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Remoto e increíble: una aventura fototextual por el altiplano boliviano

En San Pedro de Atacama, la alarma del móvil me despertó a las seis y media en una mañana de agosto de 2017. Una hora después y tras una ducha y un café muy mejorable, nos recogió un bus que en varias decenas de minutos nos plantaba, a más de 3.500 metros de altura, en la frontera chilenoboliviana.

Allí, y tras los trámites de aduana y el sello de rigor, Germán (nuestro guía boliviano) nos metía en un todoterreno listo para partir. Y mientras el sol se erguía sobre el altiplano ya boliviano, empezaban cuatro días de ruta que, en mi cabeza, tenían un objetivo nítido: el salar de Uyuni.

Pero más allá del salar, la sorpresa –y la mayor gracia de la historia– fue todo el resto. Porque la aventura fue compleja, completa y mayúscula. Fue de las que dejan huella. Y porque el altiplano boliviano es una especie de cofre remoto y aislado repleto de lugares y colores tan imposibles como imperdibles.

Pero, ¿cómo son esos lugares? ¿Cómo es pasar por allí, verlos, sentirlos? ¿Se puede resumir o sintentizar, de alguna manera, una aventura así? Para quien quiera evadirse un rato o quizás plantearse una expedición semejante, aquí va esta ruta sintética, numerada, sensorial y fototextual con la que pretendo responder a tales preguntas y recordar y loar –a partes iguales– ese lugar tan de otro planeta y sin embargo real que es el altiplano de Bolivia.

¡Tod@s al jeep!

1. Inmensidad

Altiplano boliviano
La laguna Chalviri es de las que tiene un color más especial, además de ofrecer una panorámica más amplia de lo que la rodea.

Al poner un pie en el altiplano –ya sea en la parte chilena o en el bando boliviano– te das cuenta de que la escala de su naturaleza es definitivamente sobrehumana: los paisajes son demasiado amplios y vastos; las montañas, demasiado altas; los flujos y ríos de lava petrificada que se divisan en el horizonte a cada minuto, demasiado lejanos y demasiado imponentes.

2. Pureza

La laguna Blanca es la primera con la que la ruta te cruza llegando desde Chile, y la helada matutina hacía que el reflejo de las montañas fuese aún más vívido.

En la mayor parte del trayecto no ves huella humana alguna. Ni un tendido eléctrico. Ni siquiera una carretera asfaltda. Acaso otro todoterreno, u otro grupo de turistas, es el único rastro de civilización con el que te cruzas por los caminos imposibles por los que te lleva la ruta.

Para mí, que hoy vivo inserto en la más completa densidad poblacional, el nivel de pureza e inalteración de la naturaleza del altiplano boliviano me pareció sublime e inalcanzable. El cambio climático apremia y el ecosistema es fragilísimo, pero el aire es puro, el azul del cielo es increíble, y el el agua de las lagunas, cristalina.

3. Frío

El agua de las termas de Polques estaba a 29ºC, y eso se agradece en medio del gélido altiplano.

La Negra, la Verde, la Colorada, la Blanca, la Chalviri, la Capina e incluso la Hedionda: si algo no faltó en nuestro recorrido altiplánico fueron, precisamente, lagunas.

En una de ellas, en las termas de Polques, nos bañamos a media mañana en el primer día de camino bajo el sol andino. Al llegar nuestro albergue, algunas horas después, colgamos nuestros bañadores a secar en un tendedero. Fuimos a almorzar y, a la vuelta, cerca de las tres de la tarde, sorpresa climática: los bañadores, a la sombra, estaban recubiertos de escarcha.

Fue el preludio de uno de los aprendizajes más básicos del viaje: en el altiplano hace frío. De hecho, esa misma noche alcanzamos los -16ºC, convirtiéndose hasta el momento en la más fría de mi vida.

4. Penitentes

Porque el clima andino, realmente, es inclemente. El viento es incesante y corre a sus anchas todo el día. El sol quema, corta los labios y abrasa la piel, sin contrapeso vegetal ni sombra que te proteja. Y el frío de la noche hiela sin compasión.

En esas condiciones extremas, donde las mínimas son siempre negativas, los restos de nieve quedan olvidadamente congelados y, combinados con el punzante viento, acaban formando, en medio de la nada desértica, unas lanzas de hielo rarísimas que reciben un nombre totalmente pertinente en esos páramos: penitentes.

5. Apunamiento

En el capítulo de incomodidades altiplánicas también hay que incluir, por motivos obvios, el mal de altura. O, como dicen en el español de aquellos lares, apunamiento.

Primera lección aprendida al respecto: es necesario comer poco. A la altura titánica por la que se circula en las cumbres bolivianas, la digestión es cosa lenta. La quinoa es el cultivo principal de la región, y no es algo casual: permite ganar energía y digerirla rápidamente. Y por ello la tuvimos presente en todas las paradas que hicimos para comer.

Segunda lección –y más engorrosa–: la altura impide dormir. En la primera noche, en la que dormimos a los casi 4.300 metros de altura de la Laguna Colorada, pensé al embutirme en mis cinco capas de abrigo y mi saco de dormir que, si me giraba, me moría. Literalmente. La angustia sensorial, la sensación de falta de aire y la imposibilidad de conciliar el sueño –sumado todo ello a los 2ºC de temperatura ambiente de nuestra habitación– nos llevó a los cuatro que la compartíamos a casi llorar de desesperación. Al final, tras una catarsis colectiva en plena madrugada y por arte de magia, conseguimos cerrar ojo y pasar al siguiente capítulo.

A algunos, el mal de altura les complicó la vida al día siguiente y les impidió seguir el ritmo, alterando sus ritmos estomacales. Tuve la suerte de que a mí no me tocara.

6. Multicolor
(a un nivel extremo)

Volcanes, desiertos, géiseres, fumarolas, ríos de lava, barros volcánicos, salares, riscos, vertientes de aguas calientes, lagos, lagunas, humedales, azufreras… No recuerdo, en toda mi vida, haber visto tanta variedad de formaciones geológicas y estados de la naturaleza concentrada en cuatro días.

Lo realmente impresionante y arrebatador de todo ello es su transliteración cromática. Porque, en el altiplano boliviano, uno podría pasarse días intentando diseccionar dónde acaba un color y empieza otro.

7. Aislamiento

Los géiseres del Sol de Mediodía son uno de los lugares más recónditos (y más enigmáticos) de la ruta.

El altiplano es inaccesible. Es recóndito. La naturaleza que le da forma es indómita. Los siglos de aislamiento y la dificultad para llegar, entrar, o salir del altiplano hacen que la vida, allí, sea dura.

Quienes hoy residen en los 4.000 metros de altura sobre el nivel del mar del altiplano lo hacen en la austeridad de lo extremo del clima y lo agreste del marco. Evidentemente, se trata de poquísima gente: en los cuatro días de ruta, recorrimos un terreno del tamaño de Holanda donde apenas viven 70.000 personas. La ganadería, el cultivo de la quinoa, la explotación de los salares y el turismo son de lo escaso que el duro terreno permite hacer para ganarse la vida.

Al viajero, no obstante, ese aislamiento le da el placer de sentir, realmente, que está en otro planeta.

Y, a la vez, ese empuje vertiginoso y embriagador que le da ganas de replanteárselo todo, dejar su vida asentada y dedicarse a no parar de explorar. Ni que sea por unos días.

8. Adaptación

Llamas en el altiplano boliviano.
Las llamas pacen, impasibles y decoradas, en la tarde altiplánica.

Adaptarse o morir. Así vive el altiplano la fauna del lugar. Los flamencos solo se alimentan de unas gambas minúsculas que encuentran en las lagunas –lo único de que disponen en esa latitud–, y es lo que les da el color rosa que los hace únicos. Las llamas desarrollan un pelaje grueso y denso para aguantar el frío, y por eso pueden seguir allí. La vegetación, aerodinámica y minimalista, parece diseñada para sobrevivir. Todo forma parte de un círculo natural que le da harmonía y sentido al lugar, y que los pueblos originarios del altiplano conciben en la integralidad de la Pachamama.

9. Surrealismo

El desierto de Dalí, en el altiplano boliviano
El desierto de Dalí no es propiamente suyo, pero recuerda a tantos y tantos cuadros del pintor catalán.
Foto de Diego Delso, delso.photo, bajo licencia CC-BY-SA.

¿Quizás la altura? ¿Quizás la carga mineral del subsuelo? ¿El pulso de la Pachamama inalterada? El caso es que no creo excesivamente en lo sobrenatural, pero el altiplano tiene algo tan especial que parece extraterrestre. Y que está en su silencio aplastante y el vértigo increíble que provoca; en la atemporalidad de su luz y en su reflejo en el suelo, tan cegador que abruma.

Todo eso, su efecto en el cuerpo y el impacto estético de la naturaleza construye una especie de sensación de irrealidad que está por todas partes. Por ejemplo, en los peñascos dispuestos por el paisaje, que parecen decorados de teatro grandilocuentes abandonados en el medio de la nada. O en los parajes arenosos flotados de pedruscos negros, que tanto parecen recrear un cuadro surrealista de Dalí que incluso le dieron su nombre a una porción del desierto boliviano–sin que Dalí pisara el altiplano en su vida, obviamente–.

10. Amanecer

Capítulo a parte merece el salar de Uyuni –por supuesto–, que es inabarcablemente extenso. Tiene el tamaño del Líbano o Catar, y ocupa un tercio de lo que mide Catalunya. Es una especie de plató de televisión inconmensurablemente plano e inmenso en cuyo medio única y exclusivamente ves dos colores: el blanco de la sal y el azul del cielo.

A excepción, claro, de cuando amanece. Porque en el salar, el Sol actúa como una especie de foco maestro que pone y dispone sombras por todos lados según se muevan quienes, como hormiguitas, desembarcamos desde los jeeps que cada día llegan. Y ver el amanecer en el lugar es asistir a un espectáculo de sombras, tonalidades y colores simplemente abrumador.

11. Incahuasi

Trepar por la colina que constituye la Isla Incahuasi ofrece una panorámica inmejorable de ese gran plató de televisión blanco que es el salar de Uyuni.

¿Qué puede haber en medio de tan enorme, impactante y remoto salar? Pues algo más singular aún: una isla… de cactus. Allí, en la Isla Incahuasi, paramos a desayunar el último día de ruta, antes de dar una vuelta por el recorrido marcado y pautado de la colina, que entre cactus y suculentas te va regalando vistas imposibles del salar y sus alrededores. Una dosis de surrealismo extra.

Si alguien hubiese pretendido plantar tantos cactus con tanta harmonía, no lo habría logrado.

Después de todo ello, sí, llegó ‘el’ momento: nos pusimos a hacer todas esas sandeces –una tras otra– que cualquiera que va al salar hace jugando con la perspectiva (como, por ejemplo, simular ser un dinosaurio o ‘meterse’ en una olla hirviendo). Un momento que se me hizo algo largo, a decir verdad.

12. Azul

Aquí, haciendo el canelo en el jeep de Germán en la inmensidad del salar de Uyuni.
Foto de la amiga Tamara Drove.

Ahora que, casi tres años después, reviso las fotos de aquella aventura altiplánica, me doy cuenta de que hay algo omnipresente en todas ellas: el azul del cielo. Un azul puro, intenso y presente en todo momento y durante todo el trayecto.

Un azul que también -obviamente– enmarcó el momento en que el jeep de Germán nos dejaba en la frontera bolivianochilena, cuatro días y varios centenares de kilómetros después, cansadísimos, pero con la retina saciada y el corazón contento.

Todas las fotos –excepto donde dice algo distinto– son hechas por .




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Geometrías remotas: 15 fronteras enigmáticamente rectilíneas

Tanto como me gusta vagar y deambular por una trama urbana, me pirra hacerlo por un mapa. Desde que tengo uso de razón digital, merodear por Google Maps se convirtió en uno de mis pasatiempos predilectos. De costa a costa, de cabo a golfo, de ciudad en ciudad, ¿cuántas horas habré podido pasar flaneando cartográficamente? Pues muchas más que en un avión, seguro.

Y con tanto surfeo por el mapamundi, con tanto acercarme y alejarme de los rincones más inverosímiles, con tanta ruta táctil arriba y abajo, lo cierto es que he acabado atravesando un sinfín de recovecos fronterizos que nunca habría imaginado que existieran.

Porque todos sabemos que el mapa político del mundo se rige por límites determinados por alguna razón, pero en ocasiones las fronteras son tan cirujanamente rectas –y esconden tantas historias, complejas y azarosas– que desconciertan y fascinan. Mucho.

Y como curzarlas es simplísimo en Google Maps, abrocháos los cinturones, que aquí empieza un safari digital por 15 fronteras que, además de ser muy remotas, son también enigmáticamente rectilíneas.

1.Wyoming, ese rectángulo enorme

Un vistazo al mapamundi lo deja claro: entre Estados Unidos y Canadá está la frontera recta más larga del planeta. Pero menos obvio resulta que, a escala interna, ambos países reproducen la misma rectitud en los límites entre sus estados y provincias, respectivamente.

Y en ese marco, el summum de lo recto es Wyoming: un rectángulo perfecto en el que cabe parte del parque de Yellowstone y que mide casi la mitad que España. Más allá de eso, poco sucede por aquellos lares, pues con su algo más de medio millón de habitantes es el estado menos poblado del país.

