La Roma auténtica en 31+1 rincones y un paseo curioso

Roma es muchas cosas. Por ejemplo, tres colas sucesivas —a cuál más poblada— para poder acceder a un —también superpoblado— Coliseo. O una marabunta tras la que se esconden una veintena de guías gritando, repetida e intercaladamente, mientras esperas para entrar al Foro, «¡Por aquí, grupos! ¡Por allí, visitantes individuales!» Roma puede ser vendedores ambulantes de souvenirs Made in China por todas partes, entre los cuales delantales con el torso del David de Miguel Ángel, escultura residente a 270 kilómetros de Roma —total, ¿qué más da?—.

Porque una realidad como un templo —romano— es que Roma es una ciudad atestada de turistas. Y que muchos de ellos, palo de selfie en mano, no buscan más que tachar los hits de la capital italiana de su lista limitándose a embutir sus cuentas de Instagram con posados ante lugares de los que probablemente se pregunten pocas o nulas cosas. Como le pasó y de nuevo pasa a Barcelona —pero a una escala sensiblemente mayor—, Roma es capaz de inspirar lo peor del fast food turístico.

Pero este post no va de eso, sino de todo lo contrario. Si tantas y tantos acudimos a Roma no es solo porque su patrimonio infinito e inigualable definió la civilización de la que derivamos. Sino porque, hija de las muchas capas que han ido sedimentando en sus 3.000 años de historia, Roma es a la vez y ante todo un fascinante microcosmos repleto de rincones, detalles y cotidianidades auténticos e irrepetibles, que cristalizan en su personalidad rotunda e inconfundible y que, pesando en la balanza mucho más que el infame turismo de masas, hacen que te enamores perdida y locamente de ella.

Porque no ha habido otra ciudad más importante ni central en la historia de la humanidad que Roma en los últimos milenios, pero con esa grandilocuencia altanera convive a otra velocidad y escala otra Roma, la Roma de barrio y caminable, vieja y fascinante, de escala humana, plazas interconectadas, comercios, bares y terrazas enmarcadas por el verde de las enredaderas y las campanas de las iglesias. Es la Roma donde no das un paso sin encontrar una postal entrañable, la Roma que disfruta como en La Grande Bellezza, en la que todas las escenas y escenarios te llaman y la luz del sol abraza a todas las superficies.

Y de esa Roma, solo de esa, —que es la que queremos y nos gusta, ¿verdad?— va este post. Os propongo un paseo sin rumbo fijo ni prisas —no hay mejor manera de fundirse con las joyitas de la Città Eterna— por 35 rincones y experiencias romanas a mi humilde parecer genuinas y ajenas a la globalización uniformadora y al turismo de masas. Accesibles, caminables y democráticas todas ellas, algunas apabullantes y otras más sutiles, son un regalo para el visitante atento y curioso que no quiere quedarse en la superficie y que quiere, voluntariamente, perderse por Roma. Así que ¡andiamo!

Plazas, calles, templos y fuentes

1 |  La piazza di Sant’Ignazio, un gran ejemplo de que sus placitas y plazas son, indiscutiblemente, lo que hace a Roma ser Roma, en nuestro imaginario estético y en la realidad. Enfrenta a la robustísima iglesia barroca que le da nombre con un conjunto de edificios de fachadas cóncavas perfectamente pintados de color crema, dando pie a un resultado tan singular como sublime e hipnótico.

2 | Los frescos de la iglesia que domina la plaza, Sant’Ignazio di Loyola in Campo Marzio, de Andrea Pozzo, una joya barroca que juega con la perspectiva magistralmente.

3 | La piazza di Pietra, otro ejemplar precioso de los escenarios de la cotidianidad romana en comunidad donde, por ejemplo, conviene tomarse un vermut frente a las once inmensas columnas del año 145 que te regala el templo de Adriano. Casi dos milenios —se dice pronto— ante ti.

4 | Los alrededores de lo que queda del Portico di Ottavia, que sigue en pie desde el 27 a.C. tras la mayor sinagoga de la capital italiana. Llenos de tabernas y osterie, te dan la posibilidad de transitar o incluso cenar entrelazándote con dos milenios pétreos.

