El encanto que nació de un terremoto: Lisboa en tres placeres visuales

¿A quién no le encanta Lisboa? ¿A quién no le emociona el reflejo de su luz dorada sobre el virtuosismo de sus fachadas y sus esquinas entrañables? ¿A quién no le enternece su escala amable, humana y cálida, aliñada por el traqueteo de los centenarios tranvías amarillos que transitan sus calles empedradas y serpenteantes? ¿A quién no le apetece dejar que su vista se pierda desde las alturas, camino del Tajo, entre esa superposición magnética de tejados, iglesias, miradores y fortalezas?

Estéticamente, la capital de Portugal es una ciudad poderosísima de la que me declaro admirador irreductible, y cualquier estudio de campo que se me ocurra hacer —no importa el momento ni la compañía— me confirma que no estoy solo. Lisboa gusta a todas y a todos, y el diagnóstico aplica a lo macro —esa imagen general de la ciudad, radiante y afable— como a lo micro —esos pequeños placeres que ofrece, metro a metro, mientras la saboreas—.

Recientemente, una (fantástica) boda amiga me dio la suerte de recalar en Lisboa por apenas un par de días y, pese a que con gusto me habría dejado seducir por la ciudad por otros dos pares de jornadas más, mi flaneo fue suficiente para reconectar con ese rico ecosistema urbano lisboeta repleto de escenas cotidianas sosegadas, rincones deliciosos y deleites visuales. Deleites, cabe saber, hijos de una historia terrible que cambió el destino lisboeta, y que hoy, sin embargo, configuran un imaginario urbano lleno de carácter y nitidez que atrae tanto como hipnotiza.

Y ahora, rogándoos que disfrutéis del paseo con un buen calzado y que traigáis ganas de subir y bajar decenas de cuestas, me permito la licencia de pasearos por tres de ellos. Bom apetite!

Un apunte histórico antes de navegar por Lisboa

Al poner un pie en la parte más añeja —y a la vez más céntrica— de Lisboa, es fácil darse cuenta de que en la capital de Portugal nada es excesivamente viejo. Una pista nos la dan las calles: mientras que en el milenario barri Gòtic de Barcelona o en las ciudades medievales de Bélgica —por poner dos ejemplos— la trama urbana es laberíntica, en Lisboa mandan las calles rectilíneas. Con fuertes pendientes, eso sí, pero rectas y derechas.

¿La culpa? De un megaterremoto y de un marqués.

El 1 de noviembre de 1755 fue una fecha clave para la ciudad. Bajo el mar y a pocos centenares de kilómetros del corazón de Lisboa, un inconmensurable temblor de tierra removió las placas Euroasiática y Africana para, salvajemente, cobrarse casi 100.000 muertos y la mayoría de edificios en pie de la —entonces sí— retorcida trama urbana lisboeta.

Ante tal descalabro y la necesidad de partir casi de cero, el Marqués de Pombal, primer ministro del monarca portugués por aquellos tiempos, aprovechó la ocasión para rediseñar Lisboa a la imagen y semejanza de las modernas capitales del norte de Europa. Y gran parte de lo que se ve hoy sobre su superficie —y que, como decía, a tantas y tantos nos encanta— nació de aquella decisión.

—1—
Fachadas con (una corta) historia

La primera parada de este recorrido sensorial tripartito son, por supuesto, las fachadas lisboetas posterremoto. Muchísimas de ellas, florecidas bajo el influjo de las nuevas corrientes artísticas que soplaron por Europa durante el siglo XIX y XX, como el Art Nouveau y el Art Déco, que trufaron los edificios de Lisboa de bustos épicos, cenefas y cornisas repletas de flores y puertas tan retorcidas como magistrales.

Todo ello, claro, entrelazándose con la fructífera y omnipresente cultura del azulejo —de la que Lisboa es capital mundial desde que esta tradición de raíz árabe llegara a Portugal hace seis siglos—, y con esa paleta de colores cálida y suave tan característica de la ciudad.

¿Ideas para embelesarse ante las nuevas fachadas lisboetas? Estas cuatro, por ejemplo.

Pasear por el precioso barrio de Príncipe Real es un regalo para la vista que sintetiza lo mejor de todas ellas, resguardado —además— de las hordas de visitantes que surcan la parte baja de Lisboa.

Desfilar por la elegante avenida da Liberdade, repleta de tiendas de lujo y hoteles de precios estratosféricos, sigue dejando a la experiencia en un nivel altísimo.

Más abajo, el antiguo Teatro Edén —en la praça dos Restauradores— y la estación de tren de Rossio, con sus puertas ovaladas, ofrecen dos espectáculos estéticos bien diversos a pocos metros de distancia. Y el barrio que los rodea añade al paseo, si cabe, más atractivo todavía.

