Montevideo para principantes: 5 fotos aéreas y 5 curiosidades

La silueta de una ciudad explica su historia. Sus formas urbanas nos hablan de cómo las personas habitan el espacio, lo usan, lo sienten.

Hace unas semanas, justo antes de aterrizar en Uruguay, el avión decidió regalarme un tour aéreo por el litoral de Montevideo, esa ciudad entrañable y amable que, en un continente cuyas capitales se ajustan a la inmensidad, parece diseñada a escala humana. Teléfono en mano, yo –friqui eterno de la cartografía urbana–, me puse a fijar el momento foto tras foto, con la esperanza casi infantil de reconocer a vista de pájaro todo aquello que define a Montevideo y sus montevideanos y de explicarlo mediante imágenes a quienes, a mi vuelta, me iban a preguntar sobre ello.

Así que aquí van, en 5 fotos aéreas, algunas respuestas y otras tantas curiosiades sobre la capital de Uruguay.

1. El Cerro: ¿’Monte vide eu’ o ‘Monte VI de E a O?

Abajo a izquierda, en la esquina, el Cerro de Montevideo.

Mi avión decidió que iba a llegar a Montevideo desde el oeste. Así que cuando el horizonte se empieza a poblar de edificios, lo primero que ves de la ciudad es su punto más alto –en la imagen, la franja verdosa abajo a la izquierda–: el Cerro de Montevideo. Son apenas 134 metros de altura, pero en un país irreverentemente plano, se trata de toda una institución.

Un punto estratégico que si desde un avión destaca, desde un barco aún más. No en vano, parece que fue por culpa del Cerro y la silueta que imprime sobre el agua que Montevideo tiene hoy tal nombre.

Existen un par de teorías. Por un lado, hay quien afirma que en 1520, al navegar por allá un marino portugués de la comitiva de Fernando de Magallanes, gritó:

‘Monte vide eu!’ (‘¡He visto un monte!’) al divisar el famoso Cerro.

Otra explicación defiende que los españoles, al avistar el promontorio, lo anotaron en su carta naval como ‘el Monte VI de E(ste) a O(este)’, dado que el Cerro es la sexta elevación que se ve sobre la costa uruguaya navegando el Río de la Plata de este a oeste. Que cada cual decida.

2. La Ciudad Vieja: de penínsulas privilegiadas, de decadencias y pujanzas

La Ciudad Vieja dibuja una península en el marronoso Río de la Plata.

Sea como sea, el avión avanza hacia el aeropuerto de Carrasco y, tras el Cerro, aparece la Ciudad Vieja. Una manga de tierra que contiene la parte más antigua de Montevideo: la vieja ciudad fortificada y estratégicamente dispuesta, que pasó de portugueses a españoles, luego a ingleses, hasta finalmente liberarse y erigirse en el primer centro de la capital de Uruguay en 1828.

Rodeada por el puerto (a la derecha) y por la Rambla (a la izquierda), recoge la herencia de una pujanza que en los siglos XIX y XX la llenó de palacetes, teatros y casas notables. Tras la decadencia de la segunda mitad del siglo pasado y la expansión de la importancia montevideana hacia barrios más externos, hoy la Ciudad Vieja es una trama urbana revitalizada y evocadora que acoge ministerios, oficinas, placitas, museos, librerías y cafés, además del famoso Mercado del Puerto –donde probar un buen asado de tira–.

Y seguimos volando.

3. Más que un río, una puerta de entrada

Por aquí llegaron 600.000 personas a Uruguay en el siglo pasado.

Disociar Montevideo del Río de la Plata es como quitarle al día el Sol. Básicamente, porque sin Río de la Plata no habría Montevideo: la enorme mayoría de los 3 millones y medio de uruguayos son hijos, nietos o bisnietos de los más de 600.000 inmmigrantes que desembarcaron en el puerto de la ciudad procedentes de Europa en el siglo pasado y el anterior. Y, hoy, casi un 70% de la población nacional vive en el área metropolitana de la capital.

“Si los mexicanos descienden de los aztecas y los peruanos descienden de los incas, los uruguayos descendemos de los barcos.”

Eduardo Galeano

¿Qué sorprende del Río de la Plata, más allá de su dimensión histórica? Obvio: su color. Pero no, no se trata suciedad, sino del sedimento que deposita en el Atlántico el río Uruguay. Porque, a fin de cuentas y además de una puerta de entrada a América, el Río de la Plata no es exactamente un río, sino un estuario.

4. La Rambla: mates, paseos, orillas

24 kilómetros de paseo martímo, de mates y de calma.

Y, a orillas del estuario, recorriendo toda la fachada litoral de la ciudad, está la Rambla. No, no se trata de una rambla a la mediterránea, sino un paseo marítimo a lo largo del cual los montevideanos se reparten en cualquier tarde de sol (o no) para compartir unos mates, jugar a la pelota, pasear, leer, abstraerse. Y sí: si el epicentro oficial de la ciudad es la Plaza de la Independencia, el oficioso y social es, sin duda, la Rambla.

“Si dejo elegir a mis pies, me llevan camino del mar”

repite Jorge Drexler en ‘Montevideo’

Y, si te gusta salir a correr, la Rambla es tu lugar: mide 24 kilómetros y conecta playas, barrios, vistas panorámicas y parques cubiertos de pasto.

5. Montevideo –y Uruguay– es fútbol: el Estadio Centenario

Y, de repente, el escenario de la primera final de un Mundial: el Estadio Centenario.

24 kilómetros que, en avión, no son nada. Tras la Rambla y antes de tocar tierra, el avión gira levemente hacia el interior y deja de sobrevolar el Río de la Plata. Y, de repente, bajo mi vista, un monumento del fútbol mundial: el Estadio Centenario.

Inaugurado el 18 de julio de 1930 –coincidiendo con la fiesta nacional–, fue construido para albergar la primera Copa Mundial de fútbol de la historia. Desde entonces ha sido casa de ‘La Celeste’, del Mario Benedetti cronista deportivo –en los cuarenta– y de tantos aficionados y jugadores de Nacional, Peñarol y los centenares de equipos que pueblan la capital de un país que respira fútbol por todos sus poros.

Hoy acoge un museo que te traslada directamente a la primera final de un Mundial –ganada, obviamente, por el equipo local: 4-2 a sus vecinos argentinos–, a la época del ‘Maracanazo’ y a tantos otros logros de la selección de un país que es el que más mundiales de fútbol por cápita ostenta: uno por cada 1,7 millones de habitantes.

Y, como quien no quiere la cosa y en lo que tarda un balonazo en cruzar el campo de portería a portería, una sacudida y un horizonte plano y verde dan la bienvenida al ‘paisito’ y a su capital, que en otra ocasión tendremos tiempo de visitar –y reescribir– a pie de calle.

· · ·

Publicado por Sergio García i Rodríguez

Me llamo Sergio García Rodríguez y nací en 1990 en Canovelles, Barcelona. Soy un explorador compulsivo al que le encanta perderse investigando, leyendo y –sobre todo– escribiendo sobre (re)descubrimientos viajeros, la ‘cara B’ del mundo y sus curiosidades. Y para contagiar todo ese ímpetu eché a andar este blog, en 2019.

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