Donostia en 10 rincones, gustitos y curiosidades: una guía singular

Poca gente tiene en su imaginario una idea de Donostia que se acerque a algo negativo, aun sin haberla pisado. Con el permiso del zirimiri, quien la viva —ni que sea por un fin de semana— verá como esas preconcepciones se cumplen: Donostia es una ciudad disfrutabilísima, preciosa e inserta en un marco verde y privilegiado.

Una cocina infinita de viandas deliciosas, un marco urbano armónico como pocos, la pasarela cinematográfica con más glamour de la península, una playa y un paseo míticos, un puerto que esconde siglos y generaciones de mar y tránsito, una puerta vasca al Atlántico y a Francia… Acercarse a este rincón de Euskadi es un disfrute sensorial continuo y, como un buen vino, siempre apetece. Un vino que mejora con el tiempo, como uno mismo: Donostia me gustó cuando la conocí en verano de 2014, y me encantó en mi segunda ronda, en invierno de 2022.

Además, la escala humana de la ciudad invita a algo también altamente placentero: entregarse a deambular sin prisas ni agobios. El paseo entraña, claro está, sorpresas, descubrimientos y aprendizajes sobre la peculiar historia de la ciudad —¿qué gracia tiene viajar, sino?—, y en esa doble línea va esta propuesta/guía singular de Donostia en forma de decálogo. Así que… on egin (que aproveche)!

1 | Empezar por el puerto, el origen de todo

Donostia —San Sebastián en castellano— es muchas cosas. Pero, sobre todo, mar. Por culpa del Cantábrico nació, cuando el rey Sancho el Sabio de Navarra buscaba desesperado una salida al mar para su corona y fundó una villa bajo la punta del monte Urgull. Allí, en 1180, empezó a gestarse una comunidad de pescadores, balleneros y comerciantes que, aprovechando su ubicación estratégica a las puertas de Francia y en pleno camino de Santiago, consolidó su entidad gracias a las aguas que la rodeaban.

Donostia
La retícula de barcas y botes del puerto de Donostia.

Así, más allá de conectarte con los orígenes de la urbe, empezar a descubrir Donostia por su puerto es un acto de lógica histórica. Hoy la ciudad es bien diferente a la del siglo XII, pero el puerto sigue cumpliendo su función primigenia: las barcas amarradas esperan para lanzarse al océano, las casas del paseo del Muelle acogen restaurantes y sociedades gastronómicas que siguen viviendo de los frutos que da el mar, el salitre y el viento húmedo lo continúan aromatizando todo y el Urgull persiste en su empeño de dar cobijo a la puerta de la ciudad al Atlántico.

2 | Perderse por la historia y los rincones del Casco Viejo

El área más añeja de Donostia es un rectángulo de apenas 250 por 350 metros lleno de trajín, divertimentos y placeres gastronómicos, rincones entrañables y estrechas calles empedradas. Aunque se le llama Casco Viejo, lo que hoy vemos en pie tiene en este concentrado microuniverso, en general, poco más de dos siglos de vigencia (y mucho que contar).

Guía de Donostia

Ya desde el siglo XII, la codiciada y transitada Donostia se fortificó con murallas para vivir tranquila. En ese marco cercado prosperó la ciudad, que supo levantar en una superficie ínfima construcciones tan poderosas como la iglesia gótica de San Vicente Mártir —su edificio más antiguo aún en pie— o, a tres minutos a paso relajado, por la calle 31 de agosto, la basílica barroca de Santa María del Coro.

Guía de Donostia
Santa María del Coro.

La tranquilidad, sin embargo, no fue habitual para la vieja Donostia, y a los asedios franceses de 1719 y 1794 se le sumó el de 1813, con el que las tropas inglesas y portuguesas pretendieron liberar a la ciudad de los galos. ¿Cómo? Fácil: incendiándola y arrasándola casi por completo.

Los arcos de la plaza de la Constitución, de noche.

Después de semejante destrucción, a los donostiarras les tocó reconstruir sus casas y calles. De aquel resurgimiento data la actual y curiosa plaza de la Constitución, que fue en su día también plaza de… toros. Verás que todos los balcones que dan a ella están numerados: cada cifra equivale a uno de los palcos desde donde se seguían las corridas.

La plaza de la Constitución, antigua plaza de toros.

Ya sin toros, pasearse por el Casco Viejo es hoy una gozada: está repleto de de tiendecitas de barrio entrañables y de hedonismo del bueno. Pero, ante todo, de cuadrillas locales y foráneas disfrutando de la religión oficial de Donostia: ir de pintxos en los centenares de bares que esconde. Ya volveremos luego.

