráneo siempre fue la inspiración elemental de Miró. La casa familiar en Mont-roig del Camp, al sur de Tarragona, le permitió tejer en su juventud una relación muy estrecha con la tierra, los objetos cotidianos y la naturaleza que influyó su obra en todo momento.

Y es en los parajes de la provincia de Tarragona –Siurana, Prades, Mont-roig…– donde Miró nos inicia en el recorrido por su obra en la Fundació. Un período figurativo en el que retrata el paisaje ondulado y suave del Mediterráneo que tanto amaba –sus olas, sus iglesias, sus cultivos, sus casas, sus árboles– y que tan feliz lo hizo siempre.

Soy mucho más feliz bebiendo de un porrón entre los payeses de Mont-roig que entre duquesas en París.

Joan Miró

4 | Una ventana al París de las vanguardias y a la Europa de las guerras y las postguerras

Hombre y mujer frente a un montón de excrementos (1935) y La esperanza del condenado a muerte III (1974).

Pero, pese a su no-tanta-felicidad entre duquesas parisinas, hoy –muy probablemente– no tendríamos a Miró sin París.

1920 es la fecha de su primer viaje a la capital de Francia, momento que marca un punto de inflexión en su vida. Allí conecta con escritores, pintores y escultores en pleno flirteo vanguardista –de Picasso a André Breton, de Paul Éluard a Raymond Queneau– y abre su universo creativo.

Las guerras y posguerras que asolan Europa y España en los años posteriores marcan fuertemente su obra. Y por todo ello transita la exposición permanente de la Fundació Joan Miró: desde el presagio nefasto de la Guerra Civil que Miró traza en Hombre y mujer frente a un montón de excrementos (1935) a la trilogía de La esperanza del condenado a muerte previa a la ejecución de Salvador Puig Antich a manos del franquismo.

5 | Una fuente… de mercurio

Alexander Calder diseñó la fuente de mercurio que aloja la Fundació Joan Miró.

Precisamente en plena Guerra Civil fue diseñado el objeto más curioso de toda la Fundació Miró –y parte de la obra ajena al artista catalán que también aloja el museo– : la fuente de mercurio de Alexander Calder.

Una estructura que fue especialmente concebida para ser expuesta el Pabellón de la República Española de la Expo de París de 1937 –al lado del Guernica de Picasso– y de donde brotaba mercurio de las minas de Almadén, en Ciudad Real.

¿Y sigue arrojando mercurio, hoy, la fuente de Calder? Pues sí. Pero no hay que asustarse: está dentro de una urna hermética para que los vapores contaminantes no envenenen al visitante.

6 | De las mejores vistas de Barcelona (y con un marco escultórico)

Estudio para un monumento ofrecido a la ciudad de Barcelona (Luna, sol y una estrella), de 1968, da la bienvenida a unas de las mejores vistas de la ciudad.

Entre cuadros, fuentes y esculturas salimos del edificio a medio recorrido para entretenernos unas espectaculares vistas de la Barcelona, la ciudad que vio nacer a Miró en 1893. En concreto, vistas soleadas de esa ciudad que mira hacia las montañas, hacia el Tibidabo, y que se extiende hacia las alturas.

¿Son de las mejores vistas de Barcelona? Seguro. Además, vienen con regalo: el del marco que ofrece la escultura de la escena, Estudio para un monumento ofrecido a la ciudad de Barcelona (Luna, sol y una estrella). Un monumento que bebe de otra de las pasiones de Miró: el mundo astrológico-mágico del surrealismo.

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7 | Una terraza para abstraerse entre naturaleza, arte, ciudad y luz

Mujer y pájaro y Muchacha evadiéndose (ambas de 1967).

La mañana no deja ver las estrellas, pero sí el azul intenso del cielo mediterráneo que a Miró tanto inspiraba. Y si el edificio de la Fundació Miró es genial e interesantísimo por fuera y por dentro, también lo es por arriba, desde su terraza.

Miró y Sert quisieron que por la azotea de la Fundació se pudiera pasear y apreciar lo que la envuelve –la trama urbana de Barcelona y la naturaleza de Montjuïc–, así como admirar los patios que la conforman. Y Miró también quiso que una serie de esculturas –de 1967– coronaran su Fundació y la custodiaran, entrelazándose con el paisaje, el visitante, la luz mediterránea y el propio edificio.

8 | Y dos tiendas para llevarse a Miró (y a varios más) a casa

Las tiendas de la Fundació Joan Miró dan para perderse horas y horas.

