Remoto e increíble: una aventura fototextual por el altiplano boliviano

altiplano boliviano

En San Pedro de Atacama, la alarma del móvil me despertó a las seis y media en una mañana de agosto de 2017. Una hora después y tras una ducha y un café muy mejorable, nos recogió un bus que en varias decenas de minutos nos plantaba, a más de 3.500 metros de altura, en la frontera chilenoboliviana.

Allí, y tras los trámites de aduana y el sello de rigor, Germán (nuestro guía boliviano) nos metía en un todoterreno listo para partir. Y mientras el sol se erguía sobre el altiplano ya boliviano, empezaban cuatro días de ruta que, en mi cabeza, tenían un objetivo nítido: el salar de Uyuni.

Pero más allá del salar, la sorpresa –y la mayor gracia de la historia– fue todo el resto. Porque la aventura fue compleja, completa y mayúscula. Fue de las que dejan huella. Y porque el altiplano boliviano es una especie de cofre remoto y aislado repleto de lugares y colores tan imposibles como imperdibles.

Pero, ¿cómo son esos lugares? ¿Cómo es pasar por allí, verlos, sentirlos? ¿Se puede resumir o sintentizar, de alguna manera, una aventura así? Para quien quiera evadirse un rato o quizás plantearse una expedición semejante, aquí va esta ruta sintética, numerada, sensorial y fototextual con la que pretendo responder a tales preguntas y recordar y loar –a partes iguales– ese lugar tan de otro planeta y sin embargo real que es el altiplano de Bolivia.

¡Tod@s al jeep!

1. Inmensidad

Altiplano boliviano
La laguna Chalviri es de las que tiene un color más especial, además de ofrecer una panorámica más amplia de lo que la rodea.

Al poner un pie en el altiplano –ya sea en la parte chilena o en el bando boliviano– te das cuenta de que la escala de su naturaleza es definitivamente sobrehumana: los paisajes son demasiado amplios y vastos; las montañas, demasiado altas; los flujos y ríos de lava petrificada que se divisan en el horizonte a cada minuto, demasiado lejanos y demasiado imponentes.

2. Pureza

La laguna Blanca es la primera con la que la ruta te cruza llegando desde Chile, y la helada matutina hacía que el reflejo de las montañas fuese aún más vívido.

En la mayor parte del trayecto no ves huella humana alguna. Ni un tendido eléctrico. Ni siquiera una carretera asfaltda. Acaso otro todoterreno, u otro grupo de turistas, es el único rastro de civilización con el que te cruzas por los caminos imposibles por los que te lleva la ruta.

Para mí, que hoy vivo inserto en la más completa densidad poblacional, el nivel de pureza e inalteración de la naturaleza del altiplano boliviano me pareció sublime e inalcanzable. El cambio climático apremia y el ecosistema es fragilísimo, pero el aire es puro, el azul del cielo es increíble, y el el agua de las lagunas, cristalina.

3. Frío

El agua de las termas de Polques estaba a 29ºC, y eso se agradece en medio del gélido altiplano.

La Negra, la Verde, la Colorada, la Blanca, la Chalviri, la Capina e incluso la Hedionda: si algo no faltó en nuestro recorrido altiplánico fueron, precisamente, lagunas.

En una de ellas, en las termas de Polques, nos bañamos a media mañana en el primer día de camino bajo el sol andino. Al llegar nuestro albergue, algunas horas después, colgamos nuestros bañadores a secar en un tendedero. Fuimos a almorzar y, a la vuelta, cerca de las tres de la tarde, sorpresa climática: los bañadores, a la sombra, estaban recubiertos de escarcha.

Fue el preludio de uno de los aprendizajes más básicos del viaje: en el altiplano hace frío. De hecho, esa misma noche alcanzamos los -16ºC, convirtiéndose hasta el momento en la más fría de mi vida.

4. Penitentes

Porque el clima andino, realmente, es inclemente. El viento es incesante y corre a sus anchas todo el día. El sol quema, corta los labios y abrasa la piel, sin contrapeso vegetal ni sombra que te proteja. Y el frío de la noche hiela sin compasión.

