La Val d’Aran hedonista o 5 alegrías pirenaicas para el cuerpo

Val d'Aran

Si en cualquier punto de Catalunya tiras una piedra a un río, la piedra acabará, más pronto o más tarde, en el Mediterráneo. Bueno, o mejor dicho, en cualquier punto de Catalunya menos en la Val d’Aran, único valle del Pirineo catalán cuyas aguas caen al Atlántico.

Sintetizando, la Val d’Aran está del otro lado. La muralla pétrea del Pirineo la separa del resto de Catalunya y le deja la puerta abierta a la Occitania francesa, con quien comparte bandera, lengua –el aranés– y fisonomía. De hecho, hasta que en 1948 el túnel de Vielha no la conectó con el resto de la provincia de Lleida, la Val d’Aran le dio la espalda, irremediablemente, al país del que –por aquellos azares de la historia– forma parte. Última frontera, vaya.

Hoy, y fruto de aquel aislamiento, la Val d’Aran sigue siendo un territorio singular. Además, el marco en el que está dispuesta es arrebatadoramente precioso. Se come impresionantemente bien. Por si fuera poco, si –como yo– odias el calor húmedo y pegajoso de la gran ciudad en pleno agosto, la Val d’Aran es un chaleco salvavidas. Así que, para las mentes curiosas y los amantes de la buena vida, este rincón del Pirineo está lleno de alegrías para el cuerpo. De esas que reparan.

Y aquí, basadas en la versión y apariencia veraniega del valle, van cinco de ellas.

1. ¿Sabes cuando quieres que el camino no acabe?

Nada más salir del túnel de Vielha, toda la fuerza y el esplendor de la Val d’Aran se abren ante tus ojos como un paraguas enorme: abetos verdísimos cuelgan por las laderas escarpadas de las montañas –altísimas– entre las que, desperdigados, sobresalen los campanarios del valle. Un preludio inmejorable.

Mientras avances en coche por sus carreteras no habrá un solo momento en que no valga la pena estar atento al paisaje, a los pueblecitos colgantes –que parecen pintados en el bosque–, a las nubes que surcan las cumbres.

En la Val d’Aran, querrás que el camino no se acabe.

2. Pizarra, románico, piedra, color: ¿qué más se puede pedir?

Lo mejor de todo es que, cuando el camino te deje en cualquiera de los 33 pueblos de la Val d’Aran, va a seguir valiendo la pena mirar a todas partes. Los hay más grandes –Vielha, la capital– y más pequeños –Arró, Betlan–; más aislados en las alturas –Canejan– y más aposentados en el valle –Bossòst–; más rústicos y auténticos –Bausen– y más glamorosos –Baqueira–… pero siempre con un denominador común: el del románico, la pizarra, la piedra y, dejando de lado un par o tres de hoteles para esquiadores totalmente evitables, la armonía estética.

Tan bien conservados y mimados están los pueblos araneses que, a veces, parece que circules por una especie de parque temático donde no sobra ni falta nada. La suerte del valle es que nada es de cartón piedra: ni las fuentes que traen el agua (más pura imposible) directamente desde las montañas, ni los rincones empedrados, ni los riachuelos serpenteantes, ni los abetos perfectos.

Reales son también las flores que lo adornan y llenan de color todo y por todos lados, a iniciativa de los propios pueblos y los vecinos y negocios. Muchos de ellos forman parte del movimiento Viles florides’, como Arties, Unha o Garòs, donde nos hospedamos el pasado agosto.

Val d'Aran
El corral del Garòs Ostau, lleno de flores.

3. Queso de altura

Precisamente lleno de flores está el Garòs Ostau, un entrañable y pequeño hotel de montaña donde, tratándote como si estuvieras en casa, Alicia –la propietaria– y Eugenia –a los fogones– te despiertan por la mañana con el olor de los cruasanes recién hechos, embutidos made in Aran y los mejores huevos revueltos del valle. Y no se puede empezar un día de mejor un manera.

