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Menorca en 5 colores: un paseo cromático por la plenitud mediterránea

Si me piden que describa la plenitud con un paisaje, suelto «Menorca» sin dudarlo. Motivos me sobran. Esa isla privilegiada tiene todo lo que puede hacer feliz a un fan absoluto del Mediterráno y sus raíces como uno: una costa trufada de pliegues preciosos; un interior conectado con las raíces y la tierra; un agua que deslumbra; y, todo, a una escala humana y amable, pero a la vez diversísima.

Pero si algo convierte —para mí— a Menorca en representante perfecta de ese Mediterráneo puro y que embelesa son sus colores. Unos colores que en Menorca aparecen ante ti nítidos pero a la vez armoniosamente entremezclados; tan definidos por separado y, al mismo tiempo, partes de un todo inconfundible.

Binibèquer vell es una muestra de lo armonioso que, dentro de todo, es el impacto humano en Menorca.

Un todo en el que he pasado vacaciones en todas y cada una de mis décadas. Con sus colores he ido creciendo, así como lo ha hecho mi lazo inquebrantable con el Mediterráneo. Son, pues, los menorquines, colores queridos.

No necesitamos barco, avión ni moto para que os muestre los cinco que más me emocionan. Subid al blog, que os llevo —o lo intento— de paseo cromático por Menorca y sus rincones.

1 | El turquesa absurdamente bello de Macarelleta

Teclear ‘Menorca’ en Google es toparse de frente con una retahíla de imágenes con un agua tan turquesa que avasalla. Lo mejor de todo es que ese avistamiento virtual es completamente fiel a la realidad. Porque el turquesa de Menorca, en menor o mayor medida, hace acto de presencia en todas sus calas.

Sin embargo, si de llevarnos al extremo del placer visual se trata, de todos los turquesas menorquines, me quedo con el de Macarelleta.

Colores de Menorca: Macarelleta
¿Para qué quieres filtros, si estás en Macarelleta?

Situada al sur de la isla, Macarelleta no es una cala solitaria: tiene una siamesa —mayor que ella, como su nombre indica—, Macarella. Vistas desde el aire (qué espectáculo debe de ser eso), ambas conforman una especie de uve acuática que se clava en la silueta de la isla. Los bordes interiores de esta sublime e imaginaria letra son paredes calcáreas que bajan hasta el agua, por cuyas cornisas superiores, a 15 metros por encima del bendito Mediterráneo, circula un estrecho sendero que une a ambas calas. Pues bien: transitarlo es vertirse al turquesa más intenso, bello y electrizante que he visto nunca.

Colores de Menorca: Macarella
Caminar por el sendero que une Macarella y Macarelleta es simplemente esto.

Si me quedo específicamente con el color del agua de Macarelleta es porque la arena que yace bajo ella es tan uniformemente blanca y la forma de la propia cala es tan perfectamente rectangular que no destacar algo tan bello sería, simplemente, absurdo.

2 | El grisáceo agradecido de la costa del Sur

En el turquesa nítido de Macarella, Macarelleta y —por ejemplo— sus vecinas Turqueta o Galdana, parte del mérito lo tiene el gris pétreo de las paredes que las envuelven. Un gris en el que el sol rebota y que, sin hacer más que reflejar el azul del cielo sobre el agua, desemboca en una de las magias menorquinas.

Cuando subí al monte Toro, el punto más alto de la isla, aprendí cómo la naturaleza y su historia, caprichosamente, son las culpables de la maravillosa diversidad cromática que motiva este paseo. Allí arriba, en un panel informativo, dejaban la cuestión clara con dos nombres: Migjorn y Tramuntana. Son las dos regiones geológicas en las que se divide Menorca, que parten la isla de extremo a extremo casi resiguiendo la carretera que une Maó y Ciutadella, y que vendrían a equivaler a su cara sur y a su cara norte.

La ‘Menorca blanca’ está plagada de acantilados que se vierten sobre el turquesa. Imágenes de Pelayo Arbues y Reiseuhu en Unsplash.com.

La sur es la ‘Menorca blanca’, donde reina el marés del Mioceno, la roca (más bien) grisácea que nos trae hasta aquí, y de la que también derivan las prehistóricas navetes que dieron cobijo a los menorquines de la edad talayótica. En la Tramuntana menorquina, en cambio, el cromatismo del terreno se vuelve más oscuro y rojizo. Y aunque a ambas caras no las separan más de 15 kilómetros, ir de la una a la otra es como cambiar por completo de paraíso, entrando en uno tan diferente al previo como igualmente perfecto. Hacia allá que vamos.

3 | El rojizo remoto y salvaje de Cala Pilar

Dentro de esas epifanías mediterráneas que te regala Menorca están las caminatas privilegiadas que ofrece su Camí de Cavalls, la soleada y ancestral ruta que resigue la silueta insular, cala a cala.

Uno de sus tentáculos remotos en la Tramuntana menorquina, donde la costa se vuelve tan abrupta como hipnótica, te lleva por un pedregal caminable, polvoriento y sombreado hasta un fantástico balcón asomado al mar —casi tan turquesa como en Macarelleta— y a otro de los colores de mi Menorca: el rojizo de la roca que envuelve a la cala Pilar.

Colores de Menorca: Cala Pilar
Cala Pilar: Marte con mar.

El contraste entre el azul refulgente del agua y el rojo casi marciano de cala Pilar es emocionante. Es la constatación estética de ese otro paraíso que, aunque cercano al sur de la isla, parece llevarte a otro mundo. Un paraíso que es completo cuando en pleno agosto —de 2018— te encuentras en una playa deslumbrante y, además, pseudodesierta: la compartimos con apenas 20 personas más, durante todo el día. Solo faltaban Eva y Adán: si bien en toda Menorca está tolerado el nudismo, en cala Pilar es mayoritario.

Cala Pilar es balcón a un mar que se funde con el horizonte.

Para sumarle más dramatismo al impacto que genera cala Pilar, la vegetación abundante y voluminosa que en la Menorca blanca adorna las calas en forma de pinos deja paso en el norte a arbustos bajos, pero igualmente radiantes. Los verdes, por supuesto, también tienen mucho que decir en Menorca.

4 | El verde de los ullastres

Es imposible disociar la capa vegetal de Menorca del imaginario que uno se construye con sus delicias. Verde benefactor a varios efectos: te protege del sol de la tarde cuando sesteas, bajo un pino, sobre la arena blanca de una cala; refresca la isla cuando el verano aprieta; serena la vista cuando ensalza al turquesa del mar o tapiza el interior de Menorca.

Los verdes menorquines adornan también el interior de la isla, rural y habitado desde hace milenios.

Porque alejarse de la fachada litoral de la isla, lejos de restarle atractivo al viaje, es descubrir otro de sus tesoros: el de un interior cuidado, trabajado por siglos de agricultura armoniosa y, ante todo, protegido. Menorca fue declarada reserva de la Biosfera por la Unesco en 1993, y el respeto por la naturaleza —causa de que sigamos disfruando los colores que hoy nos ocupan— se palpa también en los campos, ondulados, amables y verdes.

El verde cubre el interior de Menorca, y desde el monte Toro se ve mejor que desde ningún otro lugar.

Un árbol sabio y longevo encarna a la perfección la plenitud menorquina: el ullastre. Primo silvestre del olivo, lleva milenios echando raíces en todos los rincones de Menorca, dando olivas y aceite a los isleños, ofreciéndoles madera para construir los portones de fincas y casas, sacudiéndose al sol y al viento del Mediterráneo. Sutil, sosegador, resiliente y sublime, mimetizado con la isla en la que vive.

De madera de ullastre están hechas muchas de las puertas que se ven en las fincas menorquinas.

5 | El blanco de los pueblos

Tan menorquín y mediterráneo como el ullastre es el color que da vida a la mayoría de aldeas y pueblos de la isla. El impasible sol que abrasa Menorca en verano tiene parte de la culpa de que, de es Mercadal a Fornells –pasando por Alaior—, el puro y aislante blanco lo pinte casi todo: iglesias, muelles, viviendas, barandas, escaleras, molinos de viento…

El blanco es el color de los pueblos menorquines, como pasa en Es Mercadal. Fotos de Teresa Fernández y Héctor Rivas, en Unsplash.com.

Un blanco que se extiende hasta las urbanizaciones que proliferaron en la isla más allá de los pueblos, respetuosas en su mayoría con el modo de construcción tradicional, e imitadoras de las antiguas casas de los pescadores menorquines. Es una máxima en la isla —y para mí uno de sus mayores atractivos—: lo construido es armonioso con el medio, discreto, nunca mastodóntico y casi siempre de una altura inferior a tres plantas.

No se me ocurre un mejor cierre para este paseo cromático menorquín que el que nos ofrece un edificio —obviamente— blanco: el faro de Cavalleria. Inserto en la salvaje costa norte y vertiginosamente abalanzado sobre el Mediterráneo, es un lugar idóneo para ver —espectáculo cromático mediante— cómo el mar se traga, otro día más, al Sol. Y para que la retina, ensoñada, acabe de enamorarse de Menorca. 🟡

Colores de Menorca: Cavalleria

🌞🌿 Si algo convierte a #Menorca en representante perfecta de ese #Mediterráneo que enamora son sus colores, tan definidos por separado y, al mismo tiempo, partes de un todo inconfundible | via @singularia_blog

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La Ciudad Vieja de Montevideo: placitas, librerías, nostalgias y otros pequeños placeres

Una cajita entrañablemente ecléctica de rincones felices, una punta atlántica en la que desembarcaron tantos y tantas, un amable microcosmos urbano que te abraza, una conjunción maravillosa de librerías, cafecitos, micromuseos, placitas, palacetes y aire de puerto, un resumen de por qué hay que querer a Uruguay. Todo eso es la Ciudad Vieja de Montevideo, urbe que a Lola Flores le pareció ‘el despertar de una dulce siesta’. Y no hay más que cruzar la puerta de su barrio más antiguo para empezar a entenderlo todo.

Porque sí: la Ciudad Vieja montevideana tiene puerta. Y también —hasta 1877— tuvo murallas: fue en ese perímetro de apenas 1.500 metros de largo por 800 de ancho donde nació un Monetvideo fortificado y estratégicamente protegido, que pasó de portugueses a españoles y más tarde a ingleses, hasta finalmente liberarse y erigirse en el primer centro de la capital de Uruguay, ya en 1828.

A pie, en bicicleta, con un café y un periódico de por medio: la Ciudad Vieja es humana, y se disfruta a fuego lento. Imágenes de Cassie (CC-BY-NC 2.0) y Marcelo Druck (CC BY-NC-ND 2.0) en Flickr, y propia.

Hoy, desmurallada y abierta al mundo pero aún recogida sobre sí misma —y preservada, por suerte—, es una sucesión urbana de pequeños placeres y gustitos. Todo a escala humana, y con el olor a sal y tránsito del Río de la Plata calles abajo, en los fondos, constantemente.

Dejarse llevar con los ojos despiertos, la clave para acercarse a la Ciudad Vieja de Montevideo

Si uno cruza la susodicha Puerta de la Ciudadela, aparece frente a la peatonal Sarandí, la camiable espina dorsal de la Ciudad Vieja. Un desfiladero amable de transeúntes, oficinistas apresurados (pero no tanto), funcionarios, turistas, deambulantes y vendedores ambulantes que disecciona una muestra física del centro antiguo de Montevideo.

La peatonal Sarandí, la espina dorsal de la Ciudad Vieja de Montevideo.

Reseguir el kilómetro de Sarandí es fundirse en una cotidianeidad deliciosa y entrañable. Y aunque no hay ningún patrón obligado para dejarse seducir por la Ciudad Vieja, la opción más garantista sugiere ir tomando y dejando esta calle indistintamente, sin un rumbo fijo, alternándola con las otras arterias del lugar, secundarias y reticulares. Porque no tiene sentido acercarse con prisa, a la Ciudad Vieja. Del mismo modo que no tiene sentido dormir siestas —ni despertarse de ellas— con prisa.

Sí vale la pena, al contrario, adentrarse en este barrio montevideano con el ojo bien descansado: para embelesarse con el festival de fachadas que atesora —casonas de la época colonial, palacetes art nouveau, edificios art déco—, testimonio pétreo de su importancia histórica y vitalidad; para descubrir la mirada de Galeano aguardando tras un grafiti en una esquina cualquiera; para detenerse ante puertas de una madera tan antigua como la propia República Oriental del Uruguay.

Puertas, ventanas, forjas. En la Ciudad Vieja de Montevideo, los detalles son un encanto.

La plaza Matriz y la plaza Zabala: dos oasis urbanos para dejar el tiempo pasar

A la Plaza Constitución le llaman Plaza Matriz. Cosas de las ciudades viejas: a veces los nombres oficiales no coinciden con los que le ha acabado dando su gente. ‘Matriz’, porque en ella encuentras edificios de los que emanó y emana poder: la catedral montevideana, el Cabildo de la ciudad, el Ministerio de Transportes y Obras Públicas, el Club Uruguay, epicentro de los encuentros de la alta burguesía desde finales del siglo XIX… Plataneros de más de 30 metros los custodian, y ordenan los caminitos que rigen la plazoleta, elegante y armoniosa, y conducen a la fuente del centro.

En la plaza Matriz hay verde, fuentes, feria de antigüedades y, entre otros edificios, el Club Uruguay, con su fantástica galería de columnas.

Pateable como toda la Ciudad Vieja, raro es el sábado que en la Plaza Matriz no haya una feria de antigüedades, con sus parroquianos, sus vendedores, su ritmo soleado aunque llueva. Cuberterías llegadas de todos los rincones de la vieja Europa, platos de cerámica, jarrones, candelabros centenarios. Si todo lo que allí se vende hablara, nos contaría innumerables historias de migrantes llegados de Italia a bordo de transatlánticos y de gallegos emprendedores y empujados al mar. Y de toda su descendencia, uruguaya hoy.

También se venden en la plaza, cómo no, libros de segunda mano. Es fácil sentirse invitado a comprar uno —o bien un periódico en el kiosko de la esquina—, a elegir un banco para ojearlo y a sentarse a ver las horas y las gentes pasar.

Ya te lo decía: la Ciudad Vieja va de tomarse las cosas con calma.

Más abajo, hacia el mar, irrumpe otro oasis urbano —este menos populoso—: la Plaza Zabala. Digo ‘irrumpe’ porque su forma romboidal parece encastrada a consciencia para desestabilizar la perfecta retícula de la Ciudad Vieja. Pisarla es quizás pisar un poquito de París —del tranquilo y apaciguado, claro— en Sudamérica: residencias señoriales, forjas fantásticas, edificios de viviendas neoclásicos, palmeras y ombúes.

Plaza Zabala - Montevideo.tif
Así era la Plaza Zabala en 1907. Dominio Público.

Pero me disgusta hacer esas analogías transoceánicas: el Río de la Plata es hoy criollísimo, y del mismo modo su arquitectura, su urbanismo, su esencia. Y su valor. La Ciudad Vieja de Montevideo no es un trocito de Europa en Sudamérica; es Sudamérica. O, al menos, una de las muchas Sudaméricas. Ese es su valor, y yo quiero verlo así.

La Ciudad Vieja de Montevideo, rincones llenos de historias. Imagen por Greta Scholderle Moller, en Unsplash.

Tres librerías y un café para viajar (en el tiempo y el espacio)

¿Qué puede haber más noble, sanador y placentero que encontrar, una tras otra, librerías añejas y a la vez vivísimas en las que perderse por horas? A nostalgia y puerto huelen también las muchas librerías de la Ciudad Vieja de Montevideo, que rezuman el amor por la literatura de un país tan pequeño como enorme en talento de letras: Benedetti, Onetti, Ida Vitale, Horacio Quiroga, de nuevo Galeano…

Discretas y amables, todas ellas, son la puerta de embarque a un viaje que no cesa por historias de papel, y que se puede llevar a casa. Me quedo con tres.

En plena peatonal Sarandí, Más Puro Verso ocupa el edificio Pablo Ferrando, una fantástica construcción art nouveau de 1917 a la que le encanta que la miren desde cualquier perspectiva —ironía fina: fue la primera óptica de Uruguay—. El escaparate de la librería no es menos fantástico, con sus vidrieras onduladas y sus columnas de hierro forjado. Y dentro, dos plantas de libros, una escalinata preciosa y un restaurante en el altillo, con vistas. La pujante y burguesa Ciudad Vieja de inicios del XX, hecha hoy palacete literato.

El edificio Pablo Ferrando aloja Más Puro Verso, una librería preciosa y armoniosa.

En Moebius, el rótulo de la puerta ya deja claro su romanticismo: ‘arte, libros y objetos en extinción’. Y música de tocadiscos, e incluso un gato plácidamente acomodado en un rincón (cuidado: te entrarán ganas de imitarlo).

En Moebius todo es relajado. Y los visitantes lo perciben.

Traspasar la puerta de Linardi y Risso es sellar de nuevo el pasaporte. A pocos pasos de la plaza Matriz, esta librería avisa a su entrada, desde 1944, su especialidad: libros uruguayos y latinoamericanos, antiguos y modernos. Las escaleras de mano que cuelgan de sus estanterías parecen listas para que trepes por tanta historia escrita, y el espacio invita a sumergirse en él por días. “Una librería que busca y preserva, y esconde la sorpresa que debemos hallar. Qué delicia aunque no nos llevemos casi nada!”, escribió —y bien— Neruda en el libro de visitas de Linardi y Risso, en 1960.

Linardi y Risso, una institución.

En las tres podrás detenerte a leer sin que nadie te moleste ni presione, a ojear sin que se te abalancen apresuradamente para venderte este o aquel libro, a saborear letras sin el ajetreo de los lunes.

Más allá de leerse, la nostalgia también se bebe y se come, en la Ciudad Vieja de Montevideo. Seguramente hay un rincón donde todo ello, desde 1877, se fusiona: el Café Brasilero. 57 metros cuadrados que son una institución viva de la historia cultural de la ciudad, refugio afable y con mesitas humildes de la bohemia uruguaya: Onetti empezó a escribir ‘El Pozo’ allí mismo; en sus sillas Benedetti y Galeano ojearon el periódico asiduamente; Gardel cayó por el local alguna que otra vez… Hoy ya no los tenemos con nosotros, pero el Café Brasileiro sigue vivísimo, esperándonos a los que seguimos deambulando por la Ciudad Vieja.

