El hospital más bonito del mundo (y un paseo por su barrio)

El Hospital de la Santa Creu i Sant Pau es el más bonito del mundo (y me atrevo a decirlo habiendo estado ante una ínfima muestra de los más de 17 mil que hay en el planeta). Echémosle la culpa al modernismo y a un hombre: Lluís Domènech i Montaner.

Si miras al Eixample desde el aire —por ejemplo, antes de aterrizar en Barcelona—, ves clara la excepcionalmente perfecta retícula que le da forma. Y, en uno de sus extremos, ocupando el equivalente a nueve manzanas de las que Cerdà ideó, un cuadrado inmenso destaca: es el Hospital de la Santa Creu i Sant Pau, que lleva allí desde que en 1902 se colocara su primera piedra.

En aquellos años, el solar que hoy ocupa era una isla colindante con el emergente Eixample, que buscaba expandir Barcelona más allá de los límites de la hoy Ciutat Vella. El Hospital de la Santa Creu i Sant Pau, que llevaba en el Raval desde 1401, se había quedado pequeño. Y las entonces casi rurales faldas de la colina del Guinardó eran su nuevo destino.

El hospital más bonito del mundo se inauguró en 1930. En la imagen, las obras, en 1913. Imagen de Josep Salvany i Blanch, de dominio público.

Se dio, para tal fin, una conjunción única: el legado de un mecenas recién fallecido —el banquero Pau Gil— y su voluntad de dedicarlo al nuevo hospital, el talento del arquitecto Lluís Domènech i Montaner y la etapa dorada de un movimiento estético que embellecía todo lo que tocaba en la ferviente Barcelona: el modernismo.

Hasta 1930 no se inauguró el hospital de la Santa Creu i Sant Pau, y Domènech i Montaner no pudo ver la obra finalizada. Una tremenda lástima: estaba en pie el hospital más bonito del mundo.

Un deleite urbano y el corazón de varios barrios

91 años después, el Hospital de Sant Pau (como se le conoce coloquialmente; la ‘Creu’ siempre cae al nombrarlo) tiene dos partes diferenciadas: la modernista, hija del proyecto de 1902, y la moderna, construida en los 2000 cuando —de nuevo— la infraestructura médica quedó obsoleta. La moderna es la que aloja hoy a las instalaciones sanitarias, y la modernista, la abierta al visitante como joya que es.

El hospital de Sant Pau queda hoy encajonado en la vida de cuatro barrios de Barcelona.

A ambas las acabó engullendo Barcelona y su trama urbana, que tiene insertado al hospital de Sant Pau el punto de encuentro de varios barrios —el Baix Guinardó, el Guinardó, la Sagrada Família y el Camp de l’Arpa— que le deben parte de su identidad y vida. Pero centrémonos en el Sant Pau modernista y reivindiquemos su benefactora influencia en el barrio en el que hoy vivo: el de la Sagrada Familia.

Normal que semejante vecina le birle el nombre del barrio. Sucede igual con la avenida que une al templo de Gaudí con el hospital que nos trae hoy aquí, que también acabó decantándose a favor del bueno de Antoni. Porque sí, también se podría haber llamado Avenida Domènech i Montaner, pero eso no es relevante ahora. Lo que hay que retener es que la Avenida Gaudí es la mejor manera de acercarse al hospital de Sant Pau, y que en 10 minutos a pie conecta dos obras maestras que, a la vez, son Patrimonio de la Humanidad. Maravillas a golpe de paseo.

La Avenida Gaudí conecta a la Sagrada Família y al Hospital de Sant Pau, cortando en diagonal por las manzanas del Eixample.

Detente a tomar un café o una cerveza bien fresca a medio camino en la susodicha, amable y modernista avenida, y retómala luego para toparte de frente, en su extremo norte, con la increíble fachada del hospital de Sant Pau. Ese ritual, al completo, es un deleite urbano para el vecino del barrio —como yo mismo—, para el turista —que hoy escasea—, para los millares de enfermeros del hospital, tanto de hoy como de ayer —como los amigos Abel o Julia—, para los funcionarios de las organizaciones que el conjunto modernista también aloja —de ONU-Habitat, por ejemplo—o para el curioso que barcelonea de vez en cuando.

La fachada de Sant Pau es increíble. Imagen del Districte d’Horta-Guinardó bajo licencia Creative Commons.

A todos impresiona, de repente, la aguja imposible que corona la fachada, los arcos de cerámica de las puertas, el hierro forjado que las adorna, los azulejos omnipresentes, los porticones coloreados de cada ventana, los mosaicos laterales que relatan —a modo de cómic— la historia del lugar. Y el amor y el detalle con el que Domènech i Montaner diseñó cada centímetro de la armonía del edificio.

Armonía y minuciosidad en el recinto modernista más grande del mundo

Entrar al recinto solo mejora la impresión. Está compuesto por 27 pabellones en los que se desarrollaban las tareas médicas hasta entrada la década del 2000, cuando 12 de ellos fueron restaurados minuciosamente y abiertos al disfrute del público. Lo mismo sucedió con un kilómetro de galerías subterráneas que conecta a los pabellones y los jardines que los articulan a nivel de calle.

Absolutamente todo está bendecido —porque hoy, echando la mirada hacia atrás, es una suerte que así pasase— por la voluntad modernista de embellecer la obra humana y de hacer que despertara emociones, rindiendo un homenaje constante a la naturaleza. Flores, hojas y árboles —con el permiso de la heráldica— inspiran toda la ornamentación de Sant Pau, y perderse entre sus vidrieras, sus techos alicatados y las sinuosas esquinas y columnas que le dan forma es un placer absoluto. No hay más.

La disposición de los pabellones en el plano del hospital es tan funcional como bella. El espacio, las cúpulas (de todos los calibres) y los ventanales se conjuran para dejar pasar el aire, punto clave por allá cuando la climatización era manual. Lo mismo ocurría con la luz, y mención a parte merece la antigua (y curiosa) Casa de Operaciones y sus acristaladas paredes casi de invernadero. Ocupaba el espacio central del recinto para poder captar tanta iluminación natural como fuera posible y alargar así al máximo su horario de actividad.

Dos vistas de la Casa de Operaciones: la trasera y la interior.

Para Domènech i Montaner, no había que elegir entre belleza y funcionalidad. Y lo mejor de todo es que, aquí, tampoco hay que decidir entre calidad y cantidad: por si fuera poco, Sant Pau es el recinto modernista más grande del planeta. Darle más vueltas es absurdo: visitar el hospital más bonito del mundo es un regalo, y obviarlo estando en Barcelona, una pérdida. Incluso puede ser un regalo en el sentido literal del término: el primer domingo de cada mes, la entrada matutina es gratuita. ¿Le podemos pedir algo más?

Todas las imágenes que incluye este post son hechas por mí.


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🏥 Para situar al hospital más bonito del mundo en el mapa 👇
📍 Para más información sobre el Hospital de la Santa Creu i Sant Pau, visita la web oficial del Recinto Modernista aquí.

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Publicado por Sergio García i Rodríguez

Me llamo Sergio García Rodríguez y nací en 1990 en Canovelles, Barcelona. Soy un explorador compulsivo al que le encanta perderse investigando, leyendo y –sobre todo– escribiendo sobre (re)descubrimientos viajeros, la ‘cara B’ del mundo y sus curiosidades. Y para contagiar todo ese ímpetu eché a andar este blog, en 2019.

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