El Covid-19 no deja que nos detengamos a tomarnos una cervecita al sol en el patio central que aloja al bar de la Fundació Miró, que a esta fecha está cerrado –lo cual, dicho sea de paso, habría sido un colofón perfecto a este viaje exprés mironiano–.

El cierre a la visita lo ponen las dos estupendas tiendas del museo: una dedicada a la venta de libros y obra gráfica de Miró –y de otros artistas catalanes y foráneos– y otra enfocada en objetos de decoración. Dan ganas de llevárselo todo, y ambas invitan tanto a la abstracción y a la exploración que podríamos pasar horas en ellas.

Pero hay que dejarle algo a los siguientes. Por suerte, para seguir viajando con Miró, siempre nos quedará la versión online de su Fundació. Y, para ampliar horizontes, nada mejor que continuar perdiéndose por Barcelona… y disfrutando de toda su #CulturaSegura.

🔴🖌️ Un paseo por el #Mediterráneo, la mejor vista de #Barcelona, un genial edificio y hasta una fuente de mercurio: todo eso –y mucho más– nos enseña Miró en ‘su’ @fundaciomiro | via @singularia_blog

✏️ ¿Ganas de leer más sobre Barcelona? Haz clic aquí.
🛂 Y, si quieres visitar más museos en la Ciutat Comtal, échale un vistazo a ArticketBCN, un pasaporte a los seis museos de arte más destacados de Barcelona

🗺️📍🎨 Fundació Joan Miró | Parc de Montjuïc S/N, 08038 Barcelona 👇

Todas las imágenes son propias (excepto cuando se indica lo contrario).


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Un mundo en sí misma: así es la plaza más colorida de Europa

En la plaza del Mercado Viejo de Poznan –la tercera en tamaño de Polonia— hay una ciudad entera en su interior, fachadas de centenares de colores y mucha, mucha historia.

Llegué a Poznan un viernes de agosto de 2012, tras tres horas recorriendo autopistas recién inauguradas a bordo de un autobús polaco también novísimo. Venía de Berlín, donde estaba estudiando alemán durante aquel verano, y se notaba que, a Polonia, entrar en la Unión Europea le había supuesto un lavado de cara estupendo.

Y eso, a Poznan, solo le podía sentar bien. Porque las ciudades polacas –en realidad, como todas las centroeuropeas– tienen las espaldas atiborradas de medievo, de historia, y de un patrimonio arquitectónico notabilísimo al que hace falta muy poco para llamar la atención.

La plaza del Mercado Viejo de Poznan es un de las más coloridas de Europa –si no la que más–.
Imágenes de A. Savin y de SuperGlob, bajo licencia CC-BY-SA 3.0.

Así me lo corroboró mi acercamiento a la quinta mayor urbe de Polonia, que comenzó por donde late, empieza y acaba la vida de cualquier ciudad: su plaza mayor. Y pese a que mi conocimiento previo sobre Poznan era escaso –o quizás por esa misma razón–, la Stary Rynek, ‘la plaza del Mercado Viejo’, rompió mis esquemas por dos motivos: la inmensa cantidad de elementos y edificios que contiene –sí, dentro– y la infinita y genial paleta cromática que le da vida.

Una ciudad dentro de una plaza

A simple vista, ya la plaza del Mercado Viejo de Poznan es peculiar. No por su forma, que es un cuadrado enorme, de unos 140 metros de lado, sino porque dentro de su perímetro –como si fuera una isla rodeada de fachadas que la observan– hay una manzana de edificios y callejuelas rodeada de una infinidad de elementos variopintos.

Por un lado, está el Ayuntamiento renacentista de la ciudad –que, por cierto, parece una especie de preciosa tarta de cumpleaños cúbica–, del año 1570. Contrapuesta a él se erige la Galería Muncipal de Arte Arsenal –una mezcla de arquitectura racionalista y neoclásica–. No falta, entre ambos, el Museo Regional Militar de la Gran Polonia. Y también ocupa una porción de la plaza la antigua Casa de Pesaje, donde los comerciantes de la ciudad acudían a pesar sus mercancías.

¿Verdad que el Ayuntamiento de Poznan parece una tarta de cumpleaños cúbica?

Entre todos esos edificios serpentean callejones con bares y terrazas donde perderse dentro de la propia plaza. Y, al salir de ellos, sigue la retahiíla de elementos destacables que dan contenido al lugar: cuatro fuentes –una en cada esquina de la plaza– dedicadas a Proserpina, Marte, Apolo y Neptuno; una picota donde antiguamente se ejecutaba a los reos, y hasta un monumento a los immigrantes que, durante el siglo XVIII, llegaron a Poznan desde Bamberg, en Alemania.