2. Colorado, ese casi rectángulo más enorme aún

Casi tan rectangular pero más sureño, más conocido y 16.000 kilómetros cuadrados más grande que Wyoming es el vecino Colorado, cuyo costado oeste queda también atravesado de arriba a abajo por las Montañas Rocosas.

Pero ¿por qué tanta rectangularidad? Básicamente, porque los estados del lejano Oeste fueron diseñados a distancia desde el Congreso de Washington, en la segunda mitad del siglo XIX, usando marcas de latitud y longitud en lugar de referencias geográficas.

El resultado fueron nuestros dos estados rectangulares, varios otros más con bordes totalmente rectos y algún que otro desajuste de apenas unos centenares de metros –solo visible si nos acercamos mucho– causado por la ausencia de GPS en la época…

3. Oklahoma: un rectángulo parabólico en el extremo

Vecino suroriental de Colorado es el también fantásticamente geométrico –al menos en su parte norte– estado de Oklahoma. Porque los casi 200 por 50 kilómetros de su inverosímil extremo noroeste, además de estar rodeados de ciudades cuyos nombres podrían ser tranquilamente de filtros de Instagram–Perryton, Stratford, Amarillo– ocupan una superficie perfecta y alargadamente rectangular.

4. Jordania-Iraq-Arabia Saudí: la arbitrariedad de las líneas en la arena

Más conflictivas que las de Oklahoma o Colorado son las fronteras de Oriente Medio, que –no obstante– son igualmente herederas de líneas trazadas a distancia, desde lo ajeno y sin consideración por la realidad sobre la que se impusieron. El fantástico documental de Aljazeera Sykes-Picot: Lines in the Sand profundiza en su origen, asociado a la arbitrariedad interesada de ingleses y franceses en 1916.

Una arbitrariedad que, por supuesto, dio pie a formas geométricas rebuscadas y recónditas, que combinan ángulos rectos y agudos en medio de la nada, como sucede en la frontera entre Jordania (izquierda), Iraq (derecha) y Arabia Saudí (abajo).

5. Omán y su ángulo de (casi) 90º

Un paseo cartográfico por la zona en que confluyen Yemen, Omán y Arabia Saudí no revela demasiados hitos interesantes, pero sí el mayor ángulo (casi) recto de toda la península arábiga.

Es el que forma la esquina noroccidental de Omán en mitad del desierto, y es un ángulo relativamente joven: hasta 1992 Omán y Yemen no acordaron su frontera exacta.

6. Un ángulo llano en Asia Central

Un año más tiene –internacionalmente– la frontera entre Uzbekistán, Kazajistán y Turkmenistán, cuyos bordes confluyen en el centro de un salar que, a efectos prácticos, tiene el mismo valor que el desierto a la hora de delimitar territorios: nulo.

No obstante, este llano e ignoto encuentro entre repúblicas centroasiáticas nos deja un (casi) ángulo llano y dos ángulos (casi) rectos.

7. Festival rectilíneo en el Sáhara oriental

Menos llamativo y lamentablemente más conocido es el carácter rectilíneo que los estados europeos impusieron sobre África y sus fronteras en la infame Conferencia de Berlín en 1885, que cuarteó al continente y arrasó con sus estructuras de organización sociopolíticas tradicionales previas.

En el Sáhara, de nuevo la arbitrariedad dispuso límites inverosímil y exactamente rectos, como el ángulo recto que forma la frontera Libia respecto a Egipto y Sudán, o el zigzagueo cirujano en el que también está metido Chad.

8. Mauritania y su exotismo rectilíneo

Pero si hay un país africano con una silueta geométricamente singular, ese es Mauritania. Por el sur, los ríos Senegal y Karakoro modelan una frontera natural que, en el norte, el desierto convierte en un seguido de líneas rectas de casi un millar de kilómetros, un pseudotriángulo rectángulo, un par de ángulos rectos y más y más rectas de longitudes variopintas. Todo ello da pie a un país que dobla en tamaño a Francia o España, pero que es el hogar de poco más de cuatro millones de personas.

9. La frontera de Gambia: equidistancia fluvial

Al Sur de Mauritania e inserta por completo en Senegal está la pequeña Gambia. Un país que, en términos geográficos, es un envoltorio de los últimos 200 kilómetros del río Gambia, que lo articula y le da sentido.

Y, si el recorrido del final del Gambia fuesen rectos, cabría esperar que las fronteras del país también lo fueran –como sucede cerca de la desembocadura–. Pero como, en un punto concreto, el río empieza a serpentear, también lo hacen las fronteras de Gambia respecto a Senegal, que a unos 10 kilómetros a lado y lado del río van zigzagueándose en la equidistancia. Un caso bien curioso.

10. Namibia y Botswana: mitad y mitad

Sin salir de África y bajando un par de miles de kilómetros, aparece otra frontera azarosamente recta: la que divide a Namibia y Botswana.

Una frontera que, de hecho, parece haber dividido una misma franja de unos 80 kilómetros de anchura de sabana en dos y haberle atribuido a Namibia el norte y a Botswana el sur.

11. De nuevo Namibia y su franja interesada –y fracasada–

Sin salir de Namibia nos fijamos ahora en la recta franja de Caprivi, un brazo de 32 kilómetros de ancho que separa a Angola y Zambia de Botswana para acabar casi tocando, con la punta, a Zimbabue.

Una franja que, obviamente, de casual tiene poco, pues responde a un interés muy concreto: darle a Namibia acceso al río Zambeze. Porque, en su momento, a finales del siglo XIX, eso equivalió a que la entonces colonia de África del Sudoeste Alemana tuviese control marítimo del Atlántico y vía fluvial –mediante el Zambeze– para acceder al Índico.

La gracia de todo es que el gozo alemán cayó en un pozo cuando, poco después, se dieron cuenta de que las cataratas Victoria eran un escalón insalvable para cualquier barco.

12. Rectas fronterizas entre Bolivia y Mato Grosso

Y en Sudamérica, ¿también hay fronteras rectas? Pues por supuesto.

Es cierto que la orografía sudamericana es mucho más accidentada que –por ejemplo– la africana, pero entre Bolivia y el estado brasileño de Mato Grosso encontramos una de ellas.

En realidad se trata de unos terrenos pantanosos donde, a decir verdad, parece acontecer más bien poco. Quizás por ello la frontera se vuelve recta en ese punto, generando un ángulo casi recto y de repente –ahí sí que viene la gracia– un casitriángulo rectángulo cuyo lado más largo mide unos 40 kilómetros.

13. Fuego recto entre Argentina y Chile

Algo más compleja y entretenida es la frontera tierrafueguina entre Chile y Argentina. Si en el continente los Andes marcan a la vez el límite jurídico entre esos dos gigantes alargados cosidos por su espalda, en la Tierra del Fuego, la división por la mitad que rige la isla implicó que la frontera atraviese también cerros y montañas.

Una decisión geométricamente salomónica por la cual ambos países se reservaban el control prioritario de ‘su’ vertiente oceánica.

14. Islotes repartidos en el medio de Australia

Precisamente es oceánica la frontera que divide a Australia Occidental de sus regiones vecinas.

Se trata de un estado tan grande que, si fuera independiente, sería el décimo país más vasto del planeta. Y con esas dimensiones y teniendo en mente que su frontera atraviesa un desierto, cabe esperar que la recta que la forma sea larguísima.

Cortándola está el lago Mackay, que en realidad es una masa salada rellena de valioso potasio y flotado de islas. Y lo realmente curioso es que el corte es tan exacto que, a lado y lado de la frontera, incluso rebana los islotes. Y, así, todos contentos.

15. ¿Y en Europa?

Comparada con la del resto del globo, la cartografía europea muestra por su comprimida geografía y los avatares de su historia una complejidad geométrica evidente. Y, en ella, encontrar rectas es algo casi imposible.

De hecho, el único lugar donde he acabado encontrando una mínimamente aceptable es de los pocos parajes donde la orografía le da un respiro a Europa –los Países Bajos–, y lo cierto es que la dimensión de dicha recta es irrisoria: apenas 20 kilómetros de trazo derecho enfrentan a Emmen y Meppen, a Alemania y Holanda.


¿Qué te parece este tour de fronteras rectas? ¿Conoces alguna otra en la que valga la pena fijarse? ¿Quieres más?
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Foto de portada por Katie Drazdauskaite

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Rano Kau o un síndrome de Stendhal polinesio

Uno llega a la Isla de Pascua con la ilusión de perderse en uno de los lugares más remotos del mundo. Y con la certeza de que va a ver moáis.

Lo primero, lo compruebas cuando Rapa Nui –como los locales la llaman– aparece bajo el avión como una mancha ínfima en medio del infinito azul, tras horas y horas sobrevolando el Pacífico. Y, de lo segundo, te das cuenta apenas saliendo del aeropuerto, cuando empiezas a constatar que hay moáis por todos lados: en las imponentes plataformas –o ahu– repartidas por toda la isla, pero también protegiendo los embarcaderos de Hanga Roa o incluso a escasos metros de uno de los córners del estadio de fútbol de la isla.

Pero algo con lo que uno puede no contar antes de pisar Rapa Nui –al menos a mí me pasó– es con la exuberancia desoladora de la naturaleza de la isla. Porque sobrecoge. Y, más allá de lo in´hospito y verde de su cubierta, lo rojizo y marronoso de su terreno volcánico y la mezcla de ondulado y agreste de su orografía, si hay algo del marco natural pascuense que realmente impresiona es la caldera del Rano Kau.

Un stendalhazo polinesio

Al Rano Kau se llega por un sendero que, a medida que subes, te pasea por un bosque. Al cabo de una media hora de ascenso, cuando menos te lo esperas, los árboles empiezan a esparcirse y… ¡pam!: aparece ante tus ojos un espectáculo absoluto de la naturaleza.

El cráter del Rano Kau es totalmente circular. Su borde es paseable por completo, a excepción de uno de sus cuartos, donde parece mordido por un gigante que que, de paso, le hizo una especie de ventana semicircular que asoma al azul increíblemente intenso del océano.

El Rano Kau y su mordisco gigante. Foto: Sergio García i Rodríguez

A orillas del sendero hay lugar para sentarse y retomar el aliento –como hizo mi amiga Laia en la foto de cabecera–, y es ahí cuando lo evidente ocurre: tal y como le sucedió en su momento a Stendhal en Florencia, acude a ti un vértigo adrenalínico que te viene a recordar que, en la infinidad polinesia, eres pequeñísimo e insignificante.

Mirando hacia abajo, el Rano Kau es igual de impresionante que si miras a su alrededor. Los humedales y la vegetación de todos los colores que ocupan la caldera son el resultado de un microclima que, a la par que el paisaje que los aloja, es único.

¿Cómo llegar?

A Rano Kau se llega fácilmente con un buen calzado, un chubasquero (nunca se sabe) y una botella de agua (de las reutilizables, por favor). Rapa Nui es un universo único y cerrado donde las distancias son cortas y, desde Hanga Roa –el único pueblo de la isla- no tardarás más de una hora y media a pie en llegar al extremo sur de la isla, donde queda el Rano Kau.

Para l@s escéptic@s…

Si aún no te he convencido sobre la mística de Rano Kau, quizás te interese saber que al borde del cráter también se encuentran los restos del poblado de Orongo, que era el punto de partida de la ceremonia del Hombre Pájaro o Tangata Manu. Una competición entre representantes de las tribus de la isla que consistía en lanzarse, desde los 300 metros de los acantilados del lugar, hasta el cercano islote de Motu Nui, donde había que hacerse con un huevo de charrán y retornar al poblado. ¿Y por qué arriesgarse a ello? Pues para ganar el control de la isla por un año.

Según cuentan allí, la ceremonia se celebró por última vez en 1867, cuando los misioneros cristianos que llegaron a la isla se cargaron los cultos de los Rapa Nui.

Qué tiempos, aquellos.

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La oscuridad argentina de Mariana Enríquez

De nuevo vuelve la amiga Elena Aguayo y sus #LugaresLiterarios. En esta entrega nos lleva hasta el noreste de la Argentina de los años ochenta, donde Nuestra parte de noche y Mariana Enríquez nos hablan de represión, relaciones familiares oscuras y un submundo único a caballo entre Buenos Aires, Misiones, Entre Ríos y –también– Londres.

La Argentina de la dictadura es el telón de fondo para un viaje padre-hijo a pocos meses de la muerte de la madre, Rosario, en 1981. Hasta ahí, parece un relato ya bastante trillado en la literatura universal: dictaduras, relaciones paternofiliales, un viaje. Pero solo hasta ahí hablamos de terreno conocido.

En Nuestra parte de noche, Mariana Enríquez nos introduce rápidamente en un mundo oscuro y desconocido, un linaje maldito, médiums, visiones y sangre insertados en la realidad. Enríquez ha afirmado que en su infancia leía los primeros textos de realismo gótico al mismo tiempo que la dictadura argentina secuestraba, torturaba y asesinaba. En ese momento, realidad y ficción no se diferenciaban en su cabeza. Veía monstruos por todas partes, y este libro parece ser su reflejo.

Buenos Aires en un enero sofocante en pleno verano austral es el punto de partida. El auto recorre los primeros kilómetros de un largo viaje y Entre Ríos es la primera parada. La ubicación de los ríos Uruguay y Paraná dan nombre al lugar, cuyo territorio está compuesto en un 15% de islas y tierras anegadizas, rodeado de ríos y arroyos, lo que hace que se la considere a menudo una provincia de carácter “insular”.

