Navegar los glaciares Balmaceda y Serrano: ¿una de las vistas más bonitas de América?

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Guía narrada de la Patagonia chilena
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Según la leyenda tehuelche, Elal, el creador de su civilización, descendió desde el cerro Chaltén para poblar el extremo sur de la Patagonia y liberar a los hombres de la tiranía de los gigantes. Bajando de las cumbres, desató la furia de dos de ellos: Shie —la nieve— y Kosheske —el frío—, quienes a su vez convocaron a Maip —el viento helado—, presentes desde entonces y para siempre en los confines del sur de América.

Por desgracia, hoy la cultura tehuelche ha quedado reducida apenas a algunos descendientes de los aborígenes patagónicos, pero si la conjunción de Shie, Kosheske y Maip se resume en un paisaje es, sin duda, en los glaciares Balmaceda y Serrano, en plena Patagonia chilena: dos enormes cascadas congeladas, ignotas, preciosas e imponentes, que quitan el aliento y empequeñecen a cualquiera que se les acerque.

Puerto Natales a través de la ventana del barco.

Madrugar para visitarlos, lejos de ser una incomodidad, acaba siendo una bendición. Así que toca desayunar rápido, acercarse hasta el muelle de Puerto Natales y apresurarse a subir a bordo. Vamos en barco, sí, porque a la impresionante belleza de los glaciares Balmaceda y Serrano solo se puede acceder desde el agua. Son las 7h30, ya es de día y las nubes pintan un cielo rápido y azul que de vez en cuando deja caer alguna gota: Patagonia pura.

Los glaciares Balmaceda y Serrano
Navegando hacia los glaciares Balmaceda y Serrano: la vista desde el barco.

Navegar hasta los glaciares Balmaceda y Serrano: hacia un paraíso casi intacto

El buque zarpa de Puerto Natales sobre las 8h00 y por delante tenemos dos horas largas de navegación para franquear los dos hitos —primero el glaciar Balmaceda y, luego, el Serrano— que nos aguardan al final del seno de Última Esperanza, el canal por el que circulamos cual autopista indómita y majestuosa.

Los glaciares Balmaceda y Serrano
Las butacas del barco son cómodas, y las vistas, atrapantes.

Que el trayecto sea largo es otra bendición: si bien los dos glaciares son el destino, la ruta es una experiencia igual o más valiosa. Los glaciares Balmaceda y Serrano están en el corazón del Parque Nacional Bernardo O’Higgins, una de las expresiones más plenas de la naturaleza virgen y al mismo tiempo, indómita e inaccesible que atesora Chile. Una combinación que percute fuertemente en la retina, y le da a la excursión una pátina de aventura y de expedición hacia lo desconocido que excita. Por sensaciones así se viaja.

A medida que avanzas hacia los glaciares Balmaceda y Serrano te empiezan a acechar cataratas repentinas.

Los asientos del buque son tan cómodos como los de una sala de cine, y sus ventanas, panorámicas. Todo, por suerte, está pensado para hacerle justicia al paisaje. Salir a cubierta culmina la experiencia: el canal por el que avanzamos hace que la brisa patagónica te llegue nítida y se cuele entre las paredes montañosas que lo franquean, desde las que se derraman cascadas infinitas de todas las alturas, aquí y allá. Un espectáculo rotundo.

Dos glaciares singulares y rabiosamente bellos

Después de la Antártida y Groenlandia, la masa helada más grande del planeta es el campo de hielo patagónico sur, en el que nacen los glaciares Balmaceda y Serrano. Y si llegarse hasta ellos es una experiencia más que recomendable es en parte porque son dos glaciares físicamente singulares: a diferencia de su primo Perito Moreno (por ejemplo), los dos glaciares que nos traen hasta aquí son extremadamente verticales, siendo en la práctica una especie de inmensos saltos de agua congelados que se desparraman sobre el canal —en direcciones contrapuestas— desde los más de dos mil metros del cerro Balmaceda.

Así se ve el glaciar Balmaceda desde la cubierta.

Precisamente, el primer glaciar con el que te topas en el trayecto es el que lleva el nombre de este monte. Se puede echar mano de infinidad de palabras para definir al glaciar Balmaceda e intentar hacerlo como se merece, pero es complejo. La imagen de esa inmensa masa de hielo que se divisa en las alturas, emergiendo entre las cumbres puntiagudas y neblinosas de la Patagonia profunda y precipitándose al canal, es simplemente sublime.

El glaciar Balmaceda es un espectáculo.

Desde el agua, en la quietud del barco, se oye a Maip, el viento helado primigenio, descender hacia nuestras caras, entregadas a esa fiesta de la naturaleza. Humildemente: pocas veces algo me ha impresionado tanto como estar detenido frente a tanta belleza junta.