Y aunque no es raro en Polonia y en Centroeuropa que las plazas alojen edificios en su interior –sucede en Cracovia, en Pilsen o en Breslavia, por ejemplo– es tanta la profusión de elementos que hay en la de Poznan –la tercera plaza más grande de Polonia, por cierto– que hasta una maqueta sita en el lugar lo destaca y lo deja ver.

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Gremios, guerras, arenques… y muchos colores

Si algo más no falta en la plaza del Mercado Viejo de Poznan –tanto en su perímetro como en su isla interior– son fachadas bonitas y de todos los colores imaginables. Fachadas cuyo esplendor deriva del auge comercial de la ciudad en el medievo, y que llevó a la burguesía del lugar a competir por destacar –y, de paso, llevarse hoy las miradas del transeúnte–.

Colores, fríos y cálidos, por todos los rincones de la plaza del Mercado Viejo de Poznan.

Amarillo pálido, terracota, granate, pistacho, malva, celeste, ocre, marfil, naranja, caqui… Podríamos dedicar párrafos a mencionar los colores con que uno se topa al darle una vuelta a la Stary Rynek. Y aunque Europa está llena de plazas coloridas, en pocas existe una variedad y un contraste tan notorios de tonos cálidos y fríos como en el Mercado Viejo de Poznan.

Colores que, tras la desolación que dejó en Polonia la Segunda Guerra Mundial, fueron redefinidos cuando, en los años 50, se reconstruyó casi toda la plaza. Y, de entre los edificios que resurgieron tras el horror bélico, destacan 15 casitas de colores que son la estrellas indiscutibles del Mercado Viejo de Poznan: las Casas de los Pescadores –o de los Mercaderes–.

Las fachadas de las Casas de los Pescadores dan para escudriñarlas y disfrutarlas durante horas. No existieron hasta el siglo XVI, cuando sustituyeron a los puestos de madera en los que se vendían desde arenques –de ahí su nombre– hasta velas, antorchas o cuero. Cuando fueron construidas, cada uno de los propietarios las decoraron con los colores y símbolos de sus familias y gremios –como el de los escribanos o el de los comerciantes–, lo que permitía a los compradores identificar lo que se vendía en sus soportales.

Las fachadas de las Casas de los Pescadores dan para mirarlas por horas.

Pierogi (las famosas empanadillas polacas), cerveza, pinturas, postales… Hoy, la oferta de productos que se vende en los zagauanes de las casas de los Pescadores se ha transformado tanto como lo ha hecho el mundo desde la Edad Media. No obstante, qué suerte –¡y que dure!– que la plaza del Mercado Viejo de Poznan continúe siendo tan cautivadora y estando tan repleta de curiosidades como entonces. ¿Verdad?

🎨🇵🇱 En la plaza del Mercado Viejo de #Poznan —la tercera más grande de #Polonia— hay una ciudad entera en su interior, fachadas de centenares de colores y mucha, mucha #historia | @singularia_blog


🗺️📍🇵🇱 La plaza del Mercado Viejo de Poznan, Polonia 👇
📍 Mucha más información sobre Poznan y su plaza mayor en su página de turismo oficial. Y, sobre Polonia, en la web de su agencia nacional de turismo.

Imágenes propias y de dominio público (cuando no se indica lo contrario).

Este post va dedicado a Matylda y Alberto, guías estupendos de aquellos días por Poznan.


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4 rincones bohemios (y un día) para respirar la serra de Tramuntana

Las construcciones mentales son poderosas. Desde pequeño me atrajo la idea de que en las cumbres de Mallorcauna isla– nevase. Y, desde siempre, asocié mi atracción por la mayor de las Baleares a su paisaje más abrupto, salvaje, escondido y remoto –y eventualmente nevado–: la serra de Tramuntana.

Hace unas semanas tuve la suerte de acabar en Mallorca de modo fortuito e inesperado. Para mi 30 cumpleaños me regalaron una escapada sorpresa fenomenalmente acompañada que acabó por llevarme a Palma. Y, ya en la isla, tras la ferviente celebración del viernes noche y ante la privilegiada necesiad de decidir cómo emplear aquel sábado balear, la poderosa idea mental que me rondaba desde la infancia se impuso: nos fuimos de ruta por la serra de Tramuntana.

Y las montañas mallorquinas no defraudaron; al contrario. Más allá de la belleza evidente de su paisaje y de sus rincones, algo llama poderosamente la atención al acercarse a ellas: conocer que atraen, desde hace décadas y décadas, a la bohemia de todo el planeta.

