Milán en 10 pinceladas: una guía singular

Una guía de Milán

Milán es una ciudad de paradojas. Es el norte del sur y el sur del norte. Es italiana pero centroeuropea. Tiene 24 siglos de historia pero es la ciudad del futuro. Adora la superficialidad de la moda puntera y la refinación del diseño de vanguardia, pero mima, sobre todo, la comodidad del día a día. No es capital pero lo es totalmente. Le encanta mantener la forma y, a la vez, disfrutar una buena mesa. Vive bajo un cielo gris pero es callejera. Quiere que la visiten pero, sobre todo, que la vivan.

Milán es la belleza sofisticada y añeja del Duomo, la elegancia burguesa de Brera y la juventud efervescente de Navigli. Milán es muchas cosas y, entre ellas —qué suerte—, una ciudad caminable. Atreverse a perderse por ella es, pues, una opción más que óptima para abordarla, y ojalá estas diez ideas os inspiren a hacerlo. ¿Una guía? Más bien, pinceladas aleatorias y sugerencias no imperativas para descubrir Milán. Y, como siempre, a fuego lento y contentando a los sentidos.

1 | Recorrer las terrazas del Duomo al atardecer

Milán empieza y acaba en el Duomo, su catedral imponente. Un lugar siempre céntrico: la plaza que lo precede ya fue el kilómetro cero de la Mediolanum romana. Y un lugar siempre dinámico: punto de encuentro y paso de milaneses y visitantes, de quienes van de compras a las galerías Vittorio Emmanuele II, quienes se dirigen hacia el Teatro alla Scala o simplemente cruzan, en el ajetreo cotidiano, el centro de la ciudad.

Pero el Duomo es, sobre todo, estéticamente impactante. Una mole piramidal llena de refinamiento, historia y detalle: 579 años de construcción, 3.400 estatuas y estatuillas, 200 bajorrelieves, 3.600 personajes representados… El Duomo milanés es puro virtuosismo, y recorrer sus tejados al atardecer, un acierto inmenso: mira cómo la luz impacta en las figuras y estructuras que coronan la catedral, y cómo el sol se pone tras la ciudad, que se expande casi infinita. Y, al salir, enfréntate al Duomo, desde la plaza, de nuevo: el mármol blanco de su fachada es un espejo hipnotizante.

2 | Subirse a un tranvía, aunque sea sin rumbo

Los tranvías le suman entrañabilidad a cualquier ciudad del mundo —y si son antiguos, mejor—. Milán entra en ese selecto club de urbes que tienen una cuidada y añeja red de tranvías —de un color entre amarillo y naranja, por cierto—, con 21 líneas que recorren las calles de la ciudad desde 1876, transportando desde entonces de casa al trabajo y de la universidad a los bares a millones de milaneses.

Guía de Milán
Los tranvías milaneses son, por dentro, de madera.

Súbete a uno de los vagones viejos y disecciona la ciudad sentado en sus asientos de madera, embobándote, al traqueteo del tranvía, ante los elegantes y robustos edificios del centro, cruzando el arco medieval de la Porta Ticinese o pasando bajo la gran aguja/homenaje a la moda de la plaza Luigi Cadorna. Al bajarte —o antes de subir, qué más da—, es imposible no admirar la tentaculosa maraña de cables que sustenta a este medio de transporte, colgada como un collar infinito que abraza Milán por todos lados.

El tranvía siempre es un medio de transporte entrañable.

3 | Triennale: un viaje por el diseño Made in Italy

Detrás de todo lo que vemos hay diseño. Pero se da el caso de que mucho de lo que vemos y tocamos cada día ha sido diseñado en Milán o, como mínimo, en Italia. Por ejemplo: la más cotidiana de las cafeteras —llamada italiana, claro—, las máquinas de escribir Olivetti, el popularísimo Fiat 500… pero también objetos cotidianos y menos icónicos como una infinidad de modelos de sillas, sillones, butacas, lámparas, transistores, tocadiscos, mesas y recipientes que, si bien más discretos, nos hacen la vida más fácil —y bonita— desde hace años.

La Triennale te invita a recorrer la fructífera historia del diseño italiano en un paseo.

Pues bien: un paseo curioso por la historia del diseño Made in Italy —desde 1940 hasta hoy— es la Triennale de Milano, un museo situado en uno de los costados del Parque Sempione por el que vale la pena perderse. La visita nos sumerge de lleno en todos los argumentos que convierten a Milán en la capital mundial del diseño, algo que no es fruto de un día. Ya desde 1933, en el mismo Pallazzo dell’Arte donde se ubica el museo, se celebraba la Exposición Internacional Trienal de Artes Decorativas e Industriales Modernas y Arquitectura Moderna, evento que servía de altavoz de las últimas novedades mundiales en el campo del diseño.

