4 rincones bohemios (y un día) para respirar la serra de Tramuntana

Serra de Tramuntana

Las construcciones mentales son poderosas. Desde pequeño me atrajo la idea de que en las cumbres de Mallorcauna isla– nevase. Y, desde siempre, asocié mi atracción por la mayor de las Baleares a su paisaje más abrupto, salvaje, escondido y remoto –y eventualmente nevado–: la serra de Tramuntana.

Hace unas semanas tuve la suerte de acabar en Mallorca de modo fortuito e inesperado. Para mi 30 cumpleaños me regalaron una escapada sorpresa fenomenalmente acompañada que acabó por llevarme a Palma. Y, ya en la isla, tras la ferviente celebración del viernes noche y ante la privilegiada necesiad de decidir cómo emplear aquel sábado balear, la poderosa idea mental que me rondaba desde la infancia se impuso: nos fuimos de ruta por la serra de Tramuntana.

Y las montañas mallorquinas no defraudaron; al contrario. Más allá de la belleza evidente de su paisaje y de sus rincones, algo llama poderosamente la atención al acercarse a ellas: conocer que atraen, desde hace décadas y décadas, a la bohemia de todo el planeta.

Darse un paseo tranquilo y soleado por estos cuatro lugares puede ayudar a entender –y a respirar– por qué.

11.00 | Valldemossa o una puerta de entrada a la serra de Tramunana

Tras las tormentas de la víspera, la mañana amanece despejada y con un cielo que brilla azul y nítido en la luz de octubre, calidísimamente suave. Nos subimos a los coches y empezamos a recorrer un tercio norte de la isla lleno de campos ondulados, possessions, olivos, algarrobos y almendros. Postales del mediterráneo rural, sosegado y tranquilo, con el abrupto y pétreo paisaje de la Serra de Tramuntana de fondo, que se acerca cada vez más.

Valldemossa - Serra de Tramuntana
El skyline de Valldemossa es espectacular, lo mires por donde lo mires. Imagen de David Vives David Vives en Unsplash.

Empiezan las curvas –vendrán varios centenares de ellas–, y el camino inicia un estrechamiento progresivo. A ambos lados de la carretera se empieza a ver algo tan característico de la Serra de Tramuntana como la ensaimada lo es a Mallorca: una sucesión perfectamente escalonada de cultivos delimitados por las ancestrales terrazas que, gracias a la pedra en sec y al sistema de aljibes y canales que riega los valles, han alimentado a tantas generaciones de mallorquines y mallorquinas.

Tras aguantarle el pulso a los ciclistas, se aparece ante nosotros la silueta perfecta de las torres y los tejados que conforman el skyline prominente de Valldemossa. No soy muy de aplaudir a esos ránquings absolutistas que dicen que se trata de uno de los pueblos más bonitos de España, pero es probable que tengan algo de razón.

Darse un paseo por Valldemossa es entender, de golpe, por qué tantos escritores, pintores y músicos han elegido este lugar para aislarse y crear. Casas de piedra, calles adoquinadas, ventanas protegidas por porticones verdes, macetas de flores, cartelería de cerámica y olivos y cipreses –muchos- dan forma un ecosistema urbano tan caminable como resguardado por las montañas, que lo encierran y protegen. Y lo separan del mundanal ruido.

La caminata por Valldemossa nos da para rodear su Cartoixa –con su torre forrada de cerámica esmeralda–, recorrer sus jardines y placitas, descubrir que en su minúsculo nomenclator puede caber una calle del Uruguay, comprobar la pendiente de sus callejones y acabar autohomenjeándonos con una degustación de ensaimadas, cocas de patata y otras delicias locales en la terraza del Forn Ca’n Molinas, el más concurrido –y por consiguiente, fiable– del lugar.

Inspirarse en la Serra de Tramuntana (I)

La pareja que conformaban la escritora francesa George Sand y el músico polaco Frédéric Chopin pasaron una época en la Cartoixa de Valldemossa en 1838, donde ella escribió Un invierno en Mallorca y él acabó su serie de los 24 Preludios y la Balada número 2.