Porque en la Val d’Aran, como casi siempre cuando andas por la montaña, se come fantásticamente. ¿Qué vaca no va a ser felicísima entre los pastos araneses? ¿Qué oveja no va a dar una leche impresionantemente fresca respirando semejante aire puro? Nada puede salir mal en ese marco privilegiado.

Quesos vendidos por sus artesanos a 1.420 metros de altura. Foto de VisitAran.com.

Un ejemplo de todo ello es la quesería –la ‘hormatgeria’, en aranés– de los hermanos Tarrau, que en pleno pueblo de Bagergue, a 1.420 metros de altitud, producen seis variedades de quesos artesanos hechos con leche cruda de vaca. Atendida por los mismos dueños, la quesería –una de las más altas de los Pirineos*– tiene, en el suelo, unos vidrios a través de los cuales puedes ver cómo maduran las maravillas que fabrican en el sótano, antes de llevártelos a casa como recuerdo, efímero y sabroso, del valle.

4. El silencio como terapia y refugio

El hedonismo gastronómico le pasa factura al cuerpo, pero lo bueno de la Val d’Aran es que lo puedes contrarrestar con otro hedonismo: el deportivo-paisajístico.

En nuestro cuarto día en el valle decidimos recorrer el Circ de Colomèrs, un escarpado paraje situado a más de 2.400 metros y circundado por lagunas de todos los tamaños y colores escondidas entre cumbres.

A media ruta de los siete lagos y ante uno de ellos decidimos hacer un alto en el camino para recuperar el aliento. De repente, ante mí, la siguiente estampa: una vaca, pastando impasible y satisfechísima, en primer plano; la pared vertical y salvaje de la montaña como telón de fondo, y la laguna, de agua impecablemente cristalina, entre ambos elementos.

Val d'Aran, Circ de Colomèrs.
Silencio. Montaña. Todo.

Pero lo que no se ve de la fotografía es lo más reconfortante y valioso de aquel espectáculo: el silencio implacable. Un recordatorio primigenio de lo necesario que es ponerlo todo en pausa, de vez en cuando, para retomar el camino.

5. Aguas a 39ºC con vistas

¿Cuántos millones de años habrán sido necesarios para que se forme este valle? ¿Quién habrá subido hasta el pico de aquella montaña de allí arriba? ¿Por qué las vacaciones tienen que acabarse?

Val d'Aran
Los banhs de Arties, más que perfectos para despedirse del valle.

Son el tipo de preguntas que uno se hace cuando, al caer la tarde, se da un chapuzón en los 39ºC de las termas de Arties, a medio camino entre Arties y Garòs, y queda embelesado ante tanto verde, tanta naturaleza, tanta tranquilidad. Tanta alegría.

Volvamos siempre a la Val d’Aran –y cuidémosla–: nos hace mucho bien.


* El 21 de septiembre, la Unió Excursionista de Mataró –a quien le agradezco mucho la puntualización– me comentó por Twitter que en el Pirineo hay queserías más altas que la de Bagergue. Por ello este artículo ha sido modificado, y por ello tengo millones de ganas de, algún día, hacer una ruta pirenaica de los quesos de altura –y contarla, ¿no?–.

🗻🏡🌲 Para las mentes curiosas y los amantes de la buena vida, la #ValdAran está llena de alegrías para el cuerpo. Y aquí, basadas en la versión veraniega del valle, van cinco de ellas | por @singularia_blog

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Publicado por Sergio García i Rodríguez

Me llamo Sergio García Rodríguez y nací en 1990 en Canovelles, Barcelona. Soy un explorador compulsivo al que le encanta perderse investigando, leyendo y –sobre todo– escribiendo sobre (re)descubrimientos viajeros, la ‘cara B’ del mundo y sus curiosidades. Y para contagiar todo ese ímpetu eché a andar este blog, en 2019.

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