Nuestra parte de noche
Navegando el Paraná. Dominio público.

Padre e hijo empiezan a alcanzar el subtrópico y los primeros rastros de las poblaciones guaraníes y chanás. El lector empieza a sumergirse en un mundo turbador de visiones y ecos, acentuada por los muertos y desaparecidos de la dictadura.

Algo empieza a salirse de la normalidad cuando empezamos a descubrir la Orden, una sociedad secreta en busca de la vida eterna, y los protagonistas empiezan a usar otro idioma imperceptible para el común de los mortales.

Puerto Reyes, en la provincia de Misiones, es la siguiente parada, y una noche de chamamé acentúa la cercanía de Paraguay y el Chaco. La dictadura no se siente tanto como en las zonas centrales, pero Tali, la hermana de Rosario, puede ver en su Tarot muerte y desapariciones.

”Tali no mentía, no daba falsas esperanzas.
Los padres y madres de jóvenes desaparecidos por la dictadura la buscaban para, al menos, saber cómo habían muerto, si su cuerpo estaba en un pozo de huesos o bajo el agua o en un cementerio perdido.”

Nuestra parte de noche, Mariana Enríquez
Nuestra parte de noche
Pescando en el Paraná. Imagen de Adam Jones bajo licencia CC-BY-SA 2.0

La majestuosidad de las Cataratas de Iguazú, en la frontera norte con Brasil, cierra el viaje antes de llegar a la casa de la familia de Rosario, donde su marido tratará de encontrar una explicación a su muerte. La Garganta del Diablo aterroriza a Gaspar, el hijo de ambos; la turbación de los meses sin su madre y sus primeras visiones lo tienen confundido. Finalmente, la majestuosidad del salto del agua, la fuerza del río y los arco iris que se forman, calman al chico.

De vuelta en Buenos Aires, empiezan a aparecer algunos de los mejores recursos de la novela de terror mundial: adolescentes en bicicleta, casas encantadas, arquitecturas imposibles, restos humanos, tortura y dolor. Y, al mismo tiempo, la tradición argentina de Borges, Cortázar o Sábato.

Todo regado por amistades que mutan en el tiempo, maltrato, herencias familiares, secretos de familia y monstruos, muchos monstruos. De fondo nos sigue acompañando la Argentina de la inestabilidad económica, el Mundial, la brutal irrupción del sida y las creencias religiosas populares.

Nuestra parte de noche
Parajes planos de Entre Ríos, Argentina. Foto de Andy Abir Alan bajo licencia CC-BY-SA 3.0

El salto al Londres de los años 60 y las drogas alucinógenas es un misterio que hay que descubrir a través del libro. Ese Londres de la “juventud bohemia y heredera, libertina y poderosa”, con “posiciones políticas radicales, hedonismo, promiscuidad, ropa extraña, chicos con demasiado dinero: eso era parecido a la Orden”.

Los protagonistas usaban como epicentro Chelsea, más específicamente Cheyne Walk, muy cerca del río, donde un apartamento con una escalera diseñada en los años 30 por Sir Edwyn Lutyens se convierte en su lugar de reunión en la capital británica.

Nuestra parte de noche
Y, de repente, Chelsea en los 60. Foto de Bruno Martins en unsplash bajo licencia pública.

Bajo el seudónimo de Paula Ledesma, Mariana Enríquez se hace con el Premio Herralde con esta novela imposible de abandonar, que acompaña varias noches por la adicción que genera su trama y escritura ágil, con días en los que crees que no quieres más, pero a la que inevitablemente vuelves para entender por qué.

Un dato: para quienes hayan leído Las cosas que perdimos en el fuego, otra joyita, La casa de Adela vuelve aquí con fuerza.

Instrucciones para leer Nuestra parte de noche

Nuestra parte de noche
🛍️ ¿Dónde encontrar el libro?

Anagrama edita en España Nuestra parte de noche, que ha popularizado a Mariana Enríquez tras ser la galardonada por el Premio Herralde 2019. El jurado la consideró “una novela total”, tan ambiciosa y desmesurada “como 2666 de Roberto Bolaño”. Promete.

Se puede encontrar por 22 euros en físico y por 13 euros en su versión digital.

🍷 ¿Con qué acompañar la lectura?

Para evitar caer en el cliché del mate, os sugiero una copa de vino Malbec, la variedad más extendida por Argentina. Los vinos Trapiche o Rutini pueden ser excelentes opciones.

🎵 ¿Qué escuchar de fondo?

Los 1275 kilómetros entre Buenos Aires y Misiones se pueden acompañar al son del chamamé o con Zamba para olvidar de Mercedes Sosa, la voz de América.

”No sé para qué volviste, si ya empezaba a olvidar, no sé si ya lo sabrás, lloré cuando vos te fuiste, decía la canción, y qué pena me da saber que al final de este amor ya no queda nada.”

Zamba para olvidar, Mercedes Sosa

Y un clásico para la etapa británica: David Bowie.

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El confinamiento veneciano (desde dentro)

Marco Barbazza es un amigo de la casa al que este período me ha reconectado. Y aquí va su crónica –paseada y fotografiada– sobre cómo el confinamiento está afectando a ‘su’ Venecia, donde el turismo ha dejado paso… a un esqueleto urbano único. Grazie mille y… ¡a disfrutar! Nota de Sergio

En estas semanas epidémicas hemos visto ya de todo: economías paralizadas, ciudades a lo I am legend, gente que canta desde el balcón, redes sociales saturadas y mascarillas, muchas mascarillas.

Los efectos del confinamiento son aún más evidentes en los pequeños destinos turísticos que se han vaciado rápidamente de visitantes. La economía de estas ciudades, a menudo monopolizada por el turismo, colapsa inexorablemente.

Pero parece que, de algún modo, las ciudades vuelvan a vivir.

¿Un ejemplo?

Venecia nunca ha sido tan espectacular. Y surrealista.

El confinamiento veneciano
El Canal Grande, confinado.

Cada año, más de 12 millones de turistas eligen Venecia como destino de sus vacaciones. Es decir, que cada mes, los 50.000 venecianos conviven con un promedio de un millón de visitantes.

Todo el mundo lo sabe: en las últimas décadas, la ciudad se ha convertido en el producto ideal para el turismo masivo y la reciente hemorragia de los pisos turísticos, junto con la creación de nuevos complejos hoteleros en la tierra firme, no han mejorado la situación.

En este contexto de clímax turístico sin fin, el confinamiento impuesto por el gobierno parece haberse abatido sobre la ciudad como un deus ex machina, capaz de paralizar de un día a otro la imparable industria turística veneciana y convertir la ciudad en algo espectacular y sin precedentes en la historia moderna.

El confinamiento veneciano
El Campo San Paolo, evidentemente, confinado.

Los buses que conectan el aeropuerto y el centro histórico abren las puertas únicamente para desembarcar a los choferes. La mayoría de las persianas están bajadas, y las callecitas y los rincones normalmente abarrotados de turistas están tan vacíos que resultan casi irreconocibles.

Los miles de turistas desorientados han dejado lugar a unos pocos locales que, escondidos detrás de las mascarillas, caminan hacia el súper o el trabajo con el típico paso rápido de quien sabe exactamente que ruta seguir.

El confinamiento parece haber convertido Venecia en una de esas ciudades ideales representadas por los renacentistas italianos, donde la combinación entre la arquitectura y los espacios vacíos muestran un núcleo urbano que parece proceder de una visión onírica –donde el soñador sería, seguramente, un tío muy preciso–.

Caminando en las proximidades de plaza San Marco, epicentro turístico de la ciudad, tengo la impresión de pasear por los pasillos de algún museo muy exclusivo o bien muy poco conocido.

Procediendo hacia la plaza doblo la última esquina casi rozándola, seguro de la improbabilidad de chocarme con otra persona. Unos metros después me detengo, encantado por la solitaria majestuosidad de la basílica.

¿Un vídeo irrepetible?

Nunca la había visto así: la fachada, sumergida en un silencio sepulcral que abarca toda la plaza y los alrededores, resulta aún más solemne e imponente.

La ausencia de actividad humana, además de ofrecernos la visión de una Venecia singular e irrepetible, nos pone ante los ojos la fragilidad de una economía monopolizada por el turismo.

De repente me doy cuenta de que en la plaza estamos solo yo y ella, la más fotografiada de Venecia: me siento algo incómodo por haber profanado su preciosa solitud. Me alejo pasando entre las columnas que delimitan la plaza y, cada vez que la visual me lo permite, le echo una mirada de reojo casi sin creer a esa visión irrepetible.

Hasta el agua de los canales, conocida por su –digamos– escasa limpidez, parece beneficiarse de las consecuencias del confinamiento. Tras sólo unas pocas semanas desde la aprobación del decreto gubernamental y el comienzo del confinamiento, ya se pueden apreciar los resultados de la disminución del trafico lagunar y del oleaje.

La transparencia del agua de los 150 canales que cruzan la ciudad ha mejorado sensiblemente y, en algunos casos, resulta tan cristalina que dan ganas de darse un chapuzón. Saber que la mayoría de las casas venecianas no tiene saneamiento y que podría caerme una multa de miles de euros me ayudan a quitarme las ganas.

Los efectos de la ausencia de turismo y de la actividad humana, además de ofrecernos la visión de una Venecia singular e irrepetible, nos ponen ante los ojos la fragilidad de una economía monopolizada por el turismo y las consecuencias que esta tiene a nivel ciudadano y medioambiental.

En un mundo ideal, la competente clase política sabría aprender de las enseñanzas de los acontecimientos históricos y, terminada esta pandemia, promovería un nuevo tipo de turismo e incentivaría el desarrollo de otros sectores económicos con el fin de garantizar una mayor estabilidad económica y una mayor tutela de la ciudadanía y del medioambiente.

Pero bueno, en ese mundo ideal también existirían las ciudades ideales.

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Por qué Finlandia es feliz (más allá de lo que diga un informe)

Aunque parezca extraño en medio de una pandemia global, el pasado 21 de marzo se lanzó el Informe de la Felicidad Mundial 2020. Un ránking elaborado por expertos en desarrollo y sostenibilidad con el apoyo de la ONU y que determinó, por tercer año consecutivo, que Finlandia es el país más feliz del mundo.

Según el reporte, sus buenas notas en sistema de bienestar público, la confianza ciudadana en el gobierno, el ingreso bruto o la solidaridad entre pares llevan a ese rincón de Europa lejano y rubio a la felicidad máxima.

Y habrá quien pregunte: ¿es todo eso, la felicidad? O quien cuestione: ¿dónde queda la supuesta tasa de suicidios de Finlandia, lo desagradable de su temperatura, el supuesto alcoholismo taciturno de sus gentes?

Envidiosos e incrédulas: no nos engañemos. Más allá del nombrado informe y de toda la mitología en circulación, Finlandia arroja un montón de datos y curiosidades –algo más originales que el PIB– que también explican por qué tiene motivos de sobras para ser feliz.

Y aquí van siete de ellos.

Bosques, bosques y más bosques

Los bosques limpian el aire y filtran el agua. Mantienen el equilibrio del planeta y son la base de la salud humana. Y sin salud no hay felicidad, ¿no? Pues bien, en ese rubro, Finlandia también es la campeona (como mínimo, de la Unión Europea): cerca del 70% del país es bosque.

Y eso, más o menos, equivale a lo que miden Ghana, Rumanía o Laos.

Por qué Finlandia es feliz
Tapio Haaja en unsplash.com

Un lago por familia (grande)

Si le echas un vistazo al mapa de Finlandia, verás que es una especie de queso Gruyère lacustre: tiene 187.888 lagos.

¿Te imaginas tener un lago para ti, tus primos, tus tíos y tus abuelos?

Pues en Finlandia tocan, más o menos, a un lago por familia (de las grandes) –o por cada 30 personas–.

¿Sabías que el 70% de #Finlandia es bosque y que tiene 187.888 lagos?

Una isla por cada dos familias

Algo menos exquisito o exquisita te tendrás que poner para disfrutar de la isla de tu familia, porque deberás compartirla con otra. Finlandia tiene más de 70.000 islas –una por cada 80 individuos–, de las cuales 20.000 son lo suficientemente grandes para que en ellas quepa una cabaña de verano.

Una casa de verano (con sauna) por cada 12 personas

Las habrá más pequeñas y modestas y más fastuosas y vanguardistas, pero lo cierto es que en Finlandia hay 470.000 mökki (o cabañas de verano), lo cual equivale a que –bajo nuestro salomónico reparto– a cada docena de personas le corresponde una.

Cabañas que, en todos los casos, reúnen a todo lo anterior –bosque, lago y/o isla– en un solo concepto al que hay que añadirle lo más finlandés que tiene Finlandia: la sauna. Y es que hay entre 2 y 3 millones de saunas censadas en el país (dependiendo de la fuente consultada) e incluso existe una Sociedad Finalndesa de la Sauna.

Por qué Finlandia es feliz
Adrian Dascal en unsplash.com

Naturaleza pública

Más allá de si te toca cabaña o no, en Finalndia rige –y se practica– el llamado Jokamiehenoikeus: algo así como el ‘derecho de acceso público a la naturaleza’. Y eso hace feliz a cualquiera.