Dicen, también, que Gaspar Melchor de Jovellanos, Rubén Darío y Santiago Rusiñol eligieron este rincón de la isla para aislarse y crear. Y que Michael Douglas tiene una casa por estos lares.

12.30 | Las vistas difícilmente mejorables de Son Marroig y Sa Foradada

De vuelta al coche retomamos el camino serpenteante entre verde y montañas –a cuál más vertical y pedregosa–. Nos queda claro que no se trata de un recorrido especialmente recomendado para personas con propensión al mareo o con malestar estomacal, pero sí para amantes de la esencia mediterránea más pura: curva tras curva aparece el mar, bajo los acantilados, azulísimo.

El mirador de Son Marroig, con su vista difícilmente mejorable. Foto por Johannes W en Pexels.com

En tal escenario tampoco parece casual que, además de escritores y músicos, aristócratas de toda Europa lleven siglos revoloteando por la serra de Tramuntana. Fue el caso del avispado y bohemio Archiduque Luis Salvador de Austria –quien, en realidad, también escribía–, que en 1870 compró la possessió de Son Marroig –el terreno con la mejor vista de Mallorca, básicamente– y se instaló en ella para ver, cada día, el atardecer más privilegiado del lugar.

A los pocos minutos nos desviamos y aparcamos en el estacionamiento de Son Marroig y, al cabo de pocos segundos a pie, nos topamos con el mirador de Sa Foradada. Bajo nuestros pies, a algún centenar de metros de distancia, todos los tonos de azul posibles. Y una península estrecha y caprichosa que dibuja una enorme roca que, en uno de sus extremos, está agujereada. Es el gran forat por el que, según dicen, se cuela la mejor puesta del sol de la isla.

Y por el que también se cuela el misterioso rayo verde que sucede al momento en que el mar se traga al sol. Ese rayo que describió en Le rayon vert un Julio Verne al que su tocayo Cortázar –sí, siempre lo persigo– respondió unos años después tras presenciar en Son Marroig tal fenómeno lumínico.

Inspirarse en la Serra de Tramuntana (II)

Ayer, desde el mirador del Archiduque Luis Salvador, miré una vez más hundirse el sol en el mar.
[…] Y entonces surgió el rayo verde, no era un rayo sino un fulgor, una chispa instantánea en un punto como de fusión alquímica, de solución heracliteana de elementos. Era una chispa intensamente verde, era un rayo verde aunque no fuera un rayo, era el rayo verde, era Julio Verne murmurándome al oído:
¿Lo viste al fin, gran tonto?

Papeles inesperados, Julio Cortázar

La luz y la tranquilidad –esta última seguramente derivada de la pandemia infame que nos atosiga– invitan a quedarse por varias horas en el lugar, pero el tiempo apremia. Retomamos la ruta y nos dirigimos hacia Deià.

14.00 | Deià: piedra, olivos, mar y jazz frente a la chimenea

Pese a lo intimidantes que puedan parecer, las montañas mallorquinas son amables. Se insertan en un paisaje agreste pero reposado, modelado a lo largo de los siglos por la simbiosis perfecta y respetuosa entre actividad humana y medio, entre mar y sierra, entre culturas e identidades –todas las que fueron pasando por el lugar– y adaptación. Por ello la Serra de Tramuntana fue declarada como Paisaje Cultural del Patrimonio Mundial por la Unesco en 2011.

Las casas de piedra parecen en Deià colocadas estratégicamente para quedar bien.

Quizás la poderosa simbiosis entre cultura, tradiciones, paisaje y orografía que es la Serra de Tramuntana se hace más presente en Deià que en ningún otro punto. Deià es de esos lugares en los que, si no eres quien conduce –como fue mi caso–, la dificultad de conseguir un lugar para aparcar no es un inconveniente.

De nuevo las casas de piedra parecen en Deià colocadas estratégicamente para quedar bien. Los accidentados barrancos y terrazas sobre los que se asienta el pueblo –además de complicar la tarea de estacionar un coche– suponen cientos de oportunidades privilegiadas para otear el entorno, repasar con la mirada una trama urbana que se extiende hacia arriba y hacia abajo y pararse a distinguir las palmeras y los olivos que sobresalen, con el mar de telón de fondo.

