5 capitales de bolsillo: no hay que ser grande para ser cosmopolita

Malé, la capital de Maldivas: una microcapital singular

La palabra ‘capital viene del latín ‘capitalis’; es decir: ‘de la cabeza’. Ya sea fruto de las rutas comerciales históricas, de la colonización, del centro tradicional de poder, por motivaciones geoestratégicas, razones geográficas o la necesidad de equilibrar rivalides interurbanas, cada país elegió, de modo más orgánico o planificado, dónde colocar la ciudad que lo encabeza.

El dónde y el qué, sin embargo, han ido a menudo ligados. Si fue antes el huevo o la gallina es difícil de determinar, pero una capital, por lo general y como mínimo, acoge la sede del gobierno de un país, las instituciones y órganos que lo rigen.

Más allá de esto y atendiendo a las cerca de 200 capitales del mundo, hay de todo. También capitales cuya población cabría en el Estadio Azteca, cuyo tamaño encajaría en medio barrio de Barcelona o –incluso– cuyo aeropuerto recibe al día menos personas que las que llenan un vagón del metro de Buenos Aires. Son microcapitales donde hay de todo, pero a una escala familiar. Aquí van cinco de ellas.

Funafuti, Tuvalu: de plaza mayor, el aeropuerto

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¿Tienen todas las capitales el formato de una ciudad occidental, con un centro, una periferia, una trama urbana geométricamente planificada? Obviamente no.

Así sucede con Funafuti, la capital de Tuvalu. Se trata, básicamente, de un atolón tan estrecho y alargado que en él, la pista del aeropuerto funciona como plaza mayor. Cuando un avión va a aterrizar –siempre procedente de Fiji o Kiribati–, los bomberos avisan mediante una sirena a la población local, que una vez acabadas las maniobras de la aeronave reocupan su lugar de encuentro y ocio.

Más allá de esto, los algo más de 6.000 habitantes de Funafuti –un 60% del total nacional– viven en una localidad de tres calles de anchura en su parte más generosa. Quienes han estado en Funafuti dicen que la vibración del lugar es increíblemente relajada: apenas hay edificios de más de una planta –a excepción de la sede del Gobierno– y se disfruta de una temperatura constante de entre 26 y 33ºC durante todo el año.

Vaduz, Liechtenstein: colgando de una ladera

Una microcapital para un micropaís: así es Vaduz. En efecto, si uno echa un vistazo al mapa de la ciudad, se observa una rotonda con calles que nacen de ella y se desmelenan hacia todas direcciones en un país que no supera los seis kilómetros de ancho.

Para un catalán, es difícil echarle un vistazo a Liechtenstein sin pensar en Andorra. Pero, precisamente, lo singular del país alpino destaca si lo comparamos con su diferencia respecto al principado pirenaico: Andorra es básicamente un valle, mientras que Liechtenstein es, en su mayoría, una ladera. Y Vaduz yace, inclinado, sobre ella.

De hecho, el Rheinpark, estadio nacional del país, se encuentra a treinta metros del Rin, que separa lo que sí y lo que no es Liechtenstein de su vecina helvética. Por otro lado, a 1.800 metros a pie de distancia hacia el Este, domina por encima de todo el Castillo de Vaduz, residencia del Príncipe local. Pues bien: entre ambos templos –el pagano y el noble– sucede todo lo que tiene que suceder en esta microcapital, con sus 5.400 habitantes.

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Un museo nacional de arte, el vanguardista parlamento (arriba) y muy poca densidad de edificios por kilómetro cuadrado de pradera son algunas más de las singulares estampas que se pueden encontrar en la capital de este rico enclave.

Malé, Maldivas: cada palmo de tierra cuenta

Al revés que con Vaduz sucede con Malé, la capital maldiva. Más de 22.000 habitantes por kilómetro cuadrado conviven en una ciudad que surfea encima de su propia isla.

Malé, la capital de Maldivas: una microcapital singular
No podrán acusar a los maldivos de no haber aprovechado cada palmo de terreno en Malé.
Fotografía de Ishan @seefromthesky en Unsplash.com

Una terminal de ferris en un extremo, un puerto deportivo en el otro, un muelle de carga en otra de las esquinas y amarres para barcos en todo el perímetro restante acorralan a Malé, que queda conectada a su aeropuerto –sito en otra isla, obviamente– por un puente elevado sobre el mar de Laquedivas.