Un derecho que se relaciona con la ausencia histórica del feudalismo por aquellos lares y que implica que puedes caminar, pasear, esquiar o acampar en un terreno abierto, independientemente de si es público o privado –o navegar, si se trata de un lago–. Y que incluso puedes recolectar setas, flores o bayas mientras lo haces (obviamente, sin ensuciar, deteriorar o explotar las tierras ni los animales que en ellas nacen).

La Finlandia urbana también es feliz (y honesta)

El 60% de los 5,5 millones de habitantes de Finlandia vive en ciudades y, un cuarto, en Helsinki y sus alrededores. Y, lejos de ser inseguras, las ciudades finlandesas parecen ser muy honestas (como su gente).

En 2013, la revista Reader’s Digest puso a prueba la honestidad de 16 ciudades del mundo –entre ellas, Helsinki–. Sus reporteros perdieron 12 carteras en cada una de las urbes para calibrar si los transeúntes las devolvían o, al contrario, se las quedaban. Pues sí: la campeona de la honestidad fue la capital de Finlandia, donde se devolvieron 11 de las 12 billeteras deliberadamente abandonadas por la ciudad.

Por qué Finlandia es feliz
Julius Jansson en unsplash.com

Y, por si fuera poco, un paraíso lector

Por último, si a tu afición por la naturaleza, la reclusión cabañil y la honestidad ciudadana se le suma la lectura, Finlandia será, definitivamente, tu paraíso. Un dato elocuente: al año, en las 700 bibliotecas públicas de Finlandia se piden prestados casi 68 millones de libros –algo más de 12 por cabeza–.

La baja temperatura y la falta de luz solar en los meses extremos del año son un caldo de cultivo perfecto para que prolifere el amor por la lectura. Y si a eso le añades que desde 2019 cuentas con Oodi, la mejor biblioteca pública del mundo, nada puede salir mal por allí arriba. ¿Verdad?

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5 museos virtuales y poco conocidos que te harán viajar desde casa

¿Cuánto tiempo tardaremos en poder viajar de nuevo? No tenemos clara la respuesta. Pero lo que sí está claro es que no son pocas las versiones virtuales de museos que hemos descubierto estos días.

Ya sea mediante paseos digitales por sus salas o rutas virtuales variopintas, nos permiten viajar hasta historias y realidades ajenas. Y, algunas de ellas, muy singulares.

Así que aquí van 5 museos virtuales que probablemente desconocías y que te harán viajar desde casa… a golpe de clic.

🇪🇸 1.De bares y restaurantes por España

¿Por qué las tapas vuelven loco a todo el mundo? ¿Cómo cocinar la mejor tortilla de patatas? ¿Qué se siente al caminar por un mercado de abastos?

El museo virtual de la Real Academia de Gastronomía de España tiene todas las respuestas.

museos virtuales

La historia de las papas arrugás, la paella, la revolución culinaria de Ferran Adrià y los hermanos Roca, una visita virtual a la Boqueria, las tapas más icónicas de España o incluso un monográfico sobre el jamón ibérico son algunas de las 52 visitas virtuales que encontrarás en esta fanástica galería, un premio de consolación para los que echamos de menos salir a la calle a disfrutar de nuestros bares y restaurantes.

museos virtuales

🇮🇳 2. Descubriendo la India de tren en tren

museos virtuales

¿Siempre has soñado con recorrer la India en tren? Si la respuesta es sí, el museo virtual de Indian Railways te va a encantar.

Porque podrás recorrer la cuarta red de ferrocarril más larga del mundo desde tu casa y descubrir todos los tipos de vagones y estaciones que le dan forma, hacer la ruta Bombay-Poona y ver todos los paisajes que atraviesa o explorar el universo desconocido de los trenes de montaña indios. ¿Vamos?

museos virtuales

🇮🇹 3. Aterrizar en una Venecia sin móviles ni turistas

Si hay alguna ciudad afectada por el turismo masivo y la ‘parquetematización’ de lo urbano, esa es Venecia. Pues bien: un viaje hasta el siglo XVII de la ciudad de los canales es lo que propone Ca’ Rezzonico – Museo del Settecento veneziano.

museos virtuales

El museo –físicamente instalado en el Palazzo Rezzonico, en plena ciudad–, te permite vivir en primera persona la vida burguesa veneciana por allá cuando no estaba sobresaturada de instagramers ni de góndolas paseando a turistas.

museos virtuales

Visitas 360º por sus grandes salones, un mobiliario de ensueño y más de 300 pinturas de artistas como Canaletto, Giambattista Tiepolo o Pietro Longhi nos acercan a la Venecia sobre la que reposa su mito y a la historia de sus celebraciones, carnavales y tradiciones.

🇧🇷 4. Darse un paseo por el Congreso Nacional de Brasil

En abril de 2020, Brasilia cumplirá 60 años; una ciudad nuevísima que fue diseñada para ser moderna, eficiente y gubernamentalmente práctica. Y en ello pusieron todos sus esfuerzos el urbanista Lúcio Costa y el arquitecto Oscar Niemeyer, creando una urbe con una forma y un estilo únicos.

Museos virtuales

Y tenemos la suerte de que el edificio que sintetiza todo a lo que apuntaba Brasilia, el Palacio Nereu Ramos, sede Congresso Nacional de Brasil, cuenta con un museo virtual que nos permite recorrerlo, observarlo y disfrutarlo desde cualquier pantalla.

Pero no solo eso: también podemos echarle un vistazo al mobiliario especialmente diseñado para el lugar en los 60, ver los esbozos de Niemeyer al concebir las salas y espacios del edificio, pasear por los cuadros que cuelgan de sus salas o descubrir la cerámica que Athos Bulcão ideó para cubrir sus paredes.

🇩🇪 5. ¿Cómo era vivir en el Berlín comunista?

Igual que sucede con la literatura, los museos nos permiten viajar en diferido. Y eso es algo que, en avión o en coche, no podemos hacer.

Berlín, en cierta medida, siempre es un viaje a otra época. Tras la caída del muro, el comunismo imperante en la parte oriental de la ciudad se fue difuminando progresivamente, y con él la vida cotidiana de quienes vivieron bajo él.

Y para revivir la etapa del Berlín oriental existe el Museo de la República Democrática Alemana y su colección online de 300.000 objetos cotidianos.

Libretas, electrodomésticos, documentos, arte gráfico, postales, sellos, sillas, botellas, mesas… Todo y más para que quienes sufran de Östalgie (‘nostalgia oriental’) puedan navegar por horas y más horas.

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11 libros sobre viajes singulares para el confinamiento

¿Quién iba a imaginar, cuando el coronavirus paralizaba Wuhan, que la sombra del confinamiento iba a alargarse hasta Europa?

La globalización nos regala estas cosas, y un escenario de reclusión como el que se avecina también tiene su parte positiva: la oportunidad de viajar hasta los rincones más remotos del mapa disfrutando de libros –o ebooks– desde el sofá.

Así que aquí van algunas recomendaciones –de un servidor y de la amiga Elena Aguayo– para que el letargo se convierta en un viaje literario –y singular– de los buenos.

🇮🇸 ‘Crónicas de Islandia’, de John Carlin

Cuadernos de Islandia, de John Carlin

En ‘Crónicas de Islandia’, el periodista John Carlin entrevista a islandeses célebres, políticos, empresarias y familias corrientes para comprobar ‘por qué es el mejor país del mundo’ –y por qué se recuperó de la crisis financiera surgida en 2008 mejor que ningún otro país del globo–. Un ojo 360º a esa esquina noroeste de Europa que nos intriga, alucina y genera admiración a partes iguales.

Por La Línea del Horizonte.

🌎 ‘Geografías’, de Mario Benedetti

Geografías, de Mario Benedetti

Un viaje al exilio –o desde él– es ‘Geografías’, del uruguayo Mario Benedetti, escrito en 1984. 14 poemas, relatos y cuentos breves componen el libro, que habla de ese lugar singular y poliédrico que es la distancia, la imposibilidad de ‘volver’ y todo lo que implica estar fuera de casa. Y lo hace en la voz de aquella pareja anciana que migró de Galicia a Buenos Aires y que apenas guarda fuerzas para alegrarse por la muerte de Franco, o en la de aquel niño que no entiende por qué hay que salir corriendo del país.

Por Alfaguara.

🇪🇸 ‘Tierra de mujeres’, de María Sánchez

En Tierra de Mujeres, María Sánchez

En el corazón de Andalucía nació en 1989 María Sánchez, autora de ‘Tierra de mujeres. Una mirada íntima y familiar al mundo rural’. Una mujer que no solo escribe, sino que también se desempeña como veterinaria de campo en un escenario –el de ‘la España vaciada’– donde el hombre ha protagonizado, tradicionalmente, ese tipo de labores. Del cruce de feminismo y la España olvidada –y todos sus ápices– versa el libro, un homenaje-manifiesto al rol de la mujer en el medio rural y un viaje hasta él.

Por Seix i Barral.

🚂 ‘El gran bazar del ferrocarril’, de Paul Theroux

El gran bazar del Ferrocarril, Paul theroux

Para los amantes del tren, aquí va un clásico de viajes. En ‘El gran bazar del ferrocarril’, el estadounidense Paul Theroux narra cómo se sube a un tren en la Victoria Station de Londres y no se detiene hasta llegar a Tokio. Durante el trayecto, pasa por por todo tipo de vagones –los lujosos, los infectos, los de asientos de madera, los de literas…–, toda clase de apeaderos y una gran variedad de viaductos y vías. Una delicia donde el autor relata no sólo el viaje, sino todas las ciudades, personajes e historias con que se topa.

Por Penguin Random House.

🇦🇷 ‘Nuestra parte de noche’, de Mariana Enríquez

'Nuestra parte de noche', de Mariana Enríquez

La Argentina de la dictadura es el telón de fondo para un viaje padre-hijo a pocos meses de la muerte de la madre, Rosario, en 1981. Mariana Enríquez nos introduce rápidamente en ‘Nuestra parte de la noche’ en mundo oscuro, un linaje maldito, médiums, visiones y sangre. Enríquez ha afirmado que en su infancia leía los primeros textos de realismo gótico al mismo tiempo que la dictadura argentina secuestraba, torturaba y asesinaba, en un momento en que realidad y ficción no se diferenciaban en su cabeza y ella veía monstruos por todas partes. Este libro parece ser el reflejo de todo ello.

Por Anagrama.

🇦🇴 ‘Un día más con vida’, de Ryszard Kapuściński

Sobre Angola y su guerra fratricida escribió en 1976 el maestro de los corresponsales Ryszard Kapuściński en ‘Un día más con vida’. Un relato descarnado y crudo de la historia de un conflicto que nos asoma a una realidad tan arrinconada como la angoleña, haciéndonos revivir escenas totalmente singulares como el masivo éxodo de los colonos portugueses de Luanda al acercarse la guerra o la inverosímil lucha entre hermanos enfrentados sin saber realmente para qué.

Y sí, también hay una película de animación basada en el libro.

Por Anagrama.

🇫🇷 ‘El verano que mi madre tuvo los ojos verdes’, de Tatiana Ţîbuleac

«Aquella mañana en que la odiaba más que nunca, mi madre cumplió treinta y nueve años. Era bajita y gorda, tonta y fea. Era la madre más inútil que haya existido jamás.» Así se refiere a su progenitora Aleksy, el protagonista de ‘El verano que mi madre tuvo los ojos verdes’ –de la autora moldava Tatiana Ţîbuleac–, una historia en que el rencor y la reconciliación flirtean peligrosamente en el verano de un pueblecito perdido en el norte de Francia.

Por Impedimenta.

🌍 ‘Julio Cortázar. El cronopio fugitivo’, de Miguel Dalmau

Miguel Dalmau

Cortázar nació en Bruselas. Se crió en Buenos Aires. Vivió en París; pasó por Ginebra y Barcelona. E incluso épocas en la profundidad argentina, sumido en el provincianismo de Mendoza o en la selva de Misiones. Todo ello, en pleno siglo XX, el de la convulsión continuada. ‘Julio Cortázar. El cronopio fugitivo’, es la biografía cortazariana de Miguel Dalmau, que la publicó en 2015 no sin antes sortear la polémica con la agente del escritor y su viuda.

En cualquier caso, todo un viaje por el mundo de ayer y por la obra increíble del genio sudamericano. Por Edhasa.

🇹🇷 ‘Mis últimos 10 minutos y 38 segundos en este extraño mundo‘, de Elif Shafak

'Mis últimos 10 minutos y 38 segundos en este extraño mundo'

En plenos años sesenta, Estambul era tan sórdida como mágica, tan tránsfuga como inspiradora, tan vividora como mortífera. Un pasado incómodo al que la escritora francoturca Elif Shafak nos lleva en ‘Mis últimos 10 minutos y 38 segundos en este extraño mundo‘. El libro es un viaje por la vida de Tequila Leila y su desventura, y por lugares como el muelle Karaköy y sus olores, la plaza Taksim o el Cementerio de Kilyos, que hoy acoge a refugiados y refugiadas que, en su intento de llegar a Europa mueren y son enterradas lejos de su tierra natal.

Por Lumen.

🧭 ‘Hotel Intercontinental’, de Quim Monzó

Hotel Intercontinental, de Quim Monzó

De viajes no trata exactamente ‘Hotel Intercontinental’, de Quim Monzó, pero es un espejo lleno de ironía y finura de varias épocas y lugares rematadamente singulares. De hecho, su título viene del hotel donde el autor se alojó en Bucarest mientras cubría, en 1989, el tambaleo de la dictadura rumana y de su líder, Ceaușescu.

