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Crónicas de Islandia: una ruta singular, 12 días y un país superlativo

No tengo claro el porqué, pero desde que tengo uso de razón lo remoto y lo solitario me atrae. La naturaleza extrema me emociona: cuánto más agreste, exótica e ignota, mejor. Y, al mismo tiempo, me admira que en lugares que combinan ambas cosas, pese a tener a la hostilidad de todos los elementos absolutamente en contra, la vida en sociedad sea capaz de desarrollarse en plenitud.

No hay ningún país del planeta que sintetice mejor todo ese paradigma que Islandia. El séptimo territorio menos densamente poblado del planeta es también el que, según los indicadores internacionales, puede presumir de una mayor igualdad de género. De la adversidad, las y los islandeses sacaron virtud: ser una excolonia arrinconada en el frío, durante siglos pobre de solemnidad y con la misma población que la Las Palmas de Gran Canaria —en la superficie de dos Croacias— no ha impedido que la ‘tierra del hielo’ sea hoy un paraíso socioeconómico que, dicho sea de paso, reposa sobre el —quizás— terreno geológicamente más fascinante y diverso del planeta.

El viaje más ansiado y una ruta atípica

Todas esas razones, juntas, hacen de Islandia el lugar del mundo que más ganas he tenido nunca de conocer en persona. Y, exactamente por eso, para mí y mis reticencias conservadoras, se trataba de un destino que bien merecía ser explorado con el tiempo y el dinero suficientes. Sin embargo, hace algunos meses, mi compañero de vida me sugirió con atino lanzarnos en este verano infernal a descubrir esa isla anhelada y helada haciendo como los resilientes islandeses: diseñado una ruta que aprovechara lo que teníamos y no lo que querríamos tener.

Principales puntos de nuestra ruta de 12 días por el cuarto menguante de Islandia

De modo que, en los 12 días de que disponíamos y haciéndole hueco a todos los rincones de Islandia que más nos llamaban la atención, recorrimos una especie de cuarto menguante que, en consecuencia, no coincide con la ruta habitual que siguen la mayoría de los visitantes, consistente en darle una vuelta completa al país. En lugar de ello peinamos todo lo que se comprende entre los aislados Fiordos del Oeste, en el extremo noroccidental de la isla —el súmmum de lo remoto; una especie de Meca para mí y mi fijación por lo ignoto—, y la sublime laguna de hielo de Jökulsárlón, en el suroeste de Islandia.

Y si las expectativas eran altas, la vivencia las multiplicó exponencialmente. Dejando al margen la —cara— cuestión gastronómica, no le cambiaría ni una coma a nada de lo que nos sucedió por allí arriba en los 12 (cortos pero intensos) días que duró nuestro ansiado viaje, que bastaron para convencerme de algo que presentía: Islandia es simplemente deslumbrante y superlativa. Espero escribir largo y tendido y con mayor enfoque sobre algunos de los rincones con los que este país fascinante ha obsequiado a mi retina, pero, por lo pronto, aquí va una síntesis de lo vivido y disfrutado.

Día 1
Barcelona – Reikiavik

✈️ 2.983 km | 🚗 51 km | 🚶 3 km | 🛏️ Reykjavik Downtown Guest House

Aterrizar en Islandia fue ya un espectáculo: el avión se esforzó para mostrarnos, a medida que descendíamos, desde los blanquísimos glaciares del sur hasta el volcán Fagradalsfjall, en plena erupción. Desde el aeropuerto de Keflavík, un trayecto por una solitaria carretera casi lunar, de 45 minutos, nos planta en Reikiavik, la capital más septentrional del planeta. Primera ronda de reconocimiento: bajo la intensa luz celeste de medianoche y con 11º en pleno agosto, esta animada metrópolis de bolsillo tiene un brillo irreal y atrayente. Probamos, por supuesto, los famosos y ricos perritos calientes de Bæjarins Beztu Pylsur. Una cerveza abrigada —a 12€— en plena Laugavegur, la calle de bares local, inaugura oficialmente nuestras vacaciones.

Día 2
Reikiavik, la capital feliz

🚶 16 km🛏️ Reykjavik Downtown Guest House

No se necesita demasiada pauta para perderse por Reikiavik, una simpática capital con alma de pueblo llena de arquitectura singular y notable: en un paseo nos topamos con la catedral luterana Hallgrímskirkja, de Samúelson —«el Gaudí islandés», nos cuentan—, que parece pura ciencia ficción; con Sólfar, la futurista escultura en forma de barco vikingo que te invita a lanzarte al mar; o con Harpa, el exquisito centro de conciertos, hecho de espejos y vidrio. Un free tour nos muestra el primer centro de la capital, que creció hace poco más de dos siglos en torno al colorido barrio de Grjótaþorp, y los minúsculos y curiosos Parlamento y Oficina de la Primera Ministra. Todo en la ciudad —incluso el altar de la catedral— celebra la diversidad: este es un país radicalmente abierto, inclusivo y feliz.

Día 3
La península de Snæfellsnes: viaje al centro de la Tierra

🚗 304 km | 🚶 15 km | 🛏️ Stykkishólmur: cabañas Vatnsás 10

La ruta nos conduce hacia las entrañas islandesas del noroeste. Primera etapa: la península de Snæfellsnes, allá donde Julio Verne situó la puerta de entrada al centro de la Tierra. No es para menos: en la inmensidad desierta de este brazo de tierra agreste empezamos a entender por qué es absolutamente imposible avanzar 100 kilómetros en Islandia sin detenerse y asombrarse hasta decenas de veces. Las sobrias columnas de basalto de Gerðuberg; Bjarnarfoss, nuestra primera cascada islandesa; la iglesia negra y misteriosa de Búðakirkja; la grieta de Rauðfeldsgjá, tan implacable como imponente; los acantilados indescifrables de Arnarstapi, el faro naranja de Öndverðarnes, desde donde avistamos orcas… La concentración de bendiciones de la naturaleza impresionantes y extremas es, en este punto del país, insultante. La pirámide natural de Kirkjufell pone la guinda a un día que se apaga en Stykkishólmur, donde dormimos, aún alucinando, bajo el amparo de un gnomo.

Día 4
Navegando hacia los Fiordos del Oeste: de Stykkishólmur a Ísafjörður

⛴️ 53 km🚗 293 km | 🚶 6 km | 🛏️ Ísafjörður: Gamla Guesthouse

En el puerto de Stykkishólmur y de buena mañana, cargamos nuestro coche en el ferry para descubrir la región más remota y agreste de un país —por definición— remoto y agreste: los Fiordos del Oeste. Ya en tierra y bajo la lluvia, las termas naturales de Krosslaug son nuestra primera oportunidad de practicar la religión oficial islandesa: llegar, ducharse, calzarse el bañador en las cabinas y sumergirse en los 38º que, en medio de la más absoluta nada, te regala, casi en exclusividad, la Tierra. Tras ese placer completo y energizante, surcamos carreteras auténticamente espectaculares y sobrecogedoras sembradas de casas solitarias, y reseguimos decenas de fiordos que van dibujando, uno tras otro, perfiles tan amenazantes como impactantes. Los ventosos acantilados de Látrabjarg —el punto más occidental de Europa— y Dynjandi —la cascada más impresionante de todas las vistas en el país, a mi humilde parecer— trazan una ruta cambiante y preciosa que, finalmente, nos devuelve a la civilización en Ísafjörður, la urbe más norteña de todo el país.

Día 5
Saborear el camino y la amplitud: de Ísafjörður a Bær

🚗 382 km | 🚶 7 km | 🛏️ Bær: Fossatún Camping Pods

En las latitudes de Ísafjörður —a 50 kilómetros del Círculo Polar Ártico— y por estas fechas, en lugar de noche existe una leve penumbra que, hacia las 2 de la mañana, se ha convertido de nuevo en claridad. Algunas horas más tarde nos despertamos bajo un sol radiante para pasear por esta colorida ciudad de 2.600 habitantes surgida durante el siglo XVIII y de pasado pesquero que, aunque vive aislada aquí arriba sobre una lengua de tierra suspendida en las frías aguas de su fiordo, tiene un centro peatonal, un transitado y pintoresco puerto y hasta universidad —especializada en gestión de costas, obviamente—. Hacia media mañana iniciamos una larga y solitaria ruta en dirección hacia el más transitado centro del país, de nuevo bordeando fiordos espectaculares y entregándonos a una maravilla patria que no aparece en las guías: el camino y la amplitud islandesas. Tras una parada intermedia en la poza termal —de cuento— de Guðrúnarlaug, llegamos a nuestro destino y hogar por una noche: las cabañas —también de cuento—de Fossatún.

Día 6
El Círculo Dorado

🚗 218 km | 🚶 12 km | 🛏️ Hella: cabañas de Árhús Café

Después de habernos transportado por caminos extraterrestres cruzando las profundidades de los Fiordos del Oeste, donde solo llegan el 10% de los visitantes que acuden a Islandia, encontrarse en el triplete de lugares que conforman el Círculo Dorado equivale, casi, a sumergirse en la Rambla de Barcelona. En la primera parada, Þingvellir, vemos lo que en su día fue el escenario del primer parlamento democrático —al aire libre— del planeta, en el año 930. En la segunda, el área geotermal de Geysir, comprobamos bajo una lluvia torrencial que Islandia está hecha sobre un hervidor gigante: mientras el propio Geysir —que da nombre a todos los géiseres del mundo— duerme desde hace un siglo, su compañero Strokkur suelta, enigmáticamente, un chorro de agua caliente de quince metros cada diez minutos. Y en la tercera, ya empapados por el temporal, observamos la potencia imparable de la cascada de Gulfoss. Pese a que los tres lugares son ciertamente impactantes, las maravillas que venimos viendo en los días precedentes —y las que veremos después— hacen que el Círculo Dorado nos parezca de lo más discreto que este país conmovedor atesora.

Día 7
Parajes sobrenaturales: Seljalandsfoss, el cráter de Kerið y el valle geotermal de Reykjadalur

🚗 205 km | 🚶 14 km | 🛏️ Hella: cabañas de Árhús Café

Los planes B son a veces un gran acierto. Hoy íbamos a pasar el día en Landmannalaugar, en las inhóspitas Tierras Altas. Pero el temporal previsto, el alto coste del billete de bus —nuestro coche no podía acceder a esos caminos— y el largo trayecto —8 horas, sumando ida y vuelta— nos desmotivaron. De modo que dedicamos la jornada a comprobar, de nuevo, la enorme variedad de paisajes y colores que Islandia es capaz de condensar en apenas unos kilómetros. De las verdísimas colinas de Hlíðarendi, con la iglesia de Hlíðarendakirkja y la cascada de Gluggafoss, saltamos hacia la sobresaliente catarata de Seljalandsfoss, cuya prodigiosa y concurrida caída de agua, de 65 metros, se puede rodear. Tras una parada técnica en Selfoss para abastecernos de cerveza y buen vino en el Vínbúðin del lugar, la tienda estatal de licores —en ningún supermercado islandés normal encontrarás bebidas alcohólicas—, quedamos maravillados con el cráter rojizo de Kerið, que aloja un inverosímil lago verde esmeralda sobre el que la no menos inverosímil Björk dio una vez un concierto, hace ya algunos años. Y, para terminar la jornada, otra ración de paisajes inauditos y sobrenaturales: el del valle geotermal de Reykjadalur. Por él, una caminata de una hora larga nos condujo, entre fumarolas y multicolores colinas peladas, hasta un tramo de río de aguas calientes en las que —por supuesto— nos detuvimos para remojarnos.

Día 8
El sur es verde: la ruta de Fimmvörðuháls, el glaciar Sólheimajökull y el valle de Seljavallalaug

🚗 93 km | 🚶 14 km | 🛏️ Eyvindarhólar: Lambafell Welcome Hotel

Que saborear Islandia es, ineludiblemente, saborear el camino, es una máxima de la que esta isla no deja de convencerte. Podría estar siglos recorriendo el verdísimo y puntiagudo extremo sur del país que la ruta de Fimmvörðuháls tan bien sintetiza. Partiendo desde la majestuosa cascada de Skógafoss, nos entregamos a hacer el primer tramo de esta travesía que, si uno finaliza, conduce al valle de Þórsmörk. No fue nuestro caso; durante dos horas y media —y, entre la ida y la vuelta, unos 5 kilómetros— nos dedicamos a remontar la ruta bordeando el curso de agua y la inacabable retahíla de cataratas que este rincón del mapa islandés concentra. ¿Habremos visto 15 cascadas? ¿20? ¿30? Ni las guías son capaces de definir un número concreto. Más tarde, tras visitar en las cercanías el impactante glaciar Sólheimajökull, que mezcla el azul pálido de su masa helada con el negro de la roca volcánica que lo rodea, quisimos dirigirnos hacia el recóndito y precioso hotel de madera que nos alojaba y dejar de visitar lugares. Sin embargo, la curiosidad nos ganó por enésima vez, instándonos a explorar la cercana piscina termal de Seljavallalaug, una de las más antiguas de Islandia. De nuevo, la realidad descuartizó a las expectavivas: aquella piscina yace en el centro de un valle que parece sacado de Parque Jurásico, por donde centenares de cascadas se dejan caer desde lo alto de las paredes pétreas.

Día 9
Hacia el este: el negro de Dyrhólaey y la playa de Reynisfjara y el gran blanco del Vatnajökull

🚗 226 km | 🚶 11 km | 🛏️ Hof: Adventure Hotel Hof

A estas alturas del viaje uno empieza a pensar que Islandia no puede sorprenderle más. Hasta que sale el sol, y esa jornada climáticamente benévola coincide con el espectáculo mineral de los negros acantilados de Dyrhólaey y la igualmente oscura playa de Reynisfjara. Incluso el punto más meridional de Islandia es arte hecho lugar: el arco de roca con el que concluye Dyrhólaey marca la frontera sur del país, impasible ante las violentas olas que lo acechan y que, desde el faro del lugar, parecen minúsculas. Es aquí donde aparecen, por fin, los esperados frailecillos, que se divierten desafiando al Atlántico y lanzándose al viento desde las alturas agrestes en las que anidan. Ya en la playa negra de Reynisfjara, la enorme densidad de aves y el marco incomparable que conforman las imposibles columnas de basalto te regalan un espectáculo visual emocionante y difícil de borrar de la retina. Nuestra ruta avanza hacia el este y, tras surcar inmensos mares de lava solidificada, empieza a personarse frente a nosotros la enormidad blanca que hace unos días vimos desde el avión: es el intimidante Vatnajökull, el campo de hielo más robusto de Europa. El atardecer nos atrapa en Hof, con su entrañable y iglesia cubierta de césped, el sabio aislante ancestral de los islandeses.