3 | Pasear por la Concha, como un aristócrata o una reina

Si el Casco Viejo es heredero del nacimiento de Donostia, el paseo de la Concha es hijo de otro de sus momentos históricos estelares: cuando la reina Isabel II, en 1845, decidió que la ciudad sería su destino para veranear frente al mar. Otra reina se sumó a la fiesta años más tarde: María Cristina, en 1893, se instaló en el Palacio de Miramar, dominando en cada uno de sus veranos las mejores vistas de la Concha y de toda la ciudad.

Con la presencia de las monarcas en el lugar nació y creció el mito de la playa de la Concha y su glamur, hoy anfiteatro y foro maravilloso de Donostia, y la práctica de bañarse en ella. Y, por supuesto, de pasear por su silueta.

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Las vistas a la Concha desde Miramar.

Más allá de las vistas, ir y venir por el paseo de la Concha es sumergirse en una pasarela fantástica para tomarle el pulso a Donostia y a sus gentes, aficionadas máximas a recorrer el paseo que conecta al Casco Viejo con la playa de Ondarreta.

De ida o de vuelta —¿qué más da?—, siempre acompañan la famosa barandilla del paseo, que allí reside desde 1910, enmarcando fotos y embelleciendo la marcha, y las farolas y relojes que diseñó Juan Rafael Alday cuando ya Donostia se había convertido en un imán de la aristocracia española y europea.

4 | El Peine del viento: una invitacación a sentir el paso del tiempo

Donostia, ya te lo decía, es mar. En la mañana de un domingo nublado, pasada la playa de Ondarreta y ya acercándome al extremo occidental de la concha que forma la ciudad, un pescador aficionado aprovechaba la marea baja para tratar de hacerse con algún fruto del mar. Tal como lo hacían sus ancestros, hace cien años, y probablemente igual que lo harán todas las generaciones que vendrán.

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Pescando en la playa de Ondarreta.

Y tan ancestral y conectado al carácter marino de Donostia como la pesca es el Peine del Viento, uno de los monumentos más sublimes y emocionantes que recuerdo haber visto —situado, por cierto, en una de las ubicaciones más privilegiadas de la ciudad—.

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Obra de los guipuzcoanos Eduardo Chillida y Luis Peña Ganchegui, está diseñado para ser eterno. Anclados a la roca, los tres peines de acero acarician el mar desde 1976 jugando con la perspectiva, y nos recuerdan lo inevitablemente unidas a él que están Donostia y los donostiarras.

Y que estarán, por siempre: la oxidación que el mar le provoca mantiene viva a la escultura, y la ata al inexorable paso del tiempo, obligándola —y obligándonos— a sentirlo, y la somete a la impronta de la naturaleza, que siempre manda.

5 | Deambular por el centro nuevo y sus ensanches ocres y elegantes

Deshaciendo camino hacia el centro nos encontramos, enfrentada al Casco Viejo, una trama de calles rectas y elegantes, edificios deliciosamente decorados y de un color ocre característico y omnipresente. Es el ensanche Cortázar: del mismo modo que Barcelona tuvo que abrirse a mi Eixample querido, Donostia se vio obligada, una vez recuperada de su mayor incendio y ya convertida en imán de la aristocracia europea, a derribar sus murallas y ampliar la ciudad hacia el sur.

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La plaza Gipúzcoa.

Era 1864, y la fama y el glamour de Donostia subían como la espuma. La Belle Époque que las reinas donostiarras trajeron a la ciudad tuvo sus frutos urbanísticos más floridos hacia el cambio de siglo, y pasear por el hoy centro de la ciudad es simplemente un disfrute constante. La plaza Gipuzkoa, con sus jardines y sus portales cuidadísimos, o el hotel María Cristina y el teatro Victoria Eugenia, ambos de 1912, selectos e ilustres como pocos edificios en Euskadi, se merecen un paseo atento a su alrededor y te recompensan con creces.

Pocos años más tarde que el ensanche Cortázar se erigió otro nuevo barrio en Donostia: el ensanche de Goicoa. Conectado al primero, el espectáculo es allí una gozada extrema para el caminante: en torno a la catedral del Buen Pastor se reúnen decenas de tiendecitas que compiten a encanto, como la librería Donosti, y de edificios tan robustos como armónicos. Y sí, ocres: ¿sabías que su tonalidad proviene de la piedra arenisca que dan las canteras cercanas a la ciudad?

Deambula por allí un buen rato sin miedo: callejear es el destino.

