Crónicas de Islandia: una ruta singular, 12 días y un país superlativo

No tengo claro el porqué, pero desde que tengo uso de razón lo remoto y lo solitario me atrae. La naturaleza extrema me emociona: cuánto más agreste, exótica e ignota, mejor. Y, al mismo tiempo, me admira que en lugares que combinan ambas cosas, pese a tener a la hostilidad de todos los elementos absolutamente en contra, la vida en sociedad sea capaz de desarrollarse en plenitud.

No hay ningún país del planeta que sintetice mejor todo ese paradigma que Islandia. El séptimo territorio menos densamente poblado del planeta es también el que, según los indicadores internacionales, puede presumir de una mayor igualdad de género. De la adversidad, las y los islandeses sacaron virtud: ser una excolonia arrinconada en el frío, durante siglos pobre de solemnidad y con la misma población que la Las Palmas de Gran Canaria —en la superficie de dos Croacias— no ha impedido que la ‘tierra del hielo’ sea hoy un paraíso socioeconómico que, dicho sea de paso, reposa sobre el —quizás— terreno geológicamente más fascinante y diverso del planeta.

El viaje más ansiado y una ruta atípica

Todas esas razones, juntas, hacen de Islandia el lugar del mundo que más ganas he tenido nunca de conocer en persona. Y, exactamente por eso, para mí y mis reticencias conservadoras, se trataba de un destino que bien merecía ser explorado con el tiempo y el dinero suficientes. Sin embargo, hace algunos meses, mi compañero de vida me sugirió con atino lanzarnos en este verano infernal a descubrir esa isla anhelada y helada haciendo como los resilientes islandeses: diseñado una ruta que aprovechara lo que teníamos y no lo que querríamos tener.

Principales puntos de nuestra ruta de 12 días por el cuarto menguante de Islandia

De modo que, en los 12 días de que disponíamos y haciéndole hueco a todos los rincones de Islandia que más nos llamaban la atención, recorrimos una especie de cuarto menguante que, en consecuencia, no coincide con la ruta habitual que siguen la mayoría de los visitantes, consistente en darle una vuelta completa al país. En lugar de ello peinamos todo lo que se comprende entre los aislados Fiordos del Oeste, en el extremo noroccidental de la isla —el súmmum de lo remoto; una especie de Meca para mí y mi fijación por lo ignoto—, y la sublime laguna de hielo de Jökulsárlón, en el suroeste de Islandia.

Y si las expectativas eran altas, la vivencia las multiplicó exponencialmente. Dejando al margen la —cara— cuestión gastronómica, no le cambiaría ni una coma a nada de lo que nos sucedió por allí arriba en los 12 (cortos pero intensos) días que duró nuestro ansiado viaje, que bastaron para convencerme de algo que presentía: Islandia es simplemente deslumbrante y superlativa. Espero escribir largo y tendido y con mayor enfoque sobre algunos de los rincones con los que este país fascinante ha obsequiado a mi retina, pero, por lo pronto, aquí va una síntesis de lo vivido y disfrutado.

Día 1
Barcelona – Reikiavik

✈️ 2.983 km | 🚗 51 km | 🚶 3 km | 🛏️ Reykjavik Downtown Guest House

Aterrizar en Islandia fue ya un espectáculo: el avión se esforzó para mostrarnos, a medida que descendíamos, desde los blanquísimos glaciares del sur hasta el volcán Fagradalsfjall, en plena erupción. Desde el aeropuerto de Keflavík, un trayecto por una solitaria carretera casi lunar, de 45 minutos, nos planta en Reikiavik, la capital más septentrional del planeta. Primera ronda de reconocimiento: bajo la intensa luz celeste de medianoche y con 11º en pleno agosto, esta animada metrópolis de bolsillo tiene un brillo irreal y atrayente. Probamos, por supuesto, los famosos y ricos perritos calientes de Bæjarins Beztu Pylsur. Una cerveza abrigada —a 12€— en plena Laugavegur, la calle de bares local, inaugura oficialmente nuestras vacaciones.