Hoy, el edificio también alberga —más allá del museo— un teatro, una librería repleta de libros relacionados con el diseño y un enorme jardín con una cafetería —por supuesto— llena de estilo.

4 | 10 Corso Como: diseño para comprar

Si la Triennale es el lugar para ver diseño, 10 Corso Como es el lugar para ver diseño y además —si puedes— comprarlo. Aunque, a decir verdad, con darte una vuelta por esta concept store de tres plantas y su exuberante patio interior, tendrás suficiente.

¿Es una tienda? Sí. ¿Es una librería? También. ¿Es un museo? Lo es. ¿Es una cafetería? Sí, bajo un techo de plantas precioso. ¿Es una galería de arte? Claro. ¿Es un hotel? Sí, de 3 habitaciones. ¿Es un espectáculo? Por completo.

¿Y qué podrás encontrar? Desde ropa hasta ediciones originales de lámparas del colectivo Memphis Milano, desde libros de fotografía hasta perfumes, desde jarrones hasta posavasos. Todo derrochando ese toque estiloso, refinado y vanguardista tan Milán, y todo a precios astronómicos, claro.

Pero no te preocupes: hay alternativas cercanas para bolsillos más terrenales: a lo largo del Corso Como y del Corso Garibaldi —alrededor de la Porta Garibaldi—, decenas de concept stores aparecen como setas.

5 | Brindar al borde del agua en i Navigli

Milán, decíamos, tiene de todo y para todos. Y sí —a falta de playas—, Milán también tiene canales: en concreto, cinco. Son i Navigli, antaño arterias comerciales dedicadas al reparto de mercancías y, hoy, excusa para perderse, terracear, probar varios buenos bocados, tomarse un vino ante sus aguas relajadas y ver cómo los milaneses y milanesas se divierten.

Al anochecer, la efusividad de i Navigli se eleva —pero sin alejarse en exceso del toque slow pero dinámico que emana la ciudad constantemente— con miles de locales y visitantes poblando las terrazas de los restaurantes y pubs, paseando al borde de los canales y brindando bajo una iluminación cuidada a conciencia hasta que, hacia las 2 de la mañana, todo empieza a plegar velas.

6 | Probar el risotto alla milanese (u otras alegrías para el estómago)

A los milaneses y las milanesas les gusta disfrutar de una buena mesa. Y, en torno a i Navigli, por cierto, se come estupendamente. Por ejemplo, en Le Striatelle di Nonna Mafalda, o en Luca e Andrea. Tanto si os pierde la pasta al dente y los sofritos rebosantes de mozzarella y scamorza como una buena burrata o una pizza bianca, opciones encontraréis. Y bien atendidas.

Maíz parece, risotto es.

Y fue al borde de i Navigli donde probé una receta que desconocía: el risotto alla milanese. Su peculiaridad: ser un plato amarillo a causa del azafrán. Un arroz de la variedad carnaroli del Piamonte y un buen queso parmesano completan una combinación que casi hace llorar de alegría. Acompáñala de un vino italiano —abundan las opciones del sur; vinos calabreses o de Puglia—, y seguramente acabarás soltando esa lágrima.

7 | Sumergirse en la cultura del espresso y del pannetone

El primer café espresso se bebió en Milán. Fue en 1906, para la Exposición Universal de aquel año, celebrada en la ciudad, cuando Luigi Bezzera y Desidero Pavoni presentaron una máquina que, por medio de una caldera vertical, elaboraba una taza de café en apenas unos segundos.

125 años después, el café espresso es, en Milán, una religión: apenas un dedo de explosión cafetera que se pide en todos lados, se bebe en los mismos escasos segundos que tarda en prepararse y enciende los sentidos, también, al instante.

Pannetone y espresso en Cucchi.

¿Qué hay más milanés que pedir un espresso? Acompañarlo de otra delicia local globalizada: el pannetone. Algo más viejo —quizás del siglo XVI—, pero igualmente presente por todos lados en su ciudad de origen. Incluso en septiembre (¡!), a meses de Navidad. Siéntate en la terraza de la Pasticceria Cucchi —allí desde 1936— y moja un buen corte de pannetone en la amargura del espresso. ¡Y a seguir ruta!

8 | Embobarse con los frescos de la iglesia de San Maurizio

Milán, también, invita a mirar hacia arriba. Sobre todo si estás dentro de la iglesia de San Maurizio al Monastero Maggiore, donde absolutamente todo —paredes, techos y bóvedas— está pintado con frescos renacentistas. Algunos (aquellos obsesionados con comparar lugares compulsivamente) le llaman «la Capilla Sixtina de Milán», y atinan bien.

Guía de Milán
San Maurizio, por dentro, es un sueño.