6 | Ir de pintxos, la religión oficial donostiarra

Donostia y sus alrededores concentran 19 estrellas Michelin, más que ningún otro lugar del planeta por kilómetro cuadrado. Pero, más allá de esa realidad, lo realmente emocionante de Donostia es que no es indispensable entregarse a la cocina de vanguardia para ser más feliz que una perdiz gastronómicamente hablando.

Comer en Euskadi es democrático, más que disfrutable y adictivo, y gran culpa de que así sea lo tienen los pintxos. Son el resumen perfecto de lo que hace tan querida la cocina vasca: un productazo tratado casi siempre con sencillez y cariño, años y años de tradición sintetizadas sobre una rebanada de pan o cubiertas por una salsa exquisita y, siempre, en una medida justa que hace que quieras un poquito más.

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La barra del bar Martínez, en la calle 31 de Agosto.

¿Hay mejor manera de fundirse con Donostia y su ambiente que ir de bar en bar probando pintxos y regándolos con un trago? No, evidentemente no. Ya sea antes al mediodía o hacia el anochecer, el Casco Viejo entra en ebullición con la alegría de las persianas levantadas y las barras atiborradas de colores y charloteo.

La barra del bar Martínez, en la calle 31 de Agosto.

Opciones hay casi tantas como paladares. En la calle 31 de Agosto abundan, y disfrutamos mucho en el Bar Martínez: una barra reluciente con pintxos frescos y apetitosísimos —como los pimientos rellenos de txangurro, el pastel de pescado o los boquerones con vinagreta— y una cocina que los dispara en caliente, como las croquetas de bacalao, crujientísimas, o el pulpo a la gallega, tiernísimo. Todo bien rico, casero y afable.

De la calle Fermín Calbetón me quedo con el Borda Berri y sus pintxos hechos al momento, siempre calientes. Eliges de la pizarra y al cabo de tres minutos aparece ante ti una carrillera al vino tinto, un risotto de queso Idiazábal o una costilla a baja temperatura para llorar de alegría.

Guía de Donostia
Borda Berri: cocina buena y bonita.

Y, ¿tras los pintxos? Pues un buen postre. En Donostia es tradición la tarta de queso, jugosa, gruesa, imponente. De nuevo, la calle 31 de Agosto es la opción, con las propuestas de La Viña o Senra para dejar al estómago más que satisfecho.

7 | Sagardotegi para todos: fundirse con la cultura de la sidra

Si tienes algo de tiempo, dispones de coche y es entre enero y abril, vale la pena hacer algunos kilómetros para alejarse de Donostia y adentrarse en los valles guipuzcoanos con un destino sabroso y festivo en mente: una sagardotegi —o sidrería—. Toda una tradición local a la que tuvimos el gusto de ser introducidos por la familia amiga más literata de este blog, la de Elena, con quien la escapada a Donostia nos reencontró.

¡Txotx! es el ruido que hacen los grifos de las kupelas o barricas de sidra al abrirse, y así se llama la temporada de sidrerías en Guipúzcoa. Es lo que escuchamos por todos lados nada más pisar la sidrería Alorrenea, en Astigarraga —a 10 minutos de Donostia—, un caserío enorme repleto de enormes kupelas, cuadrillas celebrando la vida y mesas que te aguardaban con una preciosa barra de pan dándote la bienvenida.

El menú de las sidrerías es el mismo para todos los comensales y es toda una institución: tortilla de bacalao, bacalao con pimientos verdes, txuletón —que no falte— al peso y, de postre, queso con membrillo y nueces. Rellena tantas veces como quieras tu vaso de sidra, y ya tienes todo lo que necesitas para ser feliz. ¿Precio? Unos 40 euros por cabeza.

La tradición de ir de sidrería y el ambiente que se vive en ellas es precioso: desde todo Euskadi los grupos de amigos se organizan y acuden en bus hasta Guipúzcoa y sus sagardotegi para pasar el sábado entre buenas viandas, buenos tragos y la música que se tercie. La tarde de copas sigue en los pueblos de los alrededores —como Hernani—, donde el jolgorio de la sidra se traslada a las plazas y las calles hasta entrada la noche.

8 | Tras los pasos del Festival de Cine de Donostia

Donostia lleva decenios y decenios atrayendo a la flor y nata de Europa, pero no fue hasta 1953 que se convirtió en sinónimo de cine. Aquel año tuvo lugar la primera edición del Festival Internacional de Cine de San Sebastián, en lo que en principio iba a ser una iniciativa orientada a dinamizar el comercio de la ciudad durante una semana de finales de septiembre. Hoy, el festival donostiarra está considerado como uno de los catorce más importantes del planeta.