Día 2
Reikiavik, la capital feliz

🚶 16 km🛏️ Reykjavik Downtown Guest House

No se necesita demasiada pauta para perderse por Reikiavik, una simpática capital con alma de pueblo llena de arquitectura singular y notable: en un paseo nos topamos con la catedral luterana Hallgrímskirkja, de Samúelson —«el Gaudí islandés», nos cuentan—, que parece pura ciencia ficción; con Sólfar, la futurista escultura en forma de barco vikingo que te invita a lanzarte al mar; o con Harpa, el exquisito centro de conciertos, hecho de espejos y vidrio. Un free tour nos muestra el primer centro de la capital, que creció hace poco más de dos siglos en torno al colorido barrio de Grjótaþorp, y los minúsculos y curiosos Parlamento y Oficina de la Primera Ministra. Todo en la ciudad —incluso el altar de la catedral— celebra la diversidad: este es un país radicalmente abierto, inclusivo y feliz.

Día 3
La península de Snæfellsnes: viaje al centro de la Tierra

🚗 304 km | 🚶 15 km | 🛏️ Stykkishólmur: cabañas Vatnsás 10

La ruta nos conduce hacia las entrañas islandesas del noroeste. Primera etapa: la península de Snæfellsnes, allá donde Julio Verne situó la puerta de entrada al centro de la Tierra. No es para menos: en la inmensidad desierta de este brazo de tierra agreste empezamos a entender por qué es absolutamente imposible avanzar 100 kilómetros en Islandia sin detenerse y asombrarse hasta decenas de veces. Las sobrias columnas de basalto de Gerðuberg; Bjarnarfoss, nuestra primera cascada islandesa; la iglesia negra y misteriosa de Búðakirkja; la grieta de Rauðfeldsgjá, tan implacable como imponente; los acantilados indescifrables de Arnarstapi, el faro naranja de Öndverðarnes, desde donde avistamos orcas… La concentración de bendiciones de la naturaleza impresionantes y extremas es, en este punto del país, insultante. La pirámide natural de Kirkjufell pone la guinda a un día que se apaga en Stykkishólmur, donde dormimos, aún alucinando, bajo el amparo de un gnomo.

Día 4
Navegando hacia los Fiordos del Oeste: de Stykkishólmur a Ísafjörður

⛴️ 53 km🚗 293 km | 🚶 6 km | 🛏️ Ísafjörður: Gamla Guesthouse

En el puerto de Stykkishólmur y de buena mañana, cargamos nuestro coche en el ferry para descubrir la región más remota y agreste de un país —por definición— remoto y agreste: los Fiordos del Oeste. Ya en tierra y bajo la lluvia, las termas naturales de Krosslaug son nuestra primera oportunidad de practicar la religión oficial islandesa: llegar, ducharse, calzarse el bañador en las cabinas y sumergirse en los 38º que, en medio de la más absoluta nada, te regala, casi en exclusividad, la Tierra. Tras ese placer completo y energizante, surcamos carreteras auténticamente espectaculares y sobrecogedoras sembradas de casas solitarias, y reseguimos decenas de fiordos que van dibujando, uno tras otro, perfiles tan amenazantes como impactantes. Los ventosos acantilados de Látrabjarg —el punto más occidental de Europa— y Dynjandi —la cascada más impresionante de todas las vistas en el país, a mi humilde parecer— trazan una ruta cambiante y preciosa que, finalmente, nos devuelve a la civilización en Ísafjörður, la urbe más norteña de todo el país.

Día 5
Saborear el camino y la amplitud: de Ísafjörður a Bær

🚗 382 km | 🚶 7 km | 🛏️ Bær: Fossatún Camping Pods

En las latitudes de Ísafjörður —a 50 kilómetros del Círculo Polar Ártico— y por estas fechas, en lugar de noche existe una leve penumbra que, hacia las 2 de la mañana, se ha convertido de nuevo en claridad. Algunas horas más tarde nos despertamos bajo un sol radiante para pasear por esta colorida ciudad de 2.600 habitantes surgida durante el siglo XVIII y de pasado pesquero que, aunque vive aislada aquí arriba sobre una lengua de tierra suspendida en las frías aguas de su fiordo, tiene un centro peatonal, un transitado y pintoresco puerto y hasta universidad —especializada en gestión de costas, obviamente—. Hacia media mañana iniciamos una larga y solitaria ruta en dirección hacia el más transitado centro del país, de nuevo bordeando fiordos espectaculares y entregándonos a una maravilla patria que no aparece en las guías: el camino y la amplitud islandesas. Tras una parada intermedia en la poza termal —de cuento— de Guðrúnarlaug, llegamos a nuestro destino y hogar por una noche: las cabañas —también de cuento—de Fossatún.