Día 10
Jornada de glaciares: Jökulsárlón, Fjallsárlón y Skaftafell

🚗 171 km | 🚶 13 km | 🛏️ Kirkjubæjarklaustur: Hunkubakkar Guesthouse

Nuestro décimo día en Islandia marca el extremo oriental del viaje. Un extremo helado: hasta aquí hemos venido para visitar dos de los glaciares más célebres de Islandia: la laguna de Jökulsárlón, con sus impresionantes y efímeras esculturas flotantes, y la esplendorosa y descomunal escalinata helada de Fjallsarlón. Ambas nos han dejado mudos: el de los glaciares es un espectáculo tan escandalosamente bello como frágil, tan majestuoso como amenazado. Ya de vuelta hacia el oeste, en Skaftafell, de nuevo otro glaciar nos conmueve: el de Skaftafellsjökull. Ver su lengua desde las alturas, sumida en un retroceso imparable, duele tanto como eriza la piel. Deshaciendo ruta concluimos el día en las placenteras cabañas de Hunkubakkar, donde nos conjuramos para dejar atrás ocho días repletos de almuerzos y cenas a base de pan y embutidos para deleitarnos probando el cordero de kilómetro 0 que crían en la granja del propio alojamiento. Unos 50 euros —cerveza y postre incluidos— gastados con alegría.

Día 11
El sur con sol: Skógafoss, el volcán Fagradalsfjall y vuelta a Reikiavik

🚗 325 km | 🚶 8 km | 🛏️ Reikiavik: Hotel Frón

La enorme satisfacción de haber descubierto (parte de) un país singular, bellísimo, impactante y a cada metro espectacular se mezcla ya con el sabor tristón de lo que se acerca a su fin. Pero la recompensa del paisaje islandés no da tregua y, celebrando el radiante sol que brilla sobre nuestras felices cabezas, nos detenemos de nuevo en Skógafoss, la reina de las cascadas del sur de Islandia. Y la postal es mágica: un arcoíris doble saliendo de la propia catarata rubrica nuestra bendita ruta por este no menos bendito país. En otro arrebato culminatorio, se nos ocurre acercarnos a chafardear por las cercanías del volcán Fagradalsfjall, que lleva casi dos semanas en erupción. Para nuestra sorpresa, todo está perfectamente habilitado para las y los curiosos, y existen cuatro rutas para acercarse a la lava —en este punto, ya lejos de la espectacularidad incial— que ha emanado desde las entrañas de la Tierra. Ya en Reikiavik, nos entregamos a los placeres mundanos: nos bañamos en la playa dorada de Nauthólsvík, que recibe agua caliente canalizada y que los capitalinos denominan nuestra propia Ibiza; celebramos nuestra última noche en Islandia con la famosa y concurrida Happy Hour de las calles del centro —ayudados por la recomendable app Appy Hour, que nos dirige de bar en bar— y disfrutamos del atardecer eterno en la ciudad haciendo cosas tan impensables en otros países como, por ejemplo, pasear, a las 23h30, por los jardines del Parlamento, abiertos de par en par.

Día 12
Reikiavik – Barcelona

✈️ 2.983 km | 🚗 51 km | 🚶 13 km

Nuestro último día en Islandia amanece con un sol nítido y un aire puro a rabiar. Las casitas de colores de Reikiavik brillan felices con el monte Esja de fondo, tanto como la propia ciudad: humana, amable y llena de rinconcitos y esquinas entrañables. Me deleito rememorando la ruta hecha con el enormérrimo mapa 3D de Islandia que aloja el vestíbulo del Ayuntamiento de Reikiavik, un edificio magistral completamente abierto a la ciudadanía —como todo en este país—, y circundando el Tjörnin, el reluciente lago urbano situado en el corazón de la capital. Sus alrededores —con su verde exquisitamente cuidado, con las casas señoriales que lo bordean, con las esculturas que lo custodian— son simplemente preciosos. Allí se encuentra también una de las sedes de la Galería Nacional de Islandia, a la que entramos para acercarnos a la historia artística del país. Hay quien decide no dedicarle sino unas horas a la capital de esta nación, y creo que se equivoca rotundamente: es en ella donde uno le puede tomar más y mejor el pulso a una sociedad excepcional, creativa, igualitaria y pragmática. Y, para terminar, una panorámica colorida e icónica: la que te entrega —por unos 12€— el campanario de la Hallgrímskirkja.

Una catedral que, mientras nos acercamos al aeropuerto, cuando el sol ya empieza a bajar, no deja de verse en ningún momento. De algún modo, parece no querer despedirse. Y os aseguro que lo mismo os sucederá si hacéis caso a este humilde consejo —ahora sí, ya con conocimiento de causa—: id, por favor, a dejaros deslumbrar por y con Islandia, ese país remoto y único. 🔵

Dedicado a los mejores compañeros de ruta posibles —y coautores fotográficos de este post—, Lucho y Abel.

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Un día en las Torres del Paine, el color especial de la Patagonia

📝
Guía narrada de la Patagonia chilena
➡️ Punta Arenas ➡️ Puerto Natales ➡️ Glaciares Balmaceda y Serrano 📍 TORRES DEL PAINE ➡️ Perito Moreno ➡️ Leer y ver la Patagonia

Es un espectáculo imponente. Una mole inimaginablemente inmensa y robusta de rocas amontonadas, con formas imposibles y una pendiente vertiginosa. Una cordillera acordeónica plantada en medio del fin del mundo y peinada para siempre por el viento infinito de la Patagonia y su cielo inacabable. Tiene un nombre ancestral y es multicolor. Es el macizo Paine, las montañas azules.

No exactamente azul, sino celeste, significa Paine en mapudungún, la lengua del pueblo originario más numeroso de lo que hoy es Chile. Y parece ser que con esa palabra bautizó a este remoto enclave montañero un tal Santiago Zamora, campesino —baqueano, como le llaman allí— enviado por el gobierno chileno en 1868 hacia el extremo austral de América para inspeccionar la región.

Patagonia azul
Los Cuernos del Paine y, tras ellos, las Torres del Paine. Con el lago Pehoé delante.

¿Qué pensaría, el buen hombre, al dejarse caer por aquellas latitudes perdidas y quedar plantado ante semejante portento de la naturaleza? Pues lo mismo que yo, muy probablemente: que las Torres del Paine deben de ser uno de los paisajes más majestuosos y bonitos del planeta.

Hacia las Torres del Paine

Son apenas las 6h30 cuando suena la alarma, y los rayos de sol ya se asoman por el sur del planeta. Un desayuno frugal y a esperar a la camioneta: la excursión que he contratado por unos 35 euros en el propio hostel —y como sucede siempre en Puerto Natales— me pasa a recoger por su puerta.

La camioneta ya va llena: de compañera de expedición me toca una familia chilena entera, pequeños y mayores incluidos. Coincidencias: son de Temuco, cerca de donde —parece ser— procedía el mismo Sebastián Zamora.

Torres del Paine azules
El canal Señoret, que bordea a Puerto Natales, recibe al día con nubes y luces nítidas.

Despedimos Puerto Natales con los primeros vientos y luces del día sobre el canal Señoret, bajo nubes que corren raudas y veloces. Tocan casi dos horas de trayecto entre bosques, cumbres enharinadas, lagos y cielos cambiantes hasta llegar —tras visitar la accesoria cueva del Milodón—a uno de los accesos al Parque Nacional Torres del Paine, la portería Serrano.

Paramos en la caseta solitaria que da la bienvenida a este oasis de hielo y roca y me llama la atención el enorme cartel que qué responde a la pregunta de qué hacer si te encuentras con un puma. La reserva natural es más grande que —por ejemplo— toda Guipúzcoa, y en la inmensidad despoblada del lugar el fiero puma es el rey absoluto.

Pasamos el trámite de pagar la entrada, que no está incluida en el precio de la excursión. Los residentes en Chile —como era mi caso por aquel entonces— pagan 7.300 pesos (unos 8,25 euros); los extranjeros, 35 dólares. Es un precio alto, pero comparado con la magnificencia del lugar, todo lleva a dejar el calificativo en ínfimo.

Un cofre de azules remotos y exultantes

Hay varias maneras de adentrarse en el Parque Nacional de las Torres del Paine. Muchas y muchos optan por circuitos como la W o la O, de varios días, que implican acampar en distintos puntos del parque y recorrer sus recovecos por tramos siguiendo las siluetas de las letras en cuestión. Es algo exigente y, seguro, reconfortante. Sin embargo, viajé a la Patagonia solo y no era el momento de sobreestimar mi preparación montañera, así que opté por una excursión que, en media jornada, me mostrara una visión panorámica del parque, transitando por sus puntos capitales.

A modo de rayuela, la camioneta va peinando el áspero terreno en el que se inserta este cofre de geografías remotas y exultantes, saltando de una a otra. Pronto, al fondo se empieza a divisar el mastodonte imponente que es el macizo Paine, entregándote vistas poliédricas de sus componentes, que se contornean y solapan a medida que el trayecto los orbita como figuras de ajedrez gigantes.

Y pronto, también, empiezas a darte cuenta de que en este medio agreste hay otro rey además del puma: el color azul (y toda su familia). No me voy a entretener en narrar cómo la camioneta se va deteniendo en cada uno de los fantásticos rincones que conforman el circuito definido, sino en señalar algunos de sus azules, turquesas y celestes, hipnóticos y sublimes, que percuten la retina sin remedio.

🔵 El lago Grey

Patagonia azul
La inmensa playa del lago Grey.

La primera parada elige una playa. De arena negra, larga, anchísima y ventosa, el agua del lago Grey la peina constantemente con unos invitados también siempre presentes: los témpanos de hielo que se desprenden del glaciar que lleva el mismo nombre.

Su lengua, situada a más de 15 kilómetros de distancia, va soltando bloques inmensos de hielo de un azul brillante, congelado y efímero. Como si de terrones de azúcar se tratara, el hielo se disuelve sin remedio en las grises aguas del lago, en un espectáculo tan químico como poético.

Compara el tamaño de un témpano con el de un humano y verás lo pequeños que somos —sobre todo, en plena Patagonia—.
Torres del Paine azules

La parada en el lugar es también una invitación a epatarse, mirando al fondo y a la derecha del lago, con la parte más robusta del macizo Paine: el cerro Paine Grande. Son 2.845 metros de castillo pétreo coronado por nieves perpetuas —o eso esperamos— cuya escala intimida.

Un sendero de un par de kilómetros bordea la península boscosa que se forma justo en medio de la playa, y te permite abalanzarte sobre los témpanos de hielo para comprobar su magnitud de más cerca. Todo, entre el verde de unos coihues patagónicos que viven, desde hace siglos, desafiando al viento.

El bosque de coihues que rodea el sendero sobre el lago Grey.

🔵 El salto Grande

Avanzando entre praderas y baches la camioneta se detiene en punto estratégico donde se unen dos de los lagos ubicados en el parque, el lago Nordenskjöld y el lago Pehoé. Entre ellos, una cortina acuática de 10 metros de un turquesa cegador se desmorona para salvar el desnivel: el salto Grande.

Patagonia azul
El salto Grande: más turquesa no se puede ser.

Su color parece imposible: el fondo negro de rocas sobre el que se desliza no da pie a tanta claridad. Sin embargo, la razón es clara: los glaciares de los que deriva el agua de los lagos desmenuzan la roca que se encuentran a su paso, y ese proceso genera un fino polvo que, a efectos cromáticos y jugando con la luz solar, acaba dando pie a un turquesa glaciar que impresiona.

Retrocediendo hacia la camioneta, la panorámica te obsequia con una de las mejores vistas corales de todo el macizo Paine, y la mejor de las oportunidades para diseccionar las tonalidades que le dan nombre —y las que trascienden el universo de los celestes y azules—. Porque, bajo el sol, la oscuridad de sus rocas devuelven un azul grisáceo intenso y duro, pero también blancos manchados, negros y todo un abanico de grises.

El macizo Paine y todos sus rincones, de frente.

A la derecha de la postal, el cerro Paine Grande —que ya habíamos visto desde el lago Grey—; a la izquierda, una formación más barroca todavía: los Cuernos del Paine. Cuernos que parecen diseñados por capas, casi a modo de tarta de cumpleaños.

Fijarse en cómo la luz de la primavera austral, filtrada por el cielo siempre cambiante, repercute sobre el macizo Paine y sus millones de ángulos es un espectáculo gratuito al que cualquier persona vidente podría someterse por infinitas horas. Un espectáculo al que, por desgracia, dos duros —y provocados— incendios en 2005 y 2011 le arrebataron el verde. Hoy, sin embargo, la vida resurge de nuevo en este rincón de Chile, y su vida vegetal y animal se asoma de nuevo para formar parte de esta estampa inolvidable.

En las Torres del Paine, el verde recobra su vida tras los incendios de 2005 y 2011.

🔵 El lago Pehoé

Siguiendo el curso descendiente del salto Grande, la visita nos detiene en el camping Pehoé. Directamente: no se me ocurre un lugar con mejores vistas para acampar, ni con un contraste cromático más impresionante. Dicen que los atardeceres, aquí, elevan la experiencia a una categoría sideral. Tendré que volver para comprobarlo con mis propios ojos.

Patagonia azul
El Pehoé es un lago pseudocaribeño.

Volciendo al mediodía, el propio lago Pehoé y su turquesa electrizante te transportan a latitudes tan distantes como el más radiante Mediterráneo o un cayo del Caribe. Si no fuera porque el macizo Paine, amenazante y majestuoso, sigue plantado en medio de todas las miradas, pensaría que el agua que tengo bajo mis pies está a 30 grados.

Ante la belleza del enclave no es difícil comprender que no seamos los únicos presentes: no hay rastro alguno del anunciado puma, pero los tordos revolotean por todos lados, y en pleno pasto aparecen armadillos por aquí y por allá, campando a sus anchas. ¿Quién no lo haría?