Por Quaderns Crema.

🏴󠁧󠁢󠁳󠁣󠁴󠁿 ‘En islas extremas’, de Amy Liptrot

'En islas extremas', de Amy Liptrot

Amy Liptrot nace en las islas Orcadas, un archipiélago al noreste de Escocia compuesto por 70 islas, de las cuales solo 20 están habitadas. En su etapa adulta, se va a Londres –el lugar de los sueños para una isleña– a triunfar, pero se ve obligada a regresar a sus islas de origen a recuperarse de su adicción al alcohol. ‘En islas extremas’ relata en primera persona la experiencia de la autora, con sus remotas ínsulas –y su cielo límpido y su silencio extremo– como telón de fondo.

Por Volcano Libros.


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Yo rusa, tú americana: las islas del ‘Telón de Hielo’

¿Imaginas que Ibiza y Formentera pertenecieran cada una a un país distino? ¿Y que se regieran por horas y fechas diferentes y estuvieran aisladas la una de la otra? Pues algo así les sucede a las islas Diómedes (o Gvózdev, en ruso): una pareja de peñascos perdidos entre Rusia y Alaska que el tiempo –y la geopolítica- divorció.

Vayamos a lo básico. Las Diómedes son dos: la Mayor (o Ratmánov), que pertenece a Rusia, y la Menor (o Krusenstern), que pertenece a Estados Unidos. Apenas separadas por 3,8 kilómetros, navegan a la deriva en el frío del estrecho de Bering, allá por donde sucede más bien poco.

Históricamente, ambas estuvieron pobladas por familias esquimales de Alaska, que llamaban a la Mayor Imaqliq y a la Menor Ignaluk y transitaban entre ambas sin mayores problemas. Y lo hacían incluso a pie, aprovechando el hielo que cada invierno las conectaba.

Diómedes Menor
Una familia esquimal de las Diómedes hacia 1900. Imagen de dominio público

Dos islas, dos fronteras

Hasta que –y aquí la complicación de las Diómedes— se convertieron en objeto de tensiones geopolíticas al venderle Rusia, en 1867, Alaska a los Estados Unidos.

Esto supuso el levantamiento de una frontera internacional que dividió a las dos Diómedes, dejándolas como las reconocemos en el mapa hoy en día: una rusa, la otra americana.

Para mayor dramatismo, en 1884, la Línea Internacional de Cambio de Fecha quedó fijada en medio del Pacífico (ya hablamos de ello en nuestro post sobre Samoa y su capital) , y –sorpresa– cada Diómedes quedó anclada a un día diferente. Y, desde entonces, aunque la luz solar es la misma en ambas islas, las separan 21 horas de diferencia. Así que sí: desde la Diómedes Mayor, al mirar a su gemela, se puede mirar al pasado; y desde la Menor, al hacer lo propio, al futuro.

Entre ambas islas hay 3,8 kilómetros y 21 horas de distancia. Loco, ¿verdad? Imagen por Dave Cohoe bajo licencia CC BY 3.0

Un Telón de Hielo, familias separadas y una deportación

En 1948, las tensiones entre rusos y americanos propias de la Guerra Fría lo empeoraron todo. Así como en Europa cayó el Telón de Acero, entre las Diómedes cayó el Telón de Hielo: las familias de ambas islas –que sumaban a unas 400 personas– dejaron de poder transitar libremente y, aunque étnicamente idénticas, cada comunidad quedó sujeta a las decisiones de la potencia que las adminsitraba.

Para evitarse problemas, los soviéticos decidieron despoblar Diómedes Mayor y deportar a sus habitantes al continente. Establecieron una base militar en la isla donde, ahora, nunca hay más de 15 soldados. La Diómedes Menor, por su cuenta, sigue poblada hasta el día de hoy.

Ahí en medio, entre Rusia y Alaska, están las Diómedes. Imagen de dominio público.

¿Cómo es vivir en las Diómedes?

“Te cansas del color blanco y la nieve, que están en todas partes y siempre, hasta el horizonte”, dijo una vez uno de los soldados rusos destinados a la Diómedes Mayor.

Vivir en este recóndito rincón del mundo no parece precisamente excitante. Sin embargo, 115 personas viven en la Diómedes americana. Se trata de familias esquimales que mantienen un estilo de vida tradicional basado en la pesca y la caza de cangrejos, morsas, osos polares y ballenas. Porque sí: Diómedes Menor es uno de los pocos lugares del planeta donde la captura de ballenas para la subsistencia está permitida.

Por otro lado, algún que otro profesor estadounidense da clases en el colegio local, que también hace las veces de cine y de gimnasio. Y ello completa la población del lugar, que reside en un único asentamiento: un poblado enfrentado a la Diómedes Mayor compuesto por cabañas amontonadas en la escarpada ladera de la isla.

Con máximas de -16ºC en febrero y mínimas de hasta -40ºC, no parece que las Diómedes sean un gran destino vacacional. Solo algún que otro helicóptero llega al poblado de la isla pequeña periódicamente para repartir fruta, verdura y otros bienes de consumo, que se venden en ‘la’ tienda del lugar o en la oficina de correos.

Ni cafés ni restaurantes –obviamente– completan una localidad que el visitante solo puede visitar una vez el poblado y su consejo tribal le otorga permiso (vía carta). ¿Y los nativos? Pues ‘gracias’ a una subvención del gobierno hoy liderado por Trump, los isleños ‘solo’ pagan 400 euros por ir al continente. Así que, de algún modo, el Telón de Hielo sigue vigente hoy en día alrededor de las Diómedes.

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Esa Estambul desnuda que el gobierno turco preferiría obviar

En plenos años sesenta, Estambul era tan sórdida como mágica, tan tránsfuga como inspiradora, tan vividora como mortífera. Un pasado incómodo al que, de la mano de la escritora turca Elif Shafak, Elena Aguayo nos lleva en nuestro segundo #LugarLiterario.


En alguna reseña leí que la escritora Elif Shafak (Estrasburgo, 1971) cuenta en su última novela Mis últimos 10 minutos y 38 segundos en este extraño mundo la historia de una Estambul que al gobierno turco no le gustaría que se contara. Directa por él, inevitable.

Tras la dedicatoria inicial que ofrece esta obra a las mujeres de Estambul, la novela de Shafak recorre la vida de Tequila Leila a través de los recuerdos que surgen en los últimos 10 minutos y 38 segundos que supuestamente el cerebro custodia cuando el corazón ya dejó de latir. Un recuerdo por cada minuto extra, un sabor, un olor a través del que descubrimos lentamente la infancia de Leila, su adolescencia, los abusos que sufre, y un intento por preservar su honor que termina por hundirla y obligarla a huir a un futuro incierto y que la acorrala.

En septiembre del año 1967, Leila llega a una calle sin salida, ni física ni mental, llena de prostíbulos autorizados junto al muelle Karaköy, cerca del Cuerno de Oro. Un lugar que en otro tiempo era una zona comercial boyante, donde el dinero cambiaba de mano a mano rápidamente y con prósperas residencias judías y levantinas. Un espacio que define a la Estambul casi olvidada y multicultural, donde conviven una escuela armenia, una iglesia griega, una sinagoga sefardí, una logia sufí y una capilla ortodoxa rusa.

“Los alrededores del puerto estaban siempre tan abarrotados que los viandantes tenían que avanzar de lado, como los cangrejos.

Jóvenes con minifalda que caminan cogidas del brazo; conductores que silbaban por las ventanillas; aprendices de las cafeterías que corrían de aquí para allá cargados con bandejas llenas de vasitos de té; turistas encorvados por el peso de la mochila que miraban alrededor como si acabaran de despertar; limpiabotas que golpeaban con los cepillos sus cajas de latón, decoradas con fotografías de actrices…, recatadas en la parte de arriba, desnudas en la inferior.

Los vendedores ambulantes pelaban pepinos salados, preparaban salmuera, asaban garbanzos y se gritaban unos a otros mientras los motoristas tocaban sin ton ni son las estruendosas bocinas. Los olores a tabaco, a sudor, a perfume, a fritangas y a algún que otro porro – aunque era ilegal fumarlos – se mezclaban en la salobre brisa marina.”

Todo eso dice sobre los olores y sabores de Estambul Mis últimos 10 minutos y 38 segundos en este extraño mundo, de Elif Shafak

El relato duele. Aunque ya sabemos cómo termina, cada recuerdo es una punzada. 

Conocemos al amor de Leila Tequila, D/Alí, un revolucionario que aparece por casualidad en su vida el día en que tropas americanas piensan desembarcar en Turquía, en julio de 1968; un supuesto símbolo de prosperidad que termina con un barco que no llega a atracar en puerto.

En esta historia la pareja conversa sobre la prostitución y la revolución, presencia la construcción del puente sobre el Bósforo –el cuarto más largo del mundo– que en octubre de 1973 conectó el continente asiático y europeo tras una espectacular ceremonia pública; y llega a transitar por la plaza Taksim el día de la matanza del primero de mayo de 1977.

Estambul, evocadora y vibrante. Por Samet Kurtkus en Unsplash.com

Además de sus recuerdos, Leila nos presenta a su “familia de agua”: sus 5 amigos y amigas, cada uno con historias poco contadas en la literatura universal: Nalan, Humeyra, Jamila, Zainab y Sinan. Son ellos quienes, tras la muerte de Leila, luchan por darle honor en su descanso eterno. Después de que su familia de sangre descarta reconocer su cuerpo, el Hospital traslada a Leila al Cementerio de Kilyos, comúnmente conocido como el Cementerio de los Solitarios.

Hoy ese cementerio acoge a refugiados y refugiadas afganas, sirias, iraquíes, somalíes, eritreas, sudaneses, nigerianas y tantas otras, que en su intento de llegar a las costas mueren y son enterradas lejos de su tierra natal, sepultadas sin orden ni concierto. Un lugar «reservado para tres tipos de muertos: los indeseados, los indignos y los no identificados.»

Después, el libro se extiende algo más de la cuenta en mi opinión, pero tras un relato que acerca a una realidad tan poco conocida o descrita, se perdona.

Instrucciones para leer Mis últimos 10 minutos y 38 segundos en este extraño mundo

Lumen, de Penguin Random House, edita en España la última novela de Elif Shafak.
📒 Nota para quien ya se ha enamorado de Estambul

El inicio de Mis últimos 10 minutos y 38 segundos en este extraño mundo” me ha recordado inevitablemente al de “Me llamo rojo” del Premio Nobel Pamuk. Novela indispensable para conocer la Estambul de los Sultanes y los ilustradores, que invita a reflexionar sobre la contraposición oriente – occidente, antropocentrismo – teocentrismo, a vivir el amor con las complejidades culturales de la época y el lugar, y adescubrir al asesino en el laberinto de capítulos y nombres. Una trama fascinante donde hasta los perros tienen algo que decir.

🛍️ ¿Dónde encontrar el libro?

Lumen, del grupo Penguin Random House, edita en España la última novela de Elif Shafak, finalista del Premio Booker, uno de los premios más importantes de la literatura en inglés.

Aunque confieso cierto fetichismo en la compra de libros, soy también una orgullosa de la Red de Bibliotecas Municipales de Vitoria – Gasteiz, un gran descubrimiento porque logran tener hasta las últimas novedades que llenan las librerías.

🍵 ¿Con qué acompañar la lectura?

Té de cardamomo y baklava, sin duda.

🎵 ¿Qué escuchar de fondo?

Un fondo instrumental tranquilo como “Hasret“, de Omar Faruk Tekbilek.

Estambul era una ilusión. El truco fallido de un mago.

Estambul era un sueño que sólo existía en la mente de los consumidores de hachís. En realidad no había una Estambul, había varias…

…que se peleaban, competían, se enfrentaban, cada una con la sensación de que al final quedaría una única superviviente.”

Elif Shafak, “Mis últimos 10 minutos y 38 segundos en este extraño mundo”

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Wuhan: 7 datos y anécdotas para no quedarse en el coronavirus

¿Hay alguna ciudad que se haya escuchado más que Wuhan en 2020? Tristemente, no. Sin embargo, es fácil figurarse que la relevancia de una urbe de casi 12 millones de habitantes tiene que ir más allá del coronavirus, su accesoria paranoia global y gente amotinada y enmascarada. Y de ello va esta entrada.

“Wuhan no solo es el coronavirus: hay acero, autos y fideos picantes“, esboza un artículo del New York Times –de Carlos Tejada– con el que me topé ayer. Pero también esconde curiosidades históricas y datos que explican su peso económico e industrial en la China de hoy.

Así que aquí van siete anécdotas y datos curiosos sobre Wuhan para no quedarse en la triste superficie informativa del coronavirus.

1. Wuhan, ¿la Bilbao de China?

Curiosidades sobre Wuhan - 6
Wuhan es una ciudad con un pasado industrial y grisáceo. Imagen de Benjamin Chris en Unsplash

“Si Wuhan pudiera compararse con una ciudad estadounidense, quizá sería Pittsburgh”, asegura el New York Times. Y eso, traído a la geografía hispanohablante, nos llevaría a algo así como Bilbao. Porque en Wuhan floreció una industria siderúrgica que hoy está en declive, y porque el Yangtsé –como en Bilbao la ría– atraviesa la ciudad y la articula.

También como sucedió en Bilbao, en las décadas recientes Wuhan ha trabajado para diversificar su industria, orientándola hacia el sector automotriz y atraeyendo mucha inversión extranjera. Tanto que entre 2002 y 2018 ha logrado multiplicar por seis los ingresos por cabeza de sus habitantes.