La historia de esta iglesia tiene curvas y un final feliz. Siete años tardó —de 1522 a 1529— Bernardino Luini en cubrirla de pinturas. Una demolición parcial la afectó en el siglo XIX. Más cerca de nuestros días, la Segunda Guerra Mundial impactó al templo de gravedad y, ya en los ochenta, la degradación de los frescos por la humedad casi los deja irreconocibles. Por suerte, un ambicioso programa de mecenazgo permitió su restauración entre 1985 y 2015. Hoy, todo su esplendor es visitable gracias al trabajo desinteresado del Touring Club Italiano, cuyos voluntarios te reciben en la iglesia, a la que se accede gratis.

9 | Escrudriñar cúpulas imponentes

Si Milán invita a mirar hacia arriba no es porque el buen tiempo sea una característica central de la ciudad, precisamente. Pero quizás por eso mismo en Milán encuentras cúpulas que bien merecen ser vistas y escudriñadas por largos ratos. Dos de ellas cautivan especialmente.

La primera, es evidente: la de las Galerías Vittorio Emanuele II, acabadas en 1877. Son un paso previo —mucho más romántico— a los impersonales centros comerciales que hoy inundan nuestras ciudades, y no por aglutinar a hordas de turistas que buscan su mejor foto desmerecen una visita atenta. Llenas de detalles dorados y cornisas engalanadas, cubren un universo singular formado por tiendas de alta costura, restaurantes refinados y librerías casi ocultas. Un espectáculo.

La enormérrima Estación de Milán Central.

Hacia el norte de la ciudad se ubica la segunda cúpula imponente de Milán: la de la Estación de Milán Central. Una cúpula —son varias, de hecho— que, dicho sea de paso, ojalá no existiera: es hija de un proyecto al que los fascistas de Mussolini, cuando llegaron al poder, fueron sumando metros y kilos desmesuradamente para impresionar y demostrar, mediante el ferrocarril, su poder sobre el Estado. Acabada en 1931, es un lugar que hoy abruma por sus dimensiones, totalmente exageradas, y que ve circular al día a 320.000 pasajeros.

La Estación Central de Milán esconde un secreto para los amantes de la buena mesa —otro más en Milán, sí—: el Mercato Centrale, un patio de comidas que reúne hasta 32 restaurantes que sirven comida rápida y de qualità.

Guía de Milán
Pasteles al paso en el Mercato Centrale.

10 | Un aperitivo con estilo en el Arco della Pace

¿Hay un lugar en la tierra donde converja más estilo por habitante que en Milán? Creo que no, o al menos yo no lo he visto. Ya desde la mañana se percibe: a la gente de Milán —sin importar la edad— le gusta vestir bien y que se note, engalanarse con tejidos vistosos y elegantes y un calzado distinguido, y peinarse con esmero. Y, obviamente, salir a ver y a mostrarse.

Si hay un momento del día donde el estilo milanés brilla con más fuerza y por todos lados es, sin duda, a la hora del aperitivo: allá hacia las 6 de la tarde y hasta antes de la cena, cuando las obligaciones cesan, los autóctonos se reúnen en torno a una mesa para tomar una copa —abunda el Spritz local, claro— acompañada de algunos bocados cortesía de la casa.

Milán: una guía
El Arco della Pace.

Antes de la pandemia, los bares disponían una especie de bufé donde cada quien podía servirse lo que quisiera: foccacias, pizzas, bruschetas, ensaladas de pasta, aceitunas… Hoy, para minimizar riesgos, los tentempiés vienen ya listos en una bandeja para cada cliente.

Pagarás el trago un poco más caro que en otra hora, pero vale la pena participar de esta religión milanesa. Un lugar para hacerlo con estilo y con garantías: la piazza Sempione, alrededor del Arco della Pace. Ojalá te acompañe un atardecer luminoso y… Salute! 🔴

Dedicado a Lucho, el mejor guía del planeta.

*Fotos: Sergio García i Rodríguez.

Milán: ver, descubrir, pasear 👇🏽

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Publicado por Sergio García i Rodríguez

Me llamo Sergio García Rodríguez y nací en 1990 en Canovelles, Barcelona. Soy un explorador compulsivo al que le encanta perderse investigando, leyendo y –sobre todo– escribiendo sobre (re)descubrimientos viajeros, la ‘cara B’ del mundo y sus curiosidades. Y para contagiar todo ese ímpetu eché a andar este blog, en 2019.

2 comentarios sobre “Milán en 10 pinceladas: una guía singular

  1. ¡Me ha encantado esta guía singular! Me gusta el diseño y también el Aperol Spritz. ¡Me tomaba uno mismo a la salud de Singularia blog! ¡Enhorbuena, viajero!

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