Menorca en 5 colores: un paseo cromático por la plenitud mediterránea

Si me piden que describa la plenitud con un paisaje, suelto «Menorca» sin dudarlo. Motivos me sobran. Esa isla privilegiada tiene todo lo que puede hacer feliz a un fan absoluto del Mediterráno y sus raíces como uno: una costa trufada de pliegues preciosos; un interior conectado con las raíces y la tierra; un agua que deslumbra; y, todo, a una escala humana y amable, pero a la vez diversísima.

Pero si algo convierte —para mí— a Menorca en representante perfecta de ese Mediterráneo puro y que embelesa son sus colores. Unos colores que en Menorca aparecen ante ti nítidos pero a la vez armoniosamente entremezclados; tan definidos por separado y, al mismo tiempo, partes de un todo inconfundible.

Binibèquer vell es una muestra de lo armonioso que, dentro de todo, es el impacto humano en Menorca.

Un todo en el que he pasado vacaciones en todas y cada una de mis décadas. Con sus colores he ido creciendo, así como lo ha hecho mi lazo inquebrantable con el Mediterráneo. Son, pues, los menorquines, colores queridos.

No necesitamos barco, avión ni moto para que os muestre los cinco que más me emocionan. Subid al blog, que os llevo —o lo intento— de paseo cromático por Menorca y sus rincones.

1 | El turquesa absurdamente bello de Macarelleta

Teclear ‘Menorca’ en Google es toparse de frente con una retahíla de imágenes con un agua tan turquesa que avasalla. Lo mejor de todo es que ese avistamiento virtual es completamente fiel a la realidad. Porque el turquesa de Menorca, en menor o mayor medida, hace acto de presencia en todas sus calas.

Sin embargo, si de llevarnos al extremo del placer visual se trata, de todos los turquesas menorquines, me quedo con el de Macarelleta.

Colores de Menorca: Macarelleta
¿Para qué quieres filtros, si estás en Macarelleta?

Situada al sur de la isla, Macarelleta no es una cala solitaria: tiene una siamesa —mayor que ella, como su nombre indica—, Macarella. Vistas desde el aire (qué espectáculo debe de ser eso), ambas conforman una especie de uve acuática que se clava en la silueta de la isla. Los bordes interiores de esta sublime e imaginaria letra son paredes calcáreas que bajan hasta el agua, por cuyas cornisas superiores, a 15 metros por encima del bendito Mediterráneo, circula un estrecho sendero que une a ambas calas. Pues bien: transitarlo es vertirse al turquesa más intenso, bello y electrizante que he visto nunca.

Colores de Menorca: Macarella
Caminar por el sendero que une Macarella y Macarelleta es simplemente esto.

Si me quedo específicamente con el color del agua de Macarelleta es porque la arena que yace bajo ella es tan uniformemente blanca y la forma de la propia cala es tan perfectamente rectangular que no destacar algo tan bello sería, simplemente, absurdo.

2 | El grisáceo agradecido de la costa del Sur

En el turquesa nítido de Macarella, Macarelleta y —por ejemplo— sus vecinas Turqueta o Galdana, parte del mérito lo tiene el gris pétreo de las paredes que las envuelven. Un gris en el que el sol rebota y que, sin hacer más que reflejar el azul del cielo sobre el agua, desemboca en una de las magias menorquinas.

Cuando subí al monte Toro, el punto más alto de la isla, aprendí cómo la naturaleza y su historia, caprichosamente, son las culpables de la maravillosa diversidad cromática que motiva este paseo. Allí arriba, en un panel informativo, dejaban la cuestión clara con dos nombres: Migjorn y Tramuntana. Son las dos regiones geológicas en las que se divide Menorca, que parten la isla de extremo a extremo casi resiguiendo la carretera que une Maó y Ciutadella, y que vendrían a equivaler a su cara sur y a su cara norte.

La ‘Menorca blanca’ está plagada de acantilados que se vierten sobre el turquesa. Imágenes de Pelayo Arbues y Reiseuhu en Unsplash.com.

La sur es la ‘Menorca blanca’, donde reina el marés del Mioceno, la roca (más bien) grisácea que nos trae hasta aquí, y de la que también derivan las prehistóricas navetes que dieron cobijo a los menorquines de la edad talayótica. En la Tramuntana menorquina, en cambio, el cromatismo del terreno se vuelve más oscuro y rojizo. Y aunque a ambas caras no las separan más de 15 kilómetros, ir de la una a la otra es como cambiar por completo de paraíso, entrando en uno tan diferente al previo como igualmente perfecto. Hacia allá que vamos.

3 | El rojizo remoto y salvaje de Cala Pilar

Dentro de esas epifanías mediterráneas que te regala Menorca están las caminatas privilegiadas que ofrece su Camí de Cavalls, la soleada y ancestral ruta que resigue la silueta insular, cala a cala.