5 | La piazza Navona —sí, pese a su sobrepoblación constante— y la postal inigualable que regala la superposición de su Fontana dei Quattro Fiumi —una alegoría de los cuatro mayores ríos del planeta con esculturas sobrenaturalmente hermosas de Bernini— frente a la imponente iglesia de Sant’Agnese in Agone. De noche, iluminada celestialmente, mejor todavía.

6 | Las caras pétreas más expresivas de la ciudad, en la fuente de la piazza de la Rotonda —obra de Giacomo della Porta—, frente al Panteón.

7 | La generosa fuente ‘delle mammelle(‘de las tetas’), en la piazza Capo di Ferro: verás que amamanta de agua a los transeúntes del mismo modo que la famosa loba capitolina amamantó a Rómulo y Remo, fundadores de Roma.

8 | El aire bohemio y callejero del Trastévere y su trama urbana abigarrada de calles, callejones, placitas y pasajes superpuestos, que sintetizan el modo de vida caminable, entrañable, ecléctico y a escala humana al que todos querríamos aspirar.

9 | El color terracota —uno de los regalos cromáticos de Roma— de la piazza de San Egidio, en el Trastévere. Omnipresentes en la ciudad y específicamente en este rincón, los tonos rojizos rodean tanto a la iglesia que le da nombre a la plaza como enmarcan al palazzo Velli, frente al templo.

10 | El ponte Cestio, que une sobre el Tíber el centro de la vieja Roma con la isola Tiberina —la única de las islas romanas—, antaño hospital para aislar del resto de la urbe a los infectados por plagas y enfermedades.

11 | Los rinconcitos y las esquinas del Ghetto —el barrio judío— de Roma bajo la luz de la luna, cubiertos por enredaderas verdes y trepadoras.

12 | La fachada del Palazzo Spada —que hoy alberga al Consejo de Estado italiano— y su espectacular colección de esculturas de antiguos emperadores romanos mirando a la calle.

13 | La Casa di Bartolomeo de´ Dossi, en el número 103 de la via del Governo Vecchio, a tres pasos de la piazza Navona: un mosaico espectacular de medallones que representan a destacados juristas romanos de antaño.

14 | La iglesia de Santa Maria Maddalena, en la plaza homónima: tiene tantas rectas y curvas virtuosas en su fachada como bocas abiertas deja.

15 | El óculo del Panteón de Agripa: punto central de la mayor cúpula de cemento no-armado del planeta.

16 | La Colonna de Marco Aurelio. Una muestra de que, hace 18 siglos, ya había películas: narra, escena por escena, la victoria del emperador sobre los bárbaros germanos.

17 | Los 140 santos —de nuevo de Bernini— sobre la columnata de la piazza San Pietro del Vaticano, o las 13 figuras que coronan la fachada principal de la basílica más importante del cristianismo. Son solo la punta del iceberg de un paraíso escultórico, el de la Ciudad del Vaticano, que bien podría merecer años de observación.

La Roma Auténtica

18 | La cúpula elíptica de la primera capilla lateral de la basílica de San Pedro del Vaticano. Qué simetría y qué perfección, Madonna.

La Roma Auténtica

19 | Las puertas romanas, en general y sin preferencias especiales. Son tesoros maravillosos repartidos por la ciudad, testigos de su historia más callejera. ¿Qué no habrán visto pasar por delante?

Tiendas, tiendecitas y mercados

20 | El mercado diario de Campo de’ Fiori y su diversísima paleta de colores, con verduras, frutas y lácteos directamente llegados desde la campiña romana y —descubrimiento— una protagonista ubicua y más romana que Nerón: la alcachofa.

21 | La Antica Libreria Cascianelli, en el largo Febo, tras la piazza Navona: un anticuario indescriptible y laberíntico, anclado en el siglo pasado —o el anterior— y repleto de libros, esculturas, jarrones, postales, cuadros y todo lo que se te pueda ocurrir que haya pasado por casa y villa romana alguna. Si pasear por Roma es un gustazo es en gran parte por la infinidad de comercios singulares y tradicionales como este, con vida propia, que la ciudad ha sabido proteger.

22 | La Cartoleria Pantheon, directamente en la piazza Navona, papelería que lleva desde 1910 vendiendo material de escritura —fabricado, ante todo, en cuero— con arte, estilo y la elegancia más romana.