El Café Brasileiro son 57 metros cuadrados de historia y bohemia.

La ciudad (y el país) que llegó por barco y tres micromuseos para entenderla mejor

“Los mexicanos descienden de los aztecas, los peruanos descienden de los incas y los uruguayos y argentinos descendemos de los barcos”,

—dijo una vez Eduardo Galeano.
La Ciudad Vieja, con el puerto detrás. Imagen por Marcelo Campi, Wikimedia Commons, CC BY-SA 3.0.

Fruto del tráfico marítimo y todos sus avatares nacieron el Montevideo que la Ciudad Vieja encarna, los sueños que refleja, sus pujanzas y letargos, su cadencia relajada pero sin pausa. Solo entre 1860 y 1920, cerca de 600 mil europeos se instalaron en este rincón del mundo llegando, precisamente, por el puerto de la Ciudad Vieja.

Grúas, marinos, pescadores esperanzados que toman mate en las escolleras, buques que parten y llegan, aduanas, pasajeros, tránsito y embarcaderos. El puerto y su entorno son parte viva de este barrio, y nos ayudan a entender dónde y cómo empezó —casi— todo el universo montevideano.

Por mar llegaron a Uruguay las familias de tres de sus artistas ilustres: Joaquín Torres García, José Gurvich y Pedro Figari. ¿Qué guardan en común, los tres? Pues que bebieron del rico y plural trasfondo migratorio y efervescente del Uruguay del siglo pasado, y que contribuyeron a enriquecer la identidad cultural de un país que entonces se adentraba en su segundo siglo de vida. Y en la Ciudad Vieja hay tres joyas de bolsillo para disfrutar de sus respectivas obras: los micromuseos de cada uno de ellos.

El más famoso de los tres, el de Torres García, nos acoge en el inicio de la peatonal Sarandí. El artista pasó algunos años de su juventud en Cataluña —lugar de origen de su padre—, donde conoció a los modernistas y, entre ellos, a Gaudí. A su vuelta a Uruguay, impulsó ‘La Escuela del Sur’, en 1944, faro de reivindicación de la autonomía artística y cultural de Latinoamérica. “Nuestro norte es el sur”, proclamaba, y suya es la famosa y bonita América invertida, de 1943. Buscó un arte capaz de expresar conceptos con un lenguaje universal, ideas transmisibles. Y su museo es una excusa fantástica para adentrarse, en una tarde feliz, en ese universo estético.

‘El Pez’ y ‘América Invertida’, dos de las obras más famosas de Torres García.

Un poquito más abajo, en la misma Sarandí, uno de sus aprendices aventajados nos enseña, en otra visita breve y apacible, su parcela artística: Gurvich. Lituano de nacimiento y uruguayo de adopción, empezó abanderando el estilo constructivista de la Escuela del Sur para luego acabar desarrollando una simbología pictórica propia, muy influenciada por sus idas y venidas por el mundo y por sus raíces judías. Un fragmento de otro —y al mismo tiempo el mismo— Uruguay.

El Museo Gurvich, en plena Sarandí, y ‘Kibutz’, una de sus obras.

Pedro Figari, nacido en 1861, es el más veterano de los tres. Hijo de inmigrantes italianos, fue abogado, político, escritor, periodista y filósofo y, ya cuando se acercaba a su sesentena, también pintor. Con su obra intentó reivindicar, del mismo modo que Torres García, a su región. Con más mancha que línea, pintó escenas cotidianas del pasado poscolonial y rural de Uruguay: de los salones de baile donde la burguesía criolla se divertía, de los negros que tocaban candombe en las plazas, de los campos y los ombúes al atardecer. Una preciosa forja —como tantas otras de la Ciudad Vieja— precede a la puerta de su también micromuseo, que invita a descubrir el Uruguay de ayer en una hora amable.

Al museo de Figari se entra por una forja preciosa, y en él se alojan escenas pictóricas del Uruguay del pasado.

El Teatro Solís y el palacio Salvo: la Ciudad Vieja como puerta al resto de la capital

Hoy, sin murallas, es fácil salirse de la Ciudad Vieja. Eso hace que pasearla sea aún más interesante, porque te funde con el Montevideo que se expandió allende sus límites, con nuevas formas. Dos ilustres rincones contiguos a este antiguo barrio cerrarán este paseo virtual.

Primero, cerca de la puerta de la Ciudadela y en el borde del viejo muro, perdámonos por el Teatro Solís, el principal de Uruguay. Por fuera es amable, coqueto y explorable —como todo lo que lo rodea—, y dentro, en su sótano, esconde una sorpresa: un laberíntico (y gratuito) centro de exposiciones.

El Teatro Solís, el principal de Uruguay.

Acostumbrado a la marabunta de visitantes que habitualmente puebla —o poblaba— cualquier museo de Barcelona, perderme por las tripas del Solís fue una aventura tan casi privada como disfrutable. En su día, me tocó una exposición sin desperdicio alguno sobre la llegada del cine a Uruguay y las primeras películas hechas en el país, de cuando todo llegaba aún por barco. De nuevo, la nostalgia.

Todas las ciudades tienen un icono, y el de Montevideo es el Palacio Salvo. En el borde de la también vecina Plaza Independencia, casi enfrentado a la puerta de la Ciudadela, queda este fastuoso y fascinante tótem que entre 1928 y 1935 fue el edifico más alto de Latinoamérica. Y que parece, tal vez, a punto de despegar cual cohete.

El palacio Salvo, un tótem montevideano.

Se ve desde muchos lugares: en el atardecer y ante el horizonte del Río de la Plata, o desde la Rambla, con el resto de la ciudad debajo. Y si bien no llega a verse desde la torre de su hermano gemelo, el bonaerense Palacio Barolo, enfrentado a 220 kilómetros agua adentro, sí que se ve desde el mar y desde el aire, al acercarse a Montevideo.

El cierre a esta vuelta lo pongo allí, en el Palacio Salvo, plantado donde la Ciudad Vieja se lanzó a ser más grande, más amplia, más extendida, más nueva. Y más alta. Pero hacia esa otra Montevideo —también sin prisas, claro— ya nos dirigiremos en otra ocasión. 🔵

🇺🇾🚢 Una cajita ecléctica de rincones entrañables, una punta rioplatense en la que desembarcaron tantos y tantas, un amable microcosmos urbano que te abraza: todo eso es la #CiudadVieja de #Montevideo, y hasta allí vamos | via @singularia_blog

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Al amor de mi vida y a la parte uruguaya de la familia.

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El hospital más bonito del mundo (y un paseo por su barrio)

El Hospital de la Santa Creu i Sant Pau es el más bonito del mundo (y me atrevo a decirlo habiendo estado ante una ínfima muestra de los más de 17 mil que hay en el planeta). Echémosle la culpa al modernismo y a un hombre: Lluís Domènech i Montaner.

Si miras al Eixample desde el aire —por ejemplo, antes de aterrizar en Barcelona—, ves clara la excepcionalmente perfecta retícula que le da forma. Y, en uno de sus extremos, ocupando el equivalente a nueve manzanas de las que Cerdà ideó, un cuadrado inmenso destaca: es el Hospital de la Santa Creu i Sant Pau, que lleva allí desde que en 1902 se colocara su primera piedra.

En aquellos años, el solar que hoy ocupa era una isla colindante con el emergente Eixample, que buscaba expandir Barcelona más allá de los límites de la hoy Ciutat Vella. El Hospital de la Santa Creu i Sant Pau, que llevaba en el Raval desde 1401, se había quedado pequeño. Y las entonces casi rurales faldas de la colina del Guinardó eran su nuevo destino.

El hospital más bonito del mundo se inauguró en 1930. En la imagen, las obras, en 1913. Imagen de Josep Salvany i Blanch, de dominio público.

Se dio, para tal fin, una conjunción única: el legado de un mecenas recién fallecido —el banquero Pau Gil— y su voluntad de dedicarlo al nuevo hospital, el talento del arquitecto Lluís Domènech i Montaner y la etapa dorada de un movimiento estético que embellecía todo lo que tocaba en la ferviente Barcelona: el modernismo.

Hasta 1930 no se inauguró el hospital de la Santa Creu i Sant Pau, y Domènech i Montaner no pudo ver la obra finalizada. Una tremenda lástima: estaba en pie el hospital más bonito del mundo.

Un deleite urbano y el corazón de varios barrios

91 años después, el Hospital de Sant Pau (como se le conoce coloquialmente; la ‘Creu’ siempre cae al nombrarlo) tiene dos partes diferenciadas: la modernista, hija del proyecto de 1902, y la moderna, construida en los 2000 cuando —de nuevo— la infraestructura médica quedó obsoleta. La moderna es la que aloja hoy a las instalaciones sanitarias, y la modernista, la abierta al visitante como joya que es.

El hospital de Sant Pau queda hoy encajonado en la vida de cuatro barrios de Barcelona.

A ambas las acabó engullendo Barcelona y su trama urbana, que tiene insertado al hospital de Sant Pau el punto de encuentro de varios barrios —el Baix Guinardó, el Guinardó, la Sagrada Família y el Camp de l’Arpa— que le deben parte de su identidad y vida. Pero centrémonos en el Sant Pau modernista y reivindiquemos su benefactora influencia en el barrio en el que hoy vivo: el de la Sagrada Familia.

Normal que semejante vecina le birle el nombre del barrio. Sucede igual con la avenida que une al templo de Gaudí con el hospital que nos trae hoy aquí, que también acabó decantándose a favor del bueno de Antoni. Porque sí, también se podría haber llamado Avenida Domènech i Montaner, pero eso no es relevante ahora. Lo que hay que retener es que la Avenida Gaudí es la mejor manera de acercarse al hospital de Sant Pau, y que en 10 minutos a pie conecta dos obras maestras que, a la vez, son Patrimonio de la Humanidad. Maravillas a golpe de paseo.

La Avenida Gaudí conecta a la Sagrada Família y al Hospital de Sant Pau, cortando en diagonal por las manzanas del Eixample.

Detente a tomar un café o una cerveza bien fresca a medio camino en la susodicha, amable y modernista avenida, y retómala luego para toparte de frente, en su extremo norte, con la increíble fachada del hospital de Sant Pau. Ese ritual, al completo, es un deleite urbano para el vecino del barrio —como yo mismo—, para el turista —que hoy escasea—, para los millares de enfermeros del hospital, tanto de hoy como de ayer —como los amigos Abel o Julia—, para los funcionarios de las organizaciones que el conjunto modernista también aloja —de ONU-Habitat, por ejemplo—o para el curioso que barcelonea de vez en cuando.

La fachada de Sant Pau es increíble. Imagen del Districte d’Horta-Guinardó bajo licencia Creative Commons.

A todos impresiona, de repente, la aguja imposible que corona la fachada, los arcos de cerámica de las puertas, el hierro forjado que las adorna, los azulejos omnipresentes, los porticones coloreados de cada ventana, los mosaicos laterales que relatan —a modo de cómic— la historia del lugar. Y el amor y el detalle con el que Domènech i Montaner diseñó cada centímetro de la armonía del edificio.

Armonía y minuciosidad en el recinto modernista más grande del mundo

Entrar al recinto solo mejora la impresión. Está compuesto por 27 pabellones en los que se desarrollaban las tareas médicas hasta entrada la década del 2000, cuando 12 de ellos fueron restaurados minuciosamente y abiertos al disfrute del público. Lo mismo sucedió con un kilómetro de galerías subterráneas que conecta a los pabellones y los jardines que los articulan a nivel de calle.

Absolutamente todo está bendecido —porque hoy, echando la mirada hacia atrás, es una suerte que así pasase— por la voluntad modernista de embellecer la obra humana y de hacer que despertara emociones, rindiendo un homenaje constante a la naturaleza. Flores, hojas y árboles —con el permiso de la heráldica— inspiran toda la ornamentación de Sant Pau, y perderse entre sus vidrieras, sus techos alicatados y las sinuosas esquinas y columnas que le dan forma es un placer absoluto. No hay más.

La disposición de los pabellones en el plano del hospital es tan funcional como bella. El espacio, las cúpulas (de todos los calibres) y los ventanales se conjuran para dejar pasar el aire, punto clave por allá cuando la climatización era manual. Lo mismo ocurría con la luz, y mención a parte merece la antigua (y curiosa) Casa de Operaciones y sus acristaladas paredes casi de invernadero. Ocupaba el espacio central del recinto para poder captar tanta iluminación natural como fuera posible y alargar así al máximo su horario de actividad.

Dos vistas de la Casa de Operaciones: la trasera y la interior.

Para Domènech i Montaner, no había que elegir entre belleza y funcionalidad. Y lo mejor de todo es que, aquí, tampoco hay que decidir entre calidad y cantidad: por si fuera poco, Sant Pau es el recinto modernista más grande del planeta. Darle más vueltas es absurdo: visitar el hospital más bonito del mundo es un regalo, y obviarlo estando en Barcelona, una pérdida. Incluso puede ser un regalo en el sentido literal del término: el primer domingo de cada mes, la entrada matutina es gratuita. ¿Le podemos pedir algo más?

Todas las imágenes que incluye este post son hechas por mí.


🌞 No necesitas ver los más de 17 mil hospitales del mundo para saber que el más bonito de todos está en #Barcelona y es hijo del #modernismo | vía @singularia_blog 👇


🏥 Para situar al hospital más bonito del mundo en el mapa 👇
📍 Para más información sobre el Hospital de la Santa Creu i Sant Pau, visita la web oficial del Recinto Modernista aquí.

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Punta Arenas, una micrometrópolis llena de historia(s) en el fin del mundo

📝
Guía narrada de la Patagonia chilena
📍 PUNTA ARENAS ➡️ Puerto Natales ➡️ Glaciares Balmaceda y Serrano ➡️ Torres del Paine ➡️ Perito Moreno ➡️ Leer y ver la Patagonia

La Patagonia chilena suele empezar en Punta Arenas, pero pocas veces pasa por allí. Muchos, en esa fiebre expedicionaria y chatwiniana que inspira el fin del mundo, saludan a su aeropuerto y se apuran por tomar la ruta hacia las Torres del Paine y los glaciares. Yo, que viajaba solo por primera vez y tenía una semana por delante en la Patagonia, desafié a esa idea y decidí detenerme tres días en Punta Arenas.

Merece la pena: Punta Arenas es un prólogo fantástico –y curioso– para fundirse más y mejor con el universo patagónico. Bordeemos el estrecho de Magallanes y démonos un paseo relajado por la ciudad más austral de Chile, que –además– está llena de historias.

Colores ante el aislamiento

Llego a Punta Arenas un sábado de octubre. Es muy temprano, todo está relajadísimo y la ocasión es perfecta para dejar la mochila en el hostal y dar una vuelta de reconocimiento rápida.

Y nada mejor que las alturas para familiarse con la trama urbana. Primera parada: mirador del Cerro de la Cruz, un balcón asomado a Punta Arenas, al manso estrecho de Magallanes, que le da sentido, y a los centenares de casitas y tejados coloridos –por algún motivo le llamaban ‘la ciudad de los tejados rojos’– que la articulan. Un poste señala una gran multitud de destinos y la distnacia que los separa de Punta Arenas, pero lo que más me llama la atención, en el horizonte, es la silueta amenazante del Cerro Sarmiento: detrás de él, océano adentro, solo queda la Antártida.

El vértigo es grande, y marca una máxima recurrente en Punta Arenas: estamos en el fin del mundo.

En el Cerro de la Cruz, un poste lleno de flechas nos recuerda que estamos lejos de casi todas partes.

La plaza de Armas más bonita de Chile y ‘los pioneros’

Es hora de tomarle el pulso al plano de la ciudad y bajar hacia su centro. Primera apreciación significativa una vez abajo: sacando a la de Santiago del mapa, diré que la plaza central de Punta Arenas es la más bonita de las ‘plazas de armas’ de Chile. Alberga una síntesis vegetacional de la Patagonia en su interior y, por supuesto, un monumento dedicado al responsable de que estemos aquí: Fernando de Magallanes.

Punta Arenas Patagonia
La plaza de armas de Punta Arenas, también llamada Muñoz Gamero, tiene en su interior a una estatua de Fernando de Magallanes. Foto por Martin St-Amant, en Wikimedia Commons, bajo licencia CC-BY-SA-3.0

Fue él y su flota quienes, en 1520, franquearon por primera vez para el mundo occidental el estrecho que llevaría su nombre, y que se convertiría en la principal ruta de navegación entre Europa y las costas del Océano Pacífico.

Sin embargo, fue en 1848 cuando se fundó Punta Arenas, que pronto se erigió en polo de atracción de inmigrantes europeos debido a la política de fomento del gobierno chileno, que les ofrecía tierras a cambio de colaborar en la consolidación de la soberanía nacional en la región.

Un paseo tranquilo por Punta Arenas es un recorrido por retazos de la Europa de finales del siglo XIX.

Sucesivas olas de migrantes llegan con la fiebre del oro de 1910 y tras la Primera Guerra Mundial, y empresas balleneras, navieras y aseguradoras, así como latifundistas de la ganadería ovina, contribuyen pronto a desarrollar la ciudad. Es por ello que la arquitectura de Punta Arenas tiene un marcado carácter europeo, y que las manzanas que bordean la plaza de Armas están pobladas de palacetes y edificios de inspiración neoclásica, algo que en la mayoría de capitales de región de Chile sucede en menor medida.

El más notable es el Palacio Sara Braun, que ocupa una esquina de la plaza de armas y que hoy alberga un hotel –el José Nogueira– y el reputado Club de la Unión. Construido en la primera década del siglo XX, es el legado de la fortuna que amasaron la judía Sara Braun y el portugués José Nogueira, dos de los ‘pioneros’ que se enriquecieron gracias a las explotaciones ovinas que impulsaron en Magallanes.

Punta Arenas Patagonia
El Palacio Sara Braun es el edificio más bonito de Punta Arenas.

Nuevos horizontes –y claroscuros– en el estrecho

El Museo del Recuerdo, a algunos minutos en bus del centro de Punta Arenas, ejemplifica el modo de vida de los colonos –mayoritatiamente– centroeuropeos, británicos y balcánicos (aunque también de otras partes de Chile) que, durante el siglo XIX y principios del XX, se instalaron en la región buscando nuevos horizontes. Los 3.000 objetos y las recreaciones que contiene –un consultorio médico, una tienda de ultramarinos, una escuela o una peluquería de la época– son el testimonio de la ambición de quienes se fueron hasta el fin del mundo para labrarse una vida y construyeron una ciudad desde cero.

