Rano Kau o un síndrome de Stendhal polinesio

Rano Kau

Uno llega a la Isla de Pascua con la ilusión de perderse en uno de los lugares más remotos del mundo. Y con la certeza de que va a ver moáis.

Lo primero, lo compruebas cuando Rapa Nui –como los locales la llaman– aparece bajo el avión como una mancha ínfima en medio del infinito azul, tras horas y horas sobrevolando el Pacífico. Y, de lo segundo, te das cuenta apenas saliendo del aeropuerto, cuando empiezas a constatar que hay moáis por todos lados: en las imponentes plataformas –o ahu– repartidas por toda la isla, pero también protegiendo los embarcaderos de Hanga Roa o incluso a escasos metros de uno de los córners del estadio de fútbol de la isla.

Pero algo con lo que uno puede no contar antes de pisar Rapa Nui –al menos a mí me pasó– es con la exuberancia desoladora de la naturaleza de la isla. Porque sobrecoge. Y, más allá de lo in´hospito y verde de su cubierta, lo rojizo y marronoso de su terreno volcánico y la mezcla de ondulado y agreste de su orografía, si hay algo del marco natural pascuense que realmente impresiona es la caldera del Rano Kau.

Un stendalhazo polinesio

Al Rano Kau se llega por un sendero que, a medida que subes, te pasea por un bosque. Al cabo de una media hora de ascenso, cuando menos te lo esperas, los árboles empiezan a esparcirse y… ¡pam!: aparece ante tus ojos un espectáculo absoluto de la naturaleza.

El cráter del Rano Kau es totalmente circular. Su borde es paseable por completo, a excepción de uno de sus cuartos, donde parece mordido por un gigante que que, de paso, le hizo una especie de ventana semicircular que asoma al azul increíblemente intenso del océano.

El Rano Kau y su mordisco gigante. Foto: Sergio García i Rodríguez

A orillas del sendero hay lugar para sentarse y retomar el aliento –como hizo mi amiga Laia en la foto de cabecera–, y es ahí cuando lo evidente ocurre: tal y como le sucedió en su momento a Stendhal en Florencia, acude a ti un vértigo adrenalínico que te viene a recordar que, en la infinidad polinesia, eres pequeñísimo e insignificante.

Mirando hacia abajo, el Rano Kau es igual de impresionante que si miras a su alrededor. Los humedales y la vegetación de todos los colores que ocupan la caldera son el resultado de un microclima que, a la par que el paisaje que los aloja, es único.

¿Cómo llegar?

A Rano Kau se llega fácilmente con un buen calzado, un chubasquero (nunca se sabe) y una botella de agua (de las reutilizables, por favor). Rapa Nui es un universo único y cerrado donde las distancias son cortas y, desde Hanga Roa –el único pueblo de la isla- no tardarás más de una hora y media a pie en llegar al extremo sur de la isla, donde queda el Rano Kau.

Para l@s escéptic@s…

Si aún no te he convencido sobre la mística de Rano Kau, quizás te interese saber que al borde del cráter también se encuentran los restos del poblado de Orongo, que era el punto de partida de la ceremonia del Hombre Pájaro o Tangata Manu. Una competición entre representantes de las tribus de la isla que consistía en lanzarse, desde los 300 metros de los acantilados del lugar, hasta el cercano islote de Motu Nui, donde había que hacerse con un huevo de charrán y retornar al poblado. ¿Y por qué arriesgarse a ello? Pues para ganar el control de la isla por un año.

Según cuentan allí, la ceremonia se celebró por última vez en 1867, cuando los misioneros cristianos que llegaron a la isla se cargaron los cultos de los Rapa Nui.

Qué tiempos, aquellos.

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Publicado por Sergio García i Rodríguez

Me llamo Sergio García Rodríguez y nací en 1990 en Canovelles, Barcelona. Soy un explorador compulsivo al que le encanta perderse investigando, leyendo y –sobre todo– escribiendo sobre (re)descubrimientos viajeros, la ‘cara B’ del mundo y sus curiosidades. Y para contagiar todo ese ímpetu eché a andar este blog, en 2019.

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