Las Torres del Paine destacan a la derecha del glaciar Balmaceda, al fondo.

Minutos más tarde, dejando a la izquierda al primer glaciar, el buque se detiene en un pequeño muelle de madera. Tras unos pasos bajo un precioso bosque de coihues llegamos a un anfiteatro glaciar tan grandioso como el que precede: el glaciar Serrano también se tira al agua desde el cielo, pero en este caso, a una especie de gigantesca pisicina rodeada de árboles tupidos en la que se disuelve poco a poco, bloque a bloque, desde hace siglos. De vez en cuando, un ‘plaf’ y su correspondiente ola expansiva nos recuerdan la magia del lugar: el glaciar sigue vivo. Y que dure.

El glaciar Serrano se derrama sobre la laguna que lo aguarda.

La ventaja del Serrano respecto al Balmaceda es que se puede sentir más de cerca: una caminata de unos diez minutos te acompaña hasta el pie del gigante tobogán de hielo, donde casi puedes tocarlo.

Una panorámica de la laguna sobre la que cae el glaciar Serrano.

Cordero al palo para culminar la visita a un tesoro frágil

De vuelta al barco, ya a media mañana, llega el momento de emprender la vuelta a Puerto Natales. No sin antes —claro— alimentar el espíritu con cosas más concretas que la hermosura del paisaje.

La primera de ellas es la nota más folclórica de la jornada: la tripulación te ofrece un pisco sour o un whisky con hielo directamente sacado del glaciar. La ocasión dio para brindar por los glaciares con los compañeros vascos con los que me correspondió sentarme, y para reflexionar, mientras nos alejamos de los campos de hielo, sobre su futuro agridulce. ¿Cuántas décadas más podremos disfrutar de este tesoro de incalculable valor? ¿Llegará el día en el que se agotarán, exhaustos? ¿Estamos matando a los glaciares, sabiéndolo pero haciéndonos los locos, por el mero hecho de venir a verlos en avión desde la otra punta del mundo? La belleza de los glaciares se aventura finita, y nos reitera en la cara la importancia imperiosa de cuidar(nos) el planeta y sus paisajes más frágiles.

Pisco sours enfriados con hielo de glaciar y cordero al palo: combinación ganadora.

La siguiente parada nos lleva a conectarnos con el origen de Puerto Natales y la colonización occidental de esta parte del mundo: la ganadería ovina. A mitad de camino entre los glaciares y la ciudad nos detenemos en la Estancia Consuelo —una enorme finca tan aislada como afortundada por su ubicación— para probar un cordero magallánico asado al palo. Y no se me ocurre plato alguno que le vaya mejor a esta jornada y a este paisaje.

Dentro de la estancia no hay ni rastro ni de Kosheske ni de Maip —el frío y el viento primigenios de los tehuelches—, y el fuego a tierra reconforta tanto como hipnotiza. Si vais a la Patagonia chilena, aceptadme la recomendación: no dejéis de sumergiros en este trayecto de glaciares de hielo y viento, no dejéis de adentraros por mar en esta tierra de frío, campos, corderos y leyendas ancestrales. Como un buen fuego a tierra, comprobaréis que también apacigua y serena. 🔵

Los glaciares Balmaceda y Serrano
Glaciares Balmaceda y Serrano: información práctica
¿Cómo llegar?

La manera más fácil de visitar los glaciares Balmaceda y Serrano es por barco, contratando una excursión con una de las distinta compañías que las ofrecen en las agencias del centro de Puerto Natales o bien en tu hotel o residencia. Yo la contraté directamente en mi hostel, y me correspondió hacerla con la compañía Agunsa (viajé a la Patagonia en 2017; a fecha de 2021 Agunsa parece no seguir operando este trayecto).

¿Cuánto cuesta?

Dependiendo de la agencia y la temporada, los precios del tour pueden costar entre 70.000 y 115.000 pesos chilenos (75 y 120 euros, al cambio de 2021). No todos incluyen el almuerzo, pero sí las entradas al parque nacional Bernardo O’Higgins.

¿Cuánto dura la excursión?

Se parte del muelle de Puerto Natales sobre las 7h30-8h00 y se regresa en torno a las 13h00 (sin almuerzo incluido) o a las 17h00 (con almuerzo).


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Publicado por Sergio García i Rodríguez

Me llamo Sergio García Rodríguez y nací en 1990 en Canovelles, Barcelona. Soy un explorador compulsivo al que le encanta perderse investigando, leyendo y —sobre todo— escribiendo sobre (re)descubrimientos viajeros, la ‘cara B’ del mundo y sus curiosidades. Y para contagiar todo ese ímpetu eché a andar este blog, en 2019.

3 comentarios sobre “Navegar los glaciares Balmaceda y Serrano: ¿una de las vistas más bonitas de América?

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