Es también a orillas del lago Pehoé donde se divisan, por vez primera en el día, las propiamente llamadas Torres del Paine. Porque al cerro Paine Grande y a los Cuernos del Paine hay que sumarle al macizo el tercero —y quizás más conocido— de sus elementos notorios, tres monolitos completamente verticales de entre 2.200 y 2.900 metros que, desde mi posición, se asoman tras los susodichos cuernos.

Torres del Paine azules
Las Torres del Paine se asoman tras el extremo derecho de la nube presente en la imagen.

🔵 Avistando —ahora sí— las Torres del Paine

El paseo por los azules extraterrestres de este extremo de la Patagonia chilena llega a su fin, precisamente, acercándonos a las Torres del Paine. Un accidente geográfico que, además de dar nombre al parque nacional, es un icono patrio y cotidiano del imaginario chileno: hasta aparecen —guanaco mediante— en los billetes de mil pesos.

Mil pesos son hoy 1,13 euros.

La cascada del río Paine no es quizás el más azul de los elementos del lugar, pero sí uno de los escenarios desde donde, sin necesidad de acercarse en exceso, se pueden divisar mejor los tres famosos promontorios que nos ocupan. Juntos, desafían a la gravedad más que ninguna otra forma de las que conviven en el parque, como una peineta triple clavada sobre el Chile más extremo.

Por lo tanto, no: esta excursión de una jornada no te permite llegar hasta el emblemático mirador de las Torres del Paine, al que únicamente se puede acceder mediante una caminata de varias horas. Sin embargo, de alguna manera, te permite convertirte en una versión motorizada y contemporánea del baqueano Santiago Zamora, revoloteando una maravilla por la que vale la pena desviarse todos los centenares de kilómetros que sean necesarios.

Toca deshacer camino, y la camioneta se dirige de nuevo hacia Puerto Natales surcando las estepas doradas de esta región de la Patagonia chilena ya limítrofe con la inmensa Argentina. Es un preludio del paisaje que me tocará recorrer mañana para llegar a otra maravilla también —y por suerte— limítrofe: el glaciar Perito Moreno. 🔵

Torres del Paine azules
Las Torres del Paine en un día: información práctica
¿Cómo llegar?

Para visitar las Torres del Paine en un día la opción más eficiente es hacerlo mediante una excursión de jornada completa. Se puede contratar en cualquier hostel u hotel —o agencia de turismo, por supuesto— tanto de Puerto Natales como Punta Arenas, y siempre incluye la recogida en el propio establecimiento, todos los traslados y las explicaciones por parte de un guía local, pero no la entrada al propio parque nacional.

¿Cuánto cuesta?

Dependiendo de la agencia, los precios de la excursión —desde Puerto Natales—pueden costar entre 38.000 y 42.000 pesos chilenos (entre 43 y 48 euros, al cambio de 2022). Desde Punta Arenas, el costo es de entre 52.000 y 59.000 pesos chilenos (59 y 67 euros).

A esa cantidad hay que sumarle la entrada al parque nacional: 7.300 pesos chilenos (unos 8,25 euros) para los residentes en Chile y 35 dólares para los extranjeros.

Las excursiones de un día no incluyen el almuerzo, y es recomendable llevar bocadillos o tentempiés ya preparados desde Puerto Natales.

¿Cuánto dura la excursión?

Se parte de Puerto Natales sobre las 7h30 y se regresa en torno a las 18h30. Desde Punta Arenas, la paliza es considerable: se sale sobre las 5h00 y se vuelve cerca de las 22h00.


Guía narrada de
la Patagonia chilena –y un pellizco de la argentina—


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La Roma auténtica en 31+1 rincones y un paseo curioso

Roma es muchas cosas. Por ejemplo, tres colas sucesivas —a cuál más poblada— para poder acceder a un —también superpoblado— Coliseo. O una marabunta tras la que se esconden una veintena de guías gritando, repetida e intercaladamente, mientras esperas para entrar al Foro, «¡Por aquí, grupos! ¡Por allí, visitantes individuales!» Roma puede ser vendedores ambulantes de souvenirs Made in China por todas partes, entre los cuales delantales con el torso del David de Miguel Ángel, escultura residente a 270 kilómetros de Roma —total, ¿qué más da?—.

Porque una realidad como un templo —romano— es que Roma es una ciudad atestada de turistas. Y que muchos de ellos, palo de selfie en mano, no buscan más que tachar los hits de la capital italiana de su lista limitándose a embutir sus cuentas de Instagram con posados ante lugares de los que probablemente se pregunten pocas o nulas cosas. Como le pasó y de nuevo pasa a Barcelona —pero a una escala sensiblemente mayor—, Roma es capaz de inspirar lo peor del fast food turístico.

Pero este post no va de eso, sino de todo lo contrario. Si tantas y tantos acudimos a Roma no es solo porque su patrimonio infinito e inigualable definió la civilización de la que derivamos. Sino porque, hija de las muchas capas que han ido sedimentando en sus 3.000 años de historia, Roma es a la vez y ante todo un fascinante microcosmos repleto de rincones, detalles y cotidianidades auténticos e irrepetibles, que cristalizan en su personalidad rotunda e inconfundible y que, pesando en la balanza mucho más que el infame turismo de masas, hacen que te enamores perdida y locamente de ella.

Porque no ha habido otra ciudad más importante ni central en la historia de la humanidad que Roma en los últimos milenios, pero con esa grandilocuencia altanera convive a otra velocidad y escala otra Roma, la Roma de barrio y caminable, vieja y fascinante, de escala humana, plazas interconectadas, comercios, bares y terrazas enmarcadas por el verde de las enredaderas y las campanas de las iglesias. Es la Roma donde no das un paso sin encontrar una postal entrañable, la Roma que disfruta como en La Grande Bellezza, en la que todas las escenas y escenarios te llaman y la luz del sol abraza a todas las superficies.

Y de esa Roma, solo de esa, —que es la que queremos y nos gusta, ¿verdad?— va este post. Os propongo un paseo sin rumbo fijo ni prisas —no hay mejor manera de fundirse con las joyitas de la Città Eterna— por 35 rincones y experiencias romanas a mi humilde parecer genuinas y ajenas a la globalización uniformadora y al turismo de masas. Accesibles, caminables y democráticas todas ellas, algunas apabullantes y otras más sutiles, son un regalo para el visitante atento y curioso que no quiere quedarse en la superficie y que quiere, voluntariamente, perderse por Roma. Así que ¡andiamo!

Plazas, calles, templos y fuentes

1 |  La piazza di Sant’Ignazio, un gran ejemplo de que sus placitas y plazas son, indiscutiblemente, lo que hace a Roma ser Roma, en nuestro imaginario estético y en la realidad. Enfrenta a la robustísima iglesia barroca que le da nombre con un conjunto de edificios de fachadas cóncavas perfectamente pintados de color crema, dando pie a un resultado tan singular como sublime e hipnótico.

2 | Los frescos de la iglesia que domina la plaza, Sant’Ignazio di Loyola in Campo Marzio, de Andrea Pozzo, una joya barroca que juega con la perspectiva magistralmente.

3 | La piazza di Pietra, otro ejemplar precioso de los escenarios de la cotidianidad romana en comunidad donde, por ejemplo, conviene tomarse un vermut frente a las once inmensas columnas del año 145 que te regala el templo de Adriano. Casi dos milenios —se dice pronto— ante ti.

4 | Los alrededores de lo que queda del Portico di Ottavia, que sigue en pie desde el 27 a.C. tras la mayor sinagoga de la capital italiana. Llenos de tabernas y osterie, te dan la posibilidad de transitar o incluso cenar entrelazándote con dos milenios pétreos.

5 | La piazza Navona —sí, pese a su sobrepoblación constante— y la postal inigualable que regala la superposición de su Fontana dei Quattro Fiumi —una alegoría de los cuatro mayores ríos del planeta con esculturas sobrenaturalmente hermosas de Bernini— frente a la imponente iglesia de Sant’Agnese in Agone. De noche, iluminada celestialmente, mejor todavía.

6 | Las caras pétreas más expresivas de la ciudad, en la fuente de la piazza de la Rotonda —obra de Giacomo della Porta—, frente al Panteón.

7 | La generosa fuente ‘delle mammelle(‘de las tetas’), en la piazza Capo di Ferro: verás que amamanta de agua a los transeúntes del mismo modo que la famosa loba capitolina amamantó a Rómulo y Remo, fundadores de Roma.

8 | El aire bohemio y callejero del Trastévere y su trama urbana abigarrada de calles, callejones, placitas y pasajes superpuestos, que sintetizan el modo de vida caminable, entrañable, ecléctico y a escala humana al que todos querríamos aspirar.

9 | El color terracota —uno de los regalos cromáticos de Roma— de la piazza de San Egidio, en el Trastévere. Omnipresentes en la ciudad y específicamente en este rincón, los tonos rojizos rodean tanto a la iglesia que le da nombre a la plaza como enmarcan al palazzo Velli, frente al templo.

10 | El ponte Cestio, que une sobre el Tíber el centro de la vieja Roma con la isola Tiberina —la única de las islas romanas—, antaño hospital para aislar del resto de la urbe a los infectados por plagas y enfermedades.

11 | Los rinconcitos y las esquinas del Ghetto —el barrio judío— de Roma bajo la luz de la luna, cubiertos por enredaderas verdes y trepadoras.

12 | La fachada del Palazzo Spada —que hoy alberga al Consejo de Estado italiano— y su espectacular colección de esculturas de antiguos emperadores romanos mirando a la calle.

13 | La Casa di Bartolomeo de´ Dossi, en el número 103 de la via del Governo Vecchio, a tres pasos de la piazza Navona: un mosaico espectacular de medallones que representan a destacados juristas romanos de antaño.

14 | La iglesia de Santa Maria Maddalena, en la plaza homónima: tiene tantas rectas y curvas virtuosas en su fachada como bocas abiertas deja.

15 | El óculo del Panteón de Agripa: punto central de la mayor cúpula de cemento no-armado del planeta.

16 | La Colonna de Marco Aurelio. Una muestra de que, hace 18 siglos, ya había películas: narra, escena por escena, la victoria del emperador sobre los bárbaros germanos.

17 | Los 140 santos —de nuevo de Bernini— sobre la columnata de la piazza San Pietro del Vaticano, o las 13 figuras que coronan la fachada principal de la basílica más importante del cristianismo. Son solo la punta del iceberg de un paraíso escultórico, el de la Ciudad del Vaticano, que bien podría merecer años de observación.

La Roma Auténtica

18 | La cúpula elíptica de la primera capilla lateral de la basílica de San Pedro del Vaticano. Qué simetría y qué perfección, Madonna.

La Roma Auténtica

19 | Las puertas romanas, en general y sin preferencias especiales. Son tesoros maravillosos repartidos por la ciudad, testigos de su historia más callejera. ¿Qué no habrán visto pasar por delante?

Tiendas, tiendecitas y mercados

20 | El mercado diario de Campo de’ Fiori y su diversísima paleta de colores, con verduras, frutas y lácteos directamente llegados desde la campiña romana y —descubrimiento— una protagonista ubicua y más romana que Nerón: la alcachofa.

21 | La Antica Libreria Cascianelli, en el largo Febo, tras la piazza Navona: un anticuario indescriptible y laberíntico, anclado en el siglo pasado —o el anterior— y repleto de libros, esculturas, jarrones, postales, cuadros y todo lo que se te pueda ocurrir que haya pasado por casa y villa romana alguna. Si pasear por Roma es un gustazo es en gran parte por la infinidad de comercios singulares y tradicionales como este, con vida propia, que la ciudad ha sabido proteger.

22 | La Cartoleria Pantheon, directamente en la piazza Navona, papelería que lleva desde 1910 vendiendo material de escritura —fabricado, ante todo, en cuero— con arte, estilo y la elegancia más romana.

23 | La Libreria Internazionale Giovani Paolo II, la única del país más pequeño del planeta, el Vaticano —donde, paradójicamente, compré un mapa… de Italia—.

24 | Arredi Sacri Ghezzi (Via dei Cestari, 32), la versión clerical de los bazares chinos, donde comprar tanto una túnica de arzobispo como un gorro de cardenal o un cáliz de plata. Roma es la capital mundial del cristianismo, y también de las tiendas como esta, inimitables en otro rincón del planeta.

25 | Si Ghezzi es el equivalente cristiano de los paganos bazares chinos, una salumeria viene a ser el cruce entre nuestras charcuterías y una tienda de delicatessen. Un taco de Grana Padano o de Pecorino romano, una scamorza o una burrata, pesto a granel, aceitunas de todos los colores, pasta de cuantas variedades que se te puedan ocurrir, crujientes y aceitosos taralli… te apetecerá llevarte a casa la salumeria entera, como me pasó a mí con —por ejemplo— Alimentari Ruggeri (Via della pace, 29), que lleva dando alegrías desde 1935.

26 | La via dell’Orso: una arteria caminable entera y armónicamente terracota y ocre, pavimentada con adoquines y repleta de rincones, restaurantes y tiendecitas por los que bucear infinitamente.

La Roma Auténtica

27 | Una de esas tiendecitas es la Legatoria Artistica Dell’Orso (via dell’Orso, 42), donde puedes comprar cuadernos y papeles ornamentados de todas las medidas y estampados, e incluso pedir que te hagan una libreta a medida en un establecimiento tan entrañable como alejado del postureo.

Comer y beber romanamente

28 | Sin dejar la calle, la Hostaria l’Orso 80: una gran opción —muy local— para probar las alcachofas fritas o la carbonara —especialidades auténticamente romanas— y cualquier otro plato casero y generoso de la cocina capitalina.

29 | La Osteria Nannarella, en el Trastévere: la sartén/olla de pasta casera más sabrosa, perfectamente cocinada y generosa que he comido jamás. Una recomendación 100% local que nos hizo la amiga Kiara, romana de nacimiento y barcelonesa de adopción, quien elevó nuestra experiencia en la Città Eterna a la felicidad gastronómica extrema.

30 | Otra osteria —el equivalente a la casa de comidas española—, Cacio e Pepe, también en el Trastévere y también recomendación de Chiara, para salir del bendito binomio pasta-pizza y probar con garantías y alegría el pollo a la romana.