2. Un lema versátil para una ciudad versátil

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El Yangtsé a su paso por Wuhan. Imagen de Yan Xiong en Unsplash

Una pujanza y una grandeza que está en el ADN de cómo Wuhan se ha querido ver a si misma. “Gran río, gran lago, gran Wuhan”, o “La capital fluvial del este, la habitable Wuhan”, fueron algunos de los lemas que se le ocurrieron hace algunas décadas al régimen comunista para promocionar la ciudad.

Aunque, al final, como recoge Carlos Tejada, parece que decidieron premiar la versatilidad local, optando por “¡Wuhan, distinta todos los días!”.

3. Lagos, ríos y geopolítica

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Lagos y estanques por doquier en Wuhan. Imagen de Radon Shao en Unsplash

Si hay algo que hace especialmente ‘distinta’ a Wuhan es la cantidad de humedales, lagos y estanques que llenan su trama urbana –como demuestra cualquier mapa–. Pero no se queda en una singularidad geográfica: la vertiente fluvial y acuática de Wuhan ha sido el escenario de dos anécdotas peculiares de la política internacional China.

Una, en 2018, cuando el líder del gobierno chino, Xi Jinping, escogió a la ciudad como sede para reunirse con su homólogo indio, Narendra Modi, junto a quien rebajó tensiones geopolíticas paseando por el lago Este de Wuhan.

Y en el mismo año –1966– en que Fraga se bañó en el Cabo de Gata para simular control ante el ‘descuido’ nuclear en la costa de Andalucía, Mao Zedong nadaba y chapoteaba en el Yangtsé a su paso por Wuhan para que la propaganda ilustrara su agilidad y vitalidad.

4. Contaminación: nada nuevo en China

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Wuhan tiene un aire lamentablemente sucio. Imagen de Aaron Hermes en Unsplash

Pero vitalidad, precisamente, no es lo que inspira el aire de Wuhan.

En el mismo minuto en que se escribe esto, el aire de Wuhan es desastroso: registra unos valores de contaminación 6 veces más altos que los de Barcelona y que doblan a los de Ciudad de México. Nada nuevo en China, lamentablemente.

5. Más de un millón de universitarios

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Wuhan también tiene vida juvenil. Imagen de Cao Mengfei en Unsplash.

La polución del aire en Wuhan afecta a los casi 12 millones de habitantes que tiene, de los cuales uno estudia en alguna de las universidades locales. Así que, a su manera, la ciudad china bien podría ser una especie de Salamanca de Oriente.

6. Para comer en Wuhan, fideos

Curiosidades sobre Wuhan
La Universidad Tecnológica de Wuhan. Imagen de Benjamin Crhis en Unsplash

¿Y qué comen, las y los estudiantes de Wuhan? Pues como apunta el New York Times, el platillo tradicional de la ciudad y uno de los tentempiés favoritos de China es un caldo de pasta picante al que llaman reganmian o “fideos secos y picantes”.

7. Bonus: ¿de dónde viene el nombre de Wuhan?

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Wuhan también tiene un toque floral. Imagen de Eastsun Wang en Unsplash

Sin curiosidad es fácil morir de aburrimiento. Así que navegando un poco más allá de lo consultado me di de bruces con el origen del topónimo de Wuhan, que en realidad es una especie de acrónimo.

El nombre de Wuhan es tan reciente como la constución de la ciudad como tal, que data de 1949. Fue entonces cuando el gobierno de la República Popular China fusionó las tres antiguas ciudades que, separadas, conformaban el trazado urbano de la actual metrópolis: Hankou, Hanyang y Wuchan. Y, de la suma de los tres nombres resultó el término ‘Wuhan‘.


Esperamos que hayas aprendido algo nuevo sobre Wuhan, esperamos contribuir a desestigmatizar a este lugar y… ¡también esperamos que tengas algún dato curioso que añadir!

¿Nos hemos dejado algo importante? ¿Has estado allí?

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3 rincones de Chile por los que vale la pena desviarse

Sí, viajero extranjero: hay Chile más allá del desierto de Atacama, la Patagonia y Santiago.

Pero también es cierto que los 4.300 kilómetros de longitud del país imponen al turista desplazamientos muy largos. Y el tiempo no es infinito para nadie.

Entonces, ¿cómo llevar tu experiencia en Chile un poco más allá de sus típicas y tópicas maravillas sin invertir mucho más tiempo? Pues aprovechando estos tres lugares que no te supondrán un desvío pero que le ofrecerán un plus a tu viaje.

1. Las termas del Plomo: la paz andina a dos horas de Santiago

Apenas a 50 kilómetros de Santiago, los Andes se vuelven amenazantes en el valle del Cajón del Maipo. Y al final del camino que se encarama por una de sus vertientes se encuentran las termas del Plomo. Se trata de unas pozas naturales situadas a 2.900 metros de altura, en plena cordillera, en las que bañarse en aguas cristalinas y humeantes sin divisar rastro de la civilización alguno –más allá de los 30 bañistas con quien coincides allí–.

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De camino a las termas del Plomo ves colores increíbles: del pardo de las planuras yermas a los rojizos y amarillos de las montañas peladas, pasando por el turquesa increíble del embalse del Yeso, que hay que circundar antes de llegar. Todo para experimentar la grandeza y el silencio andinos a dos horas de la gran ciudad.

2. La Quebrada del Diablo: en bici a Marte

Para las almas exploradoras que escapan a lo urbano, el desierto de Atacama es un lugar idóneo. Y dentro de todas las opciones que ofrece, hay un lugar que suele pasar desapercibido: la Quebrada del Diablo. Se trata de un cañón fácilmente accesible en bicicleta que parte de las afueras de San Pedro de Atacama, el centro neurálgico para quienes visitan el desierto.

Te costará lo que alquilar una bicicleta en el pueblo –unos 5 euros–, y en un trayecto de apenas dos horas pedalearás por encima de ríos, te adentrarás en pasadizos esculpidos por el tiempo en la piedra rojiza y te deslizarás por llanuras casi extraterrestres mientras el viento desértico te roza la cara. Decídete a hacerlo, pero nunca en tu primer día en el desierto: recuerda que el cuerpo necesita aclimatarse a los 2.400 metros de altitud de San Pedro.

3. Punta Arenas: el fin urbano de Chile

Punta Arenas, Chile
¿A que tiene un aire a Reykjavik? Más allá del estrecho de Magallanes, se ve la Tierra del Fuego. Foto de Sergio García i Rodríguez

Hasta la otra punta de Chile llegan quienes quieren ver las impactantes Torres del Paine y los glaciares patagónicos. Todos pasarán por el aeropuerto de Punta Arenas, pero apenas algunos se desviarán hasta el centro de la capital regional más austral de Chile. Y lo cierto es que la única ciudad del país en la que ver la nieve y el mar a la vez vale una buena visita.

Punta Arenas siempre fue un cruce de caminos: el de tribus indígenas como los selk’nam o los yaganes; el de Magallanes, que hace 500 años navegó para probar que América tenía un extremo Sur; y el de los marinos ingleses y colonos suizos, alemanes, croatas y de otros puntos de Chile que creyeron que donde termina el mapa habría una mejor vida. Hoy sus descendientes conforman esta ciudad que huele a fin del mundo, y museos como el Regional o el del Recuerdo dan fe de el pasado de la ciudad.

Gracias a él, Punta Arenas tiene una mezcla de arquitectura interesante y un toque singularmente cosmopolita, además de uno de los cementerios más bonitos del mundo. Y –dato gastronómico– cuenta con el mejor bar de comida rápida (o ‘picada’) del país, el Kiosko Roca, donde podrás probar la especialidad de la casa: un choripán acompañado de un batido de plátano. Necesitas probarlo, ¿verdad?


¿Qué te ha parecido esta selección?

¿Conoces algún otro lugar que merezca un desvío en Chile?

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La plaza más pequeña de Europa

«La plaza más pequeña de Europa y quizás del mundo»: eso dicen en Girona de su Plaça dels Raïms (‘de las Uvas’, en español). Y sí: mide lo que cualquier comedor de casa media –24 metros cuadrados–, lo cual no impide que sobreviva desde hace 800 años y que en ella hayan tenido lugar sucesos bastante peculiares.

Con ella me encontré perdiéndome por el Barri Vell de Girona a sugerencia de mi hermana, conocedora máxima de todos los rincones de la ciudad tras sus cuatro años de universidad allí. Porque lo cierto es que solo se puede acceder a ella desde otra plaza, la de les Voltes d’en Rosés, a través de un callejón de apenas un metro de ancho. Así que la Plaça dels Raïms no parece demasiado adecuada para quienes sufren claustrofobia.

¿Cómo es la plaza más pequeña de Europa?

Pero, una vez superados los cinco o seis metros de su pasadizo de entrada, ¿cómo es la Plaça dels Raïms?

  • Se trata de un pequeño e irregular cuadrado asfaltado, de aproximadamente cinco metros de lado.
  • Está cercada por las fachadas de 5 edificios, de unos 20 metros de altura todos ellos.
  • Da acceso a alguna que otra puerta trasera y a algunas otras por las que se accede a viviendas.
  • A duras penas recibe luz solar, debido a lo vertical de los edificios circundantes –pero también por esta razón se puede sacar la foto que encabeza este post–.
  • Y, una vez allí, te das cuenta de que realmente es muy pequeña.

3 cosas singulares que sucedieron en la Plaça dels Raïms

Sin embargo, su reducido tamaño no ha sido impedimento alguno para acoger eventos y sucesos muy peculiares. Algunos de ellos, vinculados a su utilidad histórica como plaza, y otros relacionados con la vibrante vida cultural y las tradiciones de la preciosa ciudad que la acoge, Girona.

Como, por ejemplo, los tres que siguen.

Un mercado de la uva –¿y otro de la paja?–

La Plaça dels Raïms tiene un lugar en Girona desde hace más de 800 años y, en todos estos siglos, el mundo ha cambiado bastante. También su nombre: el acutal tiene que ver con el mercado que acogía regularmente la plaza a partir del siglo XII, cuando se empezaron a comercializar uvas en ella.

Cabe suponer que no se trataba de un mercado precisamente grande, pero lo cierto es que no fue el único que albergó, porque antes de llamarse como hoy la conocemos, la Plaça dels Raïms se denominaba –hasta el mencionado siglo XIII– ‘Plaça de la Palla’ (‘de la Paja’, en castellano). Así que no es extraño suponer que en sus 24 metros cuadrados también se vendía y compraba esta materia.

Una instalación floral

Cada primavera y desde hace ya 65 años, el festival ‘Girona, temps de flors’ cubre de flores toda la ciudad, que se llena de instalaciones artísticas vegetales en todas sus variantes y formas. Y, obviamente, la Plaça dels Raïms, por escondida que esté, no se ha quedado al margen de ello.

De hecho, en 2015, fue uno de los espacios incluidos en el programa, con una instalación que llenó de flotadores –y plantitas– la plazoleta, simulando las uvas que le dan nombre y que antes se comercializaban en ella.

Un ‘castell’ (cargado y descargado)

¿Cuánta gente cabe en la Plaça dels Raïms? No tenemos la cifra exacta, pero parece que la suficiente para formar la ‘pinya’ (base) de un ‘castell’.

Es lo que cargaron y descargaron en la plaza más pequeña de Europa los Marrecs de Salt, ‘colla’ castellera de la vecina localidad de Girona, el 28 de octubre de 2017. Se trató de un pilar, y pocos más habrán alzado en un espacio tan reducido.

¿Existen otras plazas tan pequeñas como la dels Raïms?

¿Cómo sabemos que realmente la Plaça dels Raïms es la plaza más pequeña del viejo continente? Una búsqueda rápida por internet no nos da pistas de que exista otra de menor tamaño. Y eso –añadido al tesón de los locales por defenderla y promocionarla como tal– es lo que confirma como campeona a la de Girona.

Sin embargo, tengo que confesar algo que es bastante obvio: no se trata de la plaza más bonita o atractiva que alguien pueda visitar. Pero sí uno de los lugares más singulares que se puedan ver en Europa –«y quizás en el mundo»–, y eso ya es motivo suficiente para acercarse hasta ella.


¿Conoces alguna otra plaza tan (o más) pequeña que la dels Raïms?

¿Quieres que escribamos sobre otras plazas singulares?

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Spitsbergen: la isla de los 122 días sin luz

La oscuridad y la noche son las madres del pensamiento”, dice un proverbio danés. Así que no hay mejor ocasión para pensar hasta el infinito y más allá que el 22 de diciembre, día en que el solsticio de invierno marca en el hemisferio norte la noche más larga del año.

Incluso hay lugares singulares donde ‘la noche más larga’ significa, directamente, 24 horas de oscuridad. Es lo que sucede en el punto poblado más nórdico de Noruega: la isla de Spitsbergen.

Spistbergen: ¿desolador o inspirador?. Foto de James Padolsey en unsplash.com

Se trata de una ínsula cosida por fiordos y canales, refugio de osos polares y renos con una superficie del tamaño de Suiza, sede de un almacén de semillas diseñado para salvar a la humanidad y territorio con un pasado marcado por la minería y las disputas geoestratégicas.