Con algo más de 100.000 habitantes –un tercio del país–, Malé cuenta con un poco de todo y con ese toque cosmopolita que otorgan la sobrecarga de edificios coloridos y azoteas solapadas y su interesante entramado urbano tejido de comercios, verde isleño, mezquitas y canchas de fútbol y críquet. Una microcapital que lo es, para Singularia, por su compactibilidad.

Nuuk, Groenlandia: el arte callejero más septentrional

Si consideramos a Groenlandia como un país, entonces podemos afirmar que su capital, Nuuk, es la más nórdica del mundo: por poquísimo, sus +64º 10′ de latitud superan a los +64º 09′ de la cercana Reykjavík.

Pese a ser varias veces más pequeña que su equivalente islandesa, reuniendo apenas a 16.000, se respira en Nuuk algo muy similar a lo que sucede en Reykjavík en lo referente a cultura y arte. Y es que ni lo inhóspito del clima de Nuuk ni su falta de luz solar en invierno han impedido la voluntad de la ciudad por embeller sus las calles y espacios públicos.

Más bien al contrario. Y todo debido, en su inicio, a una historia bien singular. Porque fue un muralista australiano, Guido van Helten, quien prendió la idea de llenar de color las fachadas de los bloques de viviendas de Nuuk.

“Siempre me atrajeron los lugare extremos. Es por ello que tenía muchas ganas de pintar en Groenlandia”, dijo antes de proponer y refinar el concepto ante el Ministerio de Vivienda de Groenlandia, que le otorgó a Van Helten y a su colega islandés Stefán Óli Baldursson dos paredes a gran escala para pintar (una de ellas, la de la imagen inferior), además de algo de apoyo económico.

Edificios singulares en Nuuk, Groenlandia. Singularia
Los edificios residenciales de Nuuk han visto cómo, progresivamente, más color los ha maquillado.
Foto de David Stanley en Flickr, bajo licencia CC BY 2.0

A partir de ahí, Nuuk se fue poblando de murales y esculturas, y en torno al empuje del arquitectónicamente notable centro cultural Katuaq –cuyas formas algunos asemejan a la dura geografía groenlandesa y otros a las auroras boreales– se consolidó la Ruta del Arte Urbano de Nuuk.

En cierta medida, es normal que haya una explosión cultural y una concentración de atracciones interesantes en Nuuk. La isla de la que es capital es una masa de hielo tan inconmensurablemente inmensa y poco poblada –apenas 56.000 almas– que ninguna ciudad groenlandesa está conectada a otra por carretera.

Brades, Montserrat: resurgir de las cenizas

Nórdicas o sureñas, cálidas o heladas, todas las capitales están sujetas a su marco geográfico. Y si de encontrar microcapitales situadas en parajes singulares se trata, el caso de Plymouth, la ciudad que encabezaba a la isla caribeña de Montserrat, es extremo.

Básicamente, porque en los 90 la localidad tuvo que ser abandonada y la capital trasladada a otro enclave 10 kilómetros más al norte. El motivo: una serie de más de cien erupciones volcánicas, las del pico de Soufrière, que sepultaron la trama urbana de Plymouth y llegaron a motivar la emigración masiva de un 60% de la población isleña al Reino Unido.

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Desde 1998, Brades funciona como capital de facto de la isla, acogiendo a un millar de las algo más de 5.200 personas que habitan Montserrat. El establecimiento de esta nueva microcapital fue una operación que implicó pensarla casi al completo.

¿Cómo es hoy Brades? Mientras Montserrat se recupera progresivamente del trauma volcánico de los 90, su capital consta, básicamente, de una calle con negocios, un banco, oficinas gubernamentales, correos, una biblioteca, una farmacia y restaurantes donde comer pescado y hamburguesas de langosta y escuchar reggae en vivo, según señala Lonely Planet.

El Centro Cultural de Montserrat, un lugar singular.
El Centro Cultural de Montserrat.
Imagen de David Stanley en Wikimedia Commons, bajo licencia CC BY 2.0

Una microcapital que mira al futuro, pero sin olvidar su orgien. Por ello la Plymouth que desapareció está alojada hoy, en forma de recuerdos y fotografías, en el pequeño Museo Nacional de las afueras de Brades. Todo sea por resurgir de las cenizas.

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Publicado por Sergio García i Rodríguez

Me llamo Sergio García Rodríguez y nací en 1990 en Canovelles, Barcelona. Soy un explorador compulsivo al que le encanta perderse investigando, leyendo y –sobre todo– escribiendo sobre (re)descubrimientos viajeros, la ‘cara B’ del mundo y sus curiosidades. Y para contagiar todo ese ímpetu eché a andar este blog, en 2019.

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