31 | El Biblio Bar Roma, a la orilla de Tíber: un oasis-quiosco que hace las veces de bar (o viceversa) donde leer, beber y escuchar buena música a fuego lento y con vistas despejadas —algo poco común en Roma—.

Bonus track

+1 | La incomparable Fontana di Trevi en la quietud casi imposible de las dos de la madrugada, casi para ti en su totalidad. 30 años tardó en ser erigida esta maravilla sublime y poética que te deja sin habla cuando, pese a haberla visto trillones de veces en pantallas varias, te cruzas con ella por los callejones de la vieja Città Eterna. Quizá es la bandera más evidente de la Roma-cliché, pero despejada de las hordas de visitantes que la asedian durante el día, es también el escenario más armonioso, hipnótico y radicalmente bello —bañado por una iluminación magistral— de la ciudad. Aprovéchate de uno de sus reclamos más reclamados —ahora sí— y tira una moneda dándole la espalda a la fontana: volverás a Roma, y eso equivale a tener otra oportunidad para seguir celebrando, sin rumbo fijo ni prisas, la belleza de esta urbe infinita. 🔴

🗺️ ¿Quieres saber dónde están los 31+1 rincones romanos del post? Haz clic aquí.

Dedicado a Sònia, Oriol, Lucho y Kiara 🙂

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Donostia en 10 rincones, gustitos y curiosidades: una guía singular

Poca gente tiene en su imaginario una idea de Donostia que se acerque a algo negativo, aun sin haberla pisado. Con el permiso del zirimiri, quien la viva —ni que sea por un fin de semana— verá como esas preconcepciones se cumplen: Donostia es una ciudad disfrutabilísima, preciosa e inserta en un marco verde y privilegiado.

Una cocina infinita de viandas deliciosas, un marco urbano armónico como pocos, la pasarela cinematográfica con más glamour de la península, una playa y un paseo míticos, un puerto que esconde siglos y generaciones de mar y tránsito, una puerta vasca al Atlántico y a Francia… Acercarse a este rincón de Euskadi es un disfrute sensorial continuo y, como un buen vino, siempre apetece. Un vino que mejora con el tiempo, como uno mismo: Donostia me gustó cuando la conocí en verano de 2014, y me encantó en mi segunda ronda, en invierno de 2022.

Además, la escala humana de la ciudad invita a algo también altamente placentero: entregarse a deambular sin prisas ni agobios. El paseo entraña, claro está, sorpresas, descubrimientos y aprendizajes sobre la peculiar historia de la ciudad —¿qué gracia tiene viajar, sino?—, y en esa doble línea va esta propuesta/guía singular de Donostia en forma de decálogo. Así que… on egin (que aproveche)!

1 | Empezar por el puerto, el origen de todo

Donostia —San Sebastián en castellano— es muchas cosas. Pero, sobre todo, mar. Por culpa del Cantábrico nació, cuando el rey Sancho el Sabio de Navarra buscaba desesperado una salida al mar para su corona y fundó una villa bajo la punta del monte Urgull. Allí, en 1180, empezó a gestarse una comunidad de pescadores, balleneros y comerciantes que, aprovechando su ubicación estratégica a las puertas de Francia y en pleno camino de Santiago, consolidó su entidad gracias a las aguas que la rodeaban.

Donostia
La retícula de barcas y botes del puerto de Donostia.

Así, más allá de conectarte con los orígenes de la urbe, empezar a descubrir Donostia por su puerto es un acto de lógica histórica. Hoy la ciudad es bien diferente a la del siglo XII, pero el puerto sigue cumpliendo su función primigenia: las barcas amarradas esperan para lanzarse al océano, las casas del paseo del Muelle acogen restaurantes y sociedades gastronómicas que siguen viviendo de los frutos que da el mar, el salitre y el viento húmedo lo continúan aromatizando todo y el Urgull persiste en su empeño de dar cobijo a la puerta de la ciudad al Atlántico.

2 | Perderse por la historia y los rincones del Casco Viejo

El área más añeja de Donostia es un rectángulo de apenas 250 por 350 metros lleno de trajín, divertimentos y placeres gastronómicos, rincones entrañables y estrechas calles empedradas. Aunque se le llama Casco Viejo, lo que hoy vemos en pie tiene en este concentrado microuniverso, en general, poco más de dos siglos de vigencia (y mucho que contar).

Guía de Donostia

Ya desde el siglo XII, la codiciada y transitada Donostia se fortificó con murallas para vivir tranquila. En ese marco cercado prosperó la ciudad, que supo levantar en una superficie ínfima construcciones tan poderosas como la iglesia gótica de San Vicente Mártir —su edificio más antiguo aún en pie— o, a tres minutos a paso relajado, por la calle 31 de agosto, la basílica barroca de Santa María del Coro.

Guía de Donostia
Santa María del Coro.

La tranquilidad, sin embargo, no fue habitual para la vieja Donostia, y a los asedios franceses de 1719 y 1794 se le sumó el de 1813, con el que las tropas inglesas y portuguesas pretendieron liberar a la ciudad de los galos. ¿Cómo? Fácil: incendiándola y arrasándola casi por completo.

Los arcos de la plaza de la Constitución, de noche.

Después de semejante destrucción, a los donostiarras les tocó reconstruir sus casas y calles. De aquel resurgimiento data la actual y curiosa plaza de la Constitución, que fue en su día también plaza de… toros. Verás que todos los balcones que dan a ella están numerados: cada cifra equivale a uno de los palcos desde donde se seguían las corridas.

La plaza de la Constitución, antigua plaza de toros.

Ya sin toros, pasearse por el Casco Viejo es hoy una gozada: está repleto de de tiendecitas de barrio entrañables y de hedonismo del bueno. Pero, ante todo, de cuadrillas locales y foráneas disfrutando de la religión oficial de Donostia: ir de pintxos en los centenares de bares que esconde. Ya volveremos luego.

3 | Pasear por la Concha, como un aristócrata o una reina

Si el Casco Viejo es heredero del nacimiento de Donostia, el paseo de la Concha es hijo de otro de sus momentos históricos estelares: cuando la reina Isabel II, en 1845, decidió que la ciudad sería su destino para veranear frente al mar. Otra reina se sumó a la fiesta años más tarde: María Cristina, en 1893, se instaló en el Palacio de Miramar, dominando en cada uno de sus veranos las mejores vistas de la Concha y de toda la ciudad.

Con la presencia de las monarcas en el lugar nació y creció el mito de la playa de la Concha y su glamur, hoy anfiteatro y foro maravilloso de Donostia, y la práctica de bañarse en ella. Y, por supuesto, de pasear por su silueta.

Guía de Donostia
Las vistas a la Concha desde Miramar.

Más allá de las vistas, ir y venir por el paseo de la Concha es sumergirse en una pasarela fantástica para tomarle el pulso a Donostia y a sus gentes, aficionadas máximas a recorrer el paseo que conecta al Casco Viejo con la playa de Ondarreta.

De ida o de vuelta —¿qué más da?—, siempre acompañan la famosa barandilla del paseo, que allí reside desde 1910, enmarcando fotos y embelleciendo la marcha, y las farolas y relojes que diseñó Juan Rafael Alday cuando ya Donostia se había convertido en un imán de la aristocracia española y europea.

4 | El Peine del viento: una invitacación a sentir el paso del tiempo

Donostia, ya te lo decía, es mar. En la mañana de un domingo nublado, pasada la playa de Ondarreta y ya acercándome al extremo occidental de la concha que forma la ciudad, un pescador aficionado aprovechaba la marea baja para tratar de hacerse con algún fruto del mar. Tal como lo hacían sus ancestros, hace cien años, y probablemente igual que lo harán todas las generaciones que vendrán.

Guía de Donostia
Pescando en la playa de Ondarreta.

Y tan ancestral y conectado al carácter marino de Donostia como la pesca es el Peine del Viento, uno de los monumentos más sublimes y emocionantes que recuerdo haber visto —situado, por cierto, en una de las ubicaciones más privilegiadas de la ciudad—.

Guía de Donostia

Obra de los guipuzcoanos Eduardo Chillida y Luis Peña Ganchegui, está diseñado para ser eterno. Anclados a la roca, los tres peines de acero acarician el mar desde 1976 jugando con la perspectiva, y nos recuerdan lo inevitablemente unidas a él que están Donostia y los donostiarras.

Y que estarán, por siempre: la oxidación que el mar le provoca mantiene viva a la escultura, y la ata al inexorable paso del tiempo, obligándola —y obligándonos— a sentirlo, y la somete a la impronta de la naturaleza, que siempre manda.

5 | Deambular por el centro nuevo y sus ensanches ocres y elegantes

Deshaciendo camino hacia el centro nos encontramos, enfrentada al Casco Viejo, una trama de calles rectas y elegantes, edificios deliciosamente decorados y de un color ocre característico y omnipresente. Es el ensanche Cortázar: del mismo modo que Barcelona tuvo que abrirse a mi Eixample querido, Donostia se vio obligada, una vez recuperada de su mayor incendio y ya convertida en imán de la aristocracia europea, a derribar sus murallas y ampliar la ciudad hacia el sur.

Guía de Donostia
La plaza Gipúzcoa.

Era 1864, y la fama y el glamour de Donostia subían como la espuma. La Belle Époque que las reinas donostiarras trajeron a la ciudad tuvo sus frutos urbanísticos más floridos hacia el cambio de siglo, y pasear por el hoy centro de la ciudad es simplemente un disfrute constante. La plaza Gipuzkoa, con sus jardines y sus portales cuidadísimos, o el hotel María Cristina y el teatro Victoria Eugenia, ambos de 1912, selectos e ilustres como pocos edificios en Euskadi, se merecen un paseo atento a su alrededor y te recompensan con creces.

Pocos años más tarde que el ensanche Cortázar se erigió otro nuevo barrio en Donostia: el ensanche de Goicoa. Conectado al primero, el espectáculo es allí una gozada extrema para el caminante: en torno a la catedral del Buen Pastor se reúnen decenas de tiendecitas que compiten a encanto, como la librería Donosti, y de edificios tan robustos como armónicos. Y sí, ocres: ¿sabías que su tonalidad proviene de la piedra arenisca que dan las canteras cercanas a la ciudad?

Deambula por allí un buen rato sin miedo: callejear es el destino.

6 | Ir de pintxos, la religión oficial donostiarra

Donostia y sus alrededores concentran 19 estrellas Michelin, más que ningún otro lugar del planeta por kilómetro cuadrado. Pero, más allá de esa realidad, lo realmente emocionante de Donostia es que no es indispensable entregarse a la cocina de vanguardia para ser más feliz que una perdiz gastronómicamente hablando.

Comer en Euskadi es democrático, más que disfrutable y adictivo, y gran culpa de que así sea lo tienen los pintxos. Son el resumen perfecto de lo que hace tan querida la cocina vasca: un productazo tratado casi siempre con sencillez y cariño, años y años de tradición sintetizadas sobre una rebanada de pan o cubiertas por una salsa exquisita y, siempre, en una medida justa que hace que quieras un poquito más.

Guía de Donostia
La barra del bar Martínez, en la calle 31 de Agosto.

¿Hay mejor manera de fundirse con Donostia y su ambiente que ir de bar en bar probando pintxos y regándolos con un trago? No, evidentemente no. Ya sea antes al mediodía o hacia el anochecer, el Casco Viejo entra en ebullición con la alegría de las persianas levantadas y las barras atiborradas de colores y charloteo.

La barra del bar Martínez, en la calle 31 de Agosto.

Opciones hay casi tantas como paladares. En la calle 31 de Agosto abundan, y disfrutamos mucho en el Bar Martínez: una barra reluciente con pintxos frescos y apetitosísimos —como los pimientos rellenos de txangurro, el pastel de pescado o los boquerones con vinagreta— y una cocina que los dispara en caliente, como las croquetas de bacalao, crujientísimas, o el pulpo a la gallega, tiernísimo. Todo bien rico, casero y afable.

De la calle Fermín Calbetón me quedo con el Borda Berri y sus pintxos hechos al momento, siempre calientes. Eliges de la pizarra y al cabo de tres minutos aparece ante ti una carrillera al vino tinto, un risotto de queso Idiazábal o una costilla a baja temperatura para llorar de alegría.

Guía de Donostia
Borda Berri: cocina buena y bonita.

Y, ¿tras los pintxos? Pues un buen postre. En Donostia es tradición la tarta de queso, jugosa, gruesa, imponente. De nuevo, la calle 31 de Agosto es la opción, con las propuestas de La Viña o Senra para dejar al estómago más que satisfecho.

7 | Sagardotegi para todos: fundirse con la cultura de la sidra

Si tienes algo de tiempo, dispones de coche y es entre enero y abril, vale la pena hacer algunos kilómetros para alejarse de Donostia y adentrarse en los valles guipuzcoanos con un destino sabroso y festivo en mente: una sagardotegi —o sidrería—. Toda una tradición local a la que tuvimos el gusto de ser introducidos por la familia amiga más literata de este blog, la de Elena, con quien la escapada a Donostia nos reencontró.

¡Txotx! es el ruido que hacen los grifos de las kupelas o barricas de sidra al abrirse, y así se llama la temporada de sidrerías en Guipúzcoa. Es lo que escuchamos por todos lados nada más pisar la sidrería Alorrenea, en Astigarraga —a 10 minutos de Donostia—, un caserío enorme repleto de enormes kupelas, cuadrillas celebrando la vida y mesas que te aguardaban con una preciosa barra de pan dándote la bienvenida.

El menú de las sidrerías es el mismo para todos los comensales y es toda una institución: tortilla de bacalao, bacalao con pimientos verdes, txuletón —que no falte— al peso y, de postre, queso con membrillo y nueces. Rellena tantas veces como quieras tu vaso de sidra, y ya tienes todo lo que necesitas para ser feliz. ¿Precio? Unos 40 euros por cabeza.

La tradición de ir de sidrería y el ambiente que se vive en ellas es precioso: desde todo Euskadi los grupos de amigos se organizan y acuden en bus hasta Guipúzcoa y sus sagardotegi para pasar el sábado entre buenas viandas, buenos tragos y la música que se tercie. La tarde de copas sigue en los pueblos de los alrededores —como Hernani—, donde el jolgorio de la sidra se traslada a las plazas y las calles hasta entrada la noche.