El Museo del Recuerdo es un viaje al modo de vida de la Punta Arenas incipiente de finales del siglo XIX.

Una ambición no exenta de capítulos negros, por supuesto. Porque la región de Magallanes estaba ya poblada antes de que los Braun, Nogueira y compañía se pasearan por allí. En concreto, por cuatro pueblos originarios –cada uno con su lengua–: los Aonikenk, los Yámanas, los Qawasqar y los Selknam. El genocidio perpetrado hasta entrado el siglo XX por los latifundistas, así como el mestizaje, los condenó a una desaparición progresiva y, lamentablemente, apenas algunas comunidades sobreviven hoy entre Chile y Argentina.

No es alegre seguir hablando de muerte, pero uno de los lugares que refleja mejor la prosperidad de los colonos que impulsaron Punta Arenas es el Cementerio Municipal, donde los fastuosos panteones de las familias más pujantes se funden con las modestas tumbas de quienes no corrieron tanta suerte, a la sombra de los cipreses que, estoicos, llevan más de cien años soportando el viento magallánico. No tengo claro cómo se miden estas cosas, pero algunos dicen que es de los más bonitos del mundo.

El cementerio de Punta Arenas es famoso por su entrada monumental, donada por Sara Braun, y sus arbustos perfectamente tallados. Foto de LBM1948 en Wikimedia Commons – CC BY-SA 4.0.

Hospitalidad, choripanes, y empanadas de centolla introspectivas

Pese a la compleja y por partes macabra historia de la región – y al clima inclemente–, los magallánicos son gente muy hospitalaria, sosegada y afable. De su aislamiento han hecho crecer un virtuoso sentimiento de comunidad, y se les notan las ganas de que te sientas bien acogido en su fin del mundo.

El propietario de mi alojamiento, Samarce House, un hostel instalado en una casona a algunas cuadras del centro, no paró de darme consejos sobre su ciudad durante mi estancia, y fue gracias a él que acabé yendo al famoso y entrañable Kiosko Roca: el mejor bar de comida rápida (o ‘picada’) del Chile. ¿De dónde viene su fama? De la peculiar combinación que ofertan desde 1932: el choripán –sándwich caliente de chorizo untado– acompañado de un batido de plátano. Necesitas probarlo, ¿verdad?

Chorizo untado con mayonesa y batido de plátano. Parece extraño, pero la receta del Kiosko Roca no falla. Imagen del Kiosko Roca.

Si no te convence el trío chorizo-plántano-leche, siempre podrás pasearte por la costanera y acabar en el Mercado Municipal, donde encontrarás la otra especialidad local del fast-food puntaarenense: empanadas de centolla recién sacada de los fiordos patagónicos.

Comerte un par de ellas frente al apacible estrecho de Magallanes, con el viento de escolta y las gaviotas revoloteando, es una de esas estupendas y recurrentes invitaciones a la introspección que la Patagonia, fin del mundo y cruce extremo de caminos, no para de enviarte –y una de las cosas que más disfruté de mis días allí–.

La micrometrópolis del estrecho

El ambiente que se respira en Punta Arenas es el de una ciudad bien singular.

Singular resulta toparse, paseando por su centro, con la Casa España, que acoje hoy a la Sociedad Española de Punta Arenas, la más extrema del planeta. Más exótico resulta todavía que Punta Arenas tenga un Barrio Croata –con su consecuente arquitectura croata, con sus monumentos en lengua croata, incluso con su propio cuartel de bomberos croata y su Coro Croata–. A 13.700 kilómetros de Croacia.

En las fachadas de Punta Arenas es fácil encontrarse con elementos que recuerdan a las comunidades de migrantes que le dieron forma, como la croata, la británica, la española o la italiana.

Son ejemplos de lo peculiar y cosmopolita que es esta ciudad del fin del mundo de 123.000 habitantes, que por su carácter de lugar de paso convertido en hogar ha acabado sintetizando en su trama a una combinación de momentos históricos, edificios e instituciones que la hacen urbanamente autosuficiente, una suerte de micrometrópolis del fin del mundo.

Un elegante teatro municipal, hoteles señoriales –como el Cabo de Hornos o el José Nogueira–, sus propios diarios –como El Pingüino o La Prensa Austral–, un enorme puerto urbano al que llegan cruceros de aquí y allá, la Universidad de Magallanes e incluso una enorme Zona Franca, con 53 hectáreas de comercios libres de impuestos; todo da fe del rol catalizador que ha tenido y tiene Punta Arenas respecto a la Patagonia y al paso del estrecho de Magallanes.

Y respecto a la Antártida. Porque, además, Punta Arenas es sede del Insituto Antártico Chileno, es la base portuaria de 15 países para alcanzar el continente helado y albergará en un futuro cercano al Centro Antártico Internacional –y a sus más de 500 científicos procedentes de una treintena de países–.

Visitar a los pingüinos y dar el salto a la naturaleza patagónica

En mi tercer día en Punta Arenas quise tomar el transbordador que cruza el estrecho de Magallanes y visitar Porvenir, ya en la Tierra del Fuego. No tuve suerte: había elecciones municipales en Chile, y el servicio estaba interrumpido. Pero desde Punta Arenas y en barco también se puede ir a pasear por isla Magdalena, una reserva natural situada a 30 kilómetros de la ciudad que acoge a más de 120.000 pingüinos magallánicos. Y para allí que zarpé.

En temporada alta –de octubre a marzo– y en cualquier agencia turística del centro de Punta Arenas es fácil contratar una excursión hacia la isla, a la que parten cada mañana. Duran medio día y cuestan unos 70.000 pesos chilenos (unos 81 euros).

El faro de isla Magdalena, con la bandera de la región de Magallanes ondeando, entre las colonias de pingüinos.

A mi vuelta a la microcapital chilena del fin del mundo, la tarde da para un último paseo por la costanera y para despedir al sol desde donde empecé a conocer Punta Arenas: el Cerro de la Cruz. Los colores del atardecer son simplemente espectaculares, y la ocasión merece ser acompañada con una cerveza local de la casa Austral, que como su nombre indica, se jacta de ser la más meridional del planeta.

A la mañana siguiente, hay que madrugar: el bus hacia Puerto Natales sale pronto desde el centro de Punta Arenas. Ahora sí, es hora de lanzarse de lleno a explorar la naturaleza patagónica –las Torres del Paine, los glaciares y fiordos chilenos, el Perito Moreno…– y, tras haber entendido por qué esta región del mundo atrajo a tantos pioneros y exploradores en los siglos precendentes, comprender por qué sigue atrayendo y embelesando a tantos viajeros.

¡Carretera y manta!


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Punta Arenas al atardecer, desde el Cerro de la Cruz y con el Cerro Sarmiento al fondo.

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Imagen de portada de Draceane en Wikimedia Commons | Licencia CC-BY-SA 4.0
Todas las imágenes que aparecen en el post son de autoría mía, cuando no se señala lo contrario.


Destacada

Cómo enamorarse de Río de Janeiro en 10 pasos: una guía sensorial

Cuando estuve en Río de Janeiro, la niebla me impidió empecinadamente subir al Cristo Redentor; Maracaná estaba temporalmente cerrado y había una huelga de transporte público. Qué más da: Río siempre será mi ciudad favorita. Y la más hedonista, exuberante, hermosa, seductora y fascinante de cuantas he visto.

No hay una sola razón. Son, precisamente, las tantísimas capas y caras de su universo lo que alucina de Río de Janeiro, esa inmensa urbe selvática y atlántica de casi siete millones de habitantes, ese epicentro cultural diversísimo, esa síntesis sofisticada y gozadora del mundo –y de sus virtudes y nubarrones–. Y fue tanto el deslumbramiento y el placer viajero que causó en mí la Cidade Maravilhosa que lo mínimo que puedo hacer para agradecérselo es tratar de contagiar las ganas de conocerla. Y de quererla.

Río de Janeiro
Parece mentira, pero es verdad. Así se ve Río y su Pan de Azúcar desde las alturas. Foto de Mariano Diaz, licencia libre.

Así que me permito la licencia de robaros unos minutos para llevaros hasta Río de Janeiro con este collage viajero de retazos callejeros, sensoriales, y hedonistas que no buscan sino enamoraros de la capital carioca.

1 | Aterrizar en Río: un regalo de bienvenida incomparable

Son las 11 del mediodía y, tras cuatro horas de vuelo desde Santiago de Chile, el avión empieza a descender suavemente mientras el rabioso y húmedo verde del interior del sur de Brasil se viste de urbano. Y, de repente, aparece el Atlántico; el avión se ladea ligeramente y ¡zas!, primer flechazo carioca: abajo se suceden, uno tras otro y en miniatura, la increíble retahíla de morros y colinas que, superpuestos, conforman el apabullante skyline natural de Río de Janeiro.

Si vas a Río de Janeiro, asegúrate de ir del lado de la ventana en el avión.

¿Puede haber mejor regalo de bienvenida que esa estampa? ¿Puede haber un aterrizaje más bonito en todo el planeta que el carioca? ¿Puede haber una ciudad más privilegiadamente ubicada que esta? Para mí, es un ‘no’ triple. De entrada.

El ritual del aterrizaje se completa fugazmente, y los morros se resitúan en el horizonte ya plano, esperándonos. Es un presagio: el Pan de Azúcar, el Corcovado, los Dois Irmãos y compañía van a estar ahí durante todo tu periplo en Río, y son el sello inconfundible de que estás aquí y solo aquí.

2 | Una ciudad ganada a la selva

Para un mediterráneo como uno, más bien acostumbrado a la aridez y a la discreción vegetal, Río es un estallido nuclear de verde.

Río de Janeiro - guía
El Jardín Botánico de Río: verde sobre verde. Ondrej Bocek en Unsplash.

La lanzadera que nos llevó del aeropuerto al hotel –en Leblon, en el extremo opuesto de la ciudad– nos lo dejó clarísimo: Río es una ciudad ganada a la selva y –por supuesto– a la geografía escarpada de los morros. Y recortada al océano y a la humedad.

¿El resultado? Un verde urbano omnipresente.

Del verde que rodea al Acueducto Carioca, en el centro, a las palmeras playeras, el verde está por todas partes en Río.

Como el que hay a lo largo de toda la Avenida Atlântica, que resigue Copacabana sembrada de palmeras de hasta 30 metros de altura. O como en el barrio de Urca, con sus callecitas bañadas de vegetación a los pies del Pan de Azúcar. O como en los morros, con su mitad agreste de roca y su otra mitad vestidas por sus faldas de mata atlántica. Y ese olor a tierra mojada tras la tormenta repentina de la tarde.

3 | Maravillosa bruma: de la adversidad, belleza

Totalmente blanca. Así se veía la pantalla del televisor que, desde la estación inferior del tren del Corcovado, te mostraba en directo al Cristo Redentor, en la cumbre. «Podéis subir, si queréis» –nos decía la recepcionista de la taquilla–, «pero no se verá nada: está completamente nublado

Abajo, en la llovizna tropical de la mañana carioca, mi abatimiento fue capital: ¿quién no quiere subir al Cristo Redentor, si va a Río? Lo volvimos a intentar la mañana siguiente. Y adivinad: sí, más blancura en el maldito monitor. Y la misma tónica: «Puede ser que se despeje y salga el sol en unos minutos, o que la bruma dure hasta la tarde.»

Nada que hacer: el verde de Río tiene un precio, y es el clima inestable y húmedo del que nace.

A menudo, las nubes se mezclan con la geografía imposible y peciosa de Río, y es un espectáculo constante. Imágenes de Nico Blhr y Guillermo Giovine, de licencia libre.

Pero Río no es para lamentarse, sino para deleitarse. Y el deleite que da la lluvia carioca –que llega 109 días al año– son las vistas maravillosas que ofrece la bruma enmarañada con el caprichoso relieve de la ciudad y el juego de luces del sol. Así que no llegué a subir al Cristo Redentor, pero disfruté constantemente de un espectáculo tan efímero como democrático –y fotografiable–.

4 | Arquitectura entrañable en la urbe selvática

El 1 de enero de 1502, un grupo de navegantes portugueses ‘descubrió’ la apertura de la bahía de Guanabara, que creyó un río. Años más tarde, los lusos fundaron allí Río de Janeiro, que en 1763 se convirtió en capital de su colonia sudamericana. En 1808, cuando Napoleón invadió Portugal, Río se convirtió en residencia de la familia real portuguesa, que escapó a Brasil y la convirtió, de facto, en capital de Portugal hasta 1822. Ese año marcó la independencia brasileña, y hasta que se inauguró Brasilia en 1960, Río ejerció como capital nacional. Todo ello le imprimió el poder económico y cultural que hoy conserva.

De la estación del tren del Corcovado a los edificios del centro, la arquitectura colonial y de inspiración europea está por todos lados en Río.

Hija de todos aquellos días dorados decimonónicos, en que la caña de azúcar no paraba de dar ingresos y Río se desarrollaba como gran urbe, es la arquitectura más entrañable de la ciudad, la de raíz colonial.

Río de Janeiro - Una guía hedonista
El Largo del Boticário fue residencia del farmacéutico que abastecía a la familia real local.

Piérdete por el barrio de Cosme Velho, a los pies del Corcovado –te deje el clima subir al Cristo o no– y transpórtate de pleno al siglo XIX carioca. Por ejemplo, perdiéndote por su síntesis perfecta, envuelta en una vegetación abrumadora: el Largo do Boticário, la placita que antaño fue el hogar del farmacéutico que producía las medicinas y ungüentos para la familia real de Brasil.

5 | Tranvías, escaleras, feijoadas y nostalgia

Capítulo especial en el recorrido hedonista por el Río neocolonial merece el barrio de Santa Teresa. En el XIX casa de la burguesía de la capital colonial y hoy reducto de la bohemia local, es un laberinto colorido de curvas, cuestas, palacetes y miradores increíbles adornado por la –obviamente– omnipresente e indomable vegetación carioca.

El bondinho de Santa Teresa, tan entrañable como práctico para llegar a las alturas del barrio. Imágenes de Ptérodactyl Ivo (CC-BY-2.0) y de Henrique Freire/Governo do Rio de Janeiro (CC-BY-SA-3.0).

Te sonará y encantará por una escalera y un tranvía: la Escadaria Selarón –un serpenteante y escalonado callejón decorado durante décadas por el ceramista chileno Jorge Selarón, que la llenó de azulejos de colores–, y el bondinho de Santa Teresa –un tren de rieles amarillo que te subirá desde el acueducto Carioca, en el centro de la ciudad, a las alturas del barrio que nos ocupa ahora, regalándote vistas increíbles de Río por el camino–.

La Escadaria Selarón fue forrada de azulejos por el ceramista chileno Jorge Selarón (retratado en la fachada de la segunda foto). Y son también una gran manera de trepar al barrio de Santa Teresa.

La nostalgia del refinamiento tropical del Río de Janeiro de antes es más evidente aquí que en ningún otro punto de la ciudad. Verás que hoy Santa Teresa es un barrio ocupado por una realidad más popular que le da color y lo mantiene vivísimo en su tranquilidad selvática. Y si te autorregalas una feijoada y una cerveza bien fría en el Bar do Mineiro –a pesar de la cola– o reservas una mesa en el exótico y apartado Aprazível completarás tu paseo por Santa Teresa con una experiencia tan celestial como nutritiva.

El Bar do Mineiro es tan carioca como idóneo para reponer fuerzas en Santa Teresa.

6 | Tocar el cielo en el Pan de Azúcar (y en el bar con las mejores vistas del mundo)

En Europa hablamos de los parques de nuestras ciudades refiriéndonos a ellos como ‘pulmones urbanos’. En Río es básicamente al revés: se trata de una ciudad hecha sobre un pulmón inmenso y, además, bañado por el Atlántico. Para entenderlo de un vistazo solo hay que mirar hacia arriba y dejarse llevar –teleférico mediante– hasta el icónico Pan de Azúcar.

Entre palmeras, titís y quioscos donde comprar pão de queijo verás –de nuevo, bendita suerte de ciudad– las mejores vistas de Río de Janeiro, que se encaraman hasta los 396 metros.

La bahía de Botafogo a un lado, el Cristo Redentor en frente, el Atlántico detrás, Copacabana e Ipanema expandiéndose del otro extremo… Para los amantes de la cartografía urbana en directo –como uno–, el Pan de Azúcar es el paraíso en la tierra. Y para los que, además, aman el buen beber –también como uno–, hay aún otra sopresa: el Clássico Beach Club Urca es el bar con las mejores vistas del mundo, y está allí mismo. Que aproveche.

Río de Janeiro
Aquí andaba yo, asomado a las mejores vistas de Río.

7 | Pedra portuguesa para dejarse llevar hacia el mar

De nuevo a nivel de mar y bajo nuestros pies aparece otra de las sutiles maravillas cariocas: los empedrados que decoran sus aceras.

En Brasil le llaman pedra portuguesa, y pese a que en Río está por infinidad de rincones -concretamente en 1.200 millones de metros cuadrados–, las áreas que le han dado más celebridad son las avenidas que resiguen las playas de la ciudad.

Los empedrados de Copacabana y de Ipanema son de la misma familia, pero con su idiosincrasia propia.

Y sí: los empedrados playeros de Río son una inmensa y elegante pasarela por donde desfilar, curiosear y disfrutar de la cotidianidad urbana con la brisa marina de compañera. La Avenida Atlântica, a lo largo de Copacabana, la Avenida Vieira Souto, junto a Ipanema, o la Delfim Moreira, a lo largo de Leblon, te dan 12 kilómetros continuos y casi 2 horas y media –a pie– de oportunidades para comprobarlo.

8 | El hedonismo y la diversidad hechos ciudad: alegrías sensoriales a la carta

El trío de playas cariocas por antonomasia es también una muestra fiel del mosaico diversísimo que es Río de Janeiro.