Día 6
El Círculo Dorado

🚗 218 km | 🚶 12 km | 🛏️ Hella: cabañas de Árhús Café

Después de habernos transportado por caminos extraterrestres cruzando las profundidades de los Fiordos del Oeste, donde solo llegan el 10% de los visitantes que acuden a Islandia, encontrarse en el triplete de lugares que conforman el Círculo Dorado equivale, casi, a sumergirse en la Rambla de Barcelona. En la primera parada, Þingvellir, vemos lo que en su día fue el escenario del primer parlamento democrático —al aire libre— del planeta, en el año 930. En la segunda, el área geotermal de Geysir, comprobamos bajo una lluvia torrencial que Islandia está hecha sobre un hervidor gigante: mientras el propio Geysir —que da nombre a todos los géiseres del mundo— duerme desde hace un siglo, su compañero Strokkur suelta, enigmáticamente, un chorro de agua caliente de quince metros cada diez minutos. Y en la tercera, ya empapados por el temporal, observamos la potencia imparable de la cascada de Gulfoss. Pese a que los tres lugares son ciertamente impactantes, las maravillas que venimos viendo en los días precedentes —y las que veremos después— hacen que el Círculo Dorado nos parezca de lo más discreto que este país conmovedor atesora.

Día 7
Parajes sobrenaturales: Seljalandsfoss, el cráter de Kerið y el valle geotermal de Reykjadalur

🚗 205 km | 🚶 14 km | 🛏️ Hella: cabañas de Árhús Café

Los planes B son a veces un gran acierto. Hoy íbamos a pasar el día en Landmannalaugar, en las inhóspitas Tierras Altas. Pero el temporal previsto, el alto coste del billete de bus —nuestro coche no podía acceder a esos caminos— y el largo trayecto —8 horas, sumando ida y vuelta— nos desmotivaron. De modo que dedicamos la jornada a comprobar, de nuevo, la enorme variedad de paisajes y colores que Islandia es capaz de condensar en apenas unos kilómetros. De las verdísimas colinas de Hlíðarendi, con la iglesia de Hlíðarendakirkja y la cascada de Gluggafoss, saltamos hacia la sobresaliente catarata de Seljalandsfoss, cuya prodigiosa y concurrida caída de agua, de 65 metros, se puede rodear. Tras una parada técnica en Selfoss para abastecernos de cerveza y buen vino en el Vínbúðin del lugar, la tienda estatal de licores —en ningún supermercado islandés normal encontrarás bebidas alcohólicas—, quedamos maravillados con el cráter rojizo de Kerið, que aloja un inverosímil lago verde esmeralda sobre el que la no menos inverosímil Björk dio una vez un concierto, hace ya algunos años. Y, para terminar la jornada, otra ración de paisajes inauditos y sobrenaturales: el del valle geotermal de Reykjadalur. Por él, una caminata de una hora larga nos condujo, entre fumarolas y multicolores colinas peladas, hasta un tramo de río de aguas calientes en las que —por supuesto— nos detuvimos para remojarnos.