8 | Tras los pasos del Festival de Cine de Donostia

Donostia lleva decenios y decenios atrayendo a la flor y nata de Europa, pero no fue hasta 1953 que se convirtió en sinónimo de cine. Aquel año tuvo lugar la primera edición del Festival Internacional de Cine de San Sebastián, en lo que en principio iba a ser una iniciativa orientada a dinamizar el comercio de la ciudad durante una semana de finales de septiembre. Hoy, el festival donostiarra está considerado como uno de los catorce más importantes del planeta.

El Kursaal y de la Zurriola.

De Julia Roberts a Al Pacino, pasando por Carmen Maura o John Malkovich, centenares de estrellas han paseado por las calles de Donostia como lo hice yo. Y un edificio singular y estratégicamente situado centra, desde 1999, las miradas de todo lo relacionado con el Festival de Cine de la ciudad: el Palacio Kursaal, ya en el barrio de Gros.

Tan inclinado como cúbico, tan enfrentado al mar Cantábrico como a la ciudad, el Kursaal preside la desembocadura del río Urumea y encarna mejor que ningún otro edificio un mensaje claro que Donostia te repite constantemente: que sea una ciudad clásica y de tintes aristocráticos no se riñe con que también sea una urbe vanguardista, moderna y que se asoma decididamente al futuro.

Guía de Donostia
El premio Donostia de cine emula a las icónicas farolas del paseo de la Concha.

El cine está presente por todas partes en Donostia, y nos persiguió incluso hasta el hotel donde nos alojamos, el Zinema 7. Además de cómodo y práctico, original: toda él está inspirado en el séptimo arte, con lámparas hechas de bobinas de cámara, butacas de cine para descansar y todas y cada una de las habitaciones dedicadas a actores y actrices premiadas a lo largo de la historia del festival. Curiosidad: ¿sabías que el premio Donostia —el más distinguido de todos los que se reparten— es una farola de las que presiden el paseo de la Concha?

9 | Cruzar dos puentes con historia sobre el Urumea

Donostia es mar, sí, pero también es río. En concreto, el Urumea, que serpentea la ciudad llegando desde Navarra. Y junto al Kursaal, como contaba, se encuentra con el Atlántico, tras servir de pasarela en torno a la cual se amontonan los fantásticos edificios de los que ya hemos hablado, en los ensanches donostiarras.

Del florecimiento urbano de Donostia en el pasado siglo son hijos también dos puentes que vale la pena cruzar y que son hoy un símbolo de la ciudad: el de la Zurriola y el de María Cristina.

El Kursaal iluminado, tras el puente de la Zurriola.

El primero de ellos tiene 101 años, tantos como las seis icónicas farolas blancas y verdes coronadas por bolas de vidrio que lo identifican. Desde él se ven las olas llegar desde el mar y fundirse con el río, bajo la presencia del monte Urgull.

El segundo es, todavía, más monumental. Inaugurado en 1905, el puente de María Cristina tiene cuatro obeliscos que recuerdan a los del puente de Alejandro III de París —no fue poca la influencia francesa que recibió Donostia en la época—, coronados por caballos a más de 18 metros de altura.

Guía de Donostia
El puente de María Cristina, de noche.

Entre ambos puentes, en la orilla derecha, el paseo del Urumea regala otra estampa made in Donostia: la de los narcisos amarillos perfectamente colocados frente a los palacetes que flanquean la vía.

10 | Un aeropuerto singular para despedir Donostia

A Donostia llegué en tren, precisamente a la estación central de la ciudad situada frente al puente de María Cristina. Pero para regresar a Barcelona elegimos el avión, y tocó recorrer los poco más de 20 kilómetros que separan la ciudad de su aeropuerto, en Hondarribia.

Un aeropuerto bien singular, por cierto. Primero, porque está construido en una plataforma artificial sobre la desembocadura del río Bidasoa, que, a la vez, ejerce de frontera natural entre España y Francia. Segundo, porque la propia plataforma es muy reducida en longitud, debido a las restricciones geográficas en las que se inserta. Y, tercero, porque la terminal que lo preside es pequeña, no; ínfima.

La corta pista equivale a un despegue igualmente rápido. Y aquí llega el último regalo de Donostia: una vista aérea de su geografía fantástica. Tan pronto como cruzamos las nubes y dejamos de avistar la ciudad y su marco llegan las ganas de volver a ella. Es una buena señal: uno siempre quiere repetir aquello que le ha dejado buen sabor de boca. 🔵

Código ético: ninguno de los establecimientos mencionados me ha retribuido de ningún modo por ser mencionado.

Todas las fotos son propias.

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Cabo Polonio, ese oasis atlántico sin relojes

El pasado 31 de diciembre, horas antes de acabar el año, mi teléfono decidió quedarse a vivir en un taxi montevideano. Empecé 2022 como queda uno sin vida digital: colgando de una especie de nube atemporal.

Qué prólogo oportuno. Dos días después tuve la suerte de conocer el Cabo Polonio: el lugar de Uruguay más parecido a desconectarse de algo hoy tan importante como un móvil.

El Cabo Polonio es un oasis de naturaleza.

Porque en el Cabo Polonio apenas hay electricidad ni agua corriente. No puedes franquearlo en coche. Ni se te ocurra pensar en calles o alumbrado público. No oses esperar una cobertura telefónica robusta. Incluso tampoco, si me apuras, comodidades.

¿A santo de qué exponerse, voluntariamente, a tantas privaciones? Llanamente, porque el Cabo Polonio es, con todos sus noes, magnético y superlativo. Y lo es, sobre todo y precisamente, porque también le falta algo tiránico: relojes.

Cabo Polonio, Uruguay
La aldea del Cabo Polonio ocupa el propio cabo.

Un cabo remoto, un camión francés y un faro solitario

Vayamos a lo que sí es y sí tiene el Cabo Polonio. Que es tan avasalladoramente atractivo como lo que no.

El Cabo Polonio es, técnicamente, una punta de tierra elevada que sobresale en la costa del departamento de Rocha, la más agreste y salvaje de todo Uruguay. Hacia el suroeste, 40 kilómetros de dunas, arena y playas ininterrumpidas —inmensas y desiertas—; hacia el noreste, casi ocho. Todas, enfrentadas eternamente al Atlántico y a su viento. Aislamiento puro.

Toda la zona es, desde 1966, un área natural protegida, y plantearse alcanzar el cabo es físicamente desafiante. Respecto a la línea del océano, la carretera más cercana dista a siete kilómetros, varios baches y mucho traqueteo.

La llamada Puerta del Polonio, en el kilómetro 264 de la ruta 10, es la frontera entre el espacio exterior y la desconexión profunda.

Allí, a la entrada del Parque Nacional del Cabo Polonio, dejas tu coche para embarcar en el único vehículo autorizado a adentrarse hacia la costa: el camión francés. Hoy ya no es ni francés —ya volveremos a ello más tarde— ni tampoco uno solo, pero sí sigue siendo camión. Adaptado a su hábitat, claro.

El francés: una aventura.

Subir a él —puedes optar entre ir en cubierta, disfrutando de las vistas, o ir abajo, protegiéndote del sol— te empieza a aclimatar a la vibra de irrealidad del cabo. Tras veinte minutos entre matorrales, cuestas y colinas quizás vírgenes, aparecen al fondo los dos mirajes que vertebran el oasis del Polonio: el océano azulísimo y reluciente, allí abajo, y su eje absoluto: el faro.

Un poco de historia: cazadores de lobos, hippies, marinos y veranos

El faro es la fuerza que hace girar al planeta Cabo Polonio. Acompaña a sus tiempos y delimita sus días. Da la luz en medio de la noche atlántica y alerta de los peligros que entraña. Le da la vida y el sentido al cabo.

Cabo Polonio, Uruguay
El faro de Cabo Polonio: la razón de todo.

De hecho, lleva casi un siglo y medio haciéndolo: en 1881, ante los naufragios que este tramo de costa uruguaya solía causar a los navegantes, el faro se antojó como parte de la solución.

Fue un hecho determinante para que, desde entonces, empezara a crecer la diminuta comunidad del lugar, que hasta ese momento se dedicaba a explotar a la otra comunidad del Polonio: la de los lobos marinos. En torno al faro y a los loberos, pues, se fueron añadiendo marinos, pescadores y sus remotas cabañas, tan rudimentarias como azotadas por el viento.

Cabo Polonio, Uruguay

Varios miles de noches alumbradas por el faro después, la naturaleza ignota del Cabo Polonio y su halo de última frontera empezaron a atraer a viajeros y espíritus nómadas de aquí y de allá. Y aquí es donde —hippie o forajido, ¿quién sabe?—aparece el francés del camión.

Versiones hay tantas como dunas tiene el cabo —o uruguayos tiene Uruguay—, pero parece ser que hace unos 40 años cayó por aquellas latitudes un exmilitar galo. Tan prendado quedó por el paraje que empezó a cavilar el modo de llevar antiguos camiones de guerra para transportar turistas desde la ruta hasta el faro.

Hasta que lo consiguió. Y así nacieron tres mitos: el del propio francés, el de los famosos camiones y el Cabo Polonio como destino ignoto y fascinante.

Hoy, en la aldea, viven no más de 60 personas durante todo el año, en un entorno casi intacto y bajo un cielo azul y silencioso como pocos. La propietaria del aislado hostel donde nos alojamos, Nancy, y su familia son parte de la intrépida y resiliente comunidad que habita el anfiteatro privilegiado que es el cabo, entregado no obstante a lo áspero del medio.

Cabo Polonio, Uruguay
‘Lo de Nancy’: en el cabo, varios hostels llevan el nombre de su dueño.

El progreso, sin embargo, ha hecho llegar al lugar algunos generadores eléctricos, la posibilidad de disponer de agua, un almacén de víveres, decenas de alojamientos, algún que otro bar y construcciones más sofisticadas que sus predecesoras. Y, en verano —claro—, un alud de veraneantes.

Qué hacer en el Cabo Polonio: la naturaleza primigenia, tribus y otros rituales

Pese a descubrirlo en la plenitud del verano y ya inserto en una cierta modernidad, el Cabo Polonio me pareció un oasis de sosiego en la hiperconexión constante a la que nos somete el mundo hoy.

Y sí, ya entonces había perdido el teléfono, pero ¿para qué habría querido conectarme a algo que no fuera la naturaleza pura y dura que tenía delante? Realmente, la gracia de todas las cosas que puedes hacer en el Cabo Polonio reside en que no tienen artificios, que están despojadas de lo superficial.

La aldea del Polonio, con el faro en su eje.

Puedes recorrer playas inmensas, infinitas, con kilómetros y kilómetros de naturaleza sin aditivos y alguna que otra casa solitaria y desperdigada, hasta encontrar tu parcela ideal. Puedes zambullirte en un mar tan frío como acogedor y energizante. Puedes perderte sin rumbo por la aldea, entre la madera pintada de las casas del centro hasta llegar a las rocas, miradores fantásticos e hipnotizantes del Atlántico. Puedes encontrarte con gente en el mismo y preciado estado de desconexión que tú, y sentirte parte de esa nueva tribu sin pantallas. Y créeme: todo junto es reparador.

El ‘centro urbano del Cabo Polonio.

También puedes entregarte a una de las religiones oficiales de Uruguay —más allá del fútbol, el asado y el mate—: ver cómo el mar se traga al sol.

Ya sea desde el punto más prominente del cabo —allá donde descansan los lobos marinos—, desde lo alto del faro o desde la arena de la playa Sur con una cerveza en mano, las puestas de sol del Cabo Polonio llevan al ritual a su expresión más pura y limpia.

Ver cómo el sol se pone: uno de los grandes regalos del cabo.

En este reino de relojes fluidos, tras el adiós del sol llega otro espectáculo para marcar el inicio de una nueva etapa: el de uno de los cielos más rabiosamente estrellados del planeta. Estrellas que, junto al faro, la luz tenue de las velas y alguna que otra hoguera, hacen de única guía para orientar a la tribu en la noche del Polonio.

La hora azul del Cabo Polonio es maravillosa.

Disponerse a salir a cenar no implica demasiados rompederos de cabeza: hay apenas un par de restaurantes. Uno de ellos es Mucho Bueno, donde —cosas curiosas del Polonio— nos atendió una camarera de Barcelona que vive allí permanentemente. Ya decíamos que el cabo atrae (e incluso retiene).

¿Y cómo no? De repente, en torno a la hoguera de la terraza del restaurante y bajo millares de constelaciones, arranca un concierto improvisado. La gente, mientras come, canturrea y baila. Si no fuera porque las mesas son de plástico, suena rap y pagamos con billetes, podríamos estar, perfectamente, en un festín medieval.

Cabo Polonio, Uruguay
Hogueras y fuego en la noche del cabo.

Para quienes quieren seguir moviendo el cuerpo con el resto de la tribu, la noche sigue en La Estación. En vez de bola de espejos, en el medio de la sala de baile de esta discoteca oceánica brilla otra hoguera. El fuego, en el Cabo Polonio, une.

Navegar la noche al ritmo del cabo

Volver a donde te alojes, en cambio, sí que puede ser una complicación en la madrugada. La oscuridad del Polonio es mucho más poderosa que cualquier otra cosa, y transitar la playa de vuelta a nuestro hostal fue una odisea casi a tientas. Una odisea preciosa, en cualquier caso.

La noche en el Cabo Polonio. Montecruz Foto, en Flickr | CC BY-SA 2.0

Es ahí, cubierto por ese manto brillante y negro que te hace sentir ínfimo en medio de una playa más inmensa que nunca, donde caes en la cuenta de lo tanto que los humanos, por más que queramos desconectar, necesitamos referencias. Y el faro te las da, bajo la lógica mágica e inversa del Cabo Polonio. Ya lo cantaba Jorge Drexler. La unidad de medida del Polonio, en su noche profunda, no es la luz que emite el faro, sino lo que hay entre cada vez que vuelve a aparecer: doce segundos de oscuridad.

Ya en el hostel de Nancy, tumbados en las hamacas del patio y contagiados por la nueva cadencia, nos entregamos a contar, de doce segundos en doce segundos, todas las estrellas y galaxias que podíamos avistar. Y ahí llega una pregunta inevitable: ¿quién querría volver a relojes que no sean los que el cabo te impone? 🔵

«Un faro para
sólo de día,
guía mientras no deje de girar.


No es la luz

lo que importa en verdad
son los 12 segundos de oscuridad.»

