El hipnótico palmar virgen que nómadas y aves le regalaron a Uruguay


Para un catalán, la palmera es un árbol exótico que, más allá de paseos marítimos, centros comerciales y resorts de playa, poca vida tiene. Por eso fue tan sorprendente y fascinante descubrir –casi sin saberlo ni esperarlo– que en las profundidades de Uruguay hay un bosque virgen de palmeras salvajes: el palmar de Rocha.

Hay quien dice que, a su paso, los indios nómadas que antaño circulaban por aquellos lares iban dejando caer las semillas de las que nacieron las palmeras, que traían del vecino Brasil. Otros relatan que fueron las aves migrantes, del mismo modo, quienes dieron pie al palmar de Rocha.

El palmar de Rocha
El verde y el azul se entrelazan perdiéndose entre los riachuelos y lagunas de la planicie uruguaya en el palmar de Rocha.
Foto propia.

Y algo de razón tendrán todos ellos. Lo cierto es que el ecosistema que nos ocupa tiene toda la pinta de haber sido diseñado por alguien o por algo que, al azar, fue haciendo brotar palmeras aquí y allá, desperdigadas y solitarias, en un paisaje en que el verde y el azul se entrelazan perdiéndose entre los riachuelos y lagunas de la planicie uruguaya, inmmensamente llana.

La mística del lugar de paso

La mística y la magia del palmar de Rocha es la de los lugares de paso. Esos que ni se esperan ni se planifican pero que, de repente, tiñen la travesía de aquello que enriquece la experiencia de viajar: el descubrimiento. Y de eso, Uruguay –y Sudamérica– tiene mucho.

Porque al palmar de Rocha es difícil que vayas. Te fundirás en él, más bien y probablemente, mientras vas de Montevideo hacia las costas del departamento que le da nombre –a Cabo Polonio o a Punta del Diablo, por ejemplo–, las más agrestes, indómitas y recónditas de Uruguay, allí donde Brasil ya se acerca.

Y, una vez allá, premio. Verás que atravesar en coche el palmar de Rocha es casi hipnótico: de repente pareces transportado a un escenario de Parque Jurásico (como muestra el vídeo de Uruguay desde lo Alto) en el que las palmeras, hasta de diez metros de alto, se suceden estoicas bajo el sol y la lluvia desde hace más de 200 y 300 años. Por suerte, además de hipnótico, el Palmar de Rocha es hoy un paisaje protegido: desde 1976 forma parte de la Reserva de la Biósfera de la Unesco Bañados del Este, ocupando una superficie casi del tamaño de Singapur.

El palmar de Rocha
Palmeras a lado y lado de la carretera. Lo típico en el departamento de Rocha.
Foto propia.

De aslamiento, frutos y símbolos

Contrariamente a lo que sucede en ese país del sudeste asiático, alrededor del palmar de Rocha apenas vive gente. En el lugar, las ciudades escasean y las aldeas se espacian holgadamente, lo cual le deja vía libre al verde oscuro de las palmeras para, por unos kilómetros, dominarlo absolutamente todo. De hecho, tan caracterísitcas y definitorias de la región son las palmeras que forman parte, a lado y lado, del escudo del departamento de Rocha.

En los pueblos de Rocha –y a pie de carretera– y se puede comprar todo lo que se hace y vende con el butiá. Porque el fruto pequeño y redondo de la palmera, además de dar pie al propio palmar de la mano de nómadas y aves, da hoy también miel, caramelos, salsas, dulces, licor e incluso, molido y en infusión, el llamado café de coco.

No tuve el gusto de pararme a probar la fruta del palmar ni sus deleites, pero ¿siempre hay que dejar algo para la próxima, verdad?

Imagen de portada de Turismo de Rocha.




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Sobre quien escribe

Hola, soy Sergio, el viajero curioso empedernido que está detrás de Singularia. Entre otras cosas, durante mis 33 años he dado vueltas por una treintena larga de países, vivido en dos continentes, estudiado seis lenguas, plantado algún que otro árbol, escrito dos libros y trabajado en Naciones Unidas. Hoy tengo el campamento base plantado en Barcelona, de donde soy, y me dedico a la comunicación y a la consultoría estratégica.