Día 8
El sur es verde: la ruta de Fimmvörðuháls, el glaciar Sólheimajökull y el valle de Seljavallalaug

🚗 93 km | 🚶 14 km | 🛏️ Eyvindarhólar: Lambafell Welcome Hotel

Que saborear Islandia es, ineludiblemente, saborear el camino, es una máxima de la que esta isla no deja de convencerte. Podría estar siglos recorriendo el verdísimo y puntiagudo extremo sur del país que la ruta de Fimmvörðuháls tan bien sintetiza. Partiendo desde la majestuosa cascada de Skógafoss, nos entregamos a hacer el primer tramo de esta travesía que, si uno finaliza, conduce al valle de Þórsmörk. No fue nuestro caso; durante dos horas y media —y, entre la ida y la vuelta, unos 5 kilómetros— nos dedicamos a remontar la ruta bordeando el curso de agua y la inacabable retahíla de cataratas que este rincón del mapa islandés concentra. ¿Habremos visto 15 cascadas? ¿20? ¿30? Ni las guías son capaces de definir un número concreto. Más tarde, tras visitar en las cercanías el impactante glaciar Sólheimajökull, que mezcla el azul pálido de su masa helada con el negro de la roca volcánica que lo rodea, quisimos dirigirnos hacia el recóndito y precioso hotel de madera que nos alojaba y dejar de visitar lugares. Sin embargo, la curiosidad nos ganó por enésima vez, instándonos a explorar la cercana piscina termal de Seljavallalaug, una de las más antiguas de Islandia. De nuevo, la realidad descuartizó a las expectavivas: aquella piscina yace en el centro de un valle que parece sacado de Parque Jurásico, por donde centenares de cascadas se dejan caer desde lo alto de las paredes pétreas.

Día 9
Hacia el este: el negro de Dyrhólaey y la playa de Reynisfjara y el gran blanco del Vatnajökull

🚗 226 km | 🚶 11 km | 🛏️ Hof: Adventure Hotel Hof

A estas alturas del viaje uno empieza a pensar que Islandia no puede sorprenderle más. Hasta que sale el sol, y esa jornada climáticamente benévola coincide con el espectáculo mineral de los negros acantilados de Dyrhólaey y la igualmente oscura playa de Reynisfjara. Incluso el punto más meridional de Islandia es arte hecho lugar: el arco de roca con el que concluye Dyrhólaey marca la frontera sur del país, impasible ante las violentas olas que lo acechan y que, desde el faro del lugar, parecen minúsculas. Es aquí donde aparecen, por fin, los esperados frailecillos, que se divierten desafiando al Atlántico y lanzándose al viento desde las alturas agrestes en las que anidan. Ya en la playa negra de Reynisfjara, la enorme densidad de aves y el marco incomparable que conforman las imposibles columnas de basalto te regalan un espectáculo visual emocionante y difícil de borrar de la retina. Nuestra ruta avanza hacia el este y, tras surcar inmensos mares de lava solidificada, empieza a personarse frente a nosotros la enormidad blanca que hace unos días vimos desde el avión: es el intimidante Vatnajökull, el campo de hielo más robusto de Europa. El atardecer nos atrapa en Hof, con su entrañable y iglesia cubierta de césped, el sabio aislante ancestral de los islandeses.

Día 10
Jornada de glaciares: Jökulsárlón, Fjallsárlón y Skaftafell

🚗 171 km | 🚶 13 km | 🛏️ Kirkjubæjarklaustur: Hunkubakkar Guesthouse

Nuestro décimo día en Islandia marca el extremo oriental del viaje. Un extremo helado: hasta aquí hemos venido para visitar dos de los glaciares más célebres de Islandia: la laguna de Jökulsárlón, con sus impresionantes y efímeras esculturas flotantes, y la esplendorosa y descomunal escalinata helada de Fjallsarlón. Ambas nos han dejado mudos: el de los glaciares es un espectáculo tan escandalosamente bello como frágil, tan majestuoso como amenazado. Ya de vuelta hacia el oeste, en Skaftafell, de nuevo otro glaciar nos conmueve: el de Skaftafellsjökull. Ver su lengua desde las alturas, sumida en un retroceso imparable, duele tanto como eriza la piel. Deshaciendo ruta concluimos el día en las placenteras cabañas de Hunkubakkar, donde nos conjuramos para dejar atrás ocho días repletos de almuerzos y cenas a base de pan y embutidos para deleitarnos probando el cordero de kilómetro 0 que crían en la granja del propio alojamiento. Unos 50 euros —cerveza y postre incluidos— gastados con alegría.