’12 segundos de oscuridad’, Jorge Drexler

✨ 🌊 El Cabo Polonio

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Bélgica maridada: 5 plazas y 5 cervezas (más allá de Bruselas)

En 2010, cuando era un tierno y estudioso pimpollo, me concedieron una beca Erasmus en Bélgica. En ese país trilingüe, plano, de naturaleza discreta y nutrido de ciudades tan deslumbrantes como amables.

Combinación perfecta: Bélgica parece diseñada para el moverse en tren, y sus muchas urbes —un gran número de ellas entre los 50 mil y los 200 mil habitantes— son casi siempre un tesoro caminable, lleno de historias y pensadas en clave eminentemente humana.

Bélgica plazas y cervezas
En Bélgica, la mayoría de ciudades son pequeñitas, peatonales y hechas a escala humana. Olga Subach, Unsplash.

Así que billete en mano recorrimos —con la familia Erasmus siempre íbamos en comparsa— casi todas las provincias belgas para tomarle el pulso a sus ciudades. Ciudades donde lo antiguo se conserva y se aprecia, y donde todo gira en torno a lo que articula su vida desde hace siglos: las plazas.

La más paradigmática y elocuente de todas ellas será la prodigiosa Grand-Place de Bruselas, pero os lo aseguro: hay muchas más plazas belgas que bien merecen un paseo curioso y atento.

Y, siendo un Erasmus en Bélgica y si de conjugar sentidos se trata, ¿qué puede maridar mejor con una plaza que una buena cerveza? Creedme: es imposible —y altamente desaconsejable— que lanzarse a flanear por Bélgica y sus rincones urbanos no acabe virando hacia degustar alguna de las 1.500 variedades cerveceras que se producen en el país. La cerveza belga es la religión oficial nacional e, incluso, desde 2016, parte del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad de la Unesco.

Plazas en Bélgica y sus cervezas
En Bélgica, cada cerveza se sirve con su copa. Dirk Van Esbroeck, CC BY-SA 3.0.

Doce años después de mi periplo en Bélgica, un arrebato de nostalgia me lleva a proponeros dirigir el rumbo hacia cinco plazas belgas llenas de historia(s), y a regar el paseo con una cerveza en cada una de ellas. Es esta una ruta apta para todo tipo de estudiantes, graduados, jubilados y otros especímenes hedonistas, pero siempre pensada para hacerla en tren: dejemos el coche para días sin tiradores ni botellines de por medio. Santé!

La Grand-Place de Mons: un mono y tres campanarios

Antes de subir a bordo, camino a la estación, pasaba siempre por la Grand-Place de Mons, mi ciudad de acogida, en el sur francófono del país.

Mons vivió siempre en el filo de la navaja: cercana a la frontera con Francia, tuvo un pasado primero medieval, luego a caballo entre sus vecinos del sur y los Países Bajos, algún tiempo español y, ya en época belga, también minero. Sus varios apogeos se fusionan en su plaza central, donde cada cual que pasó dejó su impronta.

Plazas en Bélgica y sus cervezas
La Grand-Place de Mons, con sus fuentes que bailan. © Alexis Mette, en Unsplash.

Mons es una ciudad pequeña, como su icono principal —y residente más célebre de la plaza desde 1843—: el Petit Singe (‘pequeño mono’), una estatuilla de forja cuya cabeza hay que tocar si se pretende vivir con suerte. Lo encontrarás dándole la bienvenida a todos y cada uno de los transeúntes mientras protege la puerta del edificio más notable de la plaza, el Hôtel de Ville.

Mono de Bélgica
El mono de Mons, a su ritmo.

El pequeño mono de Mons es también un espectador de lujo de la ajetreada vida de la plaza y de los acontecimientos más notables que acoge. Entre todos ellos, destaca uno que tiene lugar anualmente —y que, como la cerveza, fue declarado Patrimonio de la Humanidad—: las ceremoniosas fiestas del Doudou. Su momento álgido es el combate —figurado— entre San Jorge y el dragón, donde una serie de personajes y figuras simulan la lucha eterna entre el bien y el mal en pleno centro de la plaza y enmarcados por tanta música como cerveza.

La Grand Place de Mons, en línea con sus primas belgas. Foto de Jean-Pol Grandmont bajo licencia CC-BY-SA 3.0

En cualquier día menos ajetreado, mirar a nivel de calle ya es un espectáculo —gótico y barroco— en la Grand-Place de Mons, pero levantar la cabeza no es menos reconfortante. Tres campanarios de formas sugerentes se divisan desde el lugar: el del ayuntamiento que la encabeza, el de la iglesia de Santa Elisabeth y el más alto de todos: el del Beffroi, emblema y punto más alto de la ciudad, que no deja de avistarse hasta que el traqueteo del tren se aleja de Mons.

UNA CERVEZA TRAPENSE PARA LA GRAND-PLACE DE MONS

 

Bien cerca de Mons existe una de las 14 abadías del mundo donde se produce cerveza: Chimay. La primera que os propongo es, entonces, una birra trapense, heredera de una tradición que los monjes de la abadía llevan más de 150 años manteniendo. La Chimay Bleue es oscura y fuerte, y en todas las cervecerías del país te la servirán en la copa que le corresponde. Y es un gran comienzo.

Dinant y una plazoleta dedicada al saxo

La próxima parada no nos saca de Valonia, la región sureña de Bélgica. Al contrario: nos adentra en sus entrañas.

Bordeando el cañón del río Mosa —algo bien singular en un país eminentemente plano—, la línea del tren se funde con bosques tupidos antes de detenerse en Dinant, una ciudad tan minúscula como estrecha y pintoresca.

Plazas en Bélgica y cervezas
Dinant parece pintada. Jiuguang Wang, CC BY-SA 2.0

Casitas perfectas y coloridas enfrentadas al agua, una colegiata imponente y la cornisa verde de los acantilados de fondo regalan una fenomenal postal al visitante, pero una de las singularidades de Dinant es menos visible: aquí nació en 1814 Adolphe Sax, el inventor del saxofón. Y, cómo no, la ciudad lo tiene más que presente.

Sax es a Dinant lo que María Pita a La Coruña o Juana de Arco a Ruán: es omnipresente en la ciudad. Él y su casa —en la calle principal, que se llama, obviamente, Adolphe Sax—; él y su semblante —con una figura a tamaño real, frente a su antiguo hogar—; él dando nombre al conservatorio local pero, ante todo, él y su invento por todas partes.

Desde 2010, precisamente, un proyecto artístico llena Dinant con 34 saxos de unos dos metros de altura —y de todos los colores— repartidos por los rincones de la villa.

Pero otro saxo lleva aún más tiempo en la ciudad: el de la intersección entre las calles Adolphe Sax, Petite y Saint-Jacques —que en la práctica forman una plaza—, que vive allí desde 1997. Poco suena, pero bien que se ve.

El ‘gran saxo’ de Dinant. Superbass, CC BY-SA 4.0

UNA CERVEZA MUSICAL PARA DINANT

Adolphe Sax, obviamente, también tiene una cerveza en su Dinant natal: la Saxo, que producen artesanalmente en la Brasserie Caracole. Picante, rubia, con un toque de cilantro, hecha al fuego de leña y con 7,7º de alcohol: estupenda para completar un día más-musical-imposible.

La plaza Ladeuzeplein de Lovaina: ¿un escarabajo verde?

No nos engañemos: quien tiene a Bélgica en su imaginario viajero le debe sus más poderosos reclamos a Flandes. Y, sobre todo, a sus ciudades. Ya desde la Edad Media, las urbes flamencas se erigieron en importantes y conectadísimos centros comerciales, y la floreciente manufactura textil las convirtió, urbanística y arquitectónicamente, en la joya que aún son hoy en día.

En esa red de emergentes centros urbanos medievales no podían faltar las universidades, emblema evidente de la prosperidad flamenca. Y, precisamente, una de ellas juega un rol preeminente en la plaza Ladeuzeplein de Lovaina, nuestra siguiente parada. Se trata de la Universidad Católica de Lovaina, que tiene instalada su imponente biblioteca en tal enclave frente a… un enorme escarabajo verde atravesado por una aguja de 23 metros.

Erasmo de Rotterdam, que dio clase en la ciudad hace ya cinco siglos, habría quedado patidifuso al encontrarse con ‘Totem’ —así se llama la escultura—, del artista belga Jan Fabre. Fue un regalo de cumpleaños: en 2004, la universidad local celebró su 575º aniversario, y en homenajear el cuerpo de un escarabajo —un mecanismo preciso fruto de la evolución natural— consistió su ofrenda.

UNA CERVEZA ESTRELLA PARA LOVAINA 

Seguro que a Erasmo de Rotterdam le gustaba la cerveza más famosa de Lovaina —y la más conocida fuera de Bélgica—: la Stella Artois, fabricada en la ciudad desde 1366. Es también de las más populares y masivas del país, pero siempre conviene considerarla para calibrar el nivel de partida de las cervezas nacionales.

La Grote Markt de Amberes: manos arrojadas al río

Resulta que, en la antigüedad, Amberes se regía por la tiranía del gigante Druon Antigoon, quien usaba su castillo a las orillas del río Escalda para cobrar peaje al valiente que transitara por sus aguas. El navegante tenía dos opciones: someterse al poder del gigante y pagar, o exponerse a que el pérfido personaje le cortara una mano y la lanzara al río.

Todo aquello terminó cuando el listo del soldado romano Silvius Brabo cayó por aquellos lares. Al pasar por el castillo, el militar se negó a pagar y decidió retar al gigante a un duelo, que obviamente ganó y celebró seccionando la mano de su contrincante y —devolviéndole la gracia— tirándola al frío Escalda.

Plazas en Bélgica y sus cervezas
La fuente del Brabo, con la mano cortada del gigante en el aire. LBM1948, CC BY-SA 4.0

Hay quien incluso vaticina que Antwerpen —el nombre de la ciudad en flamenco— viene de ant (‘brazo’) y werpen (‘arrojar’). Sea como sea, hoy y desde 1887, una estatua de Jef Lambeaux mantiene viva la leyenda y sus derivadas frente al escandalosamente espectacular edificio del Ayuntamiento, ocupando el centro de la Grote Markt (‘plaza del gran mercado’) de Amberes.

Como al observar un retablo, pasearse por esta plaza triangular y opulenta es exponerse a un condensado resumen de la historia local que, más allá de la leyenda del gigante y Silvius Brabo, va de burgueses ambiciosos.

Del mismo modo que suele pasar en el resto de plazas mayores belgas, las casas que rodean la Grote Markt de Amberes fueron originariamente ocupadas por los pujantes gremios que desde el siglo XVI comerciaban en ella. Verás que cada una de ellas, triangulares y refinadísimas —¿a cuál más deslumbrante?—, está coronada por figuras doradas que representan, precisamente, al patrón de cada gremio.

Las casas de los gremios de la Grote Markt de Amberes, un espectáculo. ©Juliana, Unsplash.

Hoy los santos siguen allí, pero los gremios han dado paso a cervecerías y a fines más paganos que, en cualquier caso, no han restado a la plaza un ápice de trajín y brillo.

UNA CERVEZA PICANTE PARA AMBERES 

Amberes es cosmopolita, vibrante y ajetreada. Le va muy bien una Judas: una cerveza densa y con deje a pimienta, dulce y a la vez amarga, juguetona. Que aproveche.

La Grote Markt de Malinas: un marco muy bien enmarcado

No más de 25 kilómetros y 25 minutos de tren separan a Amberes de Malinas —Mechelen en flamenco—, donde otra Grote Markt bien merece un paseo curioso.

El aire de Malinas es compartido con otras urbes vecinas: un centro peatonalísimo, casas de apenas dos o tres plantas erguidas desde hace más de cinco siglos, gente que va y viene sin aparentar demasiado estrés y, por supuesto, una maravillosa plaza central donde se encuentran los edificios más notables de la villa —y, de nuevo, tan marcadamente góticos y renacentistas como despampanantes—.

Así que sí: en la Grote Markt de Malinas encontrarás el mismo hilo conductor que en cualquier plaza belga. Pero, en mi opinión, con algo extra: a esta ciudad no llegan las hordas de visitantes que invaden Brujas, Gante o Amberes, y todo —la arquitectura, las terrazas, el ambiente— tiene una pátina de autenticidad destacable.

Destacables son también dos vistas que esta plaza te regala.

Plazas en Bélgica y sus cervezas
El Ayuntamiento de Malinas, una composición fantástica. Rolf Kranz, CC BY-SA 4.0

A un lado —y de nuevo— un Ayuntamiento memorable. Con más de 700 años de historia, es una especie de castillo compuesto de piezas aparentemente inconexas pero lleno de armonía: tiene hasta una torre, e integra al antiguo mercado textil de la ciudad. Al otro lado, más altura y más complejidad estética: el único e imponente campanario de la catedral gótica de San Rumoldo sobresale tras seis fachadas gremiales que compiten entre sí para ver cuál se lleva más aplausos, y la composición visual parece especialmente proyectada para sobrecoger.

‘Un cuadro flamenco’, la vista desde la plaza mayor de Malinas. Ad Meskens, CC BY-SA 3.0

No en vano, tanto el Ayuntamiento de Malinas como su catedral son parte de los 56 campanarios municiapales de Bélgica y el norte de Francia incluidos, juntos —sí, ellos también— de la lista del Patrimonio Mundial de la Unesco.

LA ‘MEJOR DARK ALE DEL MUNDO’ PARA LA GROTE MARKT DE MALINAS

Como bien manda la tradición del país, cada ciudad tiene su fábrica de cerveza. Malinas no iba a ser menos, y allí se encuentra Het Anker, que arrancó a producir cuando era el hospital de un antiguo convento. Hoy vale la pena probar una Gouden Carolus Classic, una dark ale de color rojizo y 8’5º que en 2012 fue reconocida como la mejor del planeta en su variedad.

Una reflexión —inmaterial— final

La fijación de los belgas por la Unesco y sus listas es notable, y en la del patrimonio inmaterial quisieron que ingresara, hace un par de años, la otra religión gastronómica del país: las (mejores) patatas fritas con mayonesa (del mundo). Aún no lo han logrado, pero en mi humilde opinión no deberían tardar demasiado: ese manjar y el arte con el que se mima en Bélgica son asombrosos y loables.