Y, ya en el epicentro de la Lisboa baja, en la Praça do Comércio, el Arco de la Rua Augusta corona una explosión ornamentística hecha fachada a la que se le podrían dedicar horas.

—2—
Los Quioscos de Lisboa: una red entrañable de oasis urbanos

Mientras deambulábamos por Lisboa —no importa en qué barrio—, era imposible no dejar de toparse con los omnipresentes quioscos que pueblan una gran mayoría de las plazas de la ciudad. Juntos, tejen una red de rinconcitos fantásticos para sentarse a tomar el aire y, de paso, detener el tiempo con una cerveza bien fresca o un bocadillo mientras se comparte rato y espacio con los parroquianos, los vecinos del barrio y los visitantes de todo el globo.

Cuentan que el primero de ellos apareció en Rossio en 1869, y que los lisboetas lo acabaron llamando ‘la boya’. A partir de entonces, no pararon de crecer en número, repartiendo durante los siglos XIX y XX su estilo inconfundible por toda la capital de Portugal, y ofreciendo a los transeúntes desde café hasta bacalao, de sol a sol.

Los quioscos de Lisboa son un elemento del mobiliario urbano local querido y mimado que, lejos de haber quedado enmarcados en la ciudad como fósiles ociosos de épocas pasadas, siguen marcando el latido cotidiano de la calle. Porque si bien algunos de los más antiguos —como el de la Praça Luis de Camões o el del jardín del Príncipe Real— perviven desde hace más de un siglo, a ese selecto grupo de pioneros se le vienen sumando en las décadas recientes una serie de nuevos quioscos que mantienen viva la estética tradicional y cuidada de lo que hoy, gracias a ese ejercicio de cariño colectivo, sigue siendo un icono de Lisboa y parte central de la vida diaria de sus habitantes. Y esto, en un mundo dominado por franquicias impersonales y grandes cadenas globalizadas, es más que loable y celebrable.

—3—
Los caminos del tranvía

De algún modo, otro pequeño milagro en este siglo XXI tan hiperindividualista y tendiente a la comodidad personal es que sobreviva, casi tal cual hace más de cien años, una red de tranvía como la de Lisboa.

Pensar en Lisboa es pensar en los vagones de sus tranvías amarillos, que remontan pendientes y serpentean calles sinuosas, transportando a locales y turistas a lo largo, ancho y alto de la ciudad. Y lo llevan haciendo desde 1901, cumpliendo con su rol de articuladores urbanos que definen las rutinas de tantas personas, pero también erigiéndose en un símbolo fiel de la Lisboa visualmente más admirada.

Porque, como sucede en Río de Janeiro o Milán, los tranvías de Lisboa vuelven a confirmarnos que sí, que las ciudades pueden adentrarse en el futuro sin renunciar a conservar lo que las lleva definiendo desde hace decenios. Que esa visión romántica de la ciudad como espacio de tradición colectiva y de idiosincrasia estética —y, de paso, de poesía visual, como la de Pessoa— continúa viva y nos sirve, y que es posible seguir cultivándola.

Os elétricos traçam a meio-ar o seu vinco móbil amarelo e numerado. E, de minuto a minuto, sensivelmente, as ruas desdesertam-se.

Los tranvías trazan a medio-aire su surco móvil amarillo y numerado. Y, de minuto en minuto, sensiblemente, las calles se desdesiertan.

Fernando Pessoa, Livro do Desassossego, 1982

No hay más que mirar al cielo azul del centro de Lisboa, mientras se callejea por sus aceras empedradas —en Alfama o en el Chiado, en la Baixa o en el Bairro Alto— para reiterarse en la magia del tranvía y sus caminos. Suspendida como una maraña de hilos viajeros y una invitación a volar, la red de cables del tranvía lisboeta dibuja las rutas eléctricas que los carros recorrerán, conectando y dándole forma a esta urbe luminosa y querida por —ojalá, y si no hay terremoto que lo impida— muchos más siglos. 🟡

🇵🇹⛲️ Lisboa y sus placeres visuales 👇

Dedicado a Filipa y Alberto. ¡Que seáis muy felices!

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Publicado por Sergio García i Rodríguez

Me llamo Sergio García Rodríguez y nací en 1990 en Canovelles, Barcelona. Soy un explorador compulsivo al que le encanta perderse investigando, leyendo y —sobre todo— escribiendo sobre (re)descubrimientos viajeros, la ‘cara B’ del mundo y sus curiosidades. Y para contagiar todo ese ímpetu eché a andar este blog, en 2019.

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