Día 11
El sur con sol: Skógafoss, el volcán Fagradalsfjall y vuelta a Reikiavik

🚗 325 km | 🚶 8 km | 🛏️ Reikiavik: Hotel Frón

La enorme satisfacción de haber descubierto (parte de) un país singular, bellísimo, impactante y a cada metro espectacular se mezcla ya con el sabor tristón de lo que se acerca a su fin. Pero la recompensa del paisaje islandés no da tregua y, celebrando el radiante sol que brilla sobre nuestras felices cabezas, nos detenemos de nuevo en Skógafoss, la reina de las cascadas del sur de Islandia. Y la postal es mágica: un arcoíris doble saliendo de la propia catarata rubrica nuestra bendita ruta por este no menos bendito país. En otro arrebato culminatorio, se nos ocurre acercarnos a chafardear por las cercanías del volcán Fagradalsfjall, que lleva casi dos semanas en erupción. Para nuestra sorpresa, todo está perfectamente habilitado para las y los curiosos, y existen cuatro rutas para acercarse a la lava —en este punto, ya lejos de la espectacularidad incial— que ha emanado desde las entrañas de la Tierra. Ya en Reikiavik, nos entregamos a los placeres mundanos: nos bañamos en la playa dorada de Nauthólsvík, que recibe agua caliente canalizada y que los capitalinos denominan nuestra propia Ibiza; celebramos nuestra última noche en Islandia con la famosa y concurrida Happy Hour de las calles del centro —ayudados por la recomendable app Appy Hour, que nos dirige de bar en bar— y disfrutamos del atardecer eterno en la ciudad haciendo cosas tan impensables en otros países como, por ejemplo, pasear, a las 23h30, por los jardines del Parlamento, abiertos de par en par.

Día 12
Reikiavik – Barcelona

✈️ 2.983 km | 🚗 51 km | 🚶 13 km

Nuestro último día en Islandia amanece con un sol nítido y un aire puro a rabiar. Las casitas de colores de Reikiavik brillan felices con el monte Esja de fondo, tanto como la propia ciudad: humana, amable y llena de rinconcitos y esquinas entrañables. Me deleito rememorando la ruta hecha con el enormérrimo mapa 3D de Islandia que aloja el vestíbulo del Ayuntamiento de Reikiavik, un edificio magistral completamente abierto a la ciudadanía —como todo en este país—, y circundando el Tjörnin, el reluciente lago urbano situado en el corazón de la capital. Sus alrededores —con su verde exquisitamente cuidado, con las casas señoriales que lo bordean, con las esculturas que lo custodian— son simplemente preciosos. Allí se encuentra también una de las sedes de la Galería Nacional de Islandia, a la que entramos para acercarnos a la historia artística del país. Hay quien decide no dedicarle sino unas horas a la capital de esta nación, y creo que se equivoca rotundamente: es en ella donde uno le puede tomar más y mejor el pulso a una sociedad excepcional, creativa, igualitaria y pragmática. Y, para terminar, una panorámica colorida e icónica: la que te entrega —por unos 12€— el campanario de la Hallgrímskirkja.

Una catedral que, mientras nos acercamos al aeropuerto, cuando el sol ya empieza a bajar, no deja de verse en ningún momento. De algún modo, parece no querer despedirse. Y os aseguro que lo mismo os sucederá si hacéis caso a este humilde consejo —ahora sí, ya con conocimiento de causa—: id, por favor, a dejaros deslumbrar por y con Islandia, ese país remoto y único. 🔵

Dedicado a los mejores compañeros de ruta posibles —y coautores fotográficos de este post—, Lucho y Abel.

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Publicado por Sergio García i Rodríguez

Me llamo Sergio García Rodríguez y nací en 1990 en Canovelles, Barcelona. Soy un explorador compulsivo al que le encanta perderse investigando, leyendo y —sobre todo— escribiendo sobre (re)descubrimientos viajeros, la ‘cara B’ del mundo y sus curiosidades. Y para contagiar todo ese ímpetu eché a andar este blog, en 2019.

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