Uno de sus tentáculos remotos en la Tramuntana menorquina, donde la costa se vuelve tan abrupta como hipnótica, te lleva por un pedregal caminable, polvoriento y sombreado hasta un fantástico balcón asomado al mar —casi tan turquesa como en Macarelleta— y a otro de los colores de mi Menorca: el rojizo de la roca que envuelve a la cala Pilar.

Colores de Menorca: Cala Pilar
Cala Pilar: Marte con mar.

El contraste entre el azul refulgente del agua y el rojo casi marciano de cala Pilar es emocionante. Es la constatación estética de ese otro paraíso que, aunque cercano al sur de la isla, parece llevarte a otro mundo. Un paraíso que es completo cuando en pleno agosto —de 2018— te encuentras en una playa deslumbrante y, además, pseudodesierta: la compartimos con apenas 20 personas más, durante todo el día. Solo faltaban Eva y Adán: si bien en toda Menorca está tolerado el nudismo, en cala Pilar es mayoritario.

Cala Pilar es balcón a un mar que se funde con el horizonte.

Para sumarle más dramatismo al impacto que genera cala Pilar, la vegetación abundante y voluminosa que en la Menorca blanca adorna las calas en forma de pinos deja paso en el norte a arbustos bajos, pero igualmente radiantes. Los verdes, por supuesto, también tienen mucho que decir en Menorca.

4 | El verde de los ullastres

Es imposible disociar la capa vegetal de Menorca del imaginario que uno se construye con sus delicias. Verde benefactor a varios efectos: te protege del sol de la tarde cuando sesteas, bajo un pino, sobre la arena blanca de una cala; refresca la isla cuando el verano aprieta; serena la vista cuando ensalza al turquesa del mar o tapiza el interior de Menorca.

Los verdes menorquines adornan también el interior de la isla, rural y habitado desde hace milenios.

Porque alejarse de la fachada litoral de la isla, lejos de restarle atractivo al viaje, es descubrir otro de sus tesoros: el de un interior cuidado, trabajado por siglos de agricultura armoniosa y, ante todo, protegido. Menorca fue declarada reserva de la Biosfera por la Unesco en 1993, y el respeto por la naturaleza —causa de que sigamos disfruando los colores que hoy nos ocupan— se palpa también en los campos, ondulados, amables y verdes.

El verde cubre el interior de Menorca, y desde el monte Toro se ve mejor que desde ningún otro lugar.

Un árbol sabio y longevo encarna a la perfección la plenitud menorquina: el ullastre. Primo silvestre del olivo, lleva milenios echando raíces en todos los rincones de Menorca, dando olivas y aceite a los isleños, ofreciéndoles madera para construir los portones de fincas y casas, sacudiéndose al sol y al viento del Mediterráneo. Sutil, sosegador, resiliente y sublime, mimetizado con la isla en la que vive.

De madera de ullastre están hechas muchas de las puertas que se ven en las fincas menorquinas.

5 | El blanco de los pueblos

Tan menorquín y mediterráneo como el ullastre es el color que da vida a la mayoría de aldeas y pueblos de la isla. El impasible sol que abrasa Menorca en verano tiene parte de la culpa de que, de es Mercadal a Fornells –pasando por Alaior—, el puro y aislante blanco lo pinte casi todo: iglesias, muelles, viviendas, barandas, escaleras, molinos de viento…

El blanco es el color de los pueblos menorquines, como pasa en Es Mercadal. Fotos de Teresa Fernández y Héctor Rivas, en Unsplash.com.

Un blanco que se extiende hasta las urbanizaciones que proliferaron en la isla más allá de los pueblos, respetuosas en su mayoría con el modo de construcción tradicional, e imitadoras de las antiguas casas de los pescadores menorquines. Es una máxima en la isla —y para mí uno de sus mayores atractivos—: lo construido es armonioso con el medio, discreto, nunca mastodóntico y casi siempre de una altura inferior a tres plantas.

No se me ocurre un mejor cierre para este paseo cromático menorquín que el que nos ofrece un edificio —obviamente— blanco: el faro de Cavalleria. Inserto en la salvaje costa norte y vertiginosamente abalanzado sobre el Mediterráneo, es un lugar idóneo para ver —espectáculo cromático mediante— cómo el mar se traga, otro día más, al Sol. Y para que la retina, ensoñada, acabe de enamorarse de Menorca. 🟡

Colores de Menorca: Cavalleria

🌞🌿 Si algo convierte a #Menorca en representante perfecta de ese #Mediterráneo que enamora son sus colores, tan definidos por separado y, al mismo tiempo, partes de un todo inconfundible | via @singularia_blog

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Todas las imágenes son propias (excepto cuando se indica lo contrario).


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Publicado por Sergio García i Rodríguez

Me llamo Sergio García Rodríguez y nací en 1990 en Canovelles, Barcelona. Soy un explorador compulsivo al que le encanta perderse investigando, leyendo y –sobre todo– escribiendo sobre (re)descubrimientos viajeros, la ‘cara B’ del mundo y sus curiosidades. Y para contagiar todo ese ímpetu eché a andar este blog, en 2019.

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