No le he añadido tan crujiente tercera pata a esta ruta maridada porque la cosa daría como para un tratado, pero las patatas fritas de Bélgica están completamente alineadas con las plazas y las cervezas del país en lo que a cualidades se refiere: son aparentemente sencillas pero increíblemente refinadas, derivan de una tradición tenaz que las viene sofisticando desde hace siglos, y disfrutarlas es tan reconfortante como accesible —y, además, a un costo más que razonable, como mi yo Erasmus agradecerá por siempre—. Quizá es esa la combinación de factores que define a Bélgica, al fin y al cabo. ¿Y qué más se puede pedir? 🔴

Post dedicado a todo@s l@s Erasmons, esa familia de recuerdo inmejorable. Y no, ninguna empresa me paga o retribuye por hablar de sus cervezas en este post 🙂

Las imágenes cuyo autor no se especifica son mías, Qué lástima no tener una mejor cámara en 2010…

🍺🇧🇪 Bélgica en 5 plazas y 5 cervezas

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Loutró, el mejor lugar del mundo para no hacer nada

Quien haya visto ‘Los Durrell’ —o haya leído los libros de la Trilogía de Corfú, de Gerrald Durrell— habrá fantaseado con hacer lo mismo que la familia que protagoniza la serie: dejarlo todo e instalarse en una isla griega, al borde del mar, para dejar que el tiempo pase entre chapuzones y siestas a la sombra. Pues bien, en la costa sur de la mayor de las islas griegas, Creta, encontré el lugar idóneo para retirarme a imitar a aquella suertuda familia inglesa: Loutró.

Nunca he estado tan de acuerdo con una guía: «En Loutró no hay nada más que hacer que comer, beber y holgazanear», decía la que compré antes de aterrizar en Creta.

Por suerte para quien se llegue hasta Loutró, más razón no se puede llevar. Loutró es un pueblecito de apenas una hilera de casas blancas encastadas entre las montañas peladas y verticales del sur de Creta y una bahía de aguas de un turquesa tan brillante como hospitalario, y solo se puede alcanzar por barco o a pie —gracias a Zeus—.

El resultado de esa combinación suprema es la ausencia total de ruido, aglomeraciones, prisas y cualquier incordio de la cotidianidad urbana que se te pueda ocurrir. ¿Qué más se necesita para ser feliz?

¿Cómo llegar a Loutró? Surcando los mares (y el corazón montañoso de Creta)

Llegar a Loutró es, ya, un espectáculo. Complejo, eso sí: si te desplazas desde el norte de la isla, tendrás que enfrentarte a la carretera que corta el corazón montañoso y casi alpino de Creta para llegar a Hora Sfakión, el principal puerto desde donde zarpan barcos hasta Loutró.

Tras centenares de curvas imposibles, verás aparecer el cálido mar de Libia allí abajo, como una infinita sábana de luz que lo refleja todo, y el pequeño puerto de Hora Sfakión —también llamada Sfakia— al final de la serpenteante y ya árida ruta. La aislada región donde se inserta este tramo de la costa sur de Creta huele a desolación y confín y, por lo tanto y a la vez, a aventura.

El camino hacia Loutró es completamente azul.

Ya en Hora Sfakión es fácil embarcarse hasta Loutró. En verano, al borde de un azul claro y feliz, el pequeño puerto del pueblo dispara barcos cada hora hacia el paraíso que nos ocupa.

La compañía Anendyk es la principal que opera entre Hora Sfakión y Loutró. Se pueden comprar billetes en el propio puerto, incluso apenas algunos minutos antes de cada trayecto, por 12€ (ida y vuelta). Loutró también está conectada por mar con Agia Roumeli, Sougia y Paleochora.

Como decía, también se puede llegar a Loutró a pie, desde la garganta de Samaria, pero el sol inclemente del verano griego convierte esa opción en una temeridad. Y esto iba de ser felices y hedonistas, ¿no?

Así que, volviendo al barco, 20 minutos son suficientes para alcanzar Loutró, que ves aparecer y engrandecerse para, finalmente, recibirte con una postal más que fantástica.

Instrucciones o ideas para disfrutar de Loutró

El hecho de que Loutró sea un lugar al que cueste acceder te empuja, una vez lo pisas, hacia una desconexión completa. Y literal. Una vez superado el desembarco, toca dedicarse a la maravillosa y honorable misión que nos ha traído hasta aquí: no hacer nada. Aunque, en realidad, para ser justos, en Loutró se pueden —y se deben— hacer varias cosas. Pero exigen un esfuerzo ínfimo y ofrecen una recompensa inigualable.

El puerto queda en un extremo de la media luna que es Loutró. El sentido natural del lugar te llevará a bordear las pequeñas calas de cantos rodados de punta a punta, recorriendo el laberinto amable de restaurantes y tabernas que te muestran bandejas infinitas de pescados, moussakas, berenjenas rellenas y verduras asadas en las vitrinas, desafiando al apetito.

Loutró es tan estrecho que las terrazas de las tabernas, las calas —pobladas de sombrillas y hamacas— y la calle principal son, por tramos, una sola cosa. No esperes espacio para plantar tu toalla, pero tampoco sufras —no toca, ya sabes— y elige una buena tumbona: pertenecen a las tabernas y restaurantes, y ocuparlas te costará lo que te apetezca consumir.

Comparados con el premio que te ofrecerá tumbarte en tu hamaca de Loutró, los precios de los bares son ridículos. Porque estarás a centímetros de una de las aguas más disfrutables, acogedoras, radiantes y luminosas que hayas visto en tu vida.

Y cálidas: Loutró está más cerca de Libia que de Atenas, y el Mediterráneo, en este punto, recibe el calor de África de primera mano.

Sestear con esas vistas —y esa ausencia de molestias acústicas— es simplemente una delicia. Llanzarse a bucear por el fondo rocoso de las aguas de Loutró no es menos maravilloso, porque el espectáculo de azules que se da bajo el agua —con la luz jugueteando con el lecho marino— emociona.

No en vano, en griego, loutró (Λουτρό) significa baño.

Convertirse en un ‘Durrell’: una quimera alcanzable en Loutró

Mis compañeros Abel y Laia decidieron alquilar una tabla de paddle surf para adentrarse en el mar y tomar el sol desde el agua; y Lucho, David y un servidor optamos por subirnos a un kayak y explorar los alrededores de Loutró a remo. Por unos 5 o 10€ la hora las propias tabernas te ofrecen el alquiler de los insumos —patinetes incluidos—, y vale la pena apostar por ello: alejarse para ver Loutró desde la distancia regala una estampa difícil de borrar de la retina.

De vuelta a las tumbonas y tras el esfuerzo deportivo, a los cinco nos apeteció probar bocado. En el Akroyiali Beach Bar, en uno de los extremos de Loutró, me trajeron hasta la tumbonas un salpicón de pulpo más fresco que una lechuga, y allí me decidí a emular a los Durrell: bajé el escalón que me separaba del agua, escogí una roca cómoda, y me senté a comer con las piernas en remojo. Así, sí.

Por suerte, yo no huía —como los Durrell— de la postguerra en Inglaterra pero, como ellos, encontré en una cala de una isla griega un rincón en el que me habría quedado por años.

Pero, a media tarde, las montañas que custodian Loutró y que lo convierten en un lugar tan remoto como íntimo empiezan a enviarnos sombra. Automáticamente, quienes poblamos las hamacas empezamos a plegar velas al mismo ritmo que el sol. Hay que apresurarse, porque en torno a las siete de la tarde zarpa el último barco hacia Hora Sfakión.

Irse de Loutró es difícil.

¿La alternativa? Dejarse llevar por la relajación y perder, intencionadamente, el buque de regreso al mundo exterior. Pero no: no nos atrevimos a querer seguir disfrutando de no hacer nada, paradojas del viaje y del ansia de seguir descubriendo lugares. Así que embarcamos hacia Hora Sfakión mientras pensábamos —ya echando de menos Loutró— que aquel enclave, de noche, debe de regalar un cielo estrellado inigualable.

Qué gran pena: ya tengo excusa para volver y comprobarlo. 🔵

Todas las imágenes hechas por .

🏖️🛶🇬🇷 Loutró, el mejor lugar del mundo para no hacer nada

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Navegar los glaciares Balmaceda y Serrano: ¿una de las vistas más bonitas de América?

📝
Guía narrada de la Patagonia chilena
➡️ Punta Arenas ➡️ Puerto Natales 📍 GLACIARES BALMACEDA Y SERRANO ➡️ Torres del Paine ➡️ Perito Moreno ➡️ Leer y ver la Patagonia

Según la leyenda tehuelche, Elal, el creador de su civilización, descendió desde el cerro Chaltén para poblar el extremo sur de la Patagonia y liberar a los hombres de la tiranía de los gigantes. Bajando de las cumbres, desató la furia de dos de ellos: Shie —la nieve— y Kosheske —el frío—, quienes a su vez convocaron a Maip —el viento helado—, presentes desde entonces y para siempre en los confines del sur de América.

Por desgracia, hoy la cultura tehuelche ha quedado reducida apenas a algunos descendientes de los aborígenes patagónicos, pero si la conjunción de Shie, Kosheske y Maip se resume en un paisaje es, sin duda, en los glaciares Balmaceda y Serrano, en plena Patagonia chilena: dos enormes cascadas congeladas, ignotas, preciosas e imponentes, que quitan el aliento y empequeñecen a cualquiera que se les acerque.

Puerto Natales a través de la ventana del barco.

Madrugar para visitarlos, lejos de ser una incomodidad, acaba siendo una bendición. Así que toca desayunar rápido, acercarse hasta el muelle de Puerto Natales y apresurarse a subir a bordo. Vamos en barco, sí, porque a la impresionante belleza de los glaciares Balmaceda y Serrano solo se puede acceder desde el agua. Son las 7h30, ya es de día y las nubes pintan un cielo rápido y azul que de vez en cuando deja caer alguna gota: Patagonia pura.

Los glaciares Balmaceda y Serrano
Navegando hacia los glaciares Balmaceda y Serrano: la vista desde el barco.

Navegar hasta los glaciares Balmaceda y Serrano: hacia un paraíso casi intacto

El buque zarpa de Puerto Natales sobre las 8h00 y por delante tenemos dos horas largas de navegación para franquear los dos hitos —primero el glaciar Balmaceda y, luego, el Serrano— que nos aguardan al final del seno de Última Esperanza, el canal por el que circulamos cual autopista indómita y majestuosa.

Los glaciares Balmaceda y Serrano
Las butacas del barco son cómodas, y las vistas, atrapantes.

Que el trayecto sea largo es otra bendición: si bien los dos glaciares son el destino, la ruta es una experiencia igual o más valiosa. Los glaciares Balmaceda y Serrano están en el corazón del Parque Nacional Bernardo O’Higgins, una de las expresiones más plenas de la naturaleza virgen y al mismo tiempo, indómita e inaccesible que atesora Chile. Una combinación que percute fuertemente en la retina, y le da a la excursión una pátina de aventura y de expedición hacia lo desconocido que excita. Por sensaciones así se viaja.

A medida que avanzas hacia los glaciares Balmaceda y Serrano te empiezan a acechar cataratas repentinas.

Los asientos del buque son tan cómodos como los de una sala de cine, y sus ventanas, panorámicas. Todo, por suerte, está pensado para hacerle justicia al paisaje. Salir a cubierta culmina la experiencia: el canal por el que avanzamos hace que la brisa patagónica te llegue nítida y se cuele entre las paredes montañosas que lo franquean, desde las que se derraman cascadas infinitas de todas las alturas, aquí y allá. Un espectáculo rotundo.

Dos glaciares singulares y rabiosamente bellos

Después de la Antártida y Groenlandia, la masa helada más grande del planeta es el campo de hielo patagónico sur, en el que nacen los glaciares Balmaceda y Serrano. Y si llegarse hasta ellos es una experiencia más que recomendable es en parte porque son dos glaciares físicamente singulares: a diferencia de su primo Perito Moreno (por ejemplo), los dos glaciares que nos traen hasta aquí son extremadamente verticales, siendo en la práctica una especie de inmensos saltos de agua congelados que se desparraman sobre el canal —en direcciones contrapuestas— desde los más de dos mil metros del cerro Balmaceda.

Así se ve el glaciar Balmaceda desde la cubierta.

Precisamente, el primer glaciar con el que te topas en el trayecto es el que lleva el nombre de este monte. Se puede echar mano de infinidad de palabras para definir al glaciar Balmaceda e intentar hacerlo como se merece, pero es complejo. La imagen de esa inmensa masa de hielo que se divisa en las alturas, emergiendo entre las cumbres puntiagudas y neblinosas de la Patagonia profunda y precipitándose al canal, es simplemente sublime.

El glaciar Balmaceda es un espectáculo.

Desde el agua, en la quietud del barco, se oye a Maip, el viento helado primigenio, descender hacia nuestras caras, entregadas a esa fiesta de la naturaleza. Humildemente: pocas veces algo me ha impresionado tanto como estar detenido frente a tanta belleza junta.

Las Torres del Paine destacan a la derecha del glaciar Balmaceda, al fondo.

Minutos más tarde, dejando a la izquierda al primer glaciar, el buque se detiene en un pequeño muelle de madera. Tras unos pasos bajo un precioso bosque de coihues llegamos a un anfiteatro glaciar tan grandioso como el que precede: el glaciar Serrano también se tira al agua desde el cielo, pero en este caso, a una especie de gigantesca pisicina rodeada de árboles tupidos en la que se disuelve poco a poco, bloque a bloque, desde hace siglos. De vez en cuando, un ‘plaf’ y su correspondiente ola expansiva nos recuerdan la magia del lugar: el glaciar sigue vivo. Y que dure.

El glaciar Serrano se derrama sobre la laguna que lo aguarda.

La ventaja del Serrano respecto al Balmaceda es que se puede sentir más de cerca: una caminata de unos diez minutos te acompaña hasta el pie del gigante tobogán de hielo, donde casi puedes tocarlo.

Una panorámica de la laguna sobre la que cae el glaciar Serrano.

Cordero al palo para culminar la visita a un tesoro frágil

De vuelta al barco, ya a media mañana, llega el momento de emprender la vuelta a Puerto Natales. No sin antes —claro— alimentar el espíritu con cosas más concretas que la hermosura del paisaje.