Con todos esos ingredientes no parece raro que Deià sea, desde hace tiempo, un punto de encuentro de literatos de todo el mundo. En 1929, el poeta inglés Robert Graves escogió Deià como residencia para superar el trauma que le suposo la Primera Guerra Mundial, en una casa –Ca n’Alluny– que hoy se puede visitar como museo.

Más adelante, la escritora nicaragüense-salvadoreña Claribel Alegría y su marido, el también escritor Darwin J. Flakoll, se convirtieron en deianencs de adopción, y hasta su casa acudió por varias veces el propio Cortázar, junto con quien –según cuenta Alegría en su libro Mágica tribu– la pareja pasó varias veladas hipnotizándose con el jazz de Thelonius Monk, Betty Smith o Miles Davis frente a la chimenea. Eso es vida, ¿eh?

Inspirarse en la Serra de Tramuntana (III)

De toda Mallorca escogí Deià, pequeño pueblo de pescadores y productores de aceite en la montañosa costa Noroeste de la isla —el resto del territorio es principalmente llano y ondulado—, porque encontré el escenario que deseaba para mi trabajo como escritor: sol, mar, montañas, frescos arroyos, árboles de sombra, nada de política y algunos lujos de la civilización.

Por qué vivo en Mallorca, Robert Graves

Nuestro paso por Deià nos da para almorzar al sol de la tarde incipiente, y la sobremesa se alarga. Si, como el cronopio de Cortázar, queremos ver el rayo verde mallorquín, toca moverse.

18.00 | El far des Cap Gros: sin rayo verde, pero con todo el mar

¿Dónde acaban los días de paseo, en una isla? Claro: en un faro y frente a un atardecer.

El atardecer en el Port de Sóller, desde el far des Cap Gros.

Con esa premisa y tras varios kilómetros más de curvas que abren y cierran el paisaje sin parar llegamos al Port de Sóller, que se aloja en una bahía natural, mansa y apacible, encerrada por las prominencias de la Serra de Tramuntana.

Desde allí, por el camí des Far, subimos serpenteando por pendientes semiimposibles hasta el far des Cap Gros, desde el que se ve tanto el Port de Sóller desde el que venimos –con las montañas de fondo– como el mar Mediterráneo, abierto, debajo, frente a nosotros.

Gracias a una pequeña caminata desde el faro de apenas cinco minutos nos refugiamos en un bosque bajo –cabras incluidas– que nos hace encontrar un lugar privado y privilegiado para sentarnos a ver cómo se pone el sol en la mayor de las Baleares. La ceremonia lumínica avanza según las previsiones y, pese a que no somos capaces de distinguir al famoso rayo verde, se nos regalan todos los tonos que cabe presuponerle a una puesta de sol como la que buscábamos. Y la brisa salada y fresca que la acompaña.

Toca deshacer camino, porque anochece –y hay que seguir celebrando el cumpleaños en otro lado–. Quedan ganas de más, pero siempre es bueno que suceda eso; así habrá que volver a la Serra de Tramuntana. ¿Quizás para ver si realmente nieva?


🗺️ La ruta por la serra de Tramuntana bohemia, en este mapa 👇
📍 Mucha más información sobre la Serra de Tramuntana en su página oficial. Y, sobre Mallorca, aquí.

Imágenes propias (cuando no se indica lo contrario).

Este post va dedicado a seis personas fantásticas y especialísimas, compañeras irrepetibles de esta ruta por el norte de Mallorca y de un cumpleaños para la posteridad: Lucho, Eli, Marc, Mónica, Pepe y Vanesa.


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Publicado por Sergio García i Rodríguez

Me llamo Sergio García Rodríguez y nací en 1990 en Canovelles, Barcelona. Soy un explorador compulsivo al que le encanta perderse investigando, leyendo y –sobre todo– escribiendo sobre (re)descubrimientos viajeros, la ‘cara B’ del mundo y sus curiosidades. Y para contagiar todo ese ímpetu eché a andar este blog, en 2019.

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