Desde que los tupíes, hacia el año 1000 y llegando desde el interior de la Amazonía, se establecieron en la actual Río, el lugar no hizo más que recibir a gentes de todo el planeta: colonos portugueses; africanos arrancados de su tierra por la inmundicia del esclavismo; italianos, alemanes, españoles, polacos, lituanos, ucranianos y judíos que huían de la pobreza y la guerra europeas de principios del siglo XX; sirios, libaneses y japoneses que cruzaron Oriente hasta Brasil… Todo ese abanico de colores, tradiciones y mezclas es lo que Río tiene y ofrece hoy.

Al fin y al cabo, Brasil nació y creció como nación cosmopolita y receptora nata de inmigración, y de todo ello se deriva la variedad de maneras de disfrutar que se cultivan en la capital carioca.

Río de Janeiro
La selección brasileña de fútbol jugó su primer partido en Río de Janeiro. El partido enfrentó a Brasil y el Exeter City inglés en el terreno que hoy ocupa el Estádio das Laranjeiras, sede del Fluminense, en 1914. Imagen de Dominio público.

¿Música y fiesta? De la bossa a la samba –pasando por el funk local–, Lapa es el barrio para ir a darlo todo. Caipirinhas no faltarán.

¿Fútbol? Por todas partes y a todas horas: Maracaná es la catedral máxima del balompié brasileño, la religión de la pelota se huele y ve por todos los rincones y Fluminense, Flamengo, Vasco da Gama y Botafogo se reparten las mayores parroquias de hinchas locales.

¿Ver y dejarse ver? Hay que volver a las playas cariocas y a sus aceras: la población local rinde un culto al cuerpo tan evidente como natural –dado el clima que la acoge– y, sociológicamente, es un espectáculo asomarse a la ventana marina de la ciudad.

9 | Bossa nova: el viaje sigue

Río es, también, sonido. Faltaría más.

Para mí y ante todo, Río es bossa nova. Esa bossa nova que se cultivó como una rosa musical en la zona sur del Río efervescente de finales de los 50, cuando cantantes y compositores tenían en la ciudad carioca un escenario ideal para crear y dejarse escuchar. Y mezclar y conectar al jazz y a las raíces tropicales de la samba.

Río de Janeiro - playas
La bossa nova floreció en la zona sur de Río de Janeiro, en esta foto vista desde la pedra da Gávea. Imagen de Mike Swigunski, de dominio público.

Esa bossa nova, esas canciones eternas de Vinícius de Moraes, de Gilberto Gil, de Tom Jobim, de Gal Costa, de Caetano Veloso, que te dan la oportunidad de continuar viajando por Río aún cuando todo queda lejos en el tiempo y el espacio.

No: en línea con mi serie de desencuentros con los hitos turísticos cariocas tampoco estuve en el bar Garota de Ipanema. Pero, por suerte, hoy, escuchar bossa nova y emocionarse con ella está al alcance de un clic. Y aunque en él hay canciones incluso compuestas en Londres, si quiero evadirme a Río mentalmente me quedo con Dois Amigos, Um Século de Música, de Caetano Veloso y Gilberto Gil, en directo. Y a volar.

10 | Epílogo práctico para dubitativos: no te preocupes más y ve –cuando puedas– a Río

En una de las playas cariocas, la de Leblon, acabó mi periplo por Río, sesteando al amanecer tras una noche de juerga por Lapa, como corresponde.

Precisamente mientras caminaba por otra playa –la de Copacabana–, un par de días antes, mi cartera cayó, desde mi bolsillo, al magnífico empedrado carioca. Una local se me acercó por detrás y me la devolvió con una sonrisa, habiéndome yo ni siquiera enterado de que mi monedero andaba por los suelos de Río. Esta sencilla anécdota sintetiza el nivel de inseguridad que percibí en Río: cero.

Creo que debería ser innecesario abordar este tipo de sensaciones térmicas, pero ante la gran cantidad de gente que me sale con un temeroso, desconocido y exagerado “¿Y es seguro, ir a Brasil?” cuando les hablo de mi amor por Río, he de reivindicarlo y explicitarlo: sí.

Si te quedaba alguna duda, despéjala: cuando puedas, ve a Río. Yo me quedé sin Maracaná, sin Cristo Redentor, sin Garota de Ipanema, sin ver el genial Museo de Arte Contemporáneo de Niterói –de Niemeyer– y, por supuesto, sin vivir el Carnaval. Y aunque no fuera así y ya lo hubiese disfrutado todo in situ, volvería mil veces a Río.

Así que, si te he convencido –¿quién sabe?–, quizás nos crucemos alguna vez por la Cidade Maravilhosa.

Ay, el skyline natural de Río… Imagen de Willian Justen de Vasconcellos,licencia libre.

🇧🇷🌄🚠 Si el hedonismo tiene una capital mundial, no hay dudas: es #RíodeJaneiro. Y aquí va una guía concebida no para conocer la Cidade Maravilhosa, sino para enamorarse de ella. | vía @singularia_blog


🇧🇷🌄🚠 Los rincones de esta guía sensorial y hedonista 👇
📍 Para informarte más sobre Río de Janeiro, visita la web oficial de turismo local (en español) aquí.

Este post va dedicado a mi amiga Natalia, sin la cual mi viaje a Río no habría sido ni una milésima parte de lo maravilloso que fue.
Todas las imágenes son mías, salvo cuando indico lo contrario.


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Destacada

8 razones por las que la Fundació Miró es un viaje en sí misma

Entre tantas otras cosas, la pandemia nos ha cortado las alas viajeras. Pero no la posibilidad de perdernos por nuestra ciudad, su cotidianidad, sus personajes y sus rincones escondidos. Ni la de visitar museos.

¿Y se puede viajar, visitando un museo?

Por supuesto.

Más aún si se trata de uno que ofrece tanto como la Fundació Joan Miró: una extensa obra –217 pinturas, 178 esculturas, 9 textiles, 4 cerámicas, más de 8.000 dibujos y casi toda la obra gráfica del artista catalán–, un recorrido por todos esos lugares y momentos a los que Miró nos transporta y un edificio tan singular como genial.

Así que, aprovechando la suerte de vivir en Barcelona y el fantástico Pasaporte ArticketBCN –los seis mejores museos de arte de Barcelona en un solo ticket–, me propuse lanzarme a viajar con y desde la Fundació Joan Miró, en plena montaña de Montjuïc.

Y aquí va una síntesis curiosa de lo que se puede experimentar y aprender en este edificio-viaje y algunas razones para animarte a conocerlo.

1 | Un edificio exclusivamente diseñado y concebido para alojar la obra de Miró

El edificio de la Fundació Miró, obra de Josep Lluís Sert.
Terecera imagen: Fundació Joan Miró.

Mayoritariamente, uno va a la Fundació Joan Miró por el contenido. Pero el edificio que la aloja es tan notable que valdría la pena conocerlo aunque estuviese vacío.

Abierto al público en 1975, es obra del arquitecto Josep Lluís Sert y un continente exclusivamente diseñado para dar cobijo a la obra de Miró. La amistad que ambos mantenían desde hacía décadas –Sert ya le había diseñado a Miró su taller en Mallorca en 1956– hizo que la creación de la sede de la Fundació Miró se basara en un diálogo creativo entre ambos orientado a acompañar y reflejar lo que inspiró a la obra de Miró y todo lo que pretendía plasmar.

2 | Una invitación a pasear por las raíces del Mediterráneo

¿Acaso hay algo más mediterráneo que un patio y un olivo?

Y lo que fundamenta tanto al continente como al contenido mironianos no es sino la cultura, el paisaje, la tradición, los símbolos y el universo mitológico del Mediterráneo.

Así que el edificio de Sert para el legado de Miró es un homenaje a ese crisol de culturas fascinante del antiguo Mare Nostrum: paredes y superficies blancas, mucha luz, horizontes siempre visibles, espacios cálidos y suaves.

Y muchos árboles de la cuenca mediterránea –cipreses, olivos, algarrobos– en los varios patios que articulan el espacio. Entre ellos, el notable Patio del Olivo, que nos da la bienvenida al museo y nos deja ver tanto la vegetación de la montaña de Montjuïc –que lo rodea– como la ciudad de Barcelona, abajo.

Es la llamada de la tierra. La siento desde que tenía dos o tres años y me mandaban [a Mallorca] a pasar las Navidades con mis abuelos Josefa y Joan Ferrá. El Mediterráneo. Yo no podría vivir en un país desde el que no se viera el mar. Quiero decir el mar Mediterráneo.

Joan Miró

3 | Un pasaporte pictórico a la ruralidad tarraconense

Siurana, el Poble (1917), Prades, un carrer (1917) y Mont-roig, la iglesia y el pueblo (1919).

Porque el paisaje Mediterráneo siempre fue la inspiración elemental de Miró. La casa familiar en Mont-roig del Camp, al sur de Tarragona, le permitió tejer en su juventud una relación muy estrecha con la tierra, los objetos cotidianos y la naturaleza que influyó su obra en todo momento.

Y es en los parajes de la provincia de Tarragona –Siurana, Prades, Mont-roig…– donde Miró nos inicia en el recorrido por su obra en la Fundació. Un período figurativo en el que retrata el paisaje ondulado y suave del Mediterráneo que tanto amaba –sus olas, sus iglesias, sus cultivos, sus casas, sus árboles– y que tan feliz lo hizo siempre.

Soy mucho más feliz bebiendo de un porrón entre los payeses de Mont-roig que entre duquesas en París.

Joan Miró

4 | Una ventana al París de las vanguardias y a la Europa de las guerras y las postguerras

Hombre y mujer frente a un montón de excrementos (1935) y La esperanza del condenado a muerte III (1974).

Pero, pese a su no-tanta-felicidad entre duquesas parisinas, hoy –muy probablemente– no tendríamos a Miró sin París.

1920 es la fecha de su primer viaje a la capital de Francia, momento que marca un punto de inflexión en su vida. Allí conecta con escritores, pintores y escultores en pleno flirteo vanguardista –de Picasso a André Breton, de Paul Éluard a Raymond Queneau– y abre su universo creativo.

Las guerras y posguerras que asolan Europa y España en los años posteriores marcan fuertemente su obra. Y por todo ello transita la exposición permanente de la Fundació Joan Miró: desde el presagio nefasto de la Guerra Civil que Miró traza en Hombre y mujer frente a un montón de excrementos (1935) a la trilogía de La esperanza del condenado a muerte previa a la ejecución de Salvador Puig Antich a manos del franquismo.

5 | Una fuente… de mercurio

Alexander Calder diseñó la fuente de mercurio que aloja la Fundació Joan Miró.

Precisamente en plena Guerra Civil fue diseñado el objeto más curioso de toda la Fundació Miró –y parte de la obra ajena al artista catalán que también aloja el museo– : la fuente de mercurio de Alexander Calder.

Una estructura que fue especialmente concebida para ser expuesta el Pabellón de la República Española de la Expo de París de 1937 –al lado del Guernica de Picasso– y de donde brotaba mercurio de las minas de Almadén, en Ciudad Real.

¿Y sigue arrojando mercurio, hoy, la fuente de Calder? Pues sí. Pero no hay que asustarse: está dentro de una urna hermética para que los vapores contaminantes no envenenen al visitante.

6 | De las mejores vistas de Barcelona (y con un marco escultórico)

Estudio para un monumento ofrecido a la ciudad de Barcelona (Luna, sol y una estrella), de 1968, da la bienvenida a unas de las mejores vistas de la ciudad.

Entre cuadros, fuentes y esculturas salimos del edificio a medio recorrido para entretenernos unas espectaculares vistas de la Barcelona, la ciudad que vio nacer a Miró en 1893. En concreto, vistas soleadas de esa ciudad que mira hacia las montañas, hacia el Tibidabo, y que se extiende hacia las alturas.

¿Son de las mejores vistas de Barcelona? Seguro. Además, vienen con regalo: el del marco que ofrece la escultura de la escena, Estudio para un monumento ofrecido a la ciudad de Barcelona (Luna, sol y una estrella). Un monumento que bebe de otra de las pasiones de Miró: el mundo astrológico-mágico del surrealismo.

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7 | Una terraza para abstraerse entre naturaleza, arte, ciudad y luz

Mujer y pájaro y Muchacha evadiéndose (ambas de 1967).

La mañana no deja ver las estrellas, pero sí el azul intenso del cielo mediterráneo que a Miró tanto inspiraba. Y si el edificio de la Fundació Miró es genial e interesantísimo por fuera y por dentro, también lo es por arriba, desde su terraza.

Miró y Sert quisieron que por la azotea de la Fundació se pudiera pasear y apreciar lo que la envuelve –la trama urbana de Barcelona y la naturaleza de Montjuïc–, así como admirar los patios que la conforman. Y Miró también quiso que una serie de esculturas –de 1967– coronaran su Fundació y la custodiaran, entrelazándose con el paisaje, el visitante, la luz mediterránea y el propio edificio.

8 | Y dos tiendas para llevarse a Miró (y a varios más) a casa

Las tiendas de la Fundació Joan Miró dan para perderse horas y horas.

El Covid-19 no deja que nos detengamos a tomarnos una cervecita al sol en el patio central que aloja al bar de la Fundació Miró, que a esta fecha está cerrado –lo cual, dicho sea de paso, habría sido un colofón perfecto a este viaje exprés mironiano–.

El cierre a la visita lo ponen las dos estupendas tiendas del museo: una dedicada a la venta de libros y obra gráfica de Miró –y de otros artistas catalanes y foráneos– y otra enfocada en objetos de decoración. Dan ganas de llevárselo todo, y ambas invitan tanto a la abstracción y a la exploración que podríamos pasar horas en ellas.

Pero hay que dejarle algo a los siguientes. Por suerte, para seguir viajando con Miró, siempre nos quedará la versión online de su Fundació. Y, para ampliar horizontes, nada mejor que continuar perdiéndose por Barcelona… y disfrutando de toda su #CulturaSegura.

🔴🖌️ Un paseo por el #Mediterráneo, la mejor vista de #Barcelona, un genial edificio y hasta una fuente de mercurio: todo eso –y mucho más– nos enseña Miró en ‘su’ @fundaciomiro | via @singularia_blog

✏️ ¿Ganas de leer más sobre Barcelona? Haz clic aquí.
🛂 Y, si quieres visitar más museos en la Ciutat Comtal, échale un vistazo a ArticketBCN, un pasaporte a los seis museos de arte más destacados de Barcelona

🗺️📍🎨 Fundació Joan Miró | Parc de Montjuïc S/N, 08038 Barcelona 👇

Todas las imágenes son propias (excepto cuando se indica lo contrario).


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Destacada

Un mundo en sí misma: así es la plaza más colorida de Europa

En la plaza del Mercado Viejo de Poznan –la tercera en tamaño de Polonia— hay una ciudad entera en su interior, fachadas de centenares de colores y mucha, mucha historia.

Llegué a Poznan un viernes de agosto de 2012, tras tres horas recorriendo autopistas recién inauguradas a bordo de un autobús polaco también novísimo. Venía de Berlín, donde estaba estudiando alemán durante aquel verano, y se notaba que, a Polonia, entrar en la Unión Europea le había supuesto un lavado de cara estupendo.

Y eso, a Poznan, solo le podía sentar bien. Porque las ciudades polacas –en realidad, como todas las centroeuropeas– tienen las espaldas atiborradas de medievo, de historia, y de un patrimonio arquitectónico notabilísimo al que hace falta muy poco para llamar la atención.

La plaza del Mercado Viejo de Poznan es un de las más coloridas de Europa –si no la que más–.
Imágenes de A. Savin y de SuperGlob, bajo licencia CC-BY-SA 3.0.

Así me lo corroboró mi acercamiento a la quinta mayor urbe de Polonia, que comenzó por donde late, empieza y acaba la vida de cualquier ciudad: su plaza mayor. Y pese a que mi conocimiento previo sobre Poznan era escaso –o quizás por esa misma razón–, la Stary Rynek, ‘la plaza del Mercado Viejo’, rompió mis esquemas por dos motivos: la inmensa cantidad de elementos y edificios que contiene –sí, dentro– y la infinita y genial paleta cromática que le da vida.

Una ciudad dentro de una plaza

A simple vista, ya la plaza del Mercado Viejo de Poznan es peculiar. No por su forma, que es un cuadrado enorme, de unos 140 metros de lado, sino porque dentro de su perímetro –como si fuera una isla rodeada de fachadas que la observan– hay una manzana de edificios y callejuelas rodeada de una infinidad de elementos variopintos.

Por un lado, está el Ayuntamiento renacentista de la ciudad –que, por cierto, parece una especie de preciosa tarta de cumpleaños cúbica–, del año 1570. Contrapuesta a él se erige la Galería Muncipal de Arte Arsenal –una mezcla de arquitectura racionalista y neoclásica–. No falta, entre ambos, el Museo Regional Militar de la Gran Polonia. Y también ocupa una porción de la plaza la antigua Casa de Pesaje, donde los comerciantes de la ciudad acudían a pesar sus mercancías.

¿Verdad que el Ayuntamiento de Poznan parece una tarta de cumpleaños cúbica?

Entre todos esos edificios serpentean callejones con bares y terrazas donde perderse dentro de la propia plaza. Y, al salir de ellos, sigue la retahiíla de elementos destacables que dan contenido al lugar: cuatro fuentes –una en cada esquina de la plaza– dedicadas a Proserpina, Marte, Apolo y Neptuno; una picota donde antiguamente se ejecutaba a los reos, y hasta un monumento a los immigrantes que, durante el siglo XVIII, llegaron a Poznan desde Bamberg, en Alemania.

Y aunque no es raro en Polonia y en Centroeuropa que las plazas alojen edificios en su interior –sucede en Cracovia, en Pilsen o en Breslavia, por ejemplo– es tanta la profusión de elementos que hay en la de Poznan –la tercera plaza más grande de Polonia, por cierto– que hasta una maqueta sita en el lugar lo destaca y lo deja ver.

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Gremios, guerras, arenques… y muchos colores

Si algo más no falta en la plaza del Mercado Viejo de Poznan –tanto en su perímetro como en su isla interior– son fachadas bonitas y de todos los colores imaginables. Fachadas cuyo esplendor deriva del auge comercial de la ciudad en el medievo, y que llevó a la burguesía del lugar a competir por destacar –y, de paso, llevarse hoy las miradas del transeúnte–.

Colores, fríos y cálidos, por todos los rincones de la plaza del Mercado Viejo de Poznan.

