¿Estuvo realmente Dalí en el desierto de Dalí?

«¿Estuvo alguna vez Salvador Dalí en el altiplano boliviano?» Es la pregunta que me hice cuando, casi a 5.000 metros sobre el nivel del mar, en la inmensidad más remota, aislada y extrema de Sudamérica, el jeep que nos conducía hacia Uyuni se detuvo y nuestro guía nos señaló: «aquí está el desierto de Dalí».

Ante mí, Marte. ¿O la Luna? En cualquier caso, una enorme planicie ondulada de tierras que discurren entre el ocre y el anaranjado, enmarcadas a lado y lado por las imponentes cumbres volcánicas de los Andes, y que se pierden hacia el horizonte, infinito, mientras se elevan. Sembradas aquí y allá en ese mar de tierra aparecen unas formaciones rocosas oscuras, que se asemejan a enormes setas o ruinas ancestrales de quién sabe cuántos metros de altura, como repartidas al azar por la acción indomable del viento. El azul más-puro-imposible del cielo y la fuerza del sol a tales alturas —disponiendo sombras a diestro y siniestro— configuran una escena que, en conjunto, parece tan surrealista como onírica: si no estamos en un cuadro de Dalí, falta poco.

El Desierto de Dalí, en Bolivia
Los pedruscos oscuros, de varios metros de altura, yacen desperdigados por el altiplano boliviano a una altura casi sideral. Alicia Nijdam, CC.BY.SA 2.0

A semejante altitud y ante tal visión, los reflejos mentales no me funcionaban tan ágiles como hubiese querido, así que no fui capaz de indagar más en el terreno sobre el enigmático nombre de tan arcano paraje, ni de resolver mi pregunta primigenia. Habiendo vuelto ya a casa, encontré la respuesta que buscaba: no, Dalí nunca jamás pisó Bolivia ni mucho menos este inaccesible desierto, ni le dio nombre o lo pintó. Que ya en la década de 1940 cuadros dalinianos como Trilogía del desierto. Los amantes invisibles o Sin título. Desnudo en el desierto reflejaran algo tan parecido a esta parte del altiplano boliviano es un capricho, y la demostración de que la realidad —la naturaleza, en este caso— siempre supera a la ficción.

Tengo dudas, de hecho, de que antes de morir Dalí, en 1989, se hablara ya de su desierto. Es descorazonador y falto de romanticismo, pero la teoría más plausible es que el desierto de Dalí se llame así por el gancho turístico que esa denominación genera, y que de su autoría sean responsables los touroperadores que organizan travesías por la región —y sin los cuales resulta imposible acercarse hasta allí—.

El Desierto de Dalí
Jara Pampa o desierto de Dalí, lo cierto es que se trata de uno de los parajes más enigmáticos de Sudamérica por los que se pueda pasar. Diego Delso, CC BY-SA 4.0.

Para rizar el rizo, acabé descubriendo que, en realidad, el páramo donde se aloja el llamado desierto de Dalí recibe también el nombre local de Jara Pampa. Es tan curioso como significativo comprobar cómo, a diferencia de lo que sucede en lugares dominados por siglos por el ser humano, las enormidades del altiplano boliviano y su naturaleza indómita den pie a que aún haya lugares cuyo nombre baila, o simplemente no ha sido fijado.

Lugares que, dicho sea de paso, resultan para el ojo humano imposibles de delimitar y parcelar. Tampoco tiene demasiado sentido, en este caso: el desierto de Dalí es un lugar de tránsito, lejos de cualquier rastro de civilización, remotísimo, inaccesible, misterioso e inhóspito, perdido entre las cumbres del mundo… ¿pero acaso no es todo eso lo que lo convierte en un paraje tan atractivo? 🟠

Impasible y perdido en el infinito: así lleva siglos y siglos el desierto de Dalí. Travel & Shit, CC.BY-SA-2.0
¿Con ganas de seguir viajando por el altiplano boliviano? Haz clic aquí para leer la crónica de mi tour hasta Uyuni.

🏜️ El desierto de Dalí 👇


Imagen de portada por Diego Delso, CC BY-SA 4.0.

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Publicado por Sergio García i Rodríguez

Me llamo Sergio García Rodríguez y nací en 1990 en Canovelles, Barcelona. Soy un explorador compulsivo al que le encanta perderse investigando, leyendo y –sobre todo– escribiendo sobre (re)descubrimientos viajeros, la ‘cara B’ del mundo y sus curiosidades. Y para contagiar todo ese ímpetu eché a andar este blog, en 2019.

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