Darse un paseo tranquilo y soleado por estos cuatro lugares puede ayudar a entender –y a respirar– por qué.

11.00 | Valldemossa o una puerta de entrada a la serra de Tramunana

Tras las tormentas de la víspera, la mañana amanece despejada y con un cielo que brilla azul y nítido en la luz de octubre, calidísimamente suave. Nos subimos a los coches y empezamos a recorrer un tercio norte de la isla lleno de campos ondulados, possessions, olivos, algarrobos y almendros. Postales del mediterráneo rural, sosegado y tranquilo, con el abrupto y pétreo paisaje de la Serra de Tramuntana de fondo, que se acerca cada vez más.

Valldemossa - Serra de Tramuntana
El skyline de Valldemossa es espectacular, lo mires por donde lo mires. Imagen de David Vives David Vives en Unsplash.

Empiezan las curvas –vendrán varios centenares de ellas–, y el camino inicia un estrechamiento progresivo. A ambos lados de la carretera se empieza a ver algo tan característico de la Serra de Tramuntana como la ensaimada lo es a Mallorca: una sucesión perfectamente escalonada de cultivos delimitados por las ancestrales terrazas que, gracias a la pedra en sec y al sistema de aljibes y canales que riega los valles, han alimentado a tantas generaciones de mallorquines y mallorquinas.

Tras aguantarle el pulso a los ciclistas, se aparece ante nosotros la silueta perfecta de las torres y los tejados que conforman el skyline prominente de Valldemossa. No soy muy de aplaudir a esos ránquings absolutistas que dicen que se trata de uno de los pueblos más bonitos de España, pero es probable que tengan algo de razón.

Darse un paseo por Valldemossa es entender, de golpe, por qué tantos escritores, pintores y músicos han elegido este lugar para aislarse y crear. Casas de piedra, calles adoquinadas, ventanas protegidas por porticones verdes, macetas de flores, cartelería de cerámica y olivos y cipreses –muchos- dan forma un ecosistema urbano tan caminable como resguardado por las montañas, que lo encierran y protegen. Y lo separan del mundanal ruido.

La caminata por Valldemossa nos da para rodear su Cartoixa –con su torre forrada de cerámica esmeralda–, recorrer sus jardines y placitas, descubrir que en su minúsculo nomenclator puede caber una calle del Uruguay, comprobar la pendiente de sus callejones y acabar autohomenjeándonos con una degustación de ensaimadas, cocas de patata y otras delicias locales en la terraza del Forn Ca’n Molinas, el más concurrido –y por consiguiente, fiable– del lugar.

Inspirarse en la Serra de Tramuntana (I)

La pareja que conformaban la escritora francesa George Sand y el músico polaco Frédéric Chopin pasaron una época en la Cartoixa de Valldemossa en 1838, donde ella escribió Un invierno en Mallorca y él acabó su serie de los 24 Preludios y la Balada número 2.

Dicen, también, que Gaspar Melchor de Jovellanos, Rubén Darío y Santiago Rusiñol eligieron este rincón de la isla para aislarse y crear. Y que Michael Douglas tiene una casa por estos lares.

12.30 | Las vistas difícilmente mejorables de Son Marroig y Sa Foradada

De vuelta al coche retomamos el camino serpenteante entre verde y montañas –a cuál más vertical y pedregosa–. Nos queda claro que no se trata de un recorrido especialmente recomendado para personas con propensión al mareo o con malestar estomacal, pero sí para amantes de la esencia mediterránea más pura: curva tras curva aparece el mar, bajo los acantilados, azulísimo.

El mirador de Son Marroig, con su vista difícilmente mejorable. Foto por Johannes W en Pexels.com

En tal escenario tampoco parece casual que, además de escritores y músicos, aristócratas de toda Europa lleven siglos revoloteando por la serra de Tramuntana. Fue el caso del avispado y bohemio Archiduque Luis Salvador de Austria –quien, en realidad, también escribía–, que en 1870 compró la possessió de Son Marroig –el terreno con la mejor vista de Mallorca, básicamente– y se instaló en ella para ver, cada día, el atardecer más privilegiado del lugar.

A los pocos minutos nos desviamos y aparcamos en el estacionamiento de Son Marroig y, al cabo de pocos segundos a pie, nos topamos con el mirador de Sa Foradada. Bajo nuestros pies, a algún centenar de metros de distancia, todos los tonos de azul posibles. Y una península estrecha y caprichosa que dibuja una enorme roca que, en uno de sus extremos, está agujereada. Es el gran forat por el que, según dicen, se cuela la mejor puesta del sol de la isla.

