El confinamiento veneciano (desde dentro)

El confinamiento veneciano

Marco Barbazza es un amigo de la casa al que este período me ha reconectado. Y aquí va su crónica –paseada y fotografiada– sobre cómo el confinamiento está afectando a ‘su’ Venecia, donde el turismo ha dejado paso… a un esqueleto urbano único. Grazie mille y… ¡a disfrutar! Nota de Sergio

En estas semanas epidémicas hemos visto ya de todo: economías paralizadas, ciudades a lo I am legend, gente que canta desde el balcón, redes sociales saturadas y mascarillas, muchas mascarillas.

Los efectos del confinamiento son aún más evidentes en los pequeños destinos turísticos que se han vaciado rápidamente de visitantes. La economía de estas ciudades, a menudo monopolizada por el turismo, colapsa inexorablemente.

Pero parece que, de algún modo, las ciudades vuelvan a vivir.

¿Un ejemplo?

Venecia nunca ha sido tan espectacular. Y surrealista.

El confinamiento veneciano
El Canal Grande, confinado.

Cada año, más de 12 millones de turistas eligen Venecia como destino de sus vacaciones. Es decir, que cada mes, los 50.000 venecianos conviven con un promedio de un millón de visitantes.

Todo el mundo lo sabe: en las últimas décadas, la ciudad se ha convertido en el producto ideal para el turismo masivo y la reciente hemorragia de los pisos turísticos, junto con la creación de nuevos complejos hoteleros en la tierra firme, no han mejorado la situación.

En este contexto de clímax turístico sin fin, el confinamiento impuesto por el gobierno parece haberse abatido sobre la ciudad como un deus ex machina, capaz de paralizar de un día a otro la imparable industria turística veneciana y convertir la ciudad en algo espectacular y sin precedentes en la historia moderna.

El confinamiento veneciano
El Campo San Paolo, evidentemente, confinado.

Los buses que conectan el aeropuerto y el centro histórico abren las puertas únicamente para desembarcar a los choferes. La mayoría de las persianas están bajadas, y las callecitas y los rincones normalmente abarrotados de turistas están tan vacíos que resultan casi irreconocibles.

Los miles de turistas desorientados han dejado lugar a unos pocos locales que, escondidos detrás de las mascarillas, caminan hacia el súper o el trabajo con el típico paso rápido de quien sabe exactamente que ruta seguir.

El confinamiento parece haber convertido Venecia en una de esas ciudades ideales representadas por los renacentistas italianos, donde la combinación entre la arquitectura y los espacios vacíos muestran un núcleo urbano que parece proceder de una visión onírica –donde el soñador sería, seguramente, un tío muy preciso–.

Caminando en las proximidades de plaza San Marco, epicentro turístico de la ciudad, tengo la impresión de pasear por los pasillos de algún museo muy exclusivo o bien muy poco conocido.

Procediendo hacia la plaza doblo la última esquina casi rozándola, seguro de la improbabilidad de chocarme con otra persona. Unos metros después me detengo, encantado por la solitaria majestuosidad de la basílica.

¿Un vídeo irrepetible?

Nunca la había visto así: la fachada, sumergida en un silencio sepulcral que abarca toda la plaza y los alrededores, resulta aún más solemne e imponente.

La ausencia de actividad humana, además de ofrecernos la visión de una Venecia singular e irrepetible, nos pone ante los ojos la fragilidad de una economía monopolizada por el turismo.

De repente me doy cuenta de que en la plaza estamos solo yo y ella, la más fotografiada de Venecia: me siento algo incómodo por haber profanado su preciosa solitud. Me alejo pasando entre las columnas que delimitan la plaza y, cada vez que la visual me lo permite, le echo una mirada de reojo casi sin creer a esa visión irrepetible.

Hasta el agua de los canales, conocida por su –digamos– escasa limpidez, parece beneficiarse de las consecuencias del confinamiento. Tras sólo unas pocas semanas desde la aprobación del decreto gubernamental y el comienzo del confinamiento, ya se pueden apreciar los resultados de la disminución del trafico lagunar y del oleaje.

La transparencia del agua de los 150 canales que cruzan la ciudad ha mejorado sensiblemente y, en algunos casos, resulta tan cristalina que dan ganas de darse un chapuzón. Saber que la mayoría de las casas venecianas no tiene saneamiento y que podría caerme una multa de miles de euros me ayudan a quitarme las ganas.

Los efectos de la ausencia de turismo y de la actividad humana, además de ofrecernos la visión de una Venecia singular e irrepetible, nos ponen ante los ojos la fragilidad de una economía monopolizada por el turismo y las consecuencias que esta tiene a nivel ciudadano y medioambiental.

En un mundo ideal, la competente clase política sabría aprender de las enseñanzas de los acontecimientos históricos y, terminada esta pandemia, promovería un nuevo tipo de turismo e incentivaría el desarrollo de otros sectores económicos con el fin de garantizar una mayor estabilidad económica y una mayor tutela de la ciudadanía y del medioambiente.

Pero bueno, en ese mundo ideal también existirían las ciudades ideales.

· · ·

Publicado por Marco Barbazza

Me llamo Marco Barbazza y soy un joven hombre de 29 años. Después de vivir algún tiempo en Barcelona, hace poco he vuelto a mi húmeda ciudad natal, Venecia. Vagabundo profesional e inconformista crónico, no podría sobrevivir sin alimentarme de cine, literatura, viajes (con o sin destino) y comida casera. Bueno, ya que estamos, añadimos el vino. Escribir me permite explorarme a mí mismo y todo lo que me resulta auténtico e insólito, accediendo a esa dimensión comunicativa donde las palabras se liberan del significado para asumir valor emocional o, mejor dicho, singular.

2 comentarios sobre “El confinamiento veneciano (desde dentro)

  1. ¡Qué imágenes! Si viviéramos una situación normal me parecerían fantásticas, pero en estos tiempos… no sé si dan un poco de miedo. Por cierto, enhorabuena por tu diario.

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    1. ¡Muchas gracias a ti por leer, Elana! La verdad es que ver Venecia vacía impresiona… y patearla, supongo que mucho más. Con el amigo Marco Barbazza nos pareció que, en cualquier caso, valía la pena fijar ese momento en el tiempo… y es un gusto poder tener este viaje fotoliterario en Singularia 🙂 ¡Un abrazo!

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