Hoy, apenas 2.600 personas pueblan este ignoto punto del mapa donde se alcanzan los -40ºC en la época más gélida del año. Si es un paraíso para encontrar la inspiración o bien el hogar del aburrimiento tiene que determinarlo cada quien, pero lo cierto es que si buscas un lugar donde aislarte y quedarte a oscuras durante una temporada, Spitsbergen es una muy buena opción. Pero, ¿cómo se vive la falta de luz en Spitsbergen?

122 días de oscuridad

Primera y obvia lección invernal en Spitsbergen: no hay que madrugar para aprovechar la luz del día, porque no la hay. Y no solo no la hay el día del solsticio de invierno, sino durante más de 122 días al año. Concretamente, de las 13:23h del 26 de octubre a las 11:22h del 16 de febrero, o lo que es lo mismo: 122 días, 21 horas y 59 minutos.

Si la noche más larga de Barcelona –desde que el Sol se pone hasta que vuelve a aparecer– dura 14 horas y 49 minutos, la de Longyearbyen, capital de Spitsbergen, dura casi 2950 horas.

Una panorámica de Longyearbyen en 2011, cuando ya había acabado el invierno. Foto de Mateusz War en Wikimedia Commons, bajo licencia CC BY-SA 3.0.

Durante esas 17 semanas y media, el Sol no se ve –literalmente– en la isla. Una densa penumbra lo envuelve todo: el trayecto a la escuela o al trabajo, la vuelta a casa, las salidas a la única tienda de abastos de Longyearbyen o al pub del lugar. Y, en todos los casos, no es raro que los y las lugareños caminen por la localidad con una linterna focal en la frente.

Pero, ¿quién se atreve a vivir en Spitsbergen?

Si vives en Spitsbergen, probablemente seas descendiente de los cazadores de ballenas, osos polares y zorros que merodearon la isla desde el siglo XVIII, o de los mineros que se establecieron por allí a finales del XIX, cuando era tierra de nadie.

También cabe la posibilidad de que seas nacional de uno de los 40 países que firmaron en 1920 el Tratado de Svalbard, que fijó la soberanía noruega de la isla y su archipiélago para remediar las disputas en torno a él. A la vez, el tratado habilitó a los estados signatarios a desarrollar actividades científicas y comerciales en el lugar, siempre bajo el respeto a la legalidad noruega.

Ucranianos y rusos son quienes más han hecho uso de esta premisa legal, y tal vez por esta razón, si vives en Spitsberg, seas uno de los cerca de 450 que allí residen. Más numerosos son aún los 772 estudiantes –de 43 nacionalidades– del Centro Universitario de Svalbard. ¿Por qué tanta diversidad de procedencias? Porque es la única universidad del mundo donde cursar Estudios Árticos in situ.

O bien, si prefieres, puedes ser uno de los empleados del pequeño pero emergente sector turístico local, que ofrece desde paseos en trineo hasta expediciones para ver auroras boreales.

Por último, si resides por las latitudes spitsbergsianas, podrías ser el único empleado que gestiona la instalación más singular de la isla: la Bóveda de Semillas de Svalbard. Se trata de una especie de Arca de Noé plantífera financiada por el Gobierno de Noruega donde cualquier país del mundo puede depositar copias de seguridad vegetales de todas las especies que desee, por si alguna vez una catástrofe o el mismo cambio climático nos urge a usarlas. Actualmente hay 988.000 ejemplares depositados en la bóveda, que los conserva a una temperatura óptima de -18ºC.

Las fases de la luz: cuestión de matices

Sea como sea, quien viva en Spitsbergen lo hará sin luz durante casi cuatro meses al año. Pero, en ese mar de oscuridades, ¿siempre es igual de densa la falta de luz? En realidad, no: de hecho, existen 3 fases de luminosidad diferenciadas tras la puesta de sol.

Cuando el sol está hasta 6 grados por debajo del horizonte nos encontramos en el denominado crepúsculo civil, durante el cual se puede aún hacer ‘vida normal’ sin luz artificial, en un contexto de luz natural menguante. En el momento en que el Sol está situado entre los 6 y los 12 grados bajo el horizonte sucede el crepúsculo náutico: aún se puede divisar el horizonte marítimo y ya se alcanza a ver las estrellas más brillantes. Con el sol entre los 12 y los 18 grados por debajo del horizonte estamos en la fase de crepúsculo astronómico, con resquicios de luz solar dispersada en la atmósfera. Y, tras él, la noche cerrada.

Esa gradación en la luz solar que los spitsbergenses sufren y experimentan cada invierno tiene, obviamente, su alegre y esperada réplica veraniega. Así, del 18 de abril al 26 de agosto, las 24 horas del día en la isla son de luz solar continua, sin crepúsculos de ningún tipo mediante.

¿Imaginas vivir en un verano eterno? Pues sí, Spitsbergen también lo tiene. Pero ese tema da, por sí solo, para otra entrada.

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5 capitales de bolsillo: no hay que ser grande para ser cosmopolita

La palabra ‘capital viene del latín ‘capitalis’; es decir: ‘de la cabeza’. Ya sea fruto de las rutas comerciales históricas, de la colonización, del centro tradicional de poder, por motivaciones geoestratégicas, razones geográficas o la necesidad de equilibrar rivalides interurbanas, cada país elegió, de modo más orgánico o planificado, dónde colocar la ciudad que lo encabeza.

El dónde y el qué, sin embargo, han ido a menudo ligados. Si fue antes el huevo o la gallina es difícil de determinar, pero una capital, por lo general y como mínimo, acoge la sede del gobierno de un país, las instituciones y órganos que lo rigen.

Más allá de esto y atendiendo a las cerca de 200 capitales del mundo, hay de todo. También capitales cuya población cabría en el Estadio Azteca, cuyo tamaño encajaría en medio barrio de Barcelona o –incluso– cuyo aeropuerto recibe al día menos personas que las que llenan un vagón del metro de Buenos Aires. Son microcapitales donde hay de todo, pero a una escala familiar. Aquí van cinco de ellas.

Funafuti, Tuvalu: de plaza mayor, el aeropuerto

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¿Tienen todas las capitales el formato de una ciudad occidental, con un centro, una periferia, una trama urbana geométricamente planificada? Obviamente no.

Así sucede con Funafuti, la capital de Tuvalu. Se trata, básicamente, de un atolón tan estrecho y alargado que en él, la pista del aeropuerto funciona como plaza mayor. Cuando un avión va a aterrizar –siempre procedente de Fiji o Kiribati–, los bomberos avisan mediante una sirena a la población local, que una vez acabadas las maniobras de la aeronave reocupan su lugar de encuentro y ocio.

Más allá de esto, los algo más de 6.000 habitantes de Funafuti –un 60% del total nacional– viven en una localidad de tres calles de anchura en su parte más generosa. Quienes han estado en Funafuti dicen que la vibración del lugar es increíblemente relajada: apenas hay edificios de más de una planta –a excepción de la sede del Gobierno– y se disfruta de una temperatura constante de entre 26 y 33ºC durante todo el año.

Vaduz, Liechtenstein: colgando de una ladera

Una microcapital para un micropaís: así es Vaduz. En efecto, si uno echa un vistazo al mapa de la ciudad, se observa una rotonda con calles que nacen de ella y se desmelenan hacia todas direcciones en un país que no supera los seis kilómetros de ancho.

Para un catalán, es difícil echarle un vistazo a Liechtenstein sin pensar en Andorra. Pero, precisamente, lo singular del país alpino destaca si lo comparamos con su diferencia respecto al principado pirenaico: Andorra es básicamente un valle, mientras que Liechtenstein es, en su mayoría, una ladera. Y Vaduz yace, inclinado, sobre ella.

De hecho, el Rheinpark, estadio nacional del país, se encuentra a treinta metros del Rin, que separa lo que sí y lo que no es Liechtenstein de su vecina helvética. Por otro lado, a 1.800 metros a pie de distancia hacia el Este, domina por encima de todo el Castillo de Vaduz, residencia del Príncipe local. Pues bien: entre ambos templos –el pagano y el noble– sucede todo lo que tiene que suceder en esta microcapital, con sus 5.400 habitantes.

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Un museo nacional de arte, el vanguardista parlamento (arriba) y muy poca densidad de edificios por kilómetro cuadrado de pradera son algunas más de las singulares estampas que se pueden encontrar en la capital de este rico enclave.

Malé, Maldivas: cada palmo de tierra cuenta

Al revés que con Vaduz sucede con Malé, la capital maldiva. Más de 22.000 habitantes por kilómetro cuadrado conviven en una ciudad que surfea encima de su propia isla.

Malé, la capital de Maldivas: una microcapital singular
No podrán acusar a los maldivos de no haber aprovechado cada palmo de terreno en Malé.
Fotografía de Ishan @seefromthesky en Unsplash.com

Una terminal de ferris en un extremo, un puerto deportivo en el otro, un muelle de carga en otra de las esquinas y amarres para barcos en todo el perímetro restante acorralan a Malé, que queda conectada a su aeropuerto –sito en otra isla, obviamente– por un puente elevado sobre el mar de Laquedivas.

Con algo más de 100.000 habitantes –un tercio del país–, Malé cuenta con un poco de todo y con ese toque cosmopolita que otorgan la sobrecarga de edificios coloridos y azoteas solapadas y su interesante entramado urbano tejido de comercios, verde isleño, mezquitas y canchas de fútbol y críquet. Una microcapital que lo es, para Singularia, por su compactibilidad.

Nuuk, Groenlandia: el arte callejero más septentrional

Si consideramos a Groenlandia como un país, entonces podemos afirmar que su capital, Nuuk, es la más nórdica del mundo: por poquísimo, sus +64º 10′ de latitud superan a los +64º 09′ de la cercana Reykjavík.

Pese a ser varias veces más pequeña que su equivalente islandesa, reuniendo apenas a 16.000, se respira en Nuuk algo muy similar a lo que sucede en Reykjavík en lo referente a cultura y arte. Y es que ni lo inhóspito del clima de Nuuk ni su falta de luz solar en invierno han impedido la voluntad de la ciudad por embeller sus las calles y espacios públicos.

Más bien al contrario. Y todo debido, en su inicio, a una historia bien singular. Porque fue un muralista australiano, Guido van Helten, quien prendió la idea de llenar de color las fachadas de los bloques de viviendas de Nuuk.

“Siempre me atrajeron los lugare extremos. Es por ello que tenía muchas ganas de pintar en Groenlandia”, dijo antes de proponer y refinar el concepto ante el Ministerio de Vivienda de Groenlandia, que le otorgó a Van Helten y a su colega islandés Stefán Óli Baldursson dos paredes a gran escala para pintar (una de ellas, la de la imagen inferior), además de algo de apoyo económico.

Edificios singulares en Nuuk, Groenlandia. Singularia
Los edificios residenciales de Nuuk han visto cómo, progresivamente, más color los ha maquillado.
Foto de David Stanley en Flickr, bajo licencia CC BY 2.0

A partir de ahí, Nuuk se fue poblando de murales y esculturas, y en torno al empuje del arquitectónicamente notable centro cultural Katuaq –cuyas formas algunos asemejan a la dura geografía groenlandesa y otros a las auroras boreales– se consolidó la Ruta del Arte Urbano de Nuuk.

En cierta medida, es normal que haya una explosión cultural y una concentración de atracciones interesantes en Nuuk. La isla de la que es capital es una masa de hielo tan inconmensurablemente inmensa y poco poblada –apenas 56.000 almas– que ninguna ciudad groenlandesa está conectada a otra por carretera.

Brades, Montserrat: resurgir de las cenizas

Nórdicas o sureñas, cálidas o heladas, todas las capitales están sujetas a su marco geográfico. Y si de encontrar microcapitales situadas en parajes singulares se trata, el caso de Plymouth, la ciudad que encabezaba a la isla caribeña de Montserrat, es extremo.

Básicamente, porque en los 90 la localidad tuvo que ser abandonada y la capital trasladada a otro enclave 10 kilómetros más al norte. El motivo: una serie de más de cien erupciones volcánicas, las del pico de Soufrière, que sepultaron la trama urbana de Plymouth y llegaron a motivar la emigración masiva de un 60% de la población isleña al Reino Unido.

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Desde 1998, Brades funciona como capital de facto de la isla, acogiendo a un millar de las algo más de 5.200 personas que habitan Montserrat. El establecimiento de esta nueva microcapital fue una operación que implicó pensarla casi al completo.

¿Cómo es hoy Brades? Mientras Montserrat se recupera progresivamente del trauma volcánico de los 90, su capital consta, básicamente, de una calle con negocios, un banco, oficinas gubernamentales, correos, una biblioteca, una farmacia y restaurantes donde comer pescado y hamburguesas de langosta y escuchar reggae en vivo, según señala Lonely Planet.

El Centro Cultural de Montserrat, un lugar singular.
El Centro Cultural de Montserrat.
Imagen de David Stanley en Wikimedia Commons, bajo licencia CC BY 2.0

Una microcapital que mira al futuro, pero sin olvidar su orgien. Por ello la Plymouth que desapareció está alojada hoy, en forma de recuerdos y fotografías, en el pequeño Museo Nacional de las afueras de Brades. Todo sea por resurgir de las cenizas.

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Sa Tuna: esa felicidad de aislarse en la Costa Brava en pleno agosto

Después de una semana de calas abarrotadas, aparcamientos imposibles y madrugones casi estériles para apropiarnos de un trozo de playa, lo logramos. Nos costó varios centenares de curvas entre pinos, pero en una tarde inofensiva y casi por casualidad, cumplimos la misión de encontrar un rincón en la Costa Brava donde sentirse aislado en pleno agosto: Sa Tuna.

