A bordo del Transiberiano en 1958: un viaje con Kapuściński

Uno se pone a pensar en el Transiberiano y no puede dejar de imaginarse un universo sugerente lleno de exotismo remotísimo: carros con pasajeros variopintos, literas acolchadas, revisores enigmáticos, ciudades de paso, estaciones majestuosas, apeaderos grises, vagones restaurante humeantes, 9 mil kilómetros de vía y viaje y, ante todo, taiga, bosques y praderas, todos infinitos e inabarcables, tras las ventanas del tren.

Eso es todo lo que piensa uno —al menos, yo— cuando se imagina una ruta que no ha hecho jamás, pero de la cual ha procurado leer tanto que, en cierta manera, ha experimentado un poquito en primera persona. Leer, por supuesto, es viajar —y viceversa—.

Pero, más allá de viajar en el espacio, leer también puede ser viajar en el tiempo. Y, recientemente, gracias al amigo Ryszard Kapuściński, he tenido la suerte de leer/viajar a bordo del Transiberiano, en el glacial invierno de 1958, desde la frontera china, en Zabaikalsk, hasta Moscú.

Y la experiencia ha sido, cuanto menos, curiosa y reveladora.

«[Aquí] los ríos se llaman Argún, Undá, Chaijar; las montañas, Chingán, Ilchuri, Djagdy; y las ciudades Kilkok, Tunguiz y Bukachacha. Con solo estos nombres podrían componerse sonoros poemas rebosantes de exostismo.»

Kapuściński – ‘El Imperio’

Kapuściński y ‘El Imperio’ soviético

¿Qué no fue y qué no vivió, Kapuściński? Mi amigo polaco nació en 1932 en Pinsk, una ciudad hoy bielorrusa; creció con la Segunda Guerra Mundial, estudió Historia y fue un periodista comprometidísimo con su época: ejerció de corresponsal en el extranjero hasta 1981, narró revueltas y guerras desde dentro —como la civil de Angola o la del Fútbol, en Centroamérica—, escribió además poesía, aprendió inglés leyendo, autodidactamente; recorrió el planeta persiguiendo historias y nos ayudó, con sus relatos y libros, nítida y brillantemente, a entender mejor el mundo, a sus gentes y sus porqués. Y lo admiro por ello.

También vivió —y muy de cerca— el fenómeno soviético. Un fenómeno que, ya a sus siete años, invadió su ciudad natal: para él, la Unión Soviética era el ‘Imperio’, temible y gigante. Y ‘El Imperio’ le llamó al libro que publicó en 1993 sobre la vida, entresijos y desmorone de la Unión Soviética: un compendio de crónicas y memorias personales sobre sus viajes por aquel inmenso mastodonte y sus intentos de descifrarlo.

Y sí: parte de ‘El Imperio’ es una travesía en primera persona a bordo del Transiberiano.

El Imperio - Kapuscinski - Transiberiano.
El Transiberiano, según un reclamo para el turismo alemán de la época. Licencia Libre.

El Transiberiano y Kapuściński: una puerta al hermetismo soviético

El Transiberiano es una especie de espina dorsal de Rusia: la cruza de oriente a occidente, o quizás al revés. En invierno de 1958, Kapuściński entendió que recorrer aquella ruta era una manera quizás rápida y efectiva de diseccionar aquel Estado inmenso, de sumergirse en la profunidad física de la estepa siberiana, pero también, en el corazón mismo de una Unión Soviética hermética y recelosa del viajero.

«De todas partes, grandes carteles rojos nos daban una alegre bienvenida a la Unión Soviética. De pie, y bajo los carteles, vemos una fila compacta de aduaneros, hombres y mujeres con expresión de amenaza y severidad en los rosros, además de la de un cierto reproche.»

Porque, en aquel período, cualquier extranjero que intentara incursionar en la Unión Soviética quedaba sujeto a un escrutinio farragoso y extremo, desalentador y abrumante. Kapuściński no fue menos y, para él, cruzar la frontera entre China y la estepa siberiana, en Zabaikalsk, también fue una odisea burocrática y aleccionadora.

El Imperio - Kapuscinski
Foto por Garrett Ziegler en Flickr. CC BY-NC-ND 2.0

Mediante ella, los funcionarios aduaneros se encargaban de personificar la inflexibilidad soviética y mostrársela a los que llegaban o regresaban, ya fuera analizando «uno a uno» y hasta la extenuación los granos de sémola de trigo que los siberianos trataban de entrar a Rusia desde China, en sacos; disponiendo una intimidante fila de perros para examinar todos y cada uno de los convoyes, o vigilando las salvajes alambradas, inertes pero gigantescas, que marcaban impasiblemente las fronteras en el blanco inmenso de la estepa.

«Volvemos a los vagones en medio de la oscuridad. Nieva sin cesar y el hielo cruje bajo los pies. En Zabaikalsk he recibido una lección más, pues aquí la frontera no es un punto en el mapa, sino una escuela

Nieve, hielo y una invitación a reflexionar sobre lo infinito

¿Y qué ve, Kapuściński, desde el tren, mientras recorre Siberia? Evidentemente: nieve. La estepa recubierta de nieve. Nieve cayendo. Un cielo plomizo y plano que derrama nieve, constantemente, sobre cerros, montañas y caminos, mientras el tren avanza, abriéndose camino entre nieve, con las ventanas cubiertas de escarcha.

