Yo rusa, tú americana: las islas del ‘Telón de Hielo’

¿Imaginas que Ibiza y Formentera pertenecieran cada una a un país distino? ¿Y que se regieran por horas y fechas diferentes y estuvieran aisladas la una de la otra? Pues algo así les sucede a las islas Diómedes (o Gvózdev, en ruso): una pareja de peñascos perdidos entre Rusia y Alaska que el tiempo –y la geopolítica- divorció.

Vayamos a lo básico. Las Diómedes son dos: la Mayor (o Ratmánov), que pertenece a Rusia, y la Menor (o Krusenstern), que pertenece a Estados Unidos. Apenas separadas por 3,8 kilómetros, navegan a la deriva en el frío del estrecho de Bering, allá por donde sucede más bien poco.

Históricamente, ambas estuvieron pobladas por familias esquimales de Alaska, que llamaban a la Mayor Imaqliq y a la Menor Ignaluk y transitaban entre ambas sin mayores problemas. Y lo hacían incluso a pie, aprovechando el hielo que cada invierno las conectaba.

Diómedes Menor
Una familia esquimal de las Diómedes hacia 1900. Imagen de dominio público

Dos islas, dos fronteras

Hasta que –y aquí la complicación de las Diómedes— se convertieron en objeto de tensiones geopolíticas al venderle Rusia, en 1867, Alaska a los Estados Unidos.

Esto supuso el levantamiento de una frontera internacional que dividió a las dos Diómedes, dejándolas como las reconocemos en el mapa hoy en día: una rusa, la otra americana.

Para mayor dramatismo, en 1884, la Línea Internacional de Cambio de Fecha quedó fijada en medio del Pacífico (ya hablamos de ello en nuestro post sobre Samoa y su capital) , y –sorpresa– cada Diómedes quedó anclada a un día diferente. Y, desde entonces, aunque la luz solar es la misma en ambas islas, las separan 21 horas de diferencia. Así que sí: desde la Diómedes Mayor, al mirar a su gemela, se puede mirar al pasado; y desde la Menor, al hacer lo propio, al futuro.

Entre ambas islas hay 3,8 kilómetros y 21 horas de distancia. Loco, ¿verdad? Imagen por Dave Cohoe bajo licencia CC BY 3.0

Un Telón de Hielo, familias separadas y una deportación

En 1948, las tensiones entre rusos y americanos propias de la Guerra Fría lo empeoraron todo. Así como en Europa cayó el Telón de Acero, entre las Diómedes cayó el Telón de Hielo: las familias de ambas islas –que sumaban a unas 400 personas– dejaron de poder transitar libremente y, aunque étnicamente idénticas, cada comunidad quedó sujeta a las decisiones de la potencia que las adminsitraba.

Para evitarse problemas, los soviéticos decidieron despoblar Diómedes Mayor y deportar a sus habitantes al continente. Establecieron una base militar en la isla donde, ahora, nunca hay más de 15 soldados. La Diómedes Menor, por su cuenta, sigue poblada hasta el día de hoy.

Ahí en medio, entre Rusia y Alaska, están las Diómedes. Imagen de dominio público.

¿Cómo es vivir en las Diómedes?

“Te cansas del color blanco y la nieve, que están en todas partes y siempre, hasta el horizonte”, dijo una vez uno de los soldados rusos destinados a la Diómedes Mayor.

Vivir en este recóndito rincón del mundo no parece precisamente excitante. Sin embargo, 115 personas viven en la Diómedes americana. Se trata de familias esquimales que mantienen un estilo de vida tradicional basado en la pesca y la caza de cangrejos, morsas, osos polares y ballenas. Porque sí: Diómedes Menor es uno de los pocos lugares del planeta donde la captura de ballenas para la subsistencia está permitida.

Por otro lado, algún que otro profesor estadounidense da clases en el colegio local, que también hace las veces de cine y de gimnasio. Y ello completa la población del lugar, que reside en un único asentamiento: un poblado enfrentado a la Diómedes Mayor compuesto por cabañas amontonadas en la escarpada ladera de la isla.

Con máximas de -16ºC en febrero y mínimas de hasta -40ºC, no parece que las Diómedes sean un gran destino vacacional. Solo algún que otro helicóptero llega al poblado de la isla pequeña periódicamente para repartir fruta, verdura y otros bienes de consumo, que se venden en ‘la’ tienda del lugar o en la oficina de correos.

Ni cafés ni restaurantes –obviamente– completan una localidad que el visitante solo puede visitar una vez el poblado y su consejo tribal le otorga permiso (vía carta). ¿Y los nativos? Pues ‘gracias’ a una subvención del gobierno hoy liderado por Trump, los isleños ‘solo’ pagan 400 euros por ir al continente. Así que, de algún modo, el Telón de Hielo sigue vigente hoy en día alrededor de las Diómedes.

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Publicado por Sergio García i Rodríguez

Me llamo Sergio García Rodríguez y nací en 1990 en Canovelles, Barcelona. Soy un explorador compulsivo al que le encanta perderse investigando, leyendo y –sobre todo– escribiendo sobre (re)descubrimientos viajeros, la ‘cara B’ del mundo y sus curiosidades. Y para contagiar todo ese ímpetu eché a andar este blog, en 2019.

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