Postales remotas: la soledad austral del lago de Todos los Santos

Lago de Todos los Santos

📬 ✍️🏽 Martes, 20 de junio de 2018

Hoy, a la orilla del lago de Todos los Santos, hace frío. Como dicen aquí, en Chile, “está helado”. Y gris. Se nota que se acerca el invierno austral.

Hemos llegado hasta aquí desde Puerto Varas, una ciudad de casas recubiertas de madera y techos de colores, que huele al humo de las chimeneas y a los küchen de las pastelerías. Un puerto lacustre que creció con los colonos alemanes que, a lo largo del siglo XIX, se instalaron en el sur de Chile –donde el paisaje compite a verdes y azules con los Alpes germanos–.

Hasta el lago de Todos los Santos Apenas hay una hora de camino. 55 kilómetros recorriendo la carretera que discurre entre el enorme y azul lago Llanquihue y lo vasto de las verdísimas padreras, que abastecen de queso y leche a todo Chile. A mitad del camino hemos parado en los saltos de Petrohué, unas increíbles cascadas escondidas entre un hermoso y antiquísimo bosque virgen de arrayanes y coihues.

Pero si escribo desde aquí, desde el lago de Todos los Santos, es porque, además de ser un enclave impresionante, lo tiene todo para ser uno de esos lugares donde perderse bien.

No hay cobertura; apenas hay gente en el poblado adyacente al embarcadero de Petrohue, donde hemos aparcado –es un martes de finales de otoño–; el único ruido que se escucha es el del oleaje suave del lago, reverberado por las montañas; y las nubes que serpentean entre las cumbres rematan un conjunto que destiñe destierro, filtra la luz y anima a la introspección. Y, a veces, eso, conviene.

Mientras nos embobamos dando pasos sueltos por la orilla del lago, caemos en la cuenta de que deberíamos de estar viendo el volcán Osorno –que forma un cono perfecto e inmenso– surgiendo desde uno de sus extremos. Pero no hay suerte: la humedad, la bruma y las nubes nos lo impiden.

Lago de Todos los Santos y volcán osorno
No, el volcán Osorno no se veía como debería. Habrá que volver otro día.

Negociamos rápidamente un paseo por el lago con los pescadores que andan por allí, junto al amarre de sus barcos. Una hora de navegación por –al cambio– 15 euros. Trato hecho.

Surcando las suaves aguas de lago de Todos los Santos nos explican que, llegando al extremo opuesto del lago, San Carlos de Bariloche, ya en Argentina, no dista más de 30 kilómetros en línea recta. Sin embargo, los casi 3.500 metros del vertical cerro Tronador –y compañía– hacen que el camino no sea precisamente sencillo.

Desde el bote se pueden ver, insertos en las orillas negras del lago de Todos los Santos, embarcaderos que conducen a megamansiones. Pertenecen a la selecta parte de la sociedad chilena más acaudalada, que se ve obligada a recurrir al barco o al helicóptero para poder alcanzar su refugio. Pobrecitos.

Los pescadores también nos cuentan que, antes de ser el lago de Todos los Santos, este cuerpo de agua alargado y quebradizo fue conocido por los pueblos originarios del lugar bajo diversos nombres: Purailla, Pichilauquen, Quechocaví. Y que incluso los colonos alemanes lo rebautizaron bajo el descriptivo topónimo de lago Esmeralda. No obstante, los jesuitas impusieron el nombre que hoy impera. Ellos defienden que lo ‘descubrieron’ en tal fecha. Qué risa.

Volvemos a tierra, y me doy cuenta de que la postal me está quedando larga. Para no estirarme más solo añadiré, como curiosidad, que del mismo modo que yo hoy desconecto por estos lares, también se relajó a la orilla del lago de Todos los Santos Julio Cortázar a mediados de los años 40. ¿Tendrán algo de la soledad austral de esta parte de Chile, los cronopios y los famas? Quizás las montañas humeantes que nos miran lo saben.

Imágenes: Sergio García i Rodríguez


🌎📍 Lago de Todos los Santos, Región de los Lagos, Chile
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Publicado por Sergio García i Rodríguez

Me llamo Sergio García Rodríguez y nací en 1990 en Canovelles, Barcelona. Soy un explorador compulsivo al que le encanta perderse investigando, leyendo y –sobre todo– escribiendo sobre (re)descubrimientos viajeros, la ‘cara B’ del mundo y sus curiosidades. Y para contagiar todo ese ímpetu eché a andar este blog, en 2019.

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