Amarillo pálido, terracota, granate, pistacho, malva, celeste, ocre, marfil, naranja, caqui… Podríamos dedicar párrafos a mencionar los colores con que uno se topa al darle una vuelta a la Stary Rynek. Y aunque Europa está llena de plazas coloridas, en pocas existe una variedad y un contraste tan notorios de tonos cálidos y fríos como en el Mercado Viejo de Poznan.

Colores que, tras la desolación que dejó en Polonia la Segunda Guerra Mundial, fueron redefinidos cuando, en los años 50, se reconstruyó casi toda la plaza. Y, de entre los edificios que resurgieron tras el horror bélico, destacan 15 casitas de colores que son la estrellas indiscutibles del Mercado Viejo de Poznan: las Casas de los Pescadores –o de los Mercaderes–.

Las fachadas de las Casas de los Pescadores dan para escudriñarlas y disfrutarlas durante horas. No existieron hasta el siglo XVI, cuando sustituyeron a los puestos de madera en los que se vendían desde arenques –de ahí su nombre– hasta velas, antorchas o cuero. Cuando fueron construidas, cada uno de los propietarios las decoraron con los colores y símbolos de sus familias y gremios –como el de los escribanos o el de los comerciantes–, lo que permitía a los compradores identificar lo que se vendía en sus soportales.

Las fachadas de las Casas de los Pescadores dan para mirarlas por horas.

Pierogi (las famosas empanadillas polacas), cerveza, pinturas, postales… Hoy, la oferta de productos que se vende en los zagauanes de las casas de los Pescadores se ha transformado tanto como lo ha hecho el mundo desde la Edad Media. No obstante, qué suerte –¡y que dure!– que la plaza del Mercado Viejo de Poznan continúe siendo tan cautivadora y estando tan repleta de curiosidades como entonces. ¿Verdad?

🎨🇵🇱 En la plaza del Mercado Viejo de #Poznan —la tercera más grande de #Polonia— hay una ciudad entera en su interior, fachadas de centenares de colores y mucha, mucha #historia | @singularia_blog


🗺️📍🇵🇱 La plaza del Mercado Viejo de Poznan, Polonia 👇
📍 Mucha más información sobre Poznan y su plaza mayor en su página de turismo oficial. Y, sobre Polonia, en la web de su agencia nacional de turismo.

Imágenes propias y de dominio público (cuando no se indica lo contrario).

Este post va dedicado a Matylda y Alberto, guías estupendos de aquellos días por Poznan.


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4 rincones bohemios (y un día) para respirar la serra de Tramuntana

Las construcciones mentales son poderosas. Desde pequeño me atrajo la idea de que en las cumbres de Mallorcauna isla– nevase. Y, desde siempre, asocié mi atracción por la mayor de las Baleares a su paisaje más abrupto, salvaje, escondido y remoto –y eventualmente nevado–: la serra de Tramuntana.

Hace unas semanas tuve la suerte de acabar en Mallorca de modo fortuito e inesperado. Para mi 30 cumpleaños me regalaron una escapada sorpresa fenomenalmente acompañada que acabó por llevarme a Palma. Y, ya en la isla, tras la ferviente celebración del viernes noche y ante la privilegiada necesiad de decidir cómo emplear aquel sábado balear, la poderosa idea mental que me rondaba desde la infancia se impuso: nos fuimos de ruta por la serra de Tramuntana.

Y las montañas mallorquinas no defraudaron; al contrario. Más allá de la belleza evidente de su paisaje y de sus rincones, algo llama poderosamente la atención al acercarse a ellas: conocer que atraen, desde hace décadas y décadas, a la bohemia de todo el planeta.

Darse un paseo tranquilo y soleado por estos cuatro lugares puede ayudar a entender –y a respirar– por qué.

11.00 | Valldemossa o una puerta de entrada a la serra de Tramunana

Tras las tormentas de la víspera, la mañana amanece despejada y con un cielo que brilla azul y nítido en la luz de octubre, calidísimamente suave. Nos subimos a los coches y empezamos a recorrer un tercio norte de la isla lleno de campos ondulados, possessions, olivos, algarrobos y almendros. Postales del mediterráneo rural, sosegado y tranquilo, con el abrupto y pétreo paisaje de la Serra de Tramuntana de fondo, que se acerca cada vez más.

Valldemossa - Serra de Tramuntana
El skyline de Valldemossa es espectacular, lo mires por donde lo mires. Imagen de David Vives David Vives en Unsplash.

Empiezan las curvas –vendrán varios centenares de ellas–, y el camino inicia un estrechamiento progresivo. A ambos lados de la carretera se empieza a ver algo tan característico de la Serra de Tramuntana como la ensaimada lo es a Mallorca: una sucesión perfectamente escalonada de cultivos delimitados por las ancestrales terrazas que, gracias a la pedra en sec y al sistema de aljibes y canales que riega los valles, han alimentado a tantas generaciones de mallorquines y mallorquinas.

Tras aguantarle el pulso a los ciclistas, se aparece ante nosotros la silueta perfecta de las torres y los tejados que conforman el skyline prominente de Valldemossa. No soy muy de aplaudir a esos ránquings absolutistas que dicen que se trata de uno de los pueblos más bonitos de España, pero es probable que tengan algo de razón.

Darse un paseo por Valldemossa es entender, de golpe, por qué tantos escritores, pintores y músicos han elegido este lugar para aislarse y crear. Casas de piedra, calles adoquinadas, ventanas protegidas por porticones verdes, macetas de flores, cartelería de cerámica y olivos y cipreses –muchos- dan forma un ecosistema urbano tan caminable como resguardado por las montañas, que lo encierran y protegen. Y lo separan del mundanal ruido.

La caminata por Valldemossa nos da para rodear su Cartoixa –con su torre forrada de cerámica esmeralda–, recorrer sus jardines y placitas, descubrir que en su minúsculo nomenclator puede caber una calle del Uruguay, comprobar la pendiente de sus callejones y acabar autohomenjeándonos con una degustación de ensaimadas, cocas de patata y otras delicias locales en la terraza del Forn Ca’n Molinas, el más concurrido –y por consiguiente, fiable– del lugar.

Inspirarse en la Serra de Tramuntana (I)

La pareja que conformaban la escritora francesa George Sand y el músico polaco Frédéric Chopin pasaron una época en la Cartoixa de Valldemossa en 1838, donde ella escribió Un invierno en Mallorca y él acabó su serie de los 24 Preludios y la Balada número 2.

Dicen, también, que Gaspar Melchor de Jovellanos, Rubén Darío y Santiago Rusiñol eligieron este rincón de la isla para aislarse y crear. Y que Michael Douglas tiene una casa por estos lares.

12.30 | Las vistas difícilmente mejorables de Son Marroig y Sa Foradada

De vuelta al coche retomamos el camino serpenteante entre verde y montañas –a cuál más vertical y pedregosa–. Nos queda claro que no se trata de un recorrido especialmente recomendado para personas con propensión al mareo o con malestar estomacal, pero sí para amantes de la esencia mediterránea más pura: curva tras curva aparece el mar, bajo los acantilados, azulísimo.

El mirador de Son Marroig, con su vista difícilmente mejorable. Foto por Johannes W en Pexels.com

En tal escenario tampoco parece casual que, además de escritores y músicos, aristócratas de toda Europa lleven siglos revoloteando por la serra de Tramuntana. Fue el caso del avispado y bohemio Archiduque Luis Salvador de Austria –quien, en realidad, también escribía–, que en 1870 compró la possessió de Son Marroig –el terreno con la mejor vista de Mallorca, básicamente– y se instaló en ella para ver, cada día, el atardecer más privilegiado del lugar.

A los pocos minutos nos desviamos y aparcamos en el estacionamiento de Son Marroig y, al cabo de pocos segundos a pie, nos topamos con el mirador de Sa Foradada. Bajo nuestros pies, a algún centenar de metros de distancia, todos los tonos de azul posibles. Y una península estrecha y caprichosa que dibuja una enorme roca que, en uno de sus extremos, está agujereada. Es el gran forat por el que, según dicen, se cuela la mejor puesta del sol de la isla.

Y por el que también se cuela el misterioso rayo verde que sucede al momento en que el mar se traga al sol. Ese rayo que describió en Le rayon vert un Julio Verne al que su tocayo Cortázar –sí, siempre lo persigo– respondió unos años después tras presenciar en Son Marroig tal fenómeno lumínico.

Inspirarse en la Serra de Tramuntana (II)

Ayer, desde el mirador del Archiduque Luis Salvador, miré una vez más hundirse el sol en el mar.
[…] Y entonces surgió el rayo verde, no era un rayo sino un fulgor, una chispa instantánea en un punto como de fusión alquímica, de solución heracliteana de elementos. Era una chispa intensamente verde, era un rayo verde aunque no fuera un rayo, era el rayo verde, era Julio Verne murmurándome al oído:
¿Lo viste al fin, gran tonto?

Papeles inesperados, Julio Cortázar

La luz y la tranquilidad –esta última seguramente derivada de la pandemia infame que nos atosiga– invitan a quedarse por varias horas en el lugar, pero el tiempo apremia. Retomamos la ruta y nos dirigimos hacia Deià.

14.00 | Deià: piedra, olivos, mar y jazz frente a la chimenea

Pese a lo intimidantes que puedan parecer, las montañas mallorquinas son amables. Se insertan en un paisaje agreste pero reposado, modelado a lo largo de los siglos por la simbiosis perfecta y respetuosa entre actividad humana y medio, entre mar y sierra, entre culturas e identidades –todas las que fueron pasando por el lugar– y adaptación. Por ello la Serra de Tramuntana fue declarada como Paisaje Cultural del Patrimonio Mundial por la Unesco en 2011.

Las casas de piedra parecen en Deià colocadas estratégicamente para quedar bien.

Quizás la poderosa simbiosis entre cultura, tradiciones, paisaje y orografía que es la Serra de Tramuntana se hace más presente en Deià que en ningún otro punto. Deià es de esos lugares en los que, si no eres quien conduce –como fue mi caso–, la dificultad de conseguir un lugar para aparcar no es un inconveniente.

De nuevo las casas de piedra parecen en Deià colocadas estratégicamente para quedar bien. Los accidentados barrancos y terrazas sobre los que se asienta el pueblo –además de complicar la tarea de estacionar un coche– suponen cientos de oportunidades privilegiadas para otear el entorno, repasar con la mirada una trama urbana que se extiende hacia arriba y hacia abajo y pararse a distinguir las palmeras y los olivos que sobresalen, con el mar de telón de fondo.

Con todos esos ingredientes no parece raro que Deià sea, desde hace tiempo, un punto de encuentro de literatos de todo el mundo. En 1929, el poeta inglés Robert Graves escogió Deià como residencia para superar el trauma que le suposo la Primera Guerra Mundial, en una casa –Ca n’Alluny– que hoy se puede visitar como museo.

Más adelante, la escritora nicaragüense-salvadoreña Claribel Alegría y su marido, el también escritor Darwin J. Flakoll, se convirtieron en deianencs de adopción, y hasta su casa acudió por varias veces el propio Cortázar, junto con quien –según cuenta Alegría en su libro Mágica tribu– la pareja pasó varias veladas hipnotizándose con el jazz de Thelonius Monk, Betty Smith o Miles Davis frente a la chimenea. Eso es vida, ¿eh?

Inspirarse en la Serra de Tramuntana (III)

De toda Mallorca escogí Deià, pequeño pueblo de pescadores y productores de aceite en la montañosa costa Noroeste de la isla —el resto del territorio es principalmente llano y ondulado—, porque encontré el escenario que deseaba para mi trabajo como escritor: sol, mar, montañas, frescos arroyos, árboles de sombra, nada de política y algunos lujos de la civilización.

Por qué vivo en Mallorca, Robert Graves

Nuestro paso por Deià nos da para almorzar al sol de la tarde incipiente, y la sobremesa se alarga. Si, como el cronopio de Cortázar, queremos ver el rayo verde mallorquín, toca moverse.

18.00 | El far des Cap Gros: sin rayo verde, pero con todo el mar

¿Dónde acaban los días de paseo, en una isla? Claro: en un faro y frente a un atardecer.

El atardecer en el Port de Sóller, desde el far des Cap Gros.

Con esa premisa y tras varios kilómetros más de curvas que abren y cierran el paisaje sin parar llegamos al Port de Sóller, que se aloja en una bahía natural, mansa y apacible, encerrada por las prominencias de la Serra de Tramuntana.

Desde allí, por el camí des Far, subimos serpenteando por pendientes semiimposibles hasta el far des Cap Gros, desde el que se ve tanto el Port de Sóller desde el que venimos –con las montañas de fondo– como el mar Mediterráneo, abierto, debajo, frente a nosotros.

Gracias a una pequeña caminata desde el faro de apenas cinco minutos nos refugiamos en un bosque bajo –cabras incluidas– que nos hace encontrar un lugar privado y privilegiado para sentarnos a ver cómo se pone el sol en la mayor de las Baleares. La ceremonia lumínica avanza según las previsiones y, pese a que no somos capaces de distinguir al famoso rayo verde, se nos regalan todos los tonos que cabe presuponerle a una puesta de sol como la que buscábamos. Y la brisa salada y fresca que la acompaña.

Toca deshacer camino, porque anochece –y hay que seguir celebrando el cumpleaños en otro lado–. Quedan ganas de más, pero siempre es bueno que suceda eso; así habrá que volver a la Serra de Tramuntana. ¿Quizás para ver si realmente nieva?


🗺️ La ruta por la serra de Tramuntana bohemia, en este mapa 👇
📍 Mucha más información sobre la Serra de Tramuntana en su página oficial. Y, sobre Mallorca, aquí.

Imágenes propias (cuando no se indica lo contrario).

Este post va dedicado a seis personas fantásticas y especialísimas, compañeras irrepetibles de esta ruta por el norte de Mallorca y de un cumpleaños para la posteridad: Lucho, Eli, Marc, Mónica, Pepe y Vanesa.


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Si Sevilla tiene un color especial, es el amarillo albero

«Desde la azotea de Triana se ve Sevilla, larga tendida, llana, abierta, malva toda y oro, como una mujer rubia, que sueña despierta en su alma, que es su cuerpo»

Juan Ramón Jiménez en su libro ‘Sevilla’

Dos cosas impresionan al sumergirse en el universo Sevilla: esa luz radiante –cegadora, calidísima, envolvente– que lo baña todo y esa armonía arquitectónica y cromática que te apabulla.

La primera es una bendición dada –qué suerte la sevillana–; la segunda, obra de quienes, piedra por piedra y siglo tras siglo, han dado forma a la capital de Andalucía. Combinadas, las dos, hacen de Sevilla esa ciudad tan bella, tan atrapante y tan inacabable para el viajero, el paseador cotidiano o la exploradora puntual.

Y en la fama, el equilibrio y la identidad de Sevilla tiene mucho que decir un color: el amarillo albero.

Si has estado en Sevilla te habrás dado cuenta en el minuto uno. En el arco y la basílica de la Macarena, en el Palacio de las Dueñas, en los edificios que rodean los bares y las tabernas de la Plaza de la Alfalfa, dentro del Alcázar, por las callejuelas de Santa Cruz, en el techo de Santa María la Blanca y hasta en la bandera de la ciudad… ¿en qué rincón de Sevilla no hay amarillo albero?

Pero resulta que este color que deambula entre el naranja, el amarillo y el ocre –y que se obtiene de una roca caliza– no hace más de 90 años que vive en Sevilla. De hecho, se populariza cuando la ciudad se prepara para albergar la Exposición Iberoamericana de 1929 y, para darle mayor brillo y alegría a sus edificios y ponerse (más) guapa, Sevilla empieza a aplicar el amarillo albero a sus fachadas, susituyendo el blanco de la cal y el marrón de la cerámica que hasta entonces mandaban. Así, hasta teñirse del oro y el rubio que, al atardecer, Juan Ramón Jiménez veía desde su azotea de Triana.

Hoy, en cualquier paseo que des por Sevilla, las olas de amarillo albero te van conduciendo más adentro, empujándote a embelesarte y a no querer dejar de escudriñar su laberinto hechicero y hermoso. A fotografiar sin parar. Si entras a un bar, incluso, tienes amarillo albero en el pescaíto frito. Si al salir miras arriba, bajo las Setas de Sevilla, el reflejo del sol te devuelve otra ración de amarillo albero. Y, si te invitan a la Feria, pisarás amarillo albero.

Así que si Sevilla tiene –como dice la canción– un color especial –y solo uno—, yo lo tendría más que claro.


  • En código Pantone, el amarillo albero equivale al 130 C. Y si lo buscas el bajo el código hexadecimal de colores, lo encontrarás indicando #F39F18.
Foto de Eulalia Ramírez Moreda en unsplash.com

🔶 #LugaresColores | Si #Sevilla tiene un color especial, es el amarillo albero | por @singularia_blog

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Destacada

La Val d’Aran hedonista o 5 alegrías pirenaicas para el cuerpo

Si en cualquier punto de Catalunya tiras una piedra a un río, la piedra acabará, más pronto o más tarde, en el Mediterráneo. Bueno, o mejor dicho, en cualquier punto de Catalunya menos en la Val d’Aran, único valle del Pirineo catalán cuyas aguas caen al Atlántico.

Sintetizando, la Val d’Aran está del otro lado. La muralla pétrea del Pirineo la separa del resto de Catalunya y le deja la puerta abierta a la Occitania francesa, con quien comparte bandera, lengua –el aranés– y fisonomía. De hecho, hasta que en 1948 el túnel de Vielha no la conectó con el resto de la provincia de Lleida, la Val d’Aran le dio la espalda, irremediablemente, al país del que –por aquellos azares de la historia– forma parte. Última frontera, vaya.

Hoy, y fruto de aquel aislamiento, la Val d’Aran sigue siendo un territorio singular. Además, el marco en el que está dispuesta es arrebatadoramente precioso. Se come impresionantemente bien. Por si fuera poco, si –como yo– odias el calor húmedo y pegajoso de la gran ciudad en pleno agosto, la Val d’Aran es un chaleco salvavidas. Así que, para las mentes curiosas y los amantes de la buena vida, este rincón del Pirineo está lleno de alegrías para el cuerpo. De esas que reparan.

Y aquí, basadas en la versión y apariencia veraniega del valle, van cinco de ellas.

1. ¿Sabes cuando quieres que el camino no acabe?