En esas condiciones extremas, donde las mínimas son siempre negativas, los restos de nieve quedan olvidadamente congelados y, combinados con el punzante viento, acaban formando, en medio de la nada desértica, unas lanzas de hielo rarísimas que reciben un nombre totalmente pertinente en esos páramos: penitentes.

5. Apunamiento

En el capítulo de incomodidades altiplánicas también hay que incluir, por motivos obvios, el mal de altura. O, como dicen en el español de aquellos lares, apunamiento.

Primera lección aprendida al respecto: es necesario comer poco. A la altura titánica por la que se circula en las cumbres bolivianas, la digestión es cosa lenta. La quinoa es el cultivo principal de la región, y no es algo casual: permite ganar energía y digerirla rápidamente. Y por ello la tuvimos presente en todas las paradas que hicimos para comer.

Segunda lección –y más engorrosa–: la altura impide dormir. En la primera noche, en la que dormimos a los casi 4.300 metros de altura de la Laguna Colorada, pensé al embutirme en mis cinco capas de abrigo y mi saco de dormir que, si me giraba, me moría. Literalmente. La angustia sensorial, la sensación de falta de aire y la imposibilidad de conciliar el sueño –sumado todo ello a los 2ºC de temperatura ambiente de nuestra habitación– nos llevó a los cuatro que la compartíamos a casi llorar de desesperación. Al final, tras una catarsis colectiva en plena madrugada y por arte de magia, conseguimos cerrar ojo y pasar al siguiente capítulo.

A algunos, el mal de altura les complicó la vida al día siguiente y les impidió seguir el ritmo, alterando sus ritmos estomacales. Tuve la suerte de que a mí no me tocara.

6. Multicolor
(a un nivel extremo)

Volcanes, desiertos, géiseres, fumarolas, ríos de lava, barros volcánicos, salares, riscos, vertientes de aguas calientes, lagos, lagunas, humedales, azufreras… No recuerdo, en toda mi vida, haber visto tanta variedad de formaciones geológicas y estados de la naturaleza concentrada en cuatro días.

Lo realmente impresionante y arrebatador de todo ello es su transliteración cromática. Porque, en el altiplano boliviano, uno podría pasarse días intentando diseccionar dónde acaba un color y empieza otro.

7. Aislamiento

Los géiseres del Sol de Mediodía son uno de los lugares más recónditos (y más enigmáticos) de la ruta.

El altiplano es inaccesible. Es recóndito. La naturaleza que le da forma es indómita. Los siglos de aislamiento y la dificultad para llegar, entrar, o salir del altiplano hacen que la vida, allí, sea dura.

Quienes hoy residen en los 4.000 metros de altura sobre el nivel del mar del altiplano lo hacen en la austeridad de lo extremo del clima y lo agreste del marco. Evidentemente, se trata de poquísima gente: en los cuatro días de ruta, recorrimos un terreno del tamaño de Holanda donde apenas viven 70.000 personas. La ganadería, el cultivo de la quinoa, la explotación de los salares y el turismo son de lo escaso que el duro terreno permite hacer para ganarse la vida.

Al viajero, no obstante, ese aislamiento le da el placer de sentir, realmente, que está en otro planeta.

Y, a la vez, ese empuje vertiginoso y embriagador que le da ganas de replanteárselo todo, dejar su vida asentada y dedicarse a no parar de explorar. Ni que sea por unos días.

8. Adaptación

Llamas en el altiplano boliviano.
Las llamas pacen, impasibles y decoradas, en la tarde altiplánica.

Adaptarse o morir. Así vive el altiplano la fauna del lugar. Los flamencos solo se alimentan de unas gambas minúsculas que encuentran en las lagunas –lo único de que disponen en esa latitud–, y es lo que les da el color rosa que los hace únicos. Las llamas desarrollan un pelaje grueso y denso para aguantar el frío, y por eso pueden seguir allí. La vegetación, aerodinámica y minimalista, parece diseñada para sobrevivir. Todo forma parte de un círculo natural que le da harmonía y sentido al lugar, y que los pueblos originarios del altiplano conciben en la integralidad de la Pachamama.