El Imperio - Kapuscinski
En invierno, el agua del lago Baikal no se ve desde el Transiberiano, cubierta por la nieve. Tampoco la vio Kapuściński. Imagen de Licencia Libre.

«He soñado con poder ver el lago Baikal, pero es noche cerrada, una mancha negra en el escarchado marco de la ventana. Solo por la mañana veo las montañas y los desfiladeros. Y todo nevado.»

Una nieve que abruma a Kapuściński, claro, porque no le permite ver más allá de lo que desea conocer viajando. Pero si la omnipresente nieve siberiana le abruma tanto no es porque no se la esperara, sino por la dimensión colosal que adquiere el paisaje cubierto por ella, por la enorme e inaccesible escala de ese reino blanco, hermético e inerte. Si Kapuściński nos sienta en un Transiberiano poco hospitalario, también lo hace en un Transiberiano que invita a reflexionar sobre la inmensidad y la inmovilidad, llevadas al extremo, del paisaje que recorre.

«Y la inmovilidad, la inmovilidad de este paisaje, como si el tren, igualmente inmóvil, estuviese parado, como si también él fuese parte de esta tierra.Y el blanco, un blanco omnipresente, cegador y misterioso, absoluto.»

El Imperio - Kapuscinski
Foto por Garrett Ziegler en Flickr. CC BY-NC-ND 2.0

Viajar para valorar

¿Es el viaje que nos cuenta Kapuściński inspirador? En el sentido de querer reproducirlo copiándoselo, probablemente no. Pero absolutamente sí en lo referente a aquello que, sin ser visualmente placentero ni sensorialmente celebrable, enriquece la experiencia de viajar, de conocer(se), de experimentar.

«Pasado Krasnoyarsk (¿será ya el cuarto día de viaje?) empieza a clarear (en esta época del año reina la oscuridad la mayor parte del día). Tomo un té mientras miro por la ventanilla. La misma llanura nevada que ayer. Que anteayer (y ya estaba a punto de añadir: y que el año pasado. Y que siglos atrás).»

Kapuściński viaja solo en su vagón, y extraña —como buen periodista— poder compartir conversación con algún viajero curioso. Su condición de extranjero (y, por consiguiente, de sospechoso) tampoco le ayuda cuando decide visitar el vagón restaurante, ni que sea para entretenerse: sus preguntas obtienen respuestas ambiguas y desmotivadas, cuando no el silencio del recelo.

El Imperio - Kapuscinski
Foto por Garrett Ziegler en Flickr. CC BY-NC-ND 2.0

Para Kapuściński, pues, subirse al Transiberiano en aquel glacial invierno de 1958 fue también una vía para fundirse con la monotonía y la soledad, pero sobre todo para valorar, quizás más que nunca, la irrupción de aquello que las rompe, la contraposición de los extremos.

«Sólo muy de vez en cuando aparece el sol. Entonces el mundo se vuelve diáfano, azul celeste, trazado con una línea firme y decidida. Pero después la oscuridad resulta aún más profunda y omnipresente.»

El Transiberiano Kapuscinski
Foto por Garrett Ziegler en Flickr. CC BY-NC-ND 2.0

A medida que Kapuściński se aleja del corazón de Siberia acercándose a su destino —Moscú—, la monotonía glacial de su travesía va dejando hueco a un simple aforismo viajero clave para él: Rusia es inabarcable, se mire por donde se mire.

Y, aunque mi visión sobre el Transiberiano puede haber perdido romanticismo después de leer sobre lo aletargante que puede llegar a ser, mi fascinación sobre todo lo que esta ruta puede enseñarle al viajero no ha menguado un centímetro. Porque viajar es disfrutar, claro, pero viajar es también cuestionarse, reflexionar, enfrentarse al mundo y a sus extremos, a los conocidos y a los que nos intimidan, como hace e invita a hacer Kapuściński. Así que buena lectura… ¡y buen viaje! 🔴

«Primero unos bosquecillos verdes sobre un fondo nevado, luego más bosques y pequeñas casas de campo, luego cada vez más casas, luego más casas aún y edificios de piedra.

[…]

El pasillo se llena de gente.
Moscú.»

El Imperio - Kapuscinski

📖 ‘El Imperio’, de Ryszard Kapuściński, está editado en español por Anagrama desde 1994, y lo puedes encontrar en tu librería de barrio de referencia.

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Imagen de portada por Garrett Ziegler en Flickr. CC BY-NC-ND 2.0

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Publicado por Sergio García i Rodríguez

Me llamo Sergio García Rodríguez y nací en 1990 en Canovelles, Barcelona. Soy un explorador compulsivo al que le encanta perderse investigando, leyendo y –sobre todo– escribiendo sobre (re)descubrimientos viajeros, la ‘cara B’ del mundo y sus curiosidades. Y para contagiar todo ese ímpetu eché a andar este blog, en 2019.

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