Nada más salir del túnel de Vielha, toda la fuerza y el esplendor de la Val d’Aran se abren ante tus ojos como un paraguas enorme: abetos verdísimos cuelgan por las laderas escarpadas de las montañas –altísimas– entre las que, desperdigados, sobresalen los campanarios del valle. Un preludio inmejorable.

Mientras avances en coche por sus carreteras no habrá un solo momento en que no valga la pena estar atento al paisaje, a los pueblecitos colgantes –que parecen pintados en el bosque–, a las nubes que surcan las cumbres.

En la Val d’Aran, querrás que el camino no se acabe.

2. Pizarra, románico, piedra, color: ¿qué más se puede pedir?

Lo mejor de todo es que, cuando el camino te deje en cualquiera de los 33 pueblos de la Val d’Aran, va a seguir valiendo la pena mirar a todas partes. Los hay más grandes –Vielha, la capital– y más pequeños –Arró, Betlan–; más aislados en las alturas –Canejan– y más aposentados en el valle –Bossòst–; más rústicos y auténticos –Bausen– y más glamorosos –Baqueira–… pero siempre con un denominador común: el del románico, la pizarra, la piedra y, dejando de lado un par o tres de hoteles para esquiadores totalmente evitables, la armonía estética.

Tan bien conservados y mimados están los pueblos araneses que, a veces, parece que circules por una especie de parque temático donde no sobra ni falta nada. La suerte del valle es que nada es de cartón piedra: ni las fuentes que traen el agua (más pura imposible) directamente desde las montañas, ni los rincones empedrados, ni los riachuelos serpenteantes, ni los abetos perfectos.

Reales son también las flores que lo adornan y llenan de color todo y por todos lados, a iniciativa de los propios pueblos y los vecinos y negocios. Muchos de ellos forman parte del movimiento Viles florides’, como Arties, Unha o Garòs, donde nos hospedamos el pasado agosto.

Val d'Aran
El corral del Garòs Ostau, lleno de flores.

3. Queso de altura

Precisamente lleno de flores está el Garòs Ostau, un entrañable y pequeño hotel de montaña donde, tratándote como si estuvieras en casa, Alicia –la propietaria– y Eugenia –a los fogones– te despiertan por la mañana con el olor de los cruasanes recién hechos, embutidos made in Aran y los mejores huevos revueltos del valle. Y no se puede empezar un día de mejor un manera.

Porque en la Val d’Aran, como casi siempre cuando andas por la montaña, se come fantásticamente. ¿Qué vaca no va a ser felicísima entre los pastos araneses? ¿Qué oveja no va a dar una leche impresionantemente fresca respirando semejante aire puro? Nada puede salir mal en ese marco privilegiado.

Quesos vendidos por sus artesanos a 1.420 metros de altura. Foto de VisitAran.com.

Un ejemplo de todo ello es la quesería –la ‘hormatgeria’, en aranés– de los hermanos Tarrau, que en pleno pueblo de Bagergue, a 1.420 metros de altitud, producen seis variedades de quesos artesanos hechos con leche cruda de vaca. Atendida por los mismos dueños, la quesería –una de las más altas de los Pirineos*– tiene, en el suelo, unos vidrios a través de los cuales puedes ver cómo maduran las maravillas que fabrican en el sótano, antes de llevártelos a casa como recuerdo, efímero y sabroso, del valle.

4. El silencio como terapia y refugio

El hedonismo gastronómico le pasa factura al cuerpo, pero lo bueno de la Val d’Aran es que lo puedes contrarrestar con otro hedonismo: el deportivo-paisajístico.

En nuestro cuarto día en el valle decidimos recorrer el Circ de Colomèrs, un escarpado paraje situado a más de 2.400 metros y circundado por lagunas de todos los tamaños y colores escondidas entre cumbres.

A media ruta de los siete lagos y ante uno de ellos decidimos hacer un alto en el camino para recuperar el aliento. De repente, ante mí, la siguiente estampa: una vaca, pastando impasible y satisfechísima, en primer plano; la pared vertical y salvaje de la montaña como telón de fondo, y la laguna, de agua impecablemente cristalina, entre ambos elementos.

Val d'Aran, Circ de Colomèrs.
Silencio. Montaña. Todo.

Pero lo que no se ve de la fotografía es lo más reconfortante y valioso de aquel espectáculo: el silencio implacable. Un recordatorio primigenio de lo necesario que es ponerlo todo en pausa, de vez en cuando, para retomar el camino.

5. Aguas a 39ºC con vistas

¿Cuántos millones de años habrán sido necesarios para que se forme este valle? ¿Quién habrá subido hasta el pico de aquella montaña de allí arriba? ¿Por qué las vacaciones tienen que acabarse?

Val d'Aran
Los banhs de Arties, más que perfectos para despedirse del valle.

Son el tipo de preguntas que uno se hace cuando, al caer la tarde, se da un chapuzón en los 39ºC de las termas de Arties, a medio camino entre Arties y Garòs, y queda embelesado ante tanto verde, tanta naturaleza, tanta tranquilidad. Tanta alegría.

Volvamos siempre a la Val d’Aran –y cuidémosla–: nos hace mucho bien.


* El 21 de septiembre, la Unió Excursionista de Mataró –a quien le agradezco mucho la puntualización– me comentó por Twitter que en el Pirineo hay queserías más altas que la de Bagergue. Por ello este artículo ha sido modificado, y por ello tengo millones de ganas de, algún día, hacer una ruta pirenaica de los quesos de altura –y contarla, ¿no?–.

🗻🏡🌲 Para las mentes curiosas y los amantes de la buena vida, la #ValdAran está llena de alegrías para el cuerpo. Y aquí, basadas en la versión veraniega del valle, van cinco de ellas | por @singularia_blog

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El hipnótico palmar virgen que nómadas y aves le regalaron a Uruguay

Para un catalán, la palmera es un árbol exótico que, más allá de paseos marítimos, centros comerciales y resorts de playa, poca vida tiene. Por eso fue tan sorprendente y fascinante descubrir –casi sin saberlo ni esperarlo– que en las profundidades de Uruguay hay un bosque virgen de palmeras salvajes: el palmar de Rocha.

Hay quien dice que, a su paso, los indios nómadas que antaño circulaban por aquellos lares iban dejando caer las semillas de las que nacieron las palmeras, que traían del vecino Brasil. Otros relatan que fueron las aves migrantes, del mismo modo, quienes dieron pie al palmar de Rocha.

El palmar de Rocha
El verde y el azul se entrelazan perdiéndose entre los riachuelos y lagunas de la planicie uruguaya en el palmar de Rocha.
Foto propia.

Y algo de razón tendrán todos ellos. Lo cierto es que el ecosistema que nos ocupa tiene toda la pinta de haber sido diseñado por alguien o por algo que, al azar, fue haciendo brotar palmeras aquí y allá, desperdigadas y solitarias, en un paisaje en que el verde y el azul se entrelazan perdiéndose entre los riachuelos y lagunas de la planicie uruguaya, inmmensamente llana.

La mística del lugar de paso

La mística y la magia del palmar de Rocha es la de los lugares de paso. Esos que ni se esperan ni se planifican pero que, de repente, tiñen la travesía de aquello que enriquece la experiencia de viajar: el descubrimiento. Y de eso, Uruguay –y Sudamérica– tiene mucho.

Uruguay Desde Lo Alto recorrió los palmares de Rocha a golpe de dron.

Porque al palmar de Rocha es difícil que vayas. Te fundirás en él, más bien y probablemente, mientras vas de Montevideo hacia las costas del departamento que le da nombre –a Cabo Polonio o a Punta del Diablo, por ejemplo–, las más agrestes, indómitas y recónditas de Uruguay, allí donde Brasil ya se acerca.

Y, una vez allá, premio. Verás que atravesar en coche el palmar de Rocha es casi hipnótico: de repente pareces transportado a un escenario de Parque Jurásico (como muestra el vídeo de Uruguay desde lo Alto) en el que las palmeras, hasta de diez metros de alto, se suceden estoicas bajo el sol y la lluvia desde hace más de 200 y 300 años. Por suerte, además de hipnótico, el Palmar de Rocha es hoy un paisaje protegido: desde 1976 forma parte de la Reserva de la Biósfera de la Unesco Bañados del Este, ocupando una superficie casi del tamaño de Singapur.

El palmar de Rocha
Palmeras a lado y lado de la carretera. Lo típico en el departamento de Rocha.
Foto propia.

De aslamiento, frutos y símbolos

Contrariamente a lo que sucede en ese país del sudeste asiático, alrededor del palmar de Rocha apenas vive gente. En el lugar, las ciudades escasean y las aldeas se espacian holgadamente, lo cual le deja vía libre al verde oscuro de las palmeras para, por unos kilómetros, dominarlo absolutamente todo. De hecho, tan caracterísitcas y definitorias de la región son las palmeras que forman parte, a lado y lado, del escudo del departamento de Rocha.

En los pueblos de Rocha –y a pie de carretera– y se puede comprar todo lo que se hace y vende con el butiá. Porque el fruto pequeño y redondo de la palmera, además de dar pie al propio palmar de la mano de nómadas y aves, da hoy también miel, caramelos, salsas, dulces, licor e incluso, molido y en infusión, el llamado café de coco.

No tuve el gusto de pararme a probar la fruta del palmar ni sus deleites, pero ¿siempre hay que dejar algo para la próxima, verdad?

Imagen de portada de Turismo de Rocha.

🌴🇺🇾 La mística del palmar de #Rocha: un bosque de palmeras vírgenes en las profundidades de #Uruguay | por @singularia_blog

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El top 10+3 de los lugares con los nombres más tristes del mundo

Vagando por la red me topé un buen día con la genial cuenta de Instagram Sad Topographies (‘Topografías tristes’): un repositorio de capturas remotas de Google Maps con lugares que, simplemente, tienen nombres tristísimos, patéticos, ridículos o desoladores. Una auténtica mina de oro para los colgados del mapamundi y sus ironías –como un servidor–.

«Detrás de los nombres de lugar lúgubres existe una historia; una narrativa ricamente entrelazada de mitología, paisaje, desventuras y tragedias», dice Damien Rudd, el australiano de 35 años y residente en Ámsterdam que administra la cuenta. Y tanto juego da todo lo que hay detrás de las topografías tristes que, incluso, en 2017, publicó el libro Sad Topographies: Una guía para viajeros desencantados.

Los 10 lugares con los nombres más tristes y ridículos del mundo (anglófono)

La ruta de lugares tristes de Rudd tiene en Instagram cerca de 180 paradas, recopiladas desde 2015. Muy centradas, todas ellas, en el mundo anglófono –supongo que porque son los que le generan gracia a su público–, lo cual no quita que no tengan desperdicio alguno.

Para no robarle al bueno de Rudd protagonismo y para que tengáis ganas de echarle un vistazo a su cuenta, aquí va solo una selección –traducida al castellano– de lo mejor (o peor, según se mire) de su repertorio de topónimos penosos y ridículos.

1.

En Australia empieza este paseo virtual de la penosidad topográfica, con un lugar menos-acorde-imposible para pasar este verano: playa Cuarentena, a las afueras de Sídney.

Sad Topographies Quarantine Beach

2.

Inconsolable se llama este lago californiano. Tan inconsolable como es para muchos la nostalgia derivada de no poder viajar lejos en este período estival.

3.

La inconsolabilidad, a veces, genera llanto. Y de llanto va el nombre de esta isla de Florida: la Isla del Niño que Llora.

Sad Topographies_ Crying Child Island

4.

Definitivamente, parece que las islas y los cuerpos de agua dan mucho juego lingüístico en materia de tristezas topográficas. En Illinois se encuentran, en medio de la nada, el lago Miserable y su correspondiente y amiga Isla Miserable.

Sad Topographies_ Miserable Lake

5.

En otro orden de nombres andan estas dos vecinas playas (esta vez sí) mexicanas: la feliz playa de los Amantes y, a menos de 100 metros, la definitiva playa del Divorcio.

Sad Topographies_ Divorce Beach

6.

También hay, entre las topografías tristes de Rudd, calles y avenidas. Como esta lúgubre vía de las Sombras de la Muerte de Nueva Jersey.

7.

En el registro de nombres deprimentes entra, sí o sí, las neozelandesas islas Inútiles. Poco debe de haber por allá, ¿no?

Sad Topographies_ Useless Islands

8.

Al mismo nivel de depresión nos lleva la isla Decepción, en la Antártida. Ni imaginarme quiero el mal trago que debió de pasar quien la descubriera.

Sad Topographies_Deception Island

9.

Cabe suponer que en la isla del Perro Muerto, en Canadá, no pasaron hechos precisamente felices.

Sad Topographies_

10.

Y, con el perdón de quien lea, aquí va la topografía más estrambóticamente estridente de todo el paseo: el monte de la P*lla Sangrienta, en pleno estado de Montana.

Sad Topographies Bloody Dick Peak

Bonus: 3 topografías tristes más cercanas

Y, en el dominio del castellano o el catalán, ¿acaso no hay lugares con nombres entre lo inverosímil, lo triste y lo descarnado? Pues es evidente que sí: los hay chorros.

Quizás un día le dedicaremos un post entero en este blog a las topografías tristes de la península ibérica y Latinoamérica, pero para cerrar esta ruta ya empezada y porque la exploración compulsiva que sufrimos nos mueve siempre a ir un poquito más allá, aquí va un bonus de tres lugares con nombres enigmáticamente singulares y deprimentes que quizás nos suenen más cercanos.

11.

En Extremadura y geográficamente rodeado por Andalucía se encuentra un pueblo de nombre poco digesto: Malcocinado. En la web de su ayuntamiento explican que hasta 1936 el nombre de uso del municipio era Marcocinado, seguramente derivado del mote de un antiguo cacique o bandolero del lugar llamado Marcos Cinado.

No quita todo ello que este bucólico pueblo sea hoy un lugar más que agradable para desconectar, y que tenga en su centro la bonita iglesia de San Antonio de Padua.

Historia – Malcocinado
Foto por el Ayuntamiento de Malcocinado

12.

También bucólica y preciosa es la comarca catalana del Empordà, una alegría de praderas, colinas, viñas y castillos. Y en medio de esa paradisíaca y mediterránea estampa yace un pueblo de nombre tenebroso: Ultramort (‘Ultramuerte’).

El nombre contrasta con las ganas de vivir que le dan a uno viendo el paraje en el que se encuentra el municipio, que como curiosidad extra, tiene una bandera que combina el rosa con una mitra episcopal.

13.

Y para terminar esta ruta de lugares con nombres llenos de ironía fina, aquí va una maravilla mundial de lo inimaginable: ¡Peor es Nada!

Se trata de una pequeña aldea de la región de O’Higgins situada en la mitad de la longitud de Chile y cortada por la carretera Panamericana, y es el ejemplo topográfico perfecto de que quien no se conforma es, básicamente, porque no quiere.


¿Cuál es tu topografía triste favorita?
¿Conoces otras?
Deja tu comentario, que aquí se leen todos.
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5 libros para darle la vuelta al mundo este verano (a pesar de 2020)

2020 y su anormalidad nos obligan a descartar el exotismo vacacional de años pasados. A decirle adiós a los safaris por Kenia, a recorrer media Sudamérica en veinte días, a ver Vietnam, Laos y Camboya en dos semanas o a empacharse de Pirámides y Nilo en Egipto. Y de interraíles, poco.

Pero no caigamos en el drama viajero. En un año globalmente complejísimo, siempre nos quedarán esos libros –que los hay a millones– que nos hacen viajar lejos leyendo. Que nos regalan grandes rutas y aventuras, a lo largo y ancho del planeta e incluso hacia épocas pasadas, para seguir descubriendo mundo desde las gafas de otros viajeros. Y que nunca caducan.

Mientras vuelve el tiempo de los viajes remotos y de larga distancia, aquí van cinco libros –con sus respectivas aventuras– que pueden ayudarnos a superar la nostalgia expedicionaria durante este verano.

Rodear el Mediterráneo con ‘Las Columnas de Hércules’, de Paul Theroux

Foto por Alejandro Martín en Unsplash

En la antigüedad, el estrecho de Gibraltar era el fin del mundo conocido para los griegos. Y, según su mitología, Hércules plantó dos columnas allí para señalarlo: la sur, probablemente en el monte Hacho, en Ceuta, y la norte, en el peñón de Gibraltar. Precisamente allí, entre monos y con Europa y África a sus pies, Paul Theroux inició en 1994 un viaje que lo llevó a rodear todo el arco mediterráneo hasta Tánger.

Y ‘Las columnas de Hércules’ es la crónica de su ruta por mar y tierra de país en país –España, Francia, Italia, Albania, Grecia, Turquía, Chipre, Israel, Egipto, Argelia, Marruecos…–, donde conversa con la gente de la calle, entrevista a personajes como el premio Nobel de Literatura Naguib Mahfuz y revive la larguísima, compleja y belicosa historia del Mediterráneo y su millón de culturas cruzadas.

Paradójicamente –y en base a un estudio de campo mío tanto analógico como virtual–, parece que se trata de un libro que o te encanta o te resulta odioso. A mí me pareció que ofrece una visión personal a veces irónica y satírica (la de Theroux) que, combinada con los apuntes históricoculturales y el ritmo ágil y aventurero de la ruta, da pie a un texto que te da unas ganas locas de salir a dar vueltas por el Mediterráneo. Y eso basta, ¿no?

Te gustará si…

…eres fan del crisol de culturas contradictorio y caóticamente bello que es el Mediterráneo, y si aceptas una ligera dosis de ironía yanqui.

Por B de Bolsillo.

Apostarlo todo a recorrer el mundo con un remolque, con Manuel Leguineche y ‘El camino más corto’

Darle la vuelta al mundo puede ser una aventura fascinante o bien una sucesión de trabas y desafíos. O quizás, y muy probablemente, una combinación de ambas cosas.

‘El camino más corto’, del periodista vasco Manuel Leguineche, es precisamente esto último: una fantástica expedición –narrada en primera persona– que a finales de los 60 logró recorrer el planeta de cabo a rabo sorteando todo tipo de obstáculos administrativos, climáticos y técnicos, y que encontró en todo ello el placer de conocer, viajar y explorar por allá cuando la globalización aún tardaba en asomarse.