9. Surrealismo

El desierto de Dalí, en el altiplano boliviano
El desierto de Dalí no es propiamente suyo, pero recuerda a tantos y tantos cuadros del pintor catalán.
Foto de Diego Delso, delso.photo, bajo licencia CC-BY-SA.

¿Quizás la altura? ¿Quizás la carga mineral del subsuelo? ¿El pulso de la Pachamama inalterada? El caso es que no creo excesivamente en lo sobrenatural, pero el altiplano tiene algo tan especial que parece extraterrestre. Y que está en su silencio aplastante y el vértigo increíble que provoca; en la atemporalidad de su luz y en su reflejo en el suelo, tan cegador que abruma.

Todo eso, su efecto en el cuerpo y el impacto estético de la naturaleza construye una especie de sensación de irrealidad que está por todas partes. Por ejemplo, en los peñascos dispuestos por el paisaje, que parecen decorados de teatro grandilocuentes abandonados en el medio de la nada. O en los parajes arenosos flotados de pedruscos negros, que tanto parecen recrear un cuadro surrealista de Dalí que incluso le dieron su nombre a una porción del desierto boliviano–sin que Dalí pisara el altiplano en su vida, obviamente–.

10. Amanecer

Capítulo a parte merece el salar de Uyuni –por supuesto–, que es inabarcablemente extenso. Tiene el tamaño del Líbano o Catar, y ocupa un tercio de lo que mide Catalunya. Es una especie de plató de televisión inconmensurablemente plano e inmenso en cuyo medio única y exclusivamente ves dos colores: el blanco de la sal y el azul del cielo.

A excepción, claro, de cuando amanece. Porque en el salar, el Sol actúa como una especie de foco maestro que pone y dispone sombras por todos lados según se muevan quienes, como hormiguitas, desembarcamos desde los jeeps que cada día llegan. Y ver el amanecer en el lugar es asistir a un espectáculo de sombras, tonalidades y colores simplemente abrumador.

11. Incahuasi

Trepar por la colina que constituye la Isla Incahuasi ofrece una panorámica inmejorable de ese gran plató de televisión blanco que es el salar de Uyuni.

¿Qué puede haber en medio de tan enorme, impactante y remoto salar? Pues algo más singular aún: una isla… de cactus. Allí, en la Isla Incahuasi, paramos a desayunar el último día de ruta, antes de dar una vuelta por el recorrido marcado y pautado de la colina, que entre cactus y suculentas te va regalando vistas imposibles del salar y sus alrededores. Una dosis de surrealismo extra.

Si alguien hubiese pretendido plantar tantos cactus con tanta harmonía, no lo habría logrado.

Después de todo ello, sí, llegó ‘el’ momento: nos pusimos a hacer todas esas sandeces –una tras otra– que cualquiera que va al salar hace jugando con la perspectiva (como, por ejemplo, simular ser un dinosaurio o ‘meterse’ en una olla hirviendo). Un momento que se me hizo algo largo, a decir verdad.

12. Azul

Aquí, haciendo el canelo en el jeep de Germán en la inmensidad del salar de Uyuni.
Foto de la amiga Tamara Drove.

Ahora que, casi tres años después, reviso las fotos de aquella aventura altiplánica, me doy cuenta de que hay algo omnipresente en todas ellas: el azul del cielo. Un azul puro, intenso y presente en todo momento y durante todo el trayecto.

Un azul que también -obviamente– enmarcó el momento en que el jeep de Germán nos dejaba en la frontera bolivianochilena, cuatro días y varios centenares de kilómetros después, cansadísimos, pero con la retina saciada y el corazón contento.

Todas las fotos –excepto donde dice algo distinto– son hechas por .




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Publicado por Sergio García i Rodríguez

Me llamo Sergio García Rodríguez y nací en 1990 en Canovelles, Barcelona. Soy un explorador compulsivo al que le encanta perderse investigando, leyendo y –sobre todo– escribiendo sobre (re)descubrimientos viajeros, la ‘cara B’ del mundo y sus curiosidades. Y para contagiar todo ese ímpetu eché a andar este blog, en 2019.

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