Y por el que también se cuela el misterioso rayo verde que sucede al momento en que el mar se traga al sol. Ese rayo que describió en Le rayon vert un Julio Verne al que su tocayo Cortázar –sí, siempre lo persigo– respondió unos años después tras presenciar en Son Marroig tal fenómeno lumínico.

Inspirarse en la Serra de Tramuntana (II)

Ayer, desde el mirador del Archiduque Luis Salvador, miré una vez más hundirse el sol en el mar.
[…] Y entonces surgió el rayo verde, no era un rayo sino un fulgor, una chispa instantánea en un punto como de fusión alquímica, de solución heracliteana de elementos. Era una chispa intensamente verde, era un rayo verde aunque no fuera un rayo, era el rayo verde, era Julio Verne murmurándome al oído:
¿Lo viste al fin, gran tonto?

Papeles inesperados, Julio Cortázar

La luz y la tranquilidad –esta última seguramente derivada de la pandemia infame que nos atosiga– invitan a quedarse por varias horas en el lugar, pero el tiempo apremia. Retomamos la ruta y nos dirigimos hacia Deià.

14.00 | Deià: piedra, olivos, mar y jazz frente a la chimenea

Pese a lo intimidantes que puedan parecer, las montañas mallorquinas son amables. Se insertan en un paisaje agreste pero reposado, modelado a lo largo de los siglos por la simbiosis perfecta y respetuosa entre actividad humana y medio, entre mar y sierra, entre culturas e identidades –todas las que fueron pasando por el lugar– y adaptación. Por ello la Serra de Tramuntana fue declarada como Paisaje Cultural del Patrimonio Mundial por la Unesco en 2011.

Las casas de piedra parecen en Deià colocadas estratégicamente para quedar bien.

Quizás la poderosa simbiosis entre cultura, tradiciones, paisaje y orografía que es la Serra de Tramuntana se hace más presente en Deià que en ningún otro punto. Deià es de esos lugares en los que, si no eres quien conduce –como fue mi caso–, la dificultad de conseguir un lugar para aparcar no es un inconveniente.

De nuevo las casas de piedra parecen en Deià colocadas estratégicamente para quedar bien. Los accidentados barrancos y terrazas sobre los que se asienta el pueblo –además de complicar la tarea de estacionar un coche– suponen cientos de oportunidades privilegiadas para otear el entorno, repasar con la mirada una trama urbana que se extiende hacia arriba y hacia abajo y pararse a distinguir las palmeras y los olivos que sobresalen, con el mar de telón de fondo.

Con todos esos ingredientes no parece raro que Deià sea, desde hace tiempo, un punto de encuentro de literatos de todo el mundo. En 1929, el poeta inglés Robert Graves escogió Deià como residencia para superar el trauma que le suposo la Primera Guerra Mundial, en una casa –Ca n’Alluny– que hoy se puede visitar como museo.

Más adelante, la escritora nicaragüense-salvadoreña Claribel Alegría y su marido, el también escritor Darwin J. Flakoll, se convirtieron en deianencs de adopción, y hasta su casa acudió por varias veces el propio Cortázar, junto con quien –según cuenta Alegría en su libro Mágica tribu– la pareja pasó varias veladas hipnotizándose con el jazz de Thelonius Monk, Betty Smith o Miles Davis frente a la chimenea. Eso es vida, ¿eh?

Inspirarse en la Serra de Tramuntana (III)

De toda Mallorca escogí Deià, pequeño pueblo de pescadores y productores de aceite en la montañosa costa Noroeste de la isla —el resto del territorio es principalmente llano y ondulado—, porque encontré el escenario que deseaba para mi trabajo como escritor: sol, mar, montañas, frescos arroyos, árboles de sombra, nada de política y algunos lujos de la civilización.

Por qué vivo en Mallorca, Robert Graves

Nuestro paso por Deià nos da para almorzar al sol de la tarde incipiente, y la sobremesa se alarga. Si, como el cronopio de Cortázar, queremos ver el rayo verde mallorquín, toca moverse.

18.00 | El far des Cap Gros: sin rayo verde, pero con todo el mar

¿Dónde acaban los días de paseo, en una isla? Claro: en un faro y frente a un atardecer.

El atardecer en el Port de Sóller, desde el far des Cap Gros.

Con esa premisa y tras varios kilómetros más de curvas que abren y cierran el paisaje sin parar llegamos al Port de Sóller, que se aloja en una bahía natural, mansa y apacible, encerrada por las prominencias de la Serra de Tramuntana.

Desde allí, por el camí des Far, subimos serpenteando por pendientes semii