Y para mí, que bastante de ermitaño tengo, la combinación de no-abarrotamiento, mar, sol, verano, pintoresquidad y vacaciones –y buena compañía, por supuesto– no puede equivaler sino a una única cosa: la felicidad más pura.

Así que para homenajear a ese rincón amable y escondido de Begur y para inspirar a quien le apetezca pasar un rato mínimamente íntimo en el verano de la mediterraneidad catalana, aquí van cuatro razones por las que vale la pena llegarse hasta Sa Tuna ahora que parece que volveremos a poder viajar.

1. Sin coches a la vista ni ruidos a la vuelta

La principal ventaja y alegría de Sa Tuna es también su mayor inconveniente: es una cala escondida y recóndita, en un área montañosa –la del cabo de Begur– que le da ese verde tan Costa Brava y que, a la vez, disuade al turismo de estampida por la complejidad de llegar hasta allí.

Además, cabe poca gente. No obstante, si consigues aparcar, el premio es grande: no verás un coche ni por el mininúcleo urbano de Sa Tuna ni desde tu toalla una vez te instales en la cala. Pero tampoco verás carreteras, ni tendidos eléctricos, ni siquiera un avión publicitario. Ni los ruidos que los acompañan.

2. No verás ningún edificio desconcertante

Al aislamiento sonoro y visual de Sa Tuna se le suma una harmonía arquitectónica poco frecuente –por desgracia– en muchos lares de la costa catalana. Del antinguo embarcadero de marineros que fue en su día quedan algunos botes varados en la propia cala y las casas amontonadas y perfectamente escalonadas –hoy segundas residencias y apartamentos– que conforman el núcleo.

Ninguna de ellas desentona. Si te pierdes por los callejones que bordean la cala, tienes la postal que buscas en la Costa Brava: casitas blancas, aguas turquesas y muchos pinos. Y alegría.

3. Un anfiteatro privilegiado

No busques arenas caribeñas: la playa de Sa Tuna es de cantos rodados. Por lo tanto, agradecerás llevar una silla. Pero no solo porque tumbarse sobre piedras es incómodo, sino porque entenderás que estar sentado en la cala de Sa Tuna es tener un asiento privilegiado en un anfiteatro que resume la plenitud de la sencillez mediterránea; sus colores y sus olores sin interferencias.

¿Y el agua, qué tal? Pues fresca –la Costa Brava no es lo más cálido de Mediterráneo, pero sí lo más refrescante– y clara –porque la ausencia de arena le evita la turbiedad de otras playas de la misma costa–.

4. Y siempre nos quedará… el Camino de Ronda

Si eres de los que después de refrescarte en el agua y tomarte un par de cervezas con vistas necesitas algo de movimiento, siempre te quedará el Camino de Ronda. Porque los 130 kilómetros de sendero que recorren la Costa Brava a orillas del mar también pasan, obviamente, por Sa Tuna.

A mano derecha de la cala y tras las casas del lugar, el sendero se adentra, subiendo, en un bosque de pinos. Tras unos diez minutos de subida, llegas a la punta d’es Plom, desde la que podrás ver tanto Sa Tuna como los entrantes y salientes de las colinas y cabos cercanos. Todo ello conforma un paisaje en el que solo desentona –ahora sí– una de esas construcciones infectas que en los 60 proliferaron por la costa catalana: el tan monstruoso como magistralemente situado antiguo Hotel Cap Sa Sal.

Pero no nos quedemos con lo malo. En ese punto, bajo tus pies quedarán las barquitas de turno y la cala S’Eixugador, a la que solo podrás acceder por una escalera escarbada en la roca. Otro lugar que también da –de verdad– para ser muy feliz. Y casi secretamente.

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El mono más famoso de Bélgica

Le habré manoseado la cabeza unas doscientas veces, por aquellos años mozos en que anduve de Erasmus en Mons, en la región de Valonia. Y como yo, tantos otros. Porque pese a su gesto travieso y su pose curiosa, el mono más famoso de Bélgica no se ha movido demasiado en los últimos siglos.

Y, además, se deja querer y toquetear. El Petit Singe (‘pequeño mono’) de Mons forma parte de esa familia de estatuillas de hierro que, colocadas por medio mundo, se convierten en amuletos para locales y pasajeros. Y que hay que tocar sí o sí. Eso le pasa a este simio amigo, que forma parte de una familia férrea, la belga, prolífica y de tradición punk, con los megaconocidos hermanos Pis (Manneken y Jeanneke) mojando los callejones de Bruselas.

Pero ¿de dónde salió el mono de Mons? Algunos defienden que es la obra de un maestro de la forja de finales del XV. Otros, que lo descubrieron en una de taberna escondida en los sótanos del ayuntamiento que habría desaparecido a finales del XIX… Sea como sea, el Petit Singe está al lado de la puerta del consistorio de la ciudad desde –como mínimo– 1843.

No mide más de cuarenta centímetros pero, obviamente, está al día de todo lo que pasa en la Grande Place de Mons: de las macrofiestas del Doudou, de las familias que pasean, de las entradas y salidas del alcalde, de los Erasmus que vuelven a casa después de encervezarse… y de todo lo que le ha ido ocurriendo a esta ciudad discreta y amable –guerras mundiales, el apogeo minero del sur de Bélgica, la decadencia posterior, la capitalidad europea de la cultura en 2015...– en los últimos decenios.

Un fiera, el mono de Mons, vaya.

La Grande Place de Mons, en línea con sus primas belgas. Foto de Jean-Pol Grandmont bajo licencia CC-BY-SA 3.0

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Pateando Barcelona: 5 miradores no-tan-famosos para conocerla más y mejor

Lo confieso: mi afición preferida es perderme caminando por una ciudad. Algo así como a lo que en francés llaman flâner: una palabra que suena estupenda y que viene a significar ‘deambular al azar’.

Y hay que decir que Barcelona se presta fantástica para ello. ¿Por qué? Pues porque tiene algo de todas esas dicotomías que dan pie a que sea un lugar interesante: viejo/nuevo, caótico/planificado, encantador/inhóspito, diverso/monolítico, cemento/verde, marítimo/cerrado. Y la que más me gusta a mí: llano/ondulado.

Así, contando con que mis pateos por Barcelona pueden llegar con facilidad a los 20 kilómetros en un buen domingo, es fácil que cualquiera de ellos acabe pasando, irremediablemente, por las alturas.

Y eso equivale a recibir una clase presencial y en directo sobre la historia de Barcelona y cómo modeló su trama urbana, sobre su marco geográfico –único y privilegiado– o sobre su rol como cruce de caminos eterno. Equivale a conocer, a cada paseo, una nueva perspectiva de la ciudad, un detalle inadvertido sobre sus barrios y rincones. Equivale a no aburrirse nunca, vaya.

Pero, ¿qué se ve de Barcelona, desde sus miradores? ¿Qué muestran? ¿Hay vida, en las alturas barcelonesas, más allá de los búnkeres y las panorámicas gaudinianas? Aprovechando el desconfinamiento y que el debate que suscitan esas preguntas es bien jocoso, aquí va una seleción personal, pateable, combinable (o no), gratuita y saludable de miradores no-tan-famosos de Barcelona para conocer más y mejor la ciudad desde bien arriba.

1. Vistas ‘famosas’ pero sin competencia: el Parc del Guinardó

Como le pasa a Roma o a Lisboa, Barcelona tiene –entre mar y montaña– siete colinas o turons. Y si hablamos de ellos como miradores, el que se lleva la palma de la fama es, sin duda, el de la Rovira, cuyos búnkeres se han convertido en los últimos años en estrella indiscutible del postureo de altura barcelonés.

Pero esto va de alternativas y no vale la pena sufrir, así que celebremos que hay opciones menos populosas para quienes prefieren vistas más relajadas. En realidad, el turó de la Rovira forma parte de un parque enorme –el parc del Guinardó– con multitud de recovecos desde donde ver la ciudad sin nadie que te atosigue mientras se hace selfis y bebe cava. Y, la mejor manera de llegar a ellos es entrando al parque desde la discreta calle de Francesc Alegre y disfrutando de las vistas a medida que subes por la colina.

Miradores de Barcelona
A medida que subes, el Parc del Guinardó te va regalando vistas envueltas de verde.
¿Por qué ir?

Además de para evitar aglomeraciones, porque verás la hipnótica retícula del Eixample y la silueta de la Sagrada Família como desde ningún otro lugar, porque acabarás teniendo delante el frente marítimo de la ciudad enmarcado por pinos verdes y porque estarás en un bosque sin salir de Barcelona.

2. La Barcelona que creció de golpe desde las alturas del Carmel

De las siete colinas barcelonesas que nombrábamos, la más alta es la del Carmel. Con 266 metros, da nombre a un barrio nacido abruptamente a mediados del pasado siglo para alojar a parte de las olas migratorias que poblaron la ciudad de repente y que, desde varios puntos de su zona alta, es posible observar con calma y profusión mientras paseas. Por ejemplo, desde el carrer del Doctor Bové, desde el carrer de la Gran Vista o desde las escaleras del Carrer de l’Alguer.

¿Por qué ir?

Porque, además del Carmel, verás el crecimiento desmesurado de los años 50 y 60 tanto de Barcelona como del norte de su área metropolitana -Badalona, Santa Coloma de Gramenet…–, una Barcelona escarpada, inclinadísima y encorvada y una trama paisajístico-urbana que pocas veces te enseñarán por otros medios, pero que no deja de ser una de las definiciones de la cotidianidad barcelonesa del hoy.

3. La ‘nueva Barcelona’ de rascacielos y cristal

En Barcelona siempre anda vivo el debate de si las calles suben desde el mar o bien bajan hacia él. Un paseo por la parte más alta de los barrios de la Font d’en Fargues o del Guinardó no deja clara la respuesta, pero sí da pistas sobre por qué existe tal cuestionamiento.

En uno de mis paseos desprevenidos acabé por aquellos lares –que en algún momento debieron ser un reducto bucólico de las afueras de Barcelona–, y en el cruce entre las calles Aguilar y Llobet i Vall-Llosera me topé con la cuesta abajo (o arriba) más pronunciada que haya visto yo en Barcelona.

¿Por qué ir?

Vale la pena perderse por allí porque la vista se dirige instantáneamente a un entorno insólito en la ciudad condal: la nueva Barcelona de principios de siglo XXI encarnada en los rascacielos del distrito de innovación del 22@ y del Fòrum. Una lucha entre lo arquitectónicamente moderno y lo aberrante, entre lo esbelto y lo abigarrado, que se destaca por encima de todo como desde ningún otro lugar de paso.

4. Vistas gratis y –casi– 360º desde –casi– el Park Güell: el Turó de les Tres Creus

Volviendo al Carmel, diremos que en una de sus faldas reposa un clásico de los clásicos de la Barcelona turística: el Park Güell. Un lugar desde el que todos sabemos –y hemos visto millones de veces– que Barcelona luce estupenda.

Pero hay una solución para quienes quieran ver lo mismo que desde el interior del Park sin entrar a él: la parte libre del Turó de les Tres Creus. Porque si bien este promontorio forma parte del recinto gaudinano, existe una pequeña entrada escalonada desde la avinguda del Coll del Portell que permite disfrutarlo sin pagar.

¿Por qué ir?

Primero, por una razón básica: disfrutar de unas vistas fantásticas que se arrojan directamnte sobre la Ciutat Vella –y del omnipresente hotel Vela– ahorrándote las hordas de turistas selfífilos del Park Güell y el precio de su entrada. Y, segundo, porque tanto el lugar en sí como sus alrededores ofrecen una vista panorámica de la zona alta de Barcelona y el contraste de su esponjosa y arbolada trama urbana con el resto de la ciudad, así como una multitud de postales de esa Barcelona ondulada, pendiente y enigmática.

5. De espaldas al mar y entre plantas de todo el mundo: el Jardí Botànic

¿Puede que Montjuïc sea uno de los hitos urbanos más infravalorados de Barcelona? Para mí, totalmente. Porque las fuentes danzantes son preciosas, el Museu Nacional d’Art de Catalunya es impedible (panorámica incluida, obviamente) y el Palau Sant Jordi sirve para todo. Pero más allá de eso, Montjuïc es un pulmón verde fantástico, ha tenido un rol histórico relevantísimo en la vida pública de la ciudad y sí: también es el hogar de algunas de las mejores vistas de Barcelona.

Y, entre sus panorámicas escondidas, desapercididas y sorprendentes, de Montjuïc me quedo con las del Jardí Botànic –a donde, por cierto, es gratis entrar los domingos a partir de las 15h00–.

¿Por qué ir?

Porque las del Jardí Botànic son vistas con premio: el del viaje por toda la vegetación a la que da pie el clima mediterráneo alrederdor del mundo –de Australia a Chile, hay una representación de todas sus variantes–. Pero, además, porque permiten asomarse a Barcelona dando la espalda al mar. Y estamos de acuerdo en que el mar siempre suma a una vista, pero mirar a la ciudad sin él permite enfocarse en otros detalles que suelen quedar en un segundo plano –como, por ejemplo, cómo Barcelona se desparrama hacia L’Hospitalet y el Llobregat, y cómo trepa por Collserola hasta el Tibidabo–.

Y quien se fija en lo que no se había fijado antes, descubre y redescubre.

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