El Kursaal y de la Zurriola.

De Julia Roberts a Al Pacino, pasando por Carmen Maura o John Malkovich, centenares de estrellas han paseado por las calles de Donostia como lo hice yo. Y un edificio singular y estratégicamente situado centra, desde 1999, las miradas de todo lo relacionado con el Festival de Cine de la ciudad: el Palacio Kursaal, ya en el barrio de Gros.

Tan inclinado como cúbico, tan enfrentado al mar Cantábrico como a la ciudad, el Kursaal preside la desembocadura del río Urumea y encarna mejor que ningún otro edificio un mensaje claro que Donostia te repite constantemente: que sea una ciudad clásica y de tintes aristocráticos no se riñe con que también sea una urbe vanguardista, moderna y que se asoma decididamente al futuro.

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El premio Donostia de cine emula a las icónicas farolas del paseo de la Concha.

El cine está presente por todas partes en Donostia, y nos persiguió incluso hasta el hotel donde nos alojamos, el Zinema 7. Además de cómodo y práctico, original: toda él está inspirado en el séptimo arte, con lámparas hechas de bobinas de cámara, butacas de cine para descansar y todas y cada una de las habitaciones dedicadas a actores y actrices premiadas a lo largo de la historia del festival. Curiosidad: ¿sabías que el premio Donostia —el más distinguido de todos los que se reparten— es una farola de las que presiden el paseo de la Concha?

9 | Cruzar dos puentes con historia sobre el Urumea

Donostia es mar, sí, pero también es río. En concreto, el Urumea, que serpentea la ciudad llegando desde Navarra. Y junto al Kursaal, como contaba, se encuentra con el Atlántico, tras servir de pasarela en torno a la cual se amontonan los fantásticos edificios de los que ya hemos hablado, en los ensanches donostiarras.

Del florecimiento urbano de Donostia en el pasado siglo son hijos también dos puentes que vale la pena cruzar y que son hoy un símbolo de la ciudad: el de la Zurriola y el de María Cristina.

El Kursaal iluminado, tras el puente de la Zurriola.

El primero de ellos tiene 101 años, tantos como las seis icónicas farolas blancas y verdes coronadas por bolas de vidrio que lo identifican. Desde él se ven las olas llegar desde el mar y fundirse con el río, bajo la presencia del monte Urgull.

El segundo es, todavía, más monumental. Inaugurado en 1905, el puente de María Cristina tiene cuatro obeliscos que recuerdan a los del puente de Alejandro III de París —no fue poca la influencia francesa que recibió Donostia en la época—, coronados por caballos a más de 18 metros de altura.

Guía de Donostia
El puente de María Cristina, de noche.

Entre ambos puentes, en la orilla derecha, el paseo del Urumea regala otra estampa made in Donostia: la de los narcisos amarillos perfectamente colocados frente a los palacetes que flanquean la vía.

10 | Un aeropuerto singular para despedir Donostia

A Donostia llegué en tren, precisamente a la estación central de la ciudad situada frente al puente de María Cristina. Pero para regresar a Barcelona elegimos el avión, y tocó recorrer los poco más de 20 kilómetros que separan la ciudad de su aeropuerto, en Hondarribia.

Un aeropuerto bien singular, por cierto. Primero, porque está construido en una plataforma artificial sobre la desembocadura del río Bidasoa, que, a la vez, ejerce de frontera natural entre España y Francia. Segundo, porque la propia plataforma es muy reducida en longitud, debido a las restricciones geográficas en las que se inserta. Y, tercero, porque la terminal que lo preside es pequeña, no; ínfima.

La corta pista equivale a un despegue igualmente rápido. Y aquí llega el último regalo de Donostia: una vista aérea de su geografía fantástica. Tan pronto como cruzamos las nubes y dejamos de avistar la ciudad y su marco llegan las ganas de volver a ella. Es una buena señal: uno siempre quiere repetir aquello que le ha dejado buen sabor de boca. 🔵

Código ético: ninguno de los establecimientos mencionados me ha retribuido de ningún modo por ser mencionado.

Todas las fotos son propias.

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Publicado por Sergio García i Rodríguez

Me llamo Sergio García Rodríguez y nací en 1990 en Canovelles, Barcelona. Soy un explorador compulsivo al que le encanta perderse investigando, leyendo y —sobre todo— escribiendo sobre (re)descubrimientos viajeros, la ‘cara B’ del mundo y sus curiosidades. Y para contagiar todo ese ímpetu eché a andar este blog, en 2019.

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