La primera de ellas es la nota más folclórica de la jornada: la tripulación te ofrece un pisco sour o un whisky con hielo directamente sacado del glaciar. La ocasión dio para brindar por los glaciares con los compañeros vascos con los que me correspondió sentarme, y para reflexionar, mientras nos alejamos de los campos de hielo, sobre su futuro agridulce. ¿Cuántas décadas más podremos disfrutar de este tesoro de incalculable valor? ¿Llegará el día en el que se agotarán, exhaustos? ¿Estamos matando a los glaciares, sabiéndolo pero haciéndonos los locos, por el mero hecho de venir a verlos en avión desde la otra punta del mundo? La belleza de los glaciares se aventura finita, y nos reitera en la cara la importancia imperiosa de cuidar(nos) el planeta y sus paisajes más frágiles.

Pisco sours enfriados con hielo de glaciar y cordero al palo: combinación ganadora.

La siguiente parada nos lleva a conectarnos con el origen de Puerto Natales y la colonización occidental de esta parte del mundo: la ganadería ovina. A mitad de camino entre los glaciares y la ciudad nos detenemos en la Estancia Consuelo —una enorme finca tan aislada como afortundada por su ubicación— para probar un cordero magallánico asado al palo. Y no se me ocurre plato alguno que le vaya mejor a esta jornada y a este paisaje.

Dentro de la estancia no hay ni rastro ni de Kosheske ni de Maip —el frío y el viento primigenios de los tehuelches—, y el fuego a tierra reconforta tanto como hipnotiza. Si vais a la Patagonia chilena, aceptadme la recomendación: no dejéis de sumergiros en este trayecto de glaciares de hielo y viento, no dejéis de adentraros por mar en esta tierra de frío, campos, corderos y leyendas ancestrales. Como un buen fuego a tierra, comprobaréis que también apacigua y serena. 🔵

Los glaciares Balmaceda y Serrano
Glaciares Balmaceda y Serrano: información práctica
¿Cómo llegar?

La manera más fácil de visitar los glaciares Balmaceda y Serrano es por barco, contratando una excursión con una de las distinta compañías que las ofrecen en las agencias del centro de Puerto Natales o bien en tu hotel o residencia. Yo la contraté directamente en mi hostel, y me correspondió hacerla con la compañía Agunsa (viajé a la Patagonia en 2017; a fecha de 2021 Agunsa parece no seguir operando este trayecto).

¿Cuánto cuesta?

Dependiendo de la agencia y la temporada, los precios del tour pueden costar entre 70.000 y 115.000 pesos chilenos (75 y 120 euros, al cambio de 2021). No todos incluyen el almuerzo, pero sí las entradas al parque nacional Bernardo O’Higgins.

¿Cuánto dura la excursión?

Se parte del muelle de Puerto Natales sobre las 7h30-8h00 y se regresa en torno a las 13h00 (sin almuerzo incluido) o a las 17h00 (con almuerzo).


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Milán en 10 pinceladas: una guía singular

Milán es una ciudad de paradojas. Es el norte del sur y el sur del norte. Es italiana pero centroeuropea. Tiene 24 siglos de historia pero es la ciudad del futuro. Adora la superficialidad de la moda puntera y la refinación del diseño de vanguardia, pero mima, sobre todo, la comodidad del día a día. No es capital pero lo es totalmente. Le encanta mantener la forma y, a la vez, disfrutar una buena mesa. Vive bajo un cielo gris pero es callejera. Quiere que la visiten pero, sobre todo, que la vivan.

Milán es la belleza sofisticada y añeja del Duomo, la elegancia burguesa de Brera y la juventud efervescente de Navigli. Milán es muchas cosas y, entre ellas —qué suerte—, una ciudad caminable. Atreverse a perderse por ella es, pues, una opción más que óptima para abordarla, y ojalá estas diez ideas os inspiren a hacerlo. ¿Una guía? Más bien, pinceladas aleatorias y sugerencias no imperativas para descubrir Milán. Y, como siempre, a fuego lento y contentando a los sentidos.

1 | Recorrer las terrazas del Duomo al atardecer

Milán empieza y acaba en el Duomo, su catedral imponente. Un lugar siempre céntrico: la plaza que lo precede ya fue el kilómetro cero de la Mediolanum romana. Y un lugar siempre dinámico: punto de encuentro y paso de milaneses y visitantes, de quienes van de compras a las galerías Vittorio Emmanuele II, quienes se dirigen hacia el Teatro alla Scala o simplemente cruzan, en el ajetreo cotidiano, el centro de la ciudad.

Pero el Duomo es, sobre todo, estéticamente impactante. Una mole piramidal llena de refinamiento, historia y detalle: 579 años de construcción, 3.400 estatuas y estatuillas, 200 bajorrelieves, 3.600 personajes representados… El Duomo milanés es puro virtuosismo, y recorrer sus tejados al atardecer, un acierto inmenso: mira cómo la luz impacta en las figuras y estructuras que coronan la catedral, y cómo el sol se pone tras la ciudad, que se expande casi infinita. Y, al salir, enfréntate al Duomo, desde la plaza, de nuevo: el mármol blanco de su fachada es un espejo hipnotizante.

2 | Subirse a un tranvía, aunque sea sin rumbo

Los tranvías le suman entrañabilidad a cualquier ciudad del mundo —y si son antiguos, mejor—. Milán entra en ese selecto club de urbes que tienen una cuidada y añeja red de tranvías —de un color entre amarillo y naranja, por cierto—, con 21 líneas que recorren las calles de la ciudad desde 1876, transportando desde entonces de casa al trabajo y de la universidad a los bares a millones de milaneses.

Guía de Milán
Los tranvías milaneses son, por dentro, de madera.

Súbete a uno de los vagones viejos y disecciona la ciudad sentado en sus asientos de madera, embobándote, al traqueteo del tranvía, ante los elegantes y robustos edificios del centro, cruzando el arco medieval de la Porta Ticinese o pasando bajo la gran aguja/homenaje a la moda de la plaza Luigi Cadorna. Al bajarte —o antes de subir, qué más da—, es imposible no admirar la tentaculosa maraña de cables que sustenta a este medio de transporte, colgada como un collar infinito que abraza Milán por todos lados.

El tranvía siempre es un medio de transporte entrañable.

3 | Triennale: un viaje por el diseño Made in Italy

Detrás de todo lo que vemos hay diseño. Pero se da el caso de que mucho de lo que vemos y tocamos cada día ha sido diseñado en Milán o, como mínimo, en Italia. Por ejemplo: la más cotidiana de las cafeteras —llamada italiana, claro—, las máquinas de escribir Olivetti, el popularísimo Fiat 500… pero también objetos cotidianos y menos icónicos como una infinidad de modelos de sillas, sillones, butacas, lámparas, transistores, tocadiscos, mesas y recipientes que, si bien más discretos, nos hacen la vida más fácil —y bonita— desde hace años.

La Triennale te invita a recorrer la fructífera historia del diseño italiano en un paseo.

Pues bien: un paseo curioso por la historia del diseño Made in Italy —desde 1940 hasta hoy— es la Triennale de Milano, un museo situado en uno de los costados del Parque Sempione por el que vale la pena perderse. La visita nos sumerge de lleno en todos los argumentos que convierten a Milán en la capital mundial del diseño, algo que no es fruto de un día. Ya desde 1933, en el mismo Pallazzo dell’Arte donde se ubica el museo, se celebraba la Exposición Internacional Trienal de Artes Decorativas e Industriales Modernas y Arquitectura Moderna, evento que servía de altavoz de las últimas novedades mundiales en el campo del diseño.

Hoy, el edificio también alberga —más allá del museo— un teatro, una librería repleta de libros relacionados con el diseño y un enorme jardín con una cafetería —por supuesto— llena de estilo.

4 | 10 Corso Como: diseño para comprar

Si la Triennale es el lugar para ver diseño, 10 Corso Como es el lugar para ver diseño y además —si puedes— comprarlo. Aunque, a decir verdad, con darte una vuelta por esta concept store de tres plantas y su exuberante patio interior, tendrás suficiente.

¿Es una tienda? Sí. ¿Es una librería? También. ¿Es un museo? Lo es. ¿Es una cafetería? Sí, bajo un techo de plantas precioso. ¿Es una galería de arte? Claro. ¿Es un hotel? Sí, de 3 habitaciones. ¿Es un espectáculo? Por completo.

¿Y qué podrás encontrar? Desde ropa hasta ediciones originales de lámparas del colectivo Memphis Milano, desde libros de fotografía hasta perfumes, desde jarrones hasta posavasos. Todo derrochando ese toque estiloso, refinado y vanguardista tan Milán, y todo a precios astronómicos, claro.

Pero no te preocupes: hay alternativas cercanas para bolsillos más terrenales: a lo largo del Corso Como y del Corso Garibaldi —alrededor de la Porta Garibaldi—, decenas de concept stores aparecen como setas.

5 | Brindar al borde del agua en i Navigli

Milán, decíamos, tiene de todo y para todos. Y sí —a falta de playas—, Milán también tiene canales: en concreto, cinco. Son i Navigli, antaño arterias comerciales dedicadas al reparto de mercancías y, hoy, excusa para perderse, terracear, probar varios buenos bocados, tomarse un vino ante sus aguas relajadas y ver cómo los milaneses y milanesas se divierten.

Al anochecer, la efusividad de i Navigli se eleva —pero sin alejarse en exceso del toque slow pero dinámico que emana la ciudad constantemente— con miles de locales y visitantes poblando las terrazas de los restaurantes y pubs, paseando al borde de los canales y brindando bajo una iluminación cuidada a conciencia hasta que, hacia las 2 de la mañana, todo empieza a plegar velas.

6 | Probar el risotto alla milanese (u otras alegrías para el estómago)

A los milaneses y las milanesas les gusta disfrutar de una buena mesa. Y, en torno a i Navigli, por cierto, se come estupendamente. Por ejemplo, en Le Striatelle di Nonna Mafalda, o en Luca e Andrea. Tanto si os pierde la pasta al dente y los sofritos rebosantes de mozzarella y scamorza como una buena burrata o una pizza bianca, opciones encontraréis. Y bien atendidas.

Maíz parece, risotto es.

Y fue al borde de i Navigli donde probé una receta que desconocía: el risotto alla milanese. Su peculiaridad: ser un plato amarillo a causa del azafrán. Un arroz de la variedad carnaroli del Piamonte y un buen queso parmesano completan una combinación que casi hace llorar de alegría. Acompáñala de un vino italiano —abundan las opciones del sur; vinos calabreses o de Puglia—, y seguramente acabarás soltando esa lágrima.

7 | Sumergirse en la cultura del espresso y del pannetone

El primer café espresso se bebió en Milán. Fue en 1906, para la Exposición Universal de aquel año, celebrada en la ciudad, cuando Luigi Bezzera y Desidero Pavoni presentaron una máquina que, por medio de una caldera vertical, elaboraba una taza de café en apenas unos segundos.

125 años después, el café espresso es, en Milán, una religión: apenas un dedo de explosión cafetera que se pide en todos lados, se bebe en los mismos escasos segundos que tarda en prepararse y enciende los sentidos, también, al instante.

Pannetone y espresso en Cucchi.

¿Qué hay más milanés que pedir un espresso? Acompañarlo de otra delicia local globalizada: el pannetone. Algo más viejo —quizás del siglo XVI—, pero igualmente presente por todos lados en su ciudad de origen. Incluso en septiembre (¡!), a meses de Navidad. Siéntate en la terraza de la Pasticceria Cucchi —allí desde 1936— y moja un buen corte de pannetone en la amargura del espresso. ¡Y a seguir ruta!

8 | Embobarse con los frescos de la iglesia de San Maurizio

Milán, también, invita a mirar hacia arriba. Sobre todo si estás dentro de la iglesia de San Maurizio al Monastero Maggiore, donde absolutamente todo —paredes, techos y bóvedas— está pintado con frescos renacentistas. Algunos (aquellos obsesionados con comparar lugares compulsivamente) le llaman «la Capilla Sixtina de Milán», y atinan bien.

Guía de Milán
San Maurizio, por dentro, es un sueño.

La historia de esta iglesia tiene curvas y un final feliz. Siete años tardó —de 1522 a 1529— Bernardino Luini en cubrirla de pinturas. Una demolición parcial la afectó en el siglo XIX. Más cerca de nuestros días, la Segunda Guerra Mundial impactó al templo de gravedad y, ya en los ochenta, la degradación de los frescos por la humedad casi los deja irreconocibles. Por suerte, un ambicioso programa de mecenazgo permitió su restauración entre 1985 y 2015. Hoy, todo su esplendor es visitable gracias al trabajo desinteresado del Touring Club Italiano, cuyos voluntarios te reciben en la iglesia, a la que se accede gratis.

9 | Escrudriñar cúpulas imponentes

Si Milán invita a mirar hacia arriba no es porque el buen tiempo sea una característica central de la ciudad, precisamente. Pero quizás por eso mismo en Milán encuentras cúpulas que bien merecen ser vistas y escudriñadas por largos ratos. Dos de ellas cautivan especialmente.

La primera, es evidente: la de las Galerías Vittorio Emanuele II, acabadas en 1877. Son un paso previo —mucho más romántico— a los impersonales centros comerciales que hoy inundan nuestras ciudades, y no por aglutinar a hordas de turistas que buscan su mejor foto desmerecen una visita atenta. Llenas de detalles dorados y cornisas engalanadas, cubren un universo singular formado por tiendas de alta costura, restaurantes refinados y librerías casi ocultas. Un espectáculo.

La enormérrima Estación de Milán Central.

Hacia el norte de la ciudad se ubica la segunda cúpula imponente de Milán: la de la Estación de Milán Central. Una cúpula —son varias, de hecho— que, dicho sea de paso, ojalá no existiera: es hija de un proyecto al que los fascistas de Mussolini, cuando llegaron al poder, fueron sumando metros y kilos desmesuradamente para impresionar y demostrar, mediante el ferrocarril, su poder sobre el Estado. Acabada en 1931, es un lugar que hoy abruma por sus dimensiones, totalmente exageradas, y que ve circular al día a 320.000 pasajeros.

La Estación Central de Milán esconde un secreto para los amantes de la buena mesa —otro más en Milán, sí—: el