Sa Tuna: esa felicidad de aislarse en la Costa Brava en pleno agosto

Sa Tuna

Después de una semana de calas abarrotadas, aparcamientos imposibles y madrugones casi estériles para apropiarnos de un trozo de playa, lo logramos. Nos costó varios centenares de curvas entre pinos, pero en una tarde inofensiva y casi por casualidad, cumplimos la misión de encontrar un rincón en la Costa Brava donde sentirse aislado en pleno agosto: Sa Tuna.

Y para mí, que bastante de ermitaño tengo, la combinación de no-abarrotamiento, mar, sol, verano, pintoresquidad y vacaciones –y buena compañía, por supuesto– no puede equivaler sino a una única cosa: la felicidad más pura.

Así que para homenajear a ese rincón amable y escondido de Begur y para inspirar a quien le apetezca pasar un rato mínimamente íntimo en el verano de la mediterraneidad catalana, aquí van cuatro razones por las que vale la pena llegarse hasta Sa Tuna ahora que parece que volveremos a poder viajar.

1. Sin coches a la vista ni ruidos a la vuelta

La principal ventaja y alegría de Sa Tuna es también su mayor inconveniente: es una cala escondida y recóndita, en un área montañosa –la del cabo de Begur– que le da ese verde tan Costa Brava y que, a la vez, disuade al turismo de estampida por la complejidad de llegar hasta allí.

Además, cabe poca gente. No obstante, si consigues aparcar, el premio es grande: no verás un coche ni por el mininúcleo urbano de Sa Tuna ni desde tu toalla una vez te instales en la cala. Pero tampoco verás carreteras, ni tendidos eléctricos, ni siquiera un avión publicitario. Ni los ruidos que los acompañan.

2. No verás ningún edificio desconcertante

Al aislamiento sonoro y visual de Sa Tuna se le suma una harmonía arquitectónica poco frecuente –por desgracia– en muchos lares de la costa catalana. Del antinguo embarcadero de marineros que fue en su día quedan algunos botes varados en la propia cala y las casas amontonadas y perfectamente escalonadas –hoy segundas residencias y apartamentos– que conforman el núcleo.

Ninguna de ellas desentona. Si te pierdes por los callejones que bordean la cala, tienes la postal que buscas en la Costa Brava: casitas blancas, aguas turquesas y muchos pinos. Y alegría.

3. Un anfiteatro privilegiado

No busques arenas caribeñas: la playa de Sa Tuna es de cantos rodados. Por lo tanto, agradecerás llevar una silla. Pero no solo porque tumbarse sobre piedras es incómodo, sino porque entenderás que estar sentado en la cala de Sa Tuna es tener un asiento privilegiado en un anfiteatro que resume la plenitud de la sencillez mediterránea; sus colores y sus olores sin interferencias.

¿Y el agua, qué tal? Pues fresca –la Costa Brava no es lo más cálido de Mediterráneo, pero sí lo más refrescante– y clara –porque la ausencia de arena le evita la turbiedad de otras playas de la misma costa–.

4. Y siempre nos quedará… el Camino de Ronda

Si eres de los que después de refrescarte en el agua y tomarte un par de cervezas con vistas necesitas algo de movimiento, siempre te quedará el Camino de Ronda. Porque los 130 kilómetros de sendero que recorren la Costa Brava a orillas del mar también pasan, obviamente, por Sa Tuna.

A mano derecha de la cala y tras las casas del lugar, el sendero se adentra, subiendo, en un bosque de pinos. Tras unos diez minutos de subida, llegas a la punta d’es Plom, desde la que podrás ver tanto Sa Tuna como los entrantes y salientes de las colinas y cabos cercanos. Todo ello conforma un paisaje en el que solo desentona –ahora sí– una de esas construcciones infectas que en los 60 proliferaron por la costa catalana: el tan monstruoso como magistralemente situado antiguo Hotel Cap Sa Sal.

Pero no nos quedemos con lo malo. En ese punto, bajo tus pies quedarán las barquitas de turno y la cala S’Eixugador, a la que solo podrás acceder por una escalera escarbada en la roca. Otro lugar que también da –de verdad– para ser muy feliz. Y casi secretamente.

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Publicado por Sergio García i Rodríguez

Me llamo Sergio García Rodríguez y nací en 1990 en Canovelles, Barcelona. Soy un explorador compulsivo al que le encanta perderse investigando, leyendo y –sobre todo– escribiendo sobre (re)descubrimientos viajeros, la ‘cara B’ del mundo y sus curiosidades. Y para contagiar todo ese ímpetu eché a andar este blog, en 2019.

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