Este post fue premiado como ‘Mejor Post sobre Catalunya 2024’ por los Premios Con B de la Asociación Barcelona Travel Bloggers.
Eres un regocijo para el ojo, un jardín para los sentidos. Eres sinónimo de pausa, respiro y relojes detenidos. Eres un centenar de turquesas y azules, otro de verdes y aún otro más de calizos, y eres respirarlos en tu harmonía de sal mediterránea, perfecta y delicada. Eres la guinda codiciada y preciosa de un pastel pequeño pero diversísimo llamado Cataluña; eres el patio feliz y marino de mi casa.
Eres, como dejó dicho el escritor y político Ferran Agulló en 1908, «brava, risueña, fantástica y dulce, trabajada por los temporales a golpe de olas como un alto relieve». «Brava»: así te quedó el nombre. Y luego, cuando el mundo empezó a conocerte, te llegó la fama que arrastras hasta hoy.
Por todo ello a menudo demasiado reclamada —hay que saber manejar tus calendarios—, has logrado, sin embargo, salvar a una parte notable de tus tramos de la hiriente y salvaje fiebre del ladrillo. Y sí, el mérito es de esa orografía barroca y aguerrida tan tuya, que te da sentido y te resguarda y que, conjugada con tu sucesión hipnótica y deliciosa de pinos, atzavares, aguas cristalérrimas, botes amarrados y pueblos ideales, eriza el vello.
Costa Brava, eres una maravilla. Y la muestra de que los paraísos pueden también estar bien cerca de donde uno nace. De tus 214 kilómetros, si me dan a elegir, me quedo con un tramo de apenas 25: el que va de Pals a Palamós (o viceversa). ¿Por qué? Porque sintetiza tus encantos e historias en dos palmos de tierra, y porque todo lo que aloja es garantía fehaciente de hendonismo puro.
Y, como aún hay quien apenas te conoce, déjame que les lleve de paseo por 10 rincones deliciosos de esos que solo tú sabes guardar.
1 | Pals, una atalaya medieval
Podría empezar por cualquiera de los extremos de esta ruta, y sería un inicio luminoso y deslumbrante, claro. Pero empezaré por uno de tus núcleos medievales más nítidos y rotundos, uno de esos que, siendo muy diferentes de las villas marineras que también te definen, te hacen, justamente, única: el de Pals.
En sus alrededores llanos y fértiles, al borde de la desembocadura del Ter, se cultiva uno de los arroces más exquisitos de Cataluña. No menos exquisito es deambular por su centro histórico, impoluto y sinuoso, y coronado por la interpérrita Torre de les Hores, plantada desde el siglo XII en el corazón de Pals.
Y tampoco es desdeñable la vista que regala su azotea: es una atalaya formidable en el corazón del Empordà, idónea para hacer una primera incursión en tu escala plena y amable y en las ondulaciones verdes que configuran tu silueta, para otear la amplitud del Mediterráneo que te da sentido y, al fondo, las islas Medas, que sirvieron de brújula incluso a los antiguos griegos.





2 | Illa Roja, el placer de que el mar te abrace
Dejando Pals atrás en dirección al mar, un rincón escondido, escarpado y agraciado de tus pliegues me encandila como pocos en el planeta: la playa de Illa Roja. Por sus aguas, que son en este punto tuyo un abrazo irrenunciable y cálido, de un color hipnotizante; por los momentos que me ha regalado, de desconexión radical en compañía inmejorable; porque su condición de playa nudista la mantiene al margen del bullicio y el ajetreo que te aqueja en otros de tus paraísos, lo que la convierte en un escenario definitivamente idílico.
Rodear el peñasco que le da nombre mientras el Mediterráneo te da cobijo y te acuna, sumergir la cabeza y alucinar con la nitidez del agua y los cardúmenes de peces que la habitan, ver al sol ponerse tras el montículo que le da forma y la protege, mientras la tarde sestea… Todas las imágenes que libra Illa Roja son insultantemente sabrosas, pero no menos que la que verás si, por el camino que la serpentea desde las alturas —el camino de Ronda, al que volveremos luego—, te detienes para mirar hacia abajo.



3 | Begur, eclecticismo y belleza
Después de saborear el sol y la sal en Illa Roja, puede ser hora de volver hacia tu interior para fundirse con la trama de otro de tus pueblos más célebres y hermosos: Begur.
Tardé demasiados años —concretamente 28— en descubrirlo, y desde entonces se convirtió en una suerte de adición. De ello tienen la culpa el castillo que culmina su privilegiado marco geográfico, con unas vistas que alcanzan hasta Francia, y el regocijo que supone recorrer las calles de Begur para franquearlo, entre torreones medievales, buganvillas fragantes y pomposos palacetes de indianos.
«Indianos», he aquí otra de tus palabras clave, Costa Brava. Fueron aquellos que de ti partieron haciéndose a la mar para probar suerte en las Américas a lo largo del siglo XIX y que, años más tarde, regresaron enriquecidos para —entre otras cosas— darle un toque de exotismo y pompa a tus edificios y calles. Una pompa que se recuerda, por cierto, cada septiembre, cuando Begur celebra su legado de ultramar con su Feria de Indianos.
Begur es, pues, un cóctel ecléctico y refinado de todos los momentos que han marcado tu devenir, y es probablemente la más completa de tus muestras.









4 | Sa Tuna, la montaña encontrándose al mar
Para refinamiento, justamente, una de las calas más preciadas del municipio de Begur, a la que se llega tras desfilar por sus tantas e inclinadas carreteras que, entre pinos y brisa húmeda, acaban abrazando el mar: la de Sa Tuna.
Una cala refinada, sí, y también descriptiva de todas tus bondades, Costa Brava. Porque Sa Tuna, coma tantas otras de tus calas, es la montaña encontrándose con el Mediterráneo. Como si la cordillera Litoral quisiera abrazar el mar, dos paredes de roca se funden con el agua coronadas por el verde de la vegetación. La pared de la derecha aloja una colección de casas que parecen sacadas de un cuadro puntillista; por la de la izquierda, menos antropizada, discurre otro tramo del archiconocido camino de Ronda, que te lleva hasta un promontorio desde el que el mar parece abrirse, infinito.
Ambas paredes conforman, pues, un anfiteatro marino con un decorado, de nuevo, inigualable. En los cantos rodados que lo recubren tuve la suerte de disfrutarte, en una tarde de hace varios agostos, en la casi-soledad tan casi-imposible cuando hablamos de ti, Costa Brava. Probablemente por varias circunstancias fantásticamente alineadas: fui hasta Sa Tuna a la hora de la siesta, cuando muchas y muchos se retiran a sus aposentos; el día era de cielo turbio y brisa intermitente, lo que disuadió a las masas; y quizás por todo ello no tuvimos que emplear ni tres minutos en encontrar un lugar en el diminuto aparcamiento de este recoveco delicado y pintoresco.



5 | Tamariu, un vermut con vistas
Menos fácil fue aparcar en Tamariu, algunos kilómetros al sur de Sa Tuna, en otro día de otro agosto. Y radicalmente diferente fue hacerlo en octubre: una gozada. Lección aprendida, y de sobras: en los márgenes de la temporada alta —mayo, finales de septiembre, octubre—, tu cielo y tus aguas son igual de deleitosas que en pleno verano, y en tu sosiego eres aún más disfrutable.
Tamariu es una especie de versión ampliada y con arena blanca de Sa Tuna —una cala rodeada de edificios blancos que constituyen por sí solos una postal, grandes rocas bordeadas de pinos que conforman una bahía de manual, barquitas dejándose mecer por un mar magnético…—, con una sutil añadidura: tiene la vermutería con mejores vistas en la que el que escribe haya estado, y está apenas a dos pasos de la playa. El Salí del Hostalillo, se llama, y ante tal estampa no querrás que la copa se te quede vacía.




6 | Cala Pedrosa, la Costa Brava en crudo
Sin dejar de reseguir tu fachada marina, culpable genial de que existas, señalaré ahora la cala Pedrosa, un rincón quizás modesto según tus parámetros. Es una cala cruda, árida; es otra de tus caras, alejada del halo glamuroso de Begur o Tamariu. Pero es igualmente atrayente, justamente por ello.
Formada por guijarros grandes e irregulares, sobre ella el agua adquiere una transparencia exorbitante. Y, al margen de su humilde chiringuito, queda lejos de la huella civilizadora: para llegar hasta la cala Pedrosa, es imposible ahorrarse la bajada de casi mil metros que, discurriendo por el selvático barranco que le da forma, te planta frente al mar en medio de la más despojada naturaleza.
Por todo ello me gusta la cala Pedrosa; porque, probablemente, recuerda a tu versión más primigenia y auténtica. Esa que, en 1941, Josep Pla, uno de tus hijos más ilustres, nacido a pocos kilómetros de aquí, recorrió e invitó a recorrer con su Costa Brava. Guía general y verídica.



7 | El faro de Sant Sebastià, de luces y atardeceres
En su guía, por supuesto, Pla le dedica unas páginas al aventajado cabo de Sant Sebastià, vecino de la cala Pedrosa. Una extensión empinada de bosque verde y aromático que se inclina hasta dejarse caer en picado, desde una altura de 169 metros, hacia el azul aquí cobalto del Mediterráneo.
Es un punto tocado por la fortuna, codiciado y estratégico. Por ello ya vivían allí los íberos hace 2.600 años —como indica el poblado de Sant Sebastià de la Guarda—, y por ello allí se encuentra un edificio fascinante y mágico como todos los de su especie: el faro de Sant Sebastià —que alberga, por cierto, el restaurante Nomo—.

Desde sus pies ves salir el sol cada mañana, con unas vistas inigualables donde todo lo ocupa, abajo, el azul infinito. Por la noche, sus haces de luz te iluminan danzando como una peonza infinita, alumbrando a navegantes y a los que te pueblan y visitan tierra adentro. Pero quizás la mejor hora para deleitarse con el susodicho faro y su entorno sea el atardecer: entonces, los verdes se vuelven ocres; los tonos del cielo, violetas y rosados; y el cobalto del mar, gris brillante y profundo. La nota dorada la ponen Llafranc y sus casas blancas, abajo, que ven como el sol decae a poniente. Un espectáculo sensorial y, por suerte, tan gratuito como recurrente.

8 | El camino de Ronda entre Llafranc y Calella, un paseo deslumbrante
Gratuito y siempre accesible —si el clima no lo impide— es también otra de las joyas que te construyen, Costa Brava: el camino de Ronda. Desde Blanes hasta la frontera francesa, podríamos recorrer todos tus kilómetros resiguiendo este famoso camino que hizo de autopista para pescadores y contrabandistas. Pero, si de elegir se trata, me quedo con uno de sus tramos más sencillos y a la vez reconfortantes: el que une Llafranc y Calella de Palafrugell.
Partiendo del extremo sur de Llafranc, las vistas sobre el pueblo y su bahía, el faro de Sant Sebastià y la exageradísimamente bella combinación de azules que allí se reúnen son un —otro, sí— auténtico prodigio hecho lugar. ¿Quién tuviera —o pudiese disfrutar, ni que fuese por un fin de semana— alguna de las mansiones que allí despliegan sus jardines? Cabrá conformarse —y no es una opción despreciable— con trotar, caminar o recorrer en bicicleta esta senda radiante, y con el regalo que te hace, de repente, al conducirte hasta una de las panorámicas más harmoniosas de Cataluña: Calella de Palafrugell.

9 | Calella de Palafrugell, la postal de Cataluña
¿Qué no se ha dicho, escrito y mostrado, de Calella de Palafrugell? Es la postal de Cataluña, el summum de su esplendor y uno de tus recovecos que se han convertido, irremediablemente, en iconos allende las fronteras.
En la fachada marítima de este pueblo, la belleza y sus formas se entrelazan de tal forma que se diluyen todos los límites. Reseguir su ondulado frente de mar es reseguir, a la vez, el camino de Ronda que por allí pasa, las sucesivas calas que le dan forma; los soportales enfrentados al agua, que hacen también de calle y de comedor improvisado; la arena y las rocas puntiagudas, que ofrecen vistas suculentas; los embarcaderos y las casas de indianos y las antiguas cabañas de pescadores, hoy codiciadas como pocas. Calella de Palafrugell es todo eso, y todo eso es demasiado.
Más, todavía, debe de ser la ‘Cantada d’Havaneres’ que se hace allí cada año el primer sábado de julio: un escenario plantado en la playa permite escuchar este género de legado caribeño tanto desde el pueblo, en tierra firme, como desde el mar, en una barca. Un espectáculo, de nuevo, tan solicitado como tú, Costa Brava.









10 | S’Alguer, un final feliz
Y desde el agua elijo ponerle fin a esta misiva de amor que bien te mereces. En el extremo sur de esta ruta, ya en el término de Palamós, descubro el último de los rincones-hedonismo que hoy nos ocupan.
Era una tarde sofocante de agosto, y la arena de playa de Castell seguía quemando bajo un sol que, año tras año, te acaricia cada vez con más furia. Para ponerle remedio a la temperatura, decidimos alquilar una tabla de paddle surf y lanzarnos a remar sobre el agua hasta la vecina cala de s’Alguer.

Y la recompensa, tras media hora de esfuerzo, fue tan feliz y plena como toda tú. Desde el mar, a decenas de metros, tumbado sobre la tabla y balanceado por el Mediterráneo, una retahíla de casitas blancas, cada una decorada con un color diferente, se aparece frente a mí bajo una franja de verdor que ejerce de marco a la perfección. La brisa sopla con su olor húmedo y marino. Las gaviotas revolotean. Los pinos se bambolean, al fondo, suavemente. Es verano y eres tú, Costa Brava.
¿Qué más te puedo pedir? Sencillamente, que tu paraíso dure eternamente. 🔵