23 | La Libreria Internazionale Giovani Paolo II, la única del país más pequeño del planeta, el Vaticano —donde, paradójicamente, compré un mapa… de Italia—.

24 | Arredi Sacri Ghezzi (Via dei Cestari, 32), la versión clerical de los bazares chinos, donde comprar tanto una túnica de arzobispo como un gorro de cardenal o un cáliz de plata. Roma es la capital mundial del cristianismo, y también de las tiendas como esta, inimitables en otro rincón del planeta.

25 | Si Ghezzi es el equivalente cristiano de los paganos bazares chinos, una salumeria viene a ser el cruce entre nuestras charcuterías y una tienda de delicatessen. Un taco de Grana Padano o de Pecorino romano, una scamorza o una burrata, pesto a granel, aceitunas de todos los colores, pasta de cuantas variedades que se te puedan ocurrir, crujientes y aceitosos taralli… te apetecerá llevarte a casa la salumeria entera, como me pasó a mí con —por ejemplo— Alimentari Ruggeri (Via della pace, 29), que lleva dando alegrías desde 1935.

26 | La via dell’Orso: una arteria caminable entera y armónicamente terracota y ocre, pavimentada con adoquines y repleta de rincones, restaurantes y tiendecitas por los que bucear infinitamente.

La Roma Auténtica

27 | Una de esas tiendecitas es la Legatoria Artistica Dell’Orso (via dell’Orso, 42), donde puedes comprar cuadernos y papeles ornamentados de todas las medidas y estampados, e incluso pedir que te hagan una libreta a medida en un establecimiento tan entrañable como alejado del postureo.

Comer y beber romanamente

28 | Sin dejar la calle, la Hostaria l’Orso 80: una gran opción —muy local— para probar las alcachofas fritas o la carbonara —especialidades auténticamente romanas— y cualquier otro plato casero y generoso de la cocina capitalina.

29 | La Osteria Nannarella, en el Trastévere: la sartén/olla de pasta casera más sabrosa, perfectamente cocinada y generosa que he comido jamás. Una recomendación 100% local que nos hizo la amiga Kiara, romana de nacimiento y barcelonesa de adopción, quien elevó nuestra experiencia en la Città Eterna a la felicidad gastronómica extrema.

30 | Otra osteria —el equivalente a la casa de comidas española—, Cacio e Pepe, también en el Trastévere y también recomendación de Chiara, para salir del bendito binomio pasta-pizza y probar con garantías y alegría el pollo a la romana.

31 | El Biblio Bar Roma, a la orilla de Tíber: un oasis-quiosco que hace las veces de bar (o viceversa) donde leer, beber y escuchar buena música a fuego lento y con vistas despejadas —algo poco común en Roma—.

Bonus track

+1 | La incomparable Fontana di Trevi en la quietud casi imposible de las dos de la madrugada, casi para ti en su totalidad. 30 años tardó en ser erigida esta maravilla sublime y poética que te deja sin habla cuando, pese a haberla visto trillones de veces en pantallas varias, te cruzas con ella por los callejones de la vieja Città Eterna. Quizá es la bandera más evidente de la Roma-cliché, pero despejada de las hordas de visitantes que la asedian durante el día, es también el escenario más armonioso, hipnótico y radicalmente bello —bañado por una iluminación magistral— de la ciudad. Aprovéchate de uno de sus reclamos más reclamados —ahora sí— y tira una moneda dándole la espalda a la fontana: volverás a Roma, y eso equivale a tener otra oportunidad para seguir celebrando, sin rumbo fijo ni prisas, la belleza de esta urbe infinita. 🔴

🗺️ ¿Quieres saber dónde están los 31+1 rincones romanos del post? Haz clic aquí.

Dedicado a Sònia, Oriol, Lucho y Kiara 🙂

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Publicado por Sergio García i Rodríguez

Me llamo Sergio García Rodríguez y nací en 1990 en Canovelles, Barcelona. Soy un explorador compulsivo al que le encanta perderse investigando, leyendo y —sobre todo— escribiendo sobre (re)descubrimientos viajeros, la ‘cara B’ del mundo y sus curiosidades. Y para contagiar todo ese ímpetu eché a andar este blog, en 2019.

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