A la Transworld Record Expedition se unió Manu Leguineche en un bar de Madrid cuando se topó, entre vino y vino, con los tres periodistas norteamericanos y el fotógrafo suizo que la conformaban. Con un remolque, mucho empeño y un sentido de la aventura definidísimo, los cinco durmieron a los pies de la Esfinge de Giza, se bañaron en el Mar Muerto, pasaron por el entonces Pakistán Oriental, practicaron surf en el sur de Australia… y fueron testigos directos del variado panorama sociopolítico de un mundo complejo y cambiante.

Te gustará si…

…además del viaje por el viaje eres un apasionado de la historia contemporánea: la edición de 2018 (la de la imagen) contiene notas que el propio Leguineche añadió en 1995, comparando la situación política de cada país por el que pasó en los 60 con la de los 90.

Por B De Bolsillo

Perderse por aguas imposibles con el ‘Atlas de Islas Remotas’ de Judith Schalansky

Foto de Hoodh Ahmed en Unsplash

Para mucha gente, el verano es una isla. O varias. De muchas de ellas habla el ‘Atlas de Islas Remotas’, de Judith Schalansky. En concreto, de «cincuenta islas en las que nunca estuve y a las que nunca iré»,. Y ahí es donde se pone interesante la cosa.

Porque el libro es un repertorio precioso –con mapas deliciosamente ilustrados– de peñascos, islotes, ínsulas y demás demases que flotan a la deriva de los océanos en el medio de la nada pero que, no obstante, tienen una historia –enigmática o convulsa, curiosa o incluso irrelevante–.

De la noruega Isla del Oso a la británica San Kilda, pasando por la subantártica y francesa Isla de la Posesión o el marshalés atolón de Taongi, este atlas recorre todos los océanos del planeta en busca de la desolación cartográfica insular y algunos de sus porqués.

Te gustará si…

…eres fan acérrimo de las cartografías remotas, friqui de las islas perdidas por los mares del mundo y de las que poquísimo se habla. Y si te gustan los libros bonitos.

Por Nórdica Libros

Dejarlo todo y entregarse sin rumbo a la leyenda ‘En la Patagonia’, con Bruce Chatwin

Foto por Matias Contreras en Unsplash

Remota (pero no tanto) es también la Patagonia. Ese vastísimo cuerno de tierra cruzado por glaciares, montañas, bosques y estepas que en su parte chilena es verdísimo y húmedo y en su lado argentino, además, dorado.

Una región impresionantemente bella pero a la vez inhóspita, majestuosa y al mismo tiempo misteriosa, tierra de leyendas de desterrados, forajidos, animales imposibles, pueblos nómadas, fiebres minerales y fin del mundo, y formidable lugar de paso y escondite. Muy culpable de su aire mítico y de confín (in)abarcable tiene la publicación, en 1977, de ‘En la Patagonia’, de Bruce Chatwin.

Un trozo de piel de un supuesto brontosaurio patagónico que la abuela del autor guarda en su casa le sirve de acicate a Chatwin para lanzarse a recorrer kilómetros y kilómetros por todos los rincones de la Patagonia argentina, a descubrir la historia de destierro de muchos de quienes por allí habitan y varios de los mitos, fundados o no, que hacen del fin de Sudamérica un terreno tan proclive a la aventura y la exploración.

Te gustará si…

…sueñas con perderte por el aislamiento y el misterio patagónico y de sus gentes sin billete de vuelta ni agenda fija.

Por Ediciones Península.

Viajar en barco desde la Europa de los años 40 al África negra con ‘Onistsha’, de JMG Le Clézio

Foto de Anie Spratt en Unsplash

Le Clézio ganó el Premio Nobel de Literatura en 2008. Antes de eso, nació (en Niza, en 1940), en el seno de una familia francoinglesa que en su día había emigrado a Mauricio. Después, su padre, médico, tuvo que servir en el ejército británico durante la Segunda Guerra Mundial, donde fue destinado a la actual Nigeria. Y allí se instaló el escritor a la edad de ocho años, con su hermano y su madre, escapando de la belicosa Francia.

Esa experiencia le descubrió al joven Le Clézio el viaje como fase –a través del trayecto en barco que debió hacer para reunirse con su padre–, la profundidad de la naturaleza africana, el choque sociocultural entre la civilización occidental y la autóctona –y sus ancestralidades–, los contrastes de esa horrible etapa llamada ‘colonización’ y la conciencia de la libertad espacial, selvática y fluvial, y el crecimiento. Y de todo eso, justamente, va ‘Onitsha’.

Aunque no es exactamente una obra autobiográfica, Onitsha habla de un viaje que el propio Le Clézio hizo –desde Niza hasta Onitsha, a orillas del río Níger–. Y de su trayectoria vital y la de su familia. Nos acerca a lo que suponía viajar desde la maltrecha y aguerrida Europa hasta la virgen y maltratada África negra a finales de los 40, y a lo que suponía vivir realidades propias que quizás deberían haber sido ajenas.

Te gustará si…

te atrae el África subsahariana y su historia, la de la colonización y la de la descolonización y la de quienes de algún modo la vivieron –desde ambos bandos–. Y si te gusta la mística de las grandes travesías en barco.

Por Tusquets

Imagen de portada: ‘The Travelling Companions’, 1862, por Augustus Leopold Egg. De Birmingham Museums Trust en Unsplash

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Remoto e increíble: una aventura fototextual por el altiplano boliviano

En San Pedro de Atacama, la alarma del móvil me despertó a las seis y media en una mañana de agosto de 2017. Una hora después y tras una ducha y un café muy mejorable, nos recogió un bus que en varias decenas de minutos nos plantaba, a más de 3.500 metros de altura, en la frontera chilenoboliviana.

Allí, y tras los trámites de aduana y el sello de rigor, Germán (nuestro guía boliviano) nos metía en un todoterreno listo para partir. Y mientras el sol se erguía sobre el altiplano ya boliviano, empezaban cuatro días de ruta que, en mi cabeza, tenían un objetivo nítido: el salar de Uyuni.

Pero más allá del salar, la sorpresa –y la mayor gracia de la historia– fue todo el resto. Porque la aventura fue compleja, completa y mayúscula. Fue de las que dejan huella. Y porque el altiplano boliviano es una especie de cofre remoto y aislado repleto de lugares y colores tan imposibles como imperdibles.

Pero, ¿cómo son esos lugares? ¿Cómo es pasar por allí, verlos, sentirlos? ¿Se puede resumir o sintentizar, de alguna manera, una aventura así? Para quien quiera evadirse un rato o quizás plantearse una expedición semejante, aquí va esta ruta sintética, numerada, sensorial y fototextual con la que pretendo responder a tales preguntas y recordar y loar –a partes iguales– ese lugar tan de otro planeta y sin embargo real que es el altiplano de Bolivia.

¡Tod@s al jeep!

1. Inmensidad

Altiplano boliviano
La laguna Chalviri es de las que tiene un color más especial, además de ofrecer una panorámica más amplia de lo que la rodea.

Al poner un pie en el altiplano –ya sea en la parte chilena o en el bando boliviano– te das cuenta de que la escala de su naturaleza es definitivamente sobrehumana: los paisajes son demasiado amplios y vastos; las montañas, demasiado altas; los flujos y ríos de lava petrificada que se divisan en el horizonte a cada minuto, demasiado lejanos y demasiado imponentes.

2. Pureza

La laguna Blanca es la primera con la que la ruta te cruza llegando desde Chile, y la helada matutina hacía que el reflejo de las montañas fuese aún más vívido.

En la mayor parte del trayecto no ves huella humana alguna. Ni un tendido eléctrico. Ni siquiera una carretera asfaltda. Acaso otro todoterreno, u otro grupo de turistas, es el único rastro de civilización con el que te cruzas por los caminos imposibles por los que te lleva la ruta.

Para mí, que hoy vivo inserto en la más completa densidad poblacional, el nivel de pureza e inalteración de la naturaleza del altiplano boliviano me pareció sublime e inalcanzable. El cambio climático apremia y el ecosistema es fragilísimo, pero el aire es puro, el azul del cielo es increíble, y el el agua de las lagunas, cristalina.

3. Frío

El agua de las termas de Polques estaba a 29ºC, y eso se agradece en medio del gélido altiplano.

La Negra, la Verde, la Colorada, la Blanca, la Chalviri, la Capina e incluso la Hedionda: si algo no faltó en nuestro recorrido altiplánico fueron, precisamente, lagunas.

En una de ellas, en las termas de Polques, nos bañamos a media mañana en el primer día de camino bajo el sol andino. Al llegar nuestro albergue, algunas horas después, colgamos nuestros bañadores a secar en un tendedero. Fuimos a almorzar y, a la vuelta, cerca de las tres de la tarde, sorpresa climática: los bañadores, a la sombra, estaban recubiertos de escarcha.

Fue el preludio de uno de los aprendizajes más básicos del viaje: en el altiplano hace frío. De hecho, esa misma noche alcanzamos los -16ºC, convirtiéndose hasta el momento en la más fría de mi vida.

4. Penitentes

Porque el clima andino, realmente, es inclemente. El viento es incesante y corre a sus anchas todo el día. El sol quema, corta los labios y abrasa la piel, sin contrapeso vegetal ni sombra que te proteja. Y el frío de la noche hiela sin compasión.

En esas condiciones extremas, donde las mínimas son siempre negativas, los restos de nieve quedan olvidadamente congelados y, combinados con el punzante viento, acaban formando, en medio de la nada desértica, unas lanzas de hielo rarísimas que reciben un nombre totalmente pertinente en esos páramos: penitentes.

5. Apunamiento

En el capítulo de incomodidades altiplánicas también hay que incluir, por motivos obvios, el mal de altura. O, como dicen en el español de aquellos lares, apunamiento.

Primera lección aprendida al respecto: es necesario comer poco. A la altura titánica por la que se circula en las cumbres bolivianas, la digestión es cosa lenta. La quinoa es el cultivo principal de la región, y no es algo casual: permite ganar energía y digerirla rápidamente. Y por ello la tuvimos presente en todas las paradas que hicimos para comer.

Segunda lección –y más engorrosa–: la altura impide dormir. En la primera noche, en la que dormimos a los casi 4.300 metros de altura de la Laguna Colorada, pensé al embutirme en mis cinco capas de abrigo y mi saco de dormir que, si me giraba, me moría. Literalmente. La angustia sensorial, la sensación de falta de aire y la imposibilidad de conciliar el sueño –sumado todo ello a los 2ºC de temperatura ambiente de nuestra habitación– nos llevó a los cuatro que la compartíamos a casi llorar de desesperación. Al final, tras una catarsis colectiva en plena madrugada y por arte de magia, conseguimos cerrar ojo y pasar al siguiente capítulo.

A algunos, el mal de altura les complicó la vida al día siguiente y les impidió seguir el ritmo, alterando sus ritmos estomacales. Tuve la suerte de que a mí no me tocara.

6. Multicolor
(a un nivel extremo)

Volcanes, desiertos, géiseres, fumarolas, ríos de lava, barros volcánicos, salares, riscos, vertientes de aguas calientes, lagos, lagunas, humedales, azufreras… No recuerdo, en toda mi vida, haber visto tanta variedad de formaciones geológicas y estados de la naturaleza concentrada en cuatro días.

Lo realmente impresionante y arrebatador de todo ello es su transliteración cromática. Porque, en el altiplano boliviano, uno podría pasarse días intentando diseccionar dónde acaba un color y empieza otro.

7. Aislamiento

Los géiseres del Sol de Mediodía son uno de los lugares más recónditos (y más enigmáticos) de la ruta.

El altiplano es inaccesible. Es recóndito. La naturaleza que le da forma es indómita. Los siglos de aislamiento y la dificultad para llegar, entrar, o salir del altiplano hacen que la vida, allí, sea dura.

Quienes hoy residen en los 4.000 metros de altura sobre el nivel del mar del altiplano lo hacen en la austeridad de lo extremo del clima y lo agreste del marco. Evidentemente, se trata de poquísima gente: en los cuatro días de ruta, recorrimos un terreno del tamaño de Holanda donde apenas viven 70.000 personas. La ganadería, el cultivo de la quinoa, la explotación de los salares y el turismo son de lo escaso que el duro terreno permite hacer para ganarse la vida.

Al viajero, no obstante, ese aislamiento le da el placer de sentir, realmente, que está en otro planeta.

Y, a la vez, ese empuje vertiginoso y embriagador que le da ganas de replanteárselo todo, dejar su vida asentada y dedicarse a no parar de explorar. Ni que sea por unos días.

8. Adaptación

Llamas en el altiplano boliviano.
Las llamas pacen, impasibles y decoradas, en la tarde altiplánica.

Adaptarse o morir. Así vive el altiplano la fauna del lugar. Los flamencos solo se alimentan de unas gambas minúsculas que encuentran en las lagunas –lo único de que disponen en esa latitud–, y es lo que les da el color rosa que los hace únicos. Las llamas desarrollan un pelaje grueso y denso para aguantar el frío, y por eso pueden seguir allí. La vegetación, aerodinámica y minimalista, parece diseñada para sobrevivir. Todo forma parte de un círculo natural que le da harmonía y sentido al lugar, y que los pueblos originarios del altiplano conciben en la integralidad de la Pachamama.

9. Surrealismo

El desierto de Dalí, en el altiplano boliviano
El desierto de Dalí no es propiamente suyo, pero recuerda a tantos y tantos cuadros del pintor catalán.
Foto de Diego Delso, delso.photo, bajo licencia CC-BY-SA.

¿Quizás la altura? ¿Quizás la carga mineral del subsuelo? ¿El pulso de la Pachamama inalterada? El caso es que no creo excesivamente en lo sobrenatural, pero el altiplano tiene algo tan especial que parece extraterrestre. Y que está en su silencio aplastante y el vértigo increíble que provoca; en la atemporalidad de su luz y en su reflejo en el suelo, tan cegador que abruma.

Todo eso, su efecto en el cuerpo y el impacto estético de la naturaleza construye una especie de sensación de irrealidad que está por todas partes. Por ejemplo, en los peñascos dispuestos por el paisaje, que parecen decorados de teatro grandilocuentes abandonados en el medio de la nada. O en los parajes arenosos flotados de pedruscos negros, que tanto parecen recrear un cuadro surrealista de Dalí que incluso le dieron su nombre a una porción del desierto boliviano–sin que Dalí pisara el altiplano en su vida, obviamente–.

10. Amanecer

Capítulo a parte merece el salar de Uyuni –por supuesto–, que es inabarcablemente extenso. Tiene el tamaño del Líbano o Catar, y ocupa un tercio de lo que mide Catalunya. Es una especie de plató de televisión inconmensurablemente plano e inmenso en cuyo medio única y exclusivamente ves dos colores: el blanco de la sal y el azul del cielo.

A excepción, claro, de cuando amanece. Porque en el salar, el Sol actúa como una especie de foco maestro que pone y dispone sombras por todos lados según se muevan quienes, como hormiguitas, desembarcamos desde los jeeps que cada día llegan. Y ver el amanecer en el lugar es asistir a un espectáculo de sombras, tonalidades y colores simplemente abrumador.

11. Incahuasi

Trepar por la colina que constituye la Isla Incahuasi ofrece una panorámica inmejorable de ese gran plató de televisión blanco que es el salar de Uyuni.

¿Qué puede haber en medio de tan enorme, impactante y remoto salar? Pues algo más singular aún: una isla… de cactus. Allí, en la Isla Incahuasi, paramos a desayunar el último día de ruta, antes de dar una vuelta por el recorrido marcado y pautado de la colina, que entre cactus y suculentas te va regalando vistas imposibles del salar y sus alrededores. Una dosis de surrealismo extra.

Si alguien hubiese pretendido plantar tantos cactus con tanta harmonía, no lo habría logrado.

Después de todo ello, sí, llegó ‘el’ momento: nos pusimos a hacer todas esas sandeces –una tras otra– que cualquiera que va al salar hace jugando con la perspectiva (como, por ejemplo, simular ser un dinosaurio o ‘meterse’ en una olla hirviendo). Un momento que se me hizo algo largo, a decir verdad.

12. Azul

Aquí, haciendo el canelo en el jeep de Germán en la inmensidad del salar de Uyuni.
Foto de la amiga Tamara Drove.

Ahora que, casi tres años después, reviso las fotos de aquella aventura altiplánica, me doy cuenta de que hay algo omnipresente en todas ellas: el azul del cielo. Un azul puro, intenso y presente en todo momento y durante todo el trayecto.

Un azul que también -obviamente– enmarcó el momento en que el jeep de Germán nos dejaba en la frontera bolivianochilena, cuatro días y varios centenares de kilómetros después, cansadísimos, pero con la retina saciada y el corazón contento.

Todas las fotos –excepto donde dice algo distinto– son hechas por .




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Geometrías remotas: 15 fronteras enigmáticamente rectilíneas

Tanto como me gusta vagar y deambular por una trama urbana, me pirra hacerlo por un mapa. Desde que tengo uso de razón digital, merodear por Google Maps se convirtió en uno de mis pasatiempos predilectos. De costa a costa, de cabo a golfo, de ciudad en ciudad, ¿cuántas horas habré podido pasar flaneando cartográficamente? Pues muchas más que en un avión, seguro.

Y con tanto surfeo por el mapamundi, con tanto acercarme y alejarme de los rincones más inverosímiles, con tanta ruta táctil arriba y abajo, lo cierto es que he acabado atravesando un sinfín de recovecos fronterizos que nunca habría imaginado que existieran.

Porque todos sabemos que el mapa político del mundo se rige por límites determinados por alguna razón, pero en ocasiones las fronteras son tan cirujanamente rectas –y esconden tantas historias, complejas y azarosas– que desconciertan y fascinan. Mucho.

Y como curzarlas es simplísimo en Google Maps, abrocháos los cinturones, que aquí empieza un safari digital por 15 fronteras que, además de ser muy remotas, son también enigmáticamente rectilíneas.

1.Wyoming, ese rectángulo enorme

Un vistazo al mapamundi lo deja claro: entre Estados Unidos y Canadá está la frontera recta más larga del planeta. Pero menos obvio resulta que, a escala interna, ambos países reproducen la misma rectitud en los límites entre sus estados y provincias, respectivamente.

Y en ese marco, el summum de lo recto es Wyoming: un rectángulo perfecto en el que cabe parte del parque de Yellowstone y que mide casi la mitad que España. Más allá de eso, poco sucede por aquellos lares, pues con su algo más de medio millón de habitantes es el estado menos poblado del país.

2. Colorado, ese casi rectángulo más enorme aún

Casi tan rectangular pero más sureño, más conocido y 16.000 kilómetros cuadrados más grande que Wyoming es el vecino Colorado, cuyo costado oeste queda también atravesado de arriba a abajo por las Montañas Rocosas.

Pero ¿por qué tanta rectangularidad? Básicamente, porque los estados del lejano Oeste fueron diseñados a distancia desde el Congreso de Washington, en la segunda mitad del siglo XIX, usando marcas de latitud y longitud en lugar de referencias geográficas.

El resultado fueron nuestros dos estados rectangulares, varios otros más con bordes totalmente rectos y algún que otro desajuste de apenas unos centenares de metros –solo visible si nos acercamos mucho– causado por la ausencia de GPS en la época…

3. Oklahoma: un rectángulo parabólico en el extremo

Vecino suroriental de Colorado es el también fantásticamente geométrico –al menos en su parte norte– estado de Oklahoma. Porque los casi 200 por 50 kilómetros de su inverosímil extremo noroeste, además de estar rodeados de ciudades cuyos nombres podrían ser tranquilamente de filtros de Instagram–Perryton, Stratford, Amarillo– ocupan una superficie perfecta y alargadamente rectangular.

4. Jordania-Iraq-Arabia Saudí: la arbitrariedad de las líneas en la arena

Más conflictivas que las de Oklahoma o Colorado son las fronteras de Oriente Medio, que –no obstante– son igualmente herederas de líneas trazadas a distancia, desde lo ajeno y sin consideración por la realidad sobre la que se impusieron. El fantástico documental de Aljazeera Sykes-Picot: Lines in the Sand profundiza en su origen, asociado a la arbitrariedad interesada de ingleses y franceses en 1916.

Una arbitrariedad que, por supuesto, dio pie a formas geométricas rebuscadas y recónditas, que combinan ángulos rectos y agudos en medio de la nada, como sucede en la frontera entre Jordania (izquierda), Iraq (derecha) y Arabia Saudí (abajo).

5. Omán y su ángulo de (casi) 90º

Un paseo cartográfico por la zona en que confluyen Yemen, Omán y Arabia Saudí no revela demasiados hitos interesantes, pero sí el mayor ángulo (casi) recto de toda la península arábiga.

Es el que forma la esquina noroccidental de Omán en mitad del desierto, y es un ángulo relativamente joven: hasta 1992 Omán y Yemen no acordaron su frontera exacta.

6. Un ángulo llano en Asia Central

Un año más tiene –internacionalmente– la frontera entre Uzbekistán, Kazajistán y Turkmenistán, cuyos bordes confluyen en el centro de un salar que, a efectos prácticos, tiene el mismo valor que el desierto a la hora de delimitar territorios: nulo.

No obstante, este llano e ignoto encuentro entre repúblicas centroasiáticas nos deja un (casi) ángulo llano y dos ángulos (casi) rectos.

7. Festival rectilíneo en el Sáhara oriental

Menos llamativo y lamentablemente más conocido es el carácter rectilíneo que los estados europeos impusieron sobre África y sus fronteras en la infame Conferencia de Berlín en 1885, que cuarteó al continente y arrasó con sus estructuras de organización sociopolíticas tradicionales previas.

En el Sáhara, de nuevo la arbitrariedad dispuso límites inverosímil y exactamente rectos, como el ángulo recto que forma la frontera Libia respecto a Egipto y Sudán, o el zigzagueo cirujano en el que también está metido Chad.

8. Mauritania y su exotismo rectilíneo

Pero si hay un país africano con una silueta geométricamente singular, ese es Mauritania. Por el sur, los ríos Senegal y Karakoro modelan una frontera natural que, en el norte, el desierto convierte en un seguido de líneas rectas de casi un millar de kilómetros, un pseudotriángulo rectángulo, un par de ángulos rectos y más y más rectas de longitudes variopintas. Todo ello da pie a un país que dobla en tamaño a Francia o España, pero que es el hogar de poco más de cuatro millones de personas.

9. La frontera de Gambia: equidistancia fluvial

Al Sur de Mauritania e inserta por completo en Senegal está la pequeña Gambia. Un país que, en términos geográficos, es un envoltorio de los últimos 200 kilómetros del río Gambia, que lo articula y le da sentido.

Y, si el recorrido del final del Gambia fuesen rectos, cabría esperar que las fronteras del país también lo fueran –como sucede cerca de la desembocadura–. Pero como, en un punto concreto, el río empieza a serpentear, también lo hacen las fronteras de Gambia respecto a Senegal, que a unos 10 kilómetros a lado y lado del río van zigzagueándose en la equidistancia. Un caso bien curioso.

10. Namibia y Botswana: mitad y mitad

Sin salir de África y bajando un par de miles de kilómetros, aparece otra frontera azarosamente recta: la que divide a Namibia y Botswana.

Una frontera que, de hecho, parece haber dividido una misma franja de unos 80 kilómetros de anchura de sabana en dos y haberle atribuido a Namibia el norte y a Botswana el sur.

11. De nuevo Namibia y su franja interesada –y fracasada–

Sin salir de Namibia nos fijamos ahora en la recta franja de Caprivi, un brazo de 32 kilómetros de ancho que separa a Angola y Zambia de Botswana para acabar casi tocando, con la punta, a Zimbabue.

Una franja que, obviamente, de casual tiene poco, pues responde a un interés muy concreto: darle a Namibia acceso al río Zambeze. Porque, en su momento, a finales del siglo XIX, eso equivalió a que la entonces colonia de África del Sudoeste Alemana tuviese control marítimo del Atlántico y vía fluvial –mediante el Zambeze– para acceder al Índico.

La gracia de todo es que el gozo alemán cayó en un pozo cuando, poco después, se dieron cuenta de que las cataratas Victoria eran un escalón insalvable para cualquier barco.

12. Rectas fronterizas entre Bolivia y Mato Grosso

Y en Sudamérica, ¿también hay fronteras rectas? Pues por supuesto.

Es cierto que la orografía sudamericana es mucho más accidentada que –por ejemplo– la africana, pero entre Bolivia y el estado brasileño de Mato Grosso encontramos una de ellas.

En realidad se trata de unos terrenos pantanosos donde, a decir verdad, parece acontecer más bien poco. Quizás por ello la frontera se vuelve recta en ese punto, generando un ángulo casi recto y de repente –ahí sí que viene la gracia– un casitriángulo rectángulo cuyo lado más largo mide unos 40 kilómetros.

13. Fuego recto entre Argentina y Chile

Algo más compleja y entretenida es la frontera tierrafueguina entre Chile y Argentina. Si en el continente los Andes marcan a la vez el límite jurídico entre esos dos gigantes alargados cosidos por su espalda, en la Tierra del Fuego, la división por la mitad que rige la isla implicó que la frontera atraviese también cerros y montañas.

Una decisión geométricamente salomónica por la cual ambos países se reservaban el control prioritario de ‘su’ vertiente oceánica.

14. Islotes repartidos en el medio de Australia

Precisamente es oceánica la frontera que divide a Australia Occidental de sus regiones vecinas.

Se trata de un estado tan grande que, si fuera independiente, sería el décimo país más vasto del planeta. Y con esas dimensiones y teniendo en mente que su frontera atraviesa un desierto, cabe esperar que la recta que la forma sea larguísima.

Cortándola está el lago Mackay, que en realidad es una masa salada rellena de valioso potasio y flotado de islas. Y lo realmente curioso es que el corte es tan exacto que, a lado y lado de la frontera, incluso rebana los islotes. Y, así, todos contentos.

15. ¿Y en Europa?

Comparada con la del resto del globo, la cartografía europea muestra por su comprimida geografía y los avatares de su historia una complejidad geométrica evidente. Y, en ella, encontrar rectas es algo casi imposible.

De hecho, el único lugar donde he acabado encontrando una mínimamente aceptable es de los pocos parajes donde la orografía le da un respiro a Europa –los Países Bajos–, y lo cierto es que la dimensión de dicha recta es irrisoria: apenas 20 kilómetros de trazo derecho enfrentan a Emmen y Meppen, a Alemania y Holanda.


¿Qué te parece este tour de fronteras rectas? ¿Conoces alguna otra en la que valga la pena fijarse? ¿Quieres más?
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Foto de portada por Katie Drazdauskaite

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Rano Kau o un síndrome de Stendhal polinesio

Uno llega a la Isla de Pascua con la ilusión de perderse en uno de los lugares más remotos del mundo. Y con la certeza de que va a ver moáis.

Lo primero, lo compruebas cuando Rapa Nui –como los locales la llaman– aparece bajo el avión como una mancha ínfima en medio del infinito azul, tras horas y horas sobrevolando el Pacífico. Y, de lo segundo, te das cuenta apenas saliendo del aeropuerto, cuando empiezas a constatar que hay moáis por todos lados: en las imponentes plataformas –o ahu– repartidas por toda la isla, pero también protegiendo los embarcaderos de Hanga Roa o incluso a escasos metros de uno de los córners del estadio de fútbol de la isla.

Pero algo con lo que uno puede no contar antes de pisar Rapa Nui –al menos a mí me pasó– es con la exuberancia desoladora de la naturaleza de la isla. Porque sobrecoge. Y, más allá de lo in´hospito y verde de su cubierta, lo rojizo y marronoso de su terreno volcánico y la mezcla de ondulado y agreste de su orografía, si hay algo del marco natural pascuense que realmente impresiona es la caldera del Rano Kau.

Un stendalhazo polinesio

Al Rano Kau se llega por un sendero que, a medida que subes, te pasea por un bosque. Al cabo de una media hora de ascenso, cuando menos te lo esperas, los árboles empiezan a esparcirse y… ¡pam!: aparece ante tus ojos un espectáculo absoluto de la naturaleza.

El cráter del Rano Kau es totalmente circular. Su borde es paseable por completo, a excepción de uno de sus cuartos, donde parece mordido por un gigante que que, de paso, le hizo una especie de ventana semicircular que asoma al azul increíblemente intenso del océano.

El Rano Kau y su mordisco gigante. Foto: Sergio García i Rodríguez

A orillas del sendero hay lugar para sentarse y retomar el aliento –como hizo mi amiga Laia en la foto de cabecera–, y es ahí cuando lo evidente ocurre: tal y como le sucedió en su momento a Stendhal en Florencia, acude a ti un vértigo adrenalínico que te viene a recordar que, en la infinidad polinesia, eres pequeñísimo e insignificante.

Mirando hacia abajo, el Rano Kau es igual de impresionante que si miras a su alrededor. Los humedales y la vegetación de todos los colores que ocupan la caldera son el resultado de un microclima que, a la par que el paisaje que los aloja, es único.

¿Cómo llegar?

A Rano Kau se llega fácilmente con un buen calzado, un chubasquero (nunca se sabe) y una botella de agua (de las reutilizables, por favor). Rapa Nui es un universo único y cerrado donde las distancias son cortas y, desde Hanga Roa –el único pueblo de la isla- no tardarás más de una hora y media a pie en llegar al extremo sur de la isla, donde queda el Rano Kau.

Para l@s escéptic@s…

Si aún no te he convencido sobre la mística de Rano Kau, quizás te interese saber que al borde del cráter también se encuentran los restos del poblado de Orongo, que era el punto de partida de la ceremonia del Hombre Pájaro o Tangata Manu. Una competición entre representantes de las tribus de la isla que consistía en lanzarse, desde los 300 metros de los acantilados del lugar, hasta el cercano islote de Motu Nui, donde había que hacerse con un huevo de charrán y retornar al poblado. ¿Y por qué arriesgarse a ello? Pues para ganar el control de la isla por un año.

Según cuentan allí, la ceremonia se celebró por última vez en 1867, cuando los misioneros cristianos que llegaron a la isla se cargaron los cultos de los Rapa Nui.

Qué tiempos, aquellos.

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La oscuridad argentina de Mariana Enríquez

De nuevo vuelve la amiga Elena Aguayo y sus #LugaresLiterarios. En esta entrega nos lleva hasta el noreste de la Argentina de los años ochenta, donde Nuestra parte de noche y Mariana Enríquez nos hablan de represión, relaciones familiares oscuras y un submundo único a caballo entre Buenos Aires, Misiones, Entre Ríos y –también– Londres.

La Argentina de la dictadura es el telón de fondo para un viaje padre-hijo a pocos meses de la muerte de la madre, Rosario, en 1981. Hasta ahí, parece un relato ya bastante trillado en la literatura universal: dictaduras, relaciones paternofiliales, un viaje. Pero solo hasta ahí hablamos de terreno conocido.

En Nuestra parte de noche, Mariana Enríquez nos introduce rápidamente en un mundo oscuro y desconocido, un linaje maldito, médiums, visiones y sangre insertados en la realidad. Enríquez ha afirmado que en su infancia leía los primeros textos de realismo gótico al mismo tiempo que la dictadura argentina secuestraba, torturaba y asesinaba. En ese momento, realidad y ficción no se diferenciaban en su cabeza. Veía monstruos por todas partes, y este libro parece ser su reflejo.

Buenos Aires en un enero sofocante en pleno verano austral es el punto de partida. El auto recorre los primeros kilómetros de un largo viaje y Entre Ríos es la primera parada. La ubicación de los ríos Uruguay y Paraná dan nombre al lugar, cuyo territorio está compuesto en un 15% de islas y tierras anegadizas, rodeado de ríos y arroyos, lo que hace que se la considere a menudo una provincia de carácter “insular”.

Nuestra parte de noche
Navegando el Paraná. Dominio público.

Padre e hijo empiezan a alcanzar el subtrópico y los primeros rastros de las poblaciones guaraníes y chanás. El lector empieza a sumergirse en un mundo turbador de visiones y ecos, acentuada por los muertos y desaparecidos de la dictadura.

Algo empieza a salirse de la normalidad cuando empezamos a descubrir la Orden, una sociedad secreta en busca de la vida eterna, y los protagonistas empiezan a usar otro idioma imperceptible para el común de los mortales.

Puerto Reyes, en la provincia de Misiones, es la siguiente parada, y una noche de chamamé acentúa la cercanía de Paraguay y el Chaco. La dictadura no se siente tanto como en las zonas centrales, pero Tali, la hermana de Rosario, puede ver en su Tarot muerte y desapariciones.

”Tali no mentía, no daba falsas esperanzas.
Los padres y madres de jóvenes desaparecidos por la dictadura la buscaban para, al menos, saber cómo habían muerto, si su cuerpo estaba en un pozo de huesos o bajo el agua o en un cementerio perdido.”

Nuestra parte de noche, Mariana Enríquez
Nuestra parte de noche
Pescando en el Paraná. Imagen de Adam Jones bajo licencia CC-BY-SA 2.0

La majestuosidad de las Cataratas de Iguazú, en la frontera norte con Brasil, cierra el viaje antes de llegar a la casa de la familia de Rosario, donde su marido tratará de encontrar una explicación a su muerte. La Garganta del Diablo aterroriza a Gaspar, el hijo de ambos; la turbación de los meses sin su madre y sus primeras visiones lo tienen confundido. Finalmente, la majestuosidad del salto del agua, la fuerza del río y los arco iris que se forman, calman al chico.

De vuelta en Buenos Aires, empiezan a aparecer algunos de los mejores recursos de la novela de terror mundial: adolescentes en bicicleta, casas encantadas, arquitecturas imposibles, restos humanos, tortura y dolor. Y, al mismo tiempo, la tradición argentina de Borges, Cortázar o Sábato.

Todo regado por amistades que mutan en el tiempo, maltrato, herencias familiares, secretos de familia y monstruos, muchos monstruos. De fondo nos sigue acompañando la Argentina de la inestabilidad económica, el Mundial, la brutal irrupción del sida y las creencias religiosas populares.

Nuestra parte de noche
Parajes planos de Entre Ríos, Argentina. Foto de Andy Abir Alan bajo licencia CC-BY-SA 3.0

El salto al Londres de los años 60 y las drogas alucinógenas es un misterio que hay que descubrir a través del libro. Ese Londres de la “juventud bohemia y heredera, libertina y poderosa”, con “posiciones políticas radicales, hedonismo, promiscuidad, ropa extraña, chicos con demasiado dinero: eso era parecido a la Orden”.

Los protagonistas usaban como epicentro Chelsea, más específicamente Cheyne Walk, muy cerca del río, donde un apartamento con una escalera diseñada en los años 30 por Sir Edwyn Lutyens se convierte en su lugar de reunión en la capital británica.

Nuestra parte de noche
Y, de repente, Chelsea en los 60. Foto de Bruno Martins en unsplash bajo licencia pública.

Bajo el seudónimo de Paula Ledesma, Mariana Enríquez se hace con el Premio Herralde con esta novela imposible de abandonar, que acompaña varias noches por la adicción que genera su trama y escritura ágil, con días en los que crees que no quieres más, pero a la que inevitablemente vuelves para entender por qué.

Un dato: para quienes hayan leído Las cosas que perdimos en el fuego, otra joyita, La casa de Adela vuelve aquí con fuerza.

Instrucciones para leer Nuestra parte de noche

Nuestra parte de noche
🛍️ ¿Dónde encontrar el libro?

Anagrama edita en España Nuestra parte de noche, que ha popularizado a Mariana Enríquez tras ser la galardonada por el Premio Herralde 2019. El jurado la consideró “una novela total”, tan ambiciosa y desmesurada “como 2666 de Roberto Bolaño”. Promete.

Se puede encontrar por 22 euros en físico y por 13 euros en su versión digital.

🍷 ¿Con qué acompañar la lectura?

Para evitar caer en el cliché del mate, os sugiero una copa de vino Malbec, la variedad más extendida por Argentina. Los vinos Trapiche o Rutini pueden ser excelentes opciones.

🎵 ¿Qué escuchar de fondo?

Los 1275 kilómetros entre Buenos Aires y Misiones se pueden acompañar al son del chamamé o con Zamba para olvidar de Mercedes Sosa, la voz de América.

”No sé para qué volviste, si ya empezaba a olvidar, no sé si ya lo sabrás, lloré cuando vos te fuiste, decía la canción, y qué pena me da saber que al final de este amor ya no queda nada.”

Zamba para olvidar, Mercedes Sosa

Y un